DE AQUÍ Y DE ALLÁ
MIGRACIÓN Y DESARROLLO LOCAL

Eduardo Meza Ramos
Lourdes C Pacheco Ladrón de Guevara

MIGRACIÓN Y CRISIS GLOBAL: EL IMPACTO LOCAL

Atanasio Campos Miramontes

La mayor dificultad para determinar el impacto real de la crisis económica global sobre el flujo local de emigrantes reside en que este último, por ser mayormente ilegal, no es susceptible de censos o mediciones precisas. Ciertamente, existen estimaciones que se obtienen generalmente de la diferencia en las tasas de natalidad menos las de mortalidad y el crecimiento real de la población en una localidad. Pero se debe tomar en cuenta que los estados no sólo registran salida de población, sino también la entrada. Tal es el caso de Nayarit, en la región de Bahía de Banderas principalmente. Ahí radica pues la dificultad para medir el fenómeno migratorio.

Un problema adicional es que la migración no sólo tiene como destino otros países, sino que también existen flujos migratorios claramente consolidados hacía los centros económicos más dinámicos del país. Nayarit no es un estado históricamente insertado en la emigración laboral hacia Estados Unidos, como lo han sido Zacatecas, Jalisco, Guanajuato y Michoacán, mismos que registran flujos de mano de obra hacia ese país desde finales del siglo XIX. Si bien la incorporación -clara y contundente- de Nayarit a estos flujos migratorios es relativamente reciente, la expulsión de emigrantes es de tal envergadura que, según el CONAPO, junto con Durango, Guanajuato, Michoacán, y Zacatecas son las cinco entidades federativas con mayor intensidad migratoria a Estados Unidos. En efecto, con base a un muestreo del censo del 2000, el CONAPO estimaba que ya el 10% de los hogares de Nayarit eran receptores de remesas, esto equivalía aproximadamente a 23 mil hogares. Pero no se debe olvidar que precisamente en años recientes el flujo de mexicanos que buscan una oportunidad de empleo en Estados Unidos y Canadá ha crecido considerablemente hasta alcanzar, según diferentes estimaciones, desde los 400 a las 600 mil personas, lo que, indudablemente, debió impactar también a Nayarit.

Ahora bien, desde el año pasado ya era más que evidente el colapso del mercado de los créditos hipotecarios subprime (modalidad crediticia de alto riesgo del mercado financiero de Estados Unidos) que llevaron al sector de la construcción a una clara recesión, mismo que se caracteriza por ser uno de los que más mano de obra mexicana contrata. Esa señal, si bien fue considerada una alarma muy seria por muy connotados expertos, fue subestimada por los responsables de las políticas económicas de nuestro país, arguyendo un infalible blindaje de la economía. Esta actitud tal vez se vio reforzada porque toda la primera mitad del año continuó con una tendencia alcista en los precios del petróleo, hasta llegar a 145 dólares por barril el 3 de julio pasado para el caso del marcador West Texas Intermediate. Pero el verano fue caliente para las bolsas de valores de todo el mundo, y principalmente de Estados Unidos, acumulando pérdidas en lo que va del año de un 30%, equivalente a casi 6 billones de dólares. El gobierno norteamericano se vio obligado a rescatar –comprando una participación mayoritaria de acciones- a las gigantes inmobiliarias de ese país y del mundo (Fannie Mae y Freddie Mac), al igual que la mayor compañía aseguradora (AIG). Y ahí no terminaba todo, siguieron bancos, y ya reclaman lo propio las empresas automotrices, etcétera. Pero ni los rescates, ni la reestructuración funcionaron y la crisis se intensifi có. Los préstamos interbancarios se interrumpieron. Todo ello obligó al gobierno y al congreso de ese país a aprobar el mayor rescate financiero en la historia de la humanidad, inicialmente por 700 mil millones de dólares.

En suma, varios indicadores dan cuenta claramente de que la recesión contamina ya varios sectores no sólo de la economía norteamericana, sino de todo el mundo.

En México, mientras tanto, dos señales, por fin, obligaron a los responsables de la política económica a aceptar la gravedad de la crisis y su inminente impacto en la economía mexicana: la caída en agosto, de un 14% de las remesas en comparación con el mismo mes del año pasado, y la continua caída en los precios del petróleo, perdiendo de julio a octubre 82 dólares la mezcla mexicana de exportación que se vendió en octubre a 49 dólares por barril. Esto es muy por debajo de los 70 dólares por barril presupuestados.

Así las cosas, todo mundo comenzó a hablar de un retorno masivo de paisanos, y de la necesidad de preparar recursos y políticas públicas para su atención. Posiblemente se tenga como referencia el retorno de más de 300 mil paisanos registrado durante la crisis de 1929. La prensa mexicana inclusive reportó que, de acuerdo con datos de las autoridades migratorias de Estados Unidos, cerca de 500 mil mexicanos habían sido deportados en lo que va del año. De ser cierta esta información, en el mejor de los casos, dicha suma equivaldría a la de todos los que presumiblemente lograron cruzar ilegalmente la frontera. Y eso ya es indicio de problema. Ahora bien, es difícil pensar que de manera voluntaria y masiva retornaran nuestros paisanos; sería subestimar su capacidad de supervivencia. Si algo caracteriza a la mano de obra mexicana es su flexibilidad y adaptabilidad al mercado: si pierde un empleo en el campo, se traslada a otro estado y/o cosecha; si lo pierde en la construcción, lo busca en los servicios, etcétera.

Aquí hago un paréntesis y me adelanto a contestar una inquietud que, seguramente será planteada por ustedes: ¿qué está haciendo o se propone hacer la Secretaría de Relaciones Exteriores para enfrentar esa eventualidad? Primero que nada, debo decir que la Secretaría no cuenta con un fondo de contingencia, dado que los recursos autorizados para protección consular están muy lejos de ser suficientes para atender todas las problemáticas derivadas de una comunidad de mexicanos tan vasta en Estados Unidos y Canadá. Lo anterior se agrava porque hay muchos actores que presionan para que se atiendan cada vez más situaciones de protección. Así, los recursos son escasos, con todo y que México desarrolla una política de protección como ningún otro país, y las demandas crecientes. Además, en una situación de crisis se debe recordar que caen las recaudaciones y, por lo mismo, se cuenta con menos presupuesto para atender las demandas sociales. En suma, tendremos que hacer más con menos. Se trata de una situación compleja de una mayor demanda de apoyos, y en el mejor de los casos con los mismos recursos.

Obviamente, el empleo es una variable que no puede escapar a los efectos de la crisis financiera. Esto, por dos razones: por un lado, tanto el nivel de la producción industrial (en septiembre de este año ya fue negativo en

4.5 por ciento respecto a septiembre de 2007) y el nivel de la capacidad industrial utilizada (en septiembre fue de sólo 76.4% y se estima que para el primer trimestre del 2009 puede caer a niveles antes no registrados, por abajo del 70%); y por otro, la producción de bienes de consumo duradero (bienes muebles, aparatos eléctricos y electrónicos, automóviles, etc.), que son un indicador de la salud de la economía, se encuentra prácticamente estancada desde 2001, y con un claro descenso en 2008; y, finalmente, la misma crisis financiera se explica por el hecho de que el crédito ya alcanzó el límite como palanca para estimular el consumo, y desde ahí la producción. Esto, a su vez, nos habla de una muy improbable recuperación inmediata de la estrepitosa caída de los precios del petróleo. Así, la «contaminación» de la economía mexicana será, como mínimo, por tres canales: a) la caída del ingreso de divisas por concepto de remesas y turismo; b) las exportaciones mexicanas concentradas en el mercado norteamericano sufrirán una reducción importante; y c) menos ingresos petroleros que permitan soportar un sólido programa anticrisis. En suma, la recesión estadounidense afectará negativamente la dinámica exportadora mexicana, incluyendo al petróleo, cuyo precio permanecerá bajo por la menor demanda, y a los servicios, como el caso del turismo. La situación de las remesas estará ligada con la dificultad para encontrar trabajo en Estados Unidos, en particular con el estancamiento de la construcción, y eventualmente con mayores dificultades para cruzar la frontera. De esta manera, aun en el mejor escenario de que el retorno de paisanos no se torne masivo, quienes perderán su empleo en México y quienes no encontrarán uno nuevo, intentarán usar esa válvula de escape que tiende a cerrarse cada vez más. Para el caso de Nayarit, con una muy escasa base industrial, la caída de las exportaciones al mercado norteamericanos, el efecto será mínimo. Pero en dos rubros puede ser considerable: el envío de remesas, y la disminución –o al menos no incremento- del turismo extranjero al sur del estado.

Por supuesto que el despliegue de la crisis también dependerá mucho de las medidas que adopte el gobierno norteamericano conjuntamente con los gobiernos de las mayores economías del mundo. Pero ya algunos expertos señalan que el paquete de los 700 mil millones de dólares no ha tenido el efecto esperado, y no descartan que estemos ante lo que llaman una «trampa de liquidez», como la que vivió Japón en los años 90. De ser así, el panorama se vuelve más desalentador. Asimismo, también mucho dependerá del resultado de las elecciones presidenciales, que apuntan al triunfo del demócrata Barack Obama, y cabría esperar que los recursos se dirijan primordialmente al sector productivo de la economía, y no sólo a los causantes de la crisis: los bancos y fondos de inversión. Lo que sí se puede ver es que, al parecer, las elites de los países desarrollados no se encuentran del todo preparadas para una crisis de tal envergadura. Por un lado sobreestimaron la capacidad de los mecanismos anticíclicos y, por otro, con el desmantelamiento de la URSS, se creyeron a fe ciega aquel cuento del «fin de la historia».

Por último, deseo concluir esta exposición haciendo hincapié en la importancia que ha cobrado la minoría hispano-latina en Estados Unidos. En efecto, la última estimación para el 2006 arroja que la comunidad de origen latino sumaba ya más de 44 millones, equivalente al 14.8% de la población; por encima del 12.2% de la afro-americana. Para el 2050 la minoría hispano-latina en Estados Unidos puede rebasar los 100 millones. Y, como plantea el investigador de temas migratorios, Jorge Durand, si el Siglo XX en Estados Unidos fue de los afroamericanos que con Barack Obama, hoy por primera vez, tienen la posibilidad real de elegir a un presidente negro. «El Siglo XXI puede ser de los latinos en Estados Unidos. Tienen todo para lograrlo: un peso económico creciente, una progresión demográfica notable, un potencial político importante y un aporte cultural inmenso. Pero todo depende también de tres condiciones: que se reconozcan como comunidad latina, que se logre una reforma migratoria y que todos incrementen sus niveles educativos».

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