DE AQUÍ Y DE ALLÁ MIGRACIÓN Y DESARROLLO LOCALVENEZUELA

Eduardo Meza Ramos Lourdes C Pacheco Ladrón de Guevara

MIGRACIÓN DE SABERES. IRES Y VENIRES DE LA PRODUCCIÓN DE TABACO EN NAYARIT

Laura Isabel Cayeros López

El fenómeno migratorio incluye procesos diversos y complejos que sobrepasan la movilidad geográfica. Globalización, transnacionalismo, redefinición del Estado-Nación, identidades colectivas, reconfiguración de parentescos, son procesos que ofrecen un panorama de variadas vivencias en función de la práctica (cultural, social, religiosa, educativa) creada y, a veces reinventada, por sujetos sociales.

Incluso las migraciones regionales implican el traspasar fronteras, cuestionadas y reformuladas por personas geográficamente dispersas en la vivencia de cotidianidades colectivas, incluso en campos reconfigurados socialmente. Es el caso de la producción de tabaco en Nayarit.

A lo largo del siglo XX la producción de tabaco fue polo de atracción generador de intensos desplazamientos regionales. Al tabacal y su auge llegaban del norte y sur, indios y mestizos, hombres y mujeres, con o sin tierra que querían participar también del auge tabacalero. No obstante, el leitmotiv de «ir» o «bajar» al tabaco sobrepasaba lo económico. Prácticas religiosas, símbolos de identidad, formas de sociabilidad, construcción de saberes, vinculación simultánea con la comunidad de origen toda vez que el desplazamiento es cíclico e incorporado a la cotidianidad comunitaria, productiva y doméstica contribuyeron y determinaron el desplazamiento de personas, ideas, bienes, mensajes, saberes.

En este escrito se evidencía una dimensión de esos procesos que tuvieron como origen y pretexto al tabaco: la migración de saberes, concretamente aquellos generados y utilizados en la producción de tabaco entre dos regiones: la costa norte y los valles de Nayarit, ubicados en el centro – sur del estado y que, en palabras de Jean Meyer, son considerados el último resquicio del altiplano nacional. Esta migración además de espacial es temporal al ubicarse los sujetos en el campo de la producción tabacalera en la costa, en las décadas de los treinta a los ochentas y en el valle, en los albores del siglo XXI.

En suma, en este escrito reflexionaremos acerca del saber ser y saber hacer tabacalero en los valles de Nayarit en el siglo XXI como producto de las migraciones temporales de sus habitantes a la llamada Costa de Oro a lo largo del siglo XX bajo la tesis que la construcción de saberes es producto de la migración y construcción de identidad tabacalera de los nuevos productores de tabaco en el estado.

Microhistoria del tabaco en Nayarit

El terruño es el sitio de encuentro de actores y procesos, incluso aquellos considerados «globales», el espacio repleto de rutina pero a la vez dinámico, capaz de confrontar y transformar lo advenedizo.

Aunque la producción de tabaco en Nayarit tenía espacios, comunidades y regiones bien delimitadas incluso históricamente, lo cierto es que la amplitud de su onda llegaba, a manera de espectro progresista merodeador, allende las tierras pródigas. Don Luis González y González asegura que «el asunto de lo local sobrepasa algunas veces lo lugareño» (González y González, 1973:32), idea bastante acertada para el caso que hoy nos ocupa.

Aludiendo a la hipótesis de que el tabaco contiene en sí mismo todo un sistema de producción capaz de articular lugares alejados geográficamente, se conformó como eje articulador de esta pequeña microhistoria de dos regiones: costa y altiplano, unidas por un antiguo circuito, el de las migraciones temporales, desde el altiplano y la sierra, a la costa a trabajar en el tabaco, y es que como González, citando a Meyer, testifica:

Sólo excepcionalmente el microhistoriador no se enfrentará al tema de los contactos que se establecen en un pueblo con otros pueblos, o en una región con otras regiones: contactos de mercado, contactos por peregrinaciones, por leva, por emigración definitiva o simplemente estacional (González y González, 1973:32).

La producción de tabaco en Nayarit tiene historia y tradición. En la región está presente desde la época precolombina, como lo atestiguan numerosas figurillas de cerámica representando a ancianos fumando, mismas que datan del Período Clásico de las culturas de Occidente, entre los años 300 y 800 de nuestra era, así como numerosas pipas de barro encontradas en Amapa, localidad que ahora forma parte del municipio costero de Santiago Ixcuintla.

 Entre los wixaritari (la etnia Wixárika o Huichola), una de las dos principales etnias establecidas en el estado, prevalece el mito de que fue creado por los dioses al mismo tiempo que el maíz, según palabras de Benítez:

Lo quisieron crear junto con la memoria de los dioses, nos dieron a nosotros el tabaco y la hoja durante la primera creación del mundo… el tabaco viene junto al maíz, junto al maíz viene la respiración, el ánimo, la memoria. Con la hoja del maíz viene el tabaco (Benítez en Pacheco, 1999:94).

Y está íntimamente vinculado a las deidades y sus ceremoniales, por ejemplo, el abuelo fuego Tatewari es el portador de las tabaqueras (pipas) distintivas de los curanderos o marakames, y la bisabuela Nakawué, madre de todos los dioses y de la creación es representada con una pipa de carrizo. Actualmente los integrantes de esta etnia siembran macuche, una variedad criolla de tabaco intercalada con el maíz, la cual es utilizada en ceremonias y autoconsumo terapéutico.

Históricamente la producción de tabaco se ubica a todo lo largo del hoy estado de Nayarit. Al levantarse el estanco a mediados del siglo XIX los pobladores de la región, ahora conocida como Séptimo Cantón de Jalisco (1824-1867), retomaron el cultivo, mismo que fl oreció bajo el auge del puerto de San Blas; para esa época, excepto la sierra todo el cantón cultivaba tabaco de la mejor calidad, como lo atestiguó el francés Ernest de Vigneaux al pasar por estas tierras y afi rmar que … El partido de Tepic, lo mismo que los de Aután, Ahuacatlán [del que formaba parte el hoy Jala] y Acaponeta, que colindan, producen un tabaco justamente estimado, pues sus cigarros no ceden en nada a los de La Habana (Samaniego, 2004:39).

A lo largo del siglo XX el tabaco se consolidó como monopolio en Nayarit. Esta fue una época de auge no sólo para los pobladores de la costa sino de todas las regiones aledañas. A trabajar en el tabaco, principalmente en el ensarte, llegaba gente del centro y sur de Sinaloa, Durango, Zacatecas, Jalisco y la sierra y el altiplano nayaritas, mismos que se quedaban toda la temporada agrícola (que se puede extender de diciembre a abril) trabajando en la cosecha de frijol, el corte de chile y jitomate o la recolección de café.1 La costa norte de Nayarit se consolidó como el centro económico rector de una amplia región.

La costa norte (Costa de Oro) de Nayarit se convirtió en la matria del tabaco en México a lo largo del siglo XX. En la costa, campesino y tabaquero eran sinónimos. Todo aquel que tuviera una porción de tierra (ejidal, comunal o pequeña propiedad) o pudiera acceder a ella mediante arrendamiento, plantaba o había plantado tabaco alguna vez. Los que no, se empleaban en alguna de las faenas en algunas de sus más de treinta mil hectáreas promedio anuales; el tabaco traía trabajo y prosperidad a todo aquel que se quisiera acoger a él. Ejidatarios y pequeños propietarios plantaban o habían plantado tabaco alguna vez, y el resto de la población, hombres sin tierra, mujeres y niños, acudían a trabajar en las distintas labores que el proceso productivo requería a lo largo de casi diez meses de faenas por cada ciclo.

Al altiplano, llegaba además gente de Guerrero, Querétaro e Hidalgo a trabajar en la zafra de la caña.

El 4 de noviembre de 1972 fue creada la paraestatal Tabacos Mexicanos (Tabamex). Entre sus principales atribuciones se encontraba el obtener el financiamiento para el cumplimiento de sus funciones y otorgar créditos para la producción, industrialización y comercialización de tabaco; las empresas extranjeras se valieron de esta debilidad financiera para intervenir mediante los adelantos a cuenta del valor del tabaco en la vida de la empresa, lo que convirtió a la paraestatal en una intermediaria entre los campesinos y la transnacional que adquiría el producto previa negociación de variedad, precio y calidad requeridos.

Durante esta época estaba asentado que la unidad agrícola (la parcela de tabaco) requería de dos tipos de mano de obra: el productor junto con su familia y los jornaleros temporales. El grueso de productores de tabaco en la costa estaban especializados en el cultivo, como lo indicó Jáuregui ya a principios de los setenta;2 no obstante, al ser un trabajo agrícola y además no mecanizado, Tabamex sólo le reconocía al productor un saber de tipo artesanal (Jáuregui, 1980: 89; 192).

Dadas las labores en que la mano de obra familiar no era suficiente

o cuando el productor no contara con ésta, la contratación de jornaleros dinamizaba la vida económica de la costa, los valles y la montaña. Tanto mestizos de los valles y otros como indígenas confi nados desde la conquista en la Sierra Madre Occidental, se desplazaban año con año a la región tabacalera para emplearse en el ensarte llevado a cabo en las parcelas o en el despique las mujeres, en los almacenes de la empresa. De esta manera, a principios de los ochenta, en 33,270 hectáreas de tabaco se empleaban 4’991,550 jornales totales (aproximadamente 150 por hectárea), contrastando con 2’205,144 jornales empleados en 81,672 has. de frijol, su competidor más cercano en superficie y jornales; en las primeras temporadas agrícolas de los noventa, eran 3’856,200 jornales en 25,708 hectáreas de tabaco frente a 1’923,561 en 71,243 has. de frijol (Pacheco, 1999:54).

2 «La mayoría de los productores agrícolas tienen varios años produciendo tabaco y conocen muy bien la manera como se debe realizar cada labor», esta situación otorgaba al productor la apariencia de control de la producción, aunque de hecho era la empresa financiadora, a través de sus supervisores de campo, quienes la controlaban en realidad (Jáuregui, 1980:149).

A partir de la crisis de las últimas décadas del siglo XX y las subsecuentes políticas neoliberales de disminución del Estado a través de la transferencia a particulares de casi la totalidad de empresas paraestatales, Tabamex cerró oficialmente sus operaciones en septiembre de 1990, transfiriéndose el proceso productivo de tabaco seco nuevamente a las compañías cigarreras con el fin de favorecer la compra – venta directa entre productores y particulares. Fue entonces cuando se establecieron en los campos agrícolas «La Moderna», «Tadesa», «TPN» y «Exarmex», después llamada «Dimon de México».

La problemática relación de las transnacionales con los productores de la costa aunados a las necesidades de las empresas de implementar estrategias de reestructuración productiva, hicieron que una de éstas, Tabacos Desvenados S.A. de C.V. (Tadesa), iniciara en los últimos años de la década de los noventa plantaciones experimentales en diversos puntos no costeros del estado de Nayarit, específicamente en la región de los valles: el llamado Proyecto Tláloc, el que consistió en la plantación de tabaco temporalero en regiones no costeras, caracterizadas por su escasa o nula infraestructura para riego, principalmente con mano de obra familiar.3

Tras verificar las condiciones de suelos, climas y humedad, los ingenieros de la empresa convocaron, mediante invitación personal, a 10 campesinos de Jala a plantar tabaco en el ciclo agrícola primavera – verano 1998. Abacú G., uno de los primeros tabaqueros, relata:

Se hizo una reunión ahí con la empresa, fuimos a ver, –pues vamos a ver el tabaco–, Pusieron variedades, una variedad y otra y otra y otra, unas más grandes y otras más chicas y pues sí está muy bien... –Esta es una prueba que hizo Tadesa para ver si el tabaco pega aquí 3 Hubo en los valles el elemento determinante: la disposición y disponibilidad de la mano de obra familiar. Tadesa ha estado tratando de implementar entre los productores un modelo llamado agrícola familiar brasileño, basado en la experiencia de las llamadas fincas ubicadas sobre todo al suroeste de Brasil (en la frontera con Argentina), todas ellas pequeñas empresas familiares de producción agrícola; en estos espacios, las familias de agricultores producen no sólo tabaco sino diversos granos, hortalizas y crían ganado mayor y menor, todo para autoconsumo y comercialización. Además, dada la disponibilidad de agua (riego y temporal) y tierra, estos pueden obtener hasta dos cosechas de tabaco al año, misma que venden a la filial brasileña de Philip Morris. de lluvias– [dijeron los técnicos de la empresa] ... Nos llevaron, nos

hicieron una comidilla allí...

–¿Ustedes conocen el tabaco?– [preguntó la empresa]

–No, pos sí, pos muchos compañeros ya iban a la costa a hacer

sarta, si–

–Pos ora, pa’ este año, vamos a plantar 10 hectáreas dijo la empresa,

–a ver, ¿quién?–

Y me lanzo.

–Les vamos a dar crédito, les vamos a dar insumos, les vamos a dar

todo y nos pagan con la cosecha– [dijeron los ingenieros].

... Ya que se llegó el tiempo, a contratarnos [firmar contrato de

habilitación], hicimos un contrato donde sale el precio y ya trajeron la

planta y ya plantamos:

–ahora hay que cuidarla y hay que fumigarla y hay que hacerle esto

y lo otro y a hacer las galeras–...4

Anudada a la calidad y rentabilidad por hectárea que los ingenieros de la empresa argumentaron como justificación para la implementación del tabaco en los valles, la empresa encontró en Jala dos factores que influyeron en que la balanza se inclinara en esa dirección: primero, un fuerte arraigo a la tierra producto de la cultura del maíz, grano que ancestralmente se cultiva en la región; y segundo, una familiaridad con el tabaco dadas las migraciones estacionales que la población de los valles y principalmente de Jala realizaba al ensarte de hoja a la costa norte del estado, como mencionó don Casiano I., exproductor de tabaco de Jala, «¡Bien que sabe la empresa, aquí todos sabemos de tabaco!»5

Paulatinamente los paisajes amarillo-verdosos del altiplano se fueron poblando por colonias de tabacales en donde sobresalían, aparatosas, las galeras para el curado del tabaco. A tres años del experimento ya existían casi cuatrocientas hectáreas en la región, por lo que el impacto visual era considerable, además de la evidente presencia en los campos de hombres

y mujeres de todas las edades trabajando en el nuevo cultivo. A diez años de iniciada la experiencia, la producción se mantiene en alrededor de 300 hectáreas de tabaco de temporal en Nayarit.

Ires y venires del tabaco en Nayarit

En épocas de alimento y trabajo escaso fue cuando datan las primeras migraciones de los altiplanences a la costa y «al norte». La construcción hacia 1945 de la carretera que conecta la Ciudad de México con Nogales, pasando por Guadalajara-Tepic-Mazatlán, le dio también a las comunidades y munipios de los valles la posibilidad de mejores y más rápidos desplazamientos por «la corrillera», como le llaman a esta vía a su paso por los municipios cercanos de Ahuacatlán e Ixtlán del Río.6 Para entonces, la costa norte experimentaba ya el auge agrícola que cultivos como tabaco, frijol, café y algunas hortalizas significaban, como narra don Raymundo R.:

Yo a trabajar el tabaco fui nada más una vez porque veía que muchos iban y me decían, ¡ándale, vente, allá hay mucho trabajo!, un tío se iba y ganaba bien, ¡le iba bien! Dicen que un día llegó a hacer hasta 100 sartas él junto con su familia, así que me fui… al principio no le hallaba muy bien a la sarta y no ganaba, … un día caminando un señor me vio y me invitó a trabajar con él, como había mucho trabajo y poca gente, pos me pagó lo que le pedí y así empecé a agarrarle, de ahí me brinqué al corte de chile y al jitomate, ya después, un señor me dijo: «llévate esta calabaza a Guadalajara, te la doy a peso y tú allá la puedes dar hasta a tres pesos o más», «¿será? Pues vamos viendo» y sí, busqué un camión y me fui y la vendí bien, ya después regresé por más cosas: calabazas, chiles, tomates, eso hacía yo en la costa, pero tabaco ya no, así duré unos años.7

6 Anteriormente esta ruta existía ya como el Camino Real de San Blas-Tepic-Guadalajara, aunque los jalenses se desplazaban más fácilmente, según evidencia de los documentos históricos, por un pasaje que tal vez existió a través de los montes y que los conectaba con Tequepexpan, Santa María del Oro, San José de Mojarras, San Luís de Lozada y Tepic, de ahí las grandes coincidencias que a lo largo de la historia tuvieron estos pueblos.

7 Entrevista con Raymundo R., llevada a cabo el 12 de enero de 2007 en su domicilio en Jala, Nayarit.


No obstante, como él mismo comentaría en alguna ocasión, los originarios de los valles tenían fama en la costa de buenos ensartadores y así, varias familias del pueblo se iban entre enero y abril, época del ensarte y despique de tabaco, cosecha de frijol, recolección de café y corte de diversas hortalizas, volviendo justo para sembrar el maíz de húmedo y temporalero.

El tabaco fue durante el siglo XX florescencia y auge en la costa a partir de la producción tabacalera, pero también en los valles a partir de las migraciones que a lo largo de toda la centuria se dieron y, en general, de las relaciones que entre ambas zonas se fueron forjando.

Los traslados tuvieron dos momentos: antes de la década de los cincuenta, en los principios de la producción a nivel comercial, cuando ocurrieron los primeros desplazamientos de los abuelos. Ellos refieren que se iba toda la familia porque el pueblo se quedaba sin agua, trabajo y comida, llegando a considerar a la costa como «la tierra pródiga», parafraseando a Yáñez, aún a pesar de las dificultades que entrañaban los movimientos, entonces, si en Jala la vida gira alrededor del maíz, alrededor del tabaco giran las añoranzas.

Muchas familia quedaron divididas entre las dos tierras, creándose lazos familiares además de los económicos ya existentes entre ellas. Además, este ir y venir incrementó el interés de los costeños por conocer el valle, su gente y su cultura. Jaleños y jomulqueños recuerdan que antaño, en las dos fiestas religiosas más importantes de Jala: la Judea (durante Semana Santa) y las fiestas de Nuestra Señora de la Asunción (15 de agosto), sus calles se llenaban de camiones y visitantes que desde la costa, sur de Sinaloa e incluso la Sierra, arribaban al pueblo para pasar las fiestas con familiares y amigos, «los de la costa venían cargados de billetes, era cuando el tabaco sí dejaba» escuché decir a unos productores de Jomulco en alguna ocasión.

El segundo momento importante de movilizaciones a la costa fue durante la época de Tabamex, ya durante los años setenta y a inicios de los ochenta, que fue cuando los hijos de los abuelos se iban a trabajar solos o ya con sus familias.

Al desincorporarse la paraestatal y desplomarse la superfi cie cultivada, dejó de ser redituable ir a la costa a trabajar. En la actualidad, solamente una familia en Jala continúa desplazándose anualmente a trabajar el tabaco dada la falta de oportunidades de empleo en la región, aún cuando ya no es tan provechoso como antaño, según reflexionan.

Entre estos dos momentos, otro evento se interpondría: las migraciones a Estados Unidos producto del Programa Bracero, durante los sesenta. Según las estadísticas de el CONAPO en el año 2000, los municipios de los valles tenían un promedio de intensidad migratoria media, en donde 15% de los hogares reciben remesas procedentes del país del norte; en la época del programa Bracero, tal vez el número de hombres que emigró a EU, no fue igualmente tan significativo dado el padrón levantado entre los productores de tabaco donde de treinta, sólo tres habían andado de «norteños» alguna vez, como ellos nombran a aquellos que migraron.

En la actualidad, existe otra referencia, según algunos pobladores: cuando la gente dejó de ir a la costa al tabaco, empezó a migrar y establecerse en Estados Unidos. Esta referencia coincide con el hecho de que los emigrantes localizados son generalmente de la tercera generación, es decir, hijos de productores que aún teniendo estudios de bachillerato y licenciatura, emigran a los Estados Unidos en busca de trabajo y/o mejores condiciones de vida. Abacú G., Victoriano A., Inés Z. (bracero durante los sesenta), Bernabé A., Tomasa A., entre otros, tienen hijos o hijas en el vecino país.

Seres y saberes del tabaco de la costa al altiplano

Los neoproductores de tabaco

El productor es, según el contrato firmado entre los agricultores y Tadesa, aquella persona física que firma el contrato de financiamiento para la producción de tabaco en una superficie determinada, con los requerimientos de calidad que la empresa solicita. Generalmente es un varón entre los treinta y sesenta años (ubicándose el valor modal más cercano al límite superior, según sondeo realizado en la temporada agrícola 2004), ejidatario o hijo de ejidatario.8

8 La parcela de tabaco puede ser ejidal, pequeña propiedad o arrendada por el productor, es decir, la transnacional no distingue o muestra preferencia por la forma de posesión de la tierra que los productores destinan a la producción tabacalera; entonces, el estatus de ejidatario (o hijo de ejidatario) no es determinante para la figura del productor pero sí la forma que predomina.

En los casos en los cuales es una mujer quien firma el contrato, se trata de la esposa o madre de aquel que efectivamente cultiva la tierra, ya sea porque es quien tiene la posesión de los derechos agrarios, o por así convenir al grupo familiar al contratar más de las hectáreas permitidas por persona; comúnmente, aún cuando sea una mujer quien fi rme contratos y otros documentos, es un varón (ya sea sin tierra o sin contrato) con el cual los supervisores de campo de la empresa se relacionan y al que llaman «el productor».

Éste se reconoce agricultor o de familia de campesinos; la gran mayoría de ellos cultivan, además, maíz, caña y algunos, agave, amén de intercalar cacahuate, jamaica, pepino, jícama o rábano para venta o autoconsumo. Algunos de ellos tendrán ganado (vacas, chivos, hasta gallos de pelea) o incluso se identifi carán, además de campesino, como parte de algún gremio u oficio que practiquen o hayan practicado con anterioridad: maquilador, tejedor de silla y canastos («chiquihuiteros» de Jomulco), albañil, matancero, carnicero o comerciante; para el caso de las mujeres del municipio de Jala, pueden, además, ser comerciantes o trabajadoras del empaque de hoja de maíz. Se observa que, contrarios a sus colegas de la costa, los productores no rayan en la condición de empresarios agrícolas; de ordinario dedicados a las labores del agro, cuando no en la tierra propia en la de algún familiar o vecino, donde frecuentemente se emplean con el fin de obtener ingresos. Son agricultores acostumbrados a «las peo- nadas», como localmente se le llama al trabajo «prestado», es decir, no remunerado entre ellos.

Con todo, ser agricultor o campesino (ellos se refieren a sí mismos de ambas maneras) es su principal adscripción. Si bien no podemos afirmar que todos los habitantes de los valles por su condición de residentes de poblaciones rurales son de origen campesino y de ocupación agricultor, no por ello carecen de conocimientos agrícolas al no ser dueños de tierras de cultivo; podemos decir que la agricultura es un saber hacer general en estas poblaciones del altiplano, es decir, un saber hacer incorporado que se transmite a todos, un aprendizaje por impregnación (Chamoux, 1992:20). El grueso de los productores sondeados sólo terminaron la primaria o tienen algunos estudios de secundaria o bachillerato (los más jóvenes), pero hay unos pocos que cuentan con formación escolar a nivel superior: médicos y profesores han entrado al cultivo de tabaco, principalmente en las temporadas iniciales, bajo la ilusión de la rentabilidad que solía tener en la costa y estimulados por las palabras de los ingenieros:

los ingenieros son como los políticos, al principio le platican bonito

a uno para convencerlo y ya después se olvidan de uno y de lo que

prometieron… al principio vienen con uno y le dicen «mira te va a ir

bien, te vamos a dar esto y lo otro, del tabaco sí sale» y luego cuando

se llega el tiempo «que mira te cobramos esto y nos debes lo otro y

saliste tablas»

Decía Pancho A., con carrera trunca de licenciatura en derecho. Quizá esto sucedió con la mayor parte de este grupo, ya que de los cinco profesionistas productores localizados, sólo uno continúa en el cultivo, siendo su esposa la que usualmente está al pendiente de la parcela.10

Muchos de ellos «han andado de norteños» alguna vez en su vida: la emigración temporal hacia los Estados Unidos en los sesenta (con el programa Bracero) y setenta era cosa de todos los días, tradición que se perpetúa hasta hoy sobretodo cuando surgen los «apuros» económicos familiares (una enfermedad, endeudamientos o malas temporadas agrícolas incluso en el tabaco, escasez de trabajo en la región, entre otros) o cuando algún joven planea «casorio» o se espera un hijo al que hay que bautizar (obliga socialmente una fiesta «en grande») y mantener.

Los habitantes de los valles también migraban, principalmente en los sesenta, setenta y ochenta, a la costa de Nayarit. Hombres, mujeres y niños se iban, terminando «las aguas», a trabajar en el ensarte en la costa norte del estado, pasando primero por la recolección de café y después por la de frijol, cuenta Socorro A.:

Yo le digo que éramos como pájaros, cuando era el tiempo de secas allí nos íbamos todos al café, al frijol, al tabaco, y ya cuando iba a empezar el tiempo de lluvias ahí venimos de vuelta… a Gladis y Ruth me las llevé de plano chiquitas! -¡y sí me acuerdo! [interrumpe Ruth, de 17 años misma que ahora ayuda a sus padres en las diferentes labores en su parcela tabacalera de Jomulco]».11

Conviene resaltar lo que significaba para los viejos esas movilizaciones, habla doña Flor L.: Aquí todos iban al tabaco... se quedaba solo, puras mujeres y a veces ni las mujeres, ¡todos se iban juntos! [desde Jala]Hacíamos cinco días para llegar: dos a Tepic, dos a Santiago y uno hasta Tuxpan… nos íbamos en mulas y dormíamos en los caminos y ahí comíamos, mi hermano conseguía leña y poníamos el fuego y echábamos tortillas… Nosotros allá nos quedábamos en el corral de un señor, se lo prestaba a mi padre y allí dormíamos, había otras familias; cargábamos con cobijas y cazuelas… mi hermana sí fue a la escuela y una señora que tenía una tienda un día le dijo a mi madre: ¿no me presta una muchacha para que trabaje en la tienda? …y entonces se ponía a trabajar cuando íbamos, luego allá se hizo un novio y se casó, allá vive todavía… y luego, cuando se llegaba el tiempo de echar el maicito, ahí venimos de vuelta.

Trasladarse a la costa era una odisea casi tan grande como estar en la costa misma. El viaje implicaba peligros, emociones y camaraderías y la

 

estancia, trabajo, abundancia y posibilidades: de una buena temporada de trabajo, de adquirir artículos que en los valles escaseaban o eran más costosos, de encontrar vida (pareja, trabajo permanente) en esta región pródiga.

Según palabras de estos hombres y mujeres, los naturales de los valles eran reconocidos en la costa como buenos ensartadores, fama que hasta hoy pregonan cada vez que hay oportunidad o incluso cuando algún supervisor de campo de la empresa les amonesta o corrige alguna actividad

o labor efectuada. Los nuevos productores de tabaco, entonces, además de haber sido socializados en un ambiente rural – agrícola, aprendieron, además de ser moradores de la ruralidad de este rincón nayarita, a ser campesinos (peones agrícolas, en palabras de Aguirre Beltrán), es decir, tienen una formación agrícola previa: conocen los rudimentos agrícolas y saben hacer las tareas relacionadas con el campo, con la capacidad de practicar cultivos para los cuales no fueron inicialmente aleccionados dada la praxis de cada uno en función de su edad, su actividad predominante, sus habilidades personales y hasta su trayectoria biográfi ca laboral.

Es un hecho que sus experiencias migratorias (a la costa, principalmente) son un bagaje de conocimientos y saberes que hoy se rescatan en la producción de tabaco. El conocer, el saber de y el saber hacer son antecedentes que se retoman y conforman cierta disposición al nuevo cultivo: una situación histórico – social concreta de la región que estableció competencias entre sus pobladores: antecedentes de las labores y sus objetivos, de la relación con la empresa y hasta de los posibles resultados: saben que es un cultivo ingrato que puede dejar ganancias; «los de la costa venían a las fiesta [del 15 de agosto: Feria del Elote] cargados de billetes, con sus camionetas, agarraban la música, la tomadera y aquí se andaban», dice doña Flor L., abuela de 90 años que junto con sus padres y hermanos, cuando estaba en su casa, de soltera, se trasladaba a la costa a trabajar en el ensarte y del que todavía cuenta:

Un día estaba yo en la puerta y pasó un muchacho que anda de tabaquero y le pregunté ¿qué dice el tabaco? –pues ahí va, esta temporada nos ha ido mal, -cuando empieces a ensartar me avisas, para ir [bromea] –¡eh! ¿a poco usted sabe ensartar? -¡te enseño! ¡Tantos años que no fui con mi padre! Mira: el secreto del ensarte es cortar por la noche y ensartar en la mañana, esa es la receta para hacer sarta-13

Abuelas y abuelos neotabaqueros: los poseedores de los saberes

La labor de ensarte es, muy posiblemente, la única actividad que realizaban los altiplaneños en la costa, ya que en la costa es la faena que requiere un mayor número de jornales. Aunque esta faena tradicionalmente se ha asociado a los grupos indígenas, también era realizada por mestizos de los valles de Nayarit.

Dado que en el altiplano se cultiva la variedad Burley Sombra-Mata, la cual no requiere ser ensartada como la Virginia Sarta-Sol, esta labor se efectúa en los valles sólo cuando la empresa así lo indica según sus requerimientos de producción, ya que las hojas que se ensartan (el rastro

o primeras de la planta) son consideradas de poca calidad y, por lo tanto, bajo precio. Es una de las faenas más laboriosas ya que supone varios momentos y utiliza un gran número de jornales. Primeramente se cortan las cuatro

o cinco hojas más bajas de cada planta, tomando en cuenta su madurez (en función del color amarillento, determinado por el cortador según las indicaciones del ingeniero) y de preferencia en las primeras horas del día o hacia el atardecer, evitando la resequedad; este corte debe de hacerse desde el tallo de cada hoja procurando no rasgarlo para ensartarlo más fácilmente. Posteriormente la misma persona (o tal vez un niño) las trasladará, sobre un costal en la espalda o entre los brazos, desde el surco hasta el lugar donde se encuentran los ensartadores (pudiendo ser él mismo junto con otras personas). Las hojas cortadas hay que enchapilarlas (acopiarlas) por un tiempo para que tomen humedad y no se trocen al momento de insertarlas en la aguja.

La mejor posición para ensartar la hoja es colocarse de rodillas descansando el cuerpo sobre los talones, de este modo se tiene una mayor movilidad al momento de alcanzar las hojas o incluso un punto de apoyo más firme para la aguja, la cual mide aproximadamente 60 centímetros de largo por dos de ancho.14 Ésta se coloca en la axila, sujetándola con el brazo y mano del mismo lado (según la destreza del ensartador) mientras con la otra mano se ensarta la hoja por la vena y se recorre a lo largo de la aguja hasta atestarla. Según su habilidad y la disponibilidad de hoja, este proceso se realiza en un lapso entre 3 y 15 minutos.

Una vez colmada la aguja, las hojas se recorren por un hilillo de ixtle de aproximadamente cinco metros de longitud que pende de ella. Este proceso se debe ejecutar con tal habilidad de manera que no se rasguen y desperdiciar la menor cantidad. De tres a cuatro agujas llenas completan una sarta.

Una vez terminada la sarta se procede a colgarla: amarrándola de los postes de la galera de manera que quede, a la sombra, a una altura de aproximadamente metro y medio del suelo; conforme pasen los días el amarrado se irá ajustando ya que por el peso de las hojas los nudos tienden a vencerse. Las sartas se acomodan de manera progresiva según la secuencia del ensarte con el fin de llevar un orden en su curado, no deshidratar de más la hoja y facilitar la siguiente labor (clasificación y enfardado del tabaco seco).

Después, las labores que atiende el productor son: a) estar al pendiente del vencimiento del nudo de la cuerda, b) tomar bajo su cuidado la sarta en el sentido de removerlas con cierta frecuencia para que circule el aire entre éstas, c) despegar las hojas cuando están «entamaladas» (adheridas entre ellas por la humedad) o impedir que esto suceda, y d) subir o bajar la altura del hilillo según la temperatura imperante en la galera y evitar así mayor deshidratación que la deseada (el tabaco reseco pierde calidad). Estas actividades se realizan con sumo cuidado ya que el manejo graban a la costa, dado que esta postura es propia de los huicholes, etnia que se especializó en esta actividad en la costa. inadecuado de las sartas ocasiona el desprendimiento de las hojas, que aunque todavía aprovechables, demerita la calidad o se llega al desperdicio de éstas: menos kilogramos al momento de la venta a la empresa.

Cuando supervisor y/o productor consideran que las sartas ya están suficientemente deshidratadas según su color, textura y/o aroma, se descuelgan y envuelven en plásticos o mantas hasta que llegue el tiempo del despique (dos meses después, aproximadamente) y se clasifiquen según su calidad. El ensarte es llevado a cabo sólo por algunos integrantes del grupo familiar, ya que es una labor altamente especializada; también se presenta esta situación dado que el tabaco que se ensarta es relativamente poco.

En el altiplano, hemos encontrado las tres generaciones realizando esta actividad, sin embargo, son los viejos los que socialmente detentan el conocimiento de la actividad, como lo narra don Francisco A.:

Nosotros, como íbamos al ensarte a la costa, y vinieron, pues, «que echen tabaco aquí», vedá y ya llegaba el ingeniero y ya que pos «ahora no le suban mucho la hoja, dos hojitas y ya»[dijo el ingeniero] y «mire, esta hoja y esta hoja, como cinco o seis hojitas ya están buenas» [decía don Francisco], «no, haga lo que yo diga, usted qué sabe»[dijo el ingeniero] «Ah, pues yo sé más que usted», le dije, «¿por qué?», me dijo, «¡ah, fui ensartador de la costa!» «¡¿eh?!» [dijo el ingeniero] «no [continuó Don Franciso] Jomulco tiene mucha gente, ¿te han dicho lo mismo, veda?» «si, [dijo el ingeniero] «entonces tú dile, donde tantié que la hoja está ya buena, esa túmbenla, y sáquenla»; y entonces ya «mire, vamos a calar», entonces le dije «voy a entrarle a un pedacito así tanteando lo que es una sarta» y ahí estábamos, le echaba una vueltita como de aquí allá y hicimos una sarta, «no éste va a ser perico», dijo el amigo [el ingeniero], pues casi quisiera decirle que esta bien, que no le hace, le dije, «no ¡te gano!, ¡ustedes no saben, ustedes, hombre!» me decían «oye, no, me estás tirando al suelo» [decía el ingeniero], «bueno, lo ensartamos y luego la colgamos», no, pos, casi salió más bonita ese que le dije yo que cortamos que el otro, «ire, ¿cómo la ve?» «No, pos es que ya está sazón» [dijo el ingeniero], le dije «pos es que no saben». Mire muchachos, dijo, «entonces es cierto, tantiénle donde ya esté sazona la mata, la hojita y córtenla, no le hace que sean seis, siete hojas» [dijo el ingeniero] «ah ta bueno», no pos, se aventajaba, nomás dos hojas o tres nos decía, no, mira esta hojota ya está buena y esta, pos le ganamos al señor, al ingeniero

De tal suerte que escuchamos principalmente entre la segunda generación (donde generalmente ubicamos al neoproductor) comentarios como «mi padre iba y me ayudó a hacer sarta», «contraté de aquellos que iban a la costa» o «aquí todo mundo sabe ensartar». Pablo I. de Jala, por ejemplo, ha contratado año tras año a tres adolescentes de Jomulco cuyo padre migraba a la costa y les enseñó a ensartar. Cruz R., de Colonia Moderna, localidad del municipio de Tepic, ha optado por contratar anualmente a Ramón, un huichol de la sierra de Tepic.

Aunque se han observado mujeres ensartando hoja, esta actividad se ha ido adjudicando a los varones a lo largo de las temporadas agrícolas que tiene el tabaco en la región. Las mujeres lo hacen cuando se requiere ahorrar algún jornal o tienen habilidad comprobada, de otra manera se opta por contratar para evitar que pase el momento idóneo de madurez para las hojas rastreras, como lo dice Fidela, esposa de Abacú G.:

Él [Abacú] sí sabe ensartar, iba a la costa, yo no, siempre he sido

comerciante; los muchachos se han ido enseñando… contratamos

mozos que sí le saben para que nos ayuden, porque Abacú prefiere

trabajar en la maquila [en esa temporada] que acá: le saca más…16

El ensarte entonces, al parecer, es un saber – hacer que se rescata de aquellos que lo ejecutaban en la otra zona tabacalera y que se transmite, principalmente por observación, imitación y práctica, a aquellos que se animan a aprender. Finalmente cabe destacar la presencia de diferentes cuadrillas costeñas en el altiplano, movilizadas por la misma empresa con el fin de instruir a los neotabaqueros en labores específicas, por ejemplo, la plantación y el despique.

De este modo, registramos en la zona cuadrillas de plantadores de La Presa y mujeres despicadoras de Valle Lerma, ambas localidades del municipio de Santiago Ixcuintla, Nayarit. En las primeras temporadas, estos trabajadores vinieron con el fin expreso de enseñar dichas faenas a la población; posteriormente, los primeros fueron nuevamente requeridos ahora para agilizar las labores de plantación y las segundas fueron llamadas directamente por los productores para la realización de la labor. La migración de saberes es atemporal y multidireccional.

Migración de saberes

Hablar de migración es hablar de hombres y mujeres que constantemente reinventan identidades, prácticas y discursos. Los saberes también migran y se convierten en componente de la identidad.

Acercarnos a los nuevos productores y trabajadores tabacaleros considerando a los seres, haceres y saberes nos permite observar de una manera más amplia el ser y quehacer de los protagonistas del cultivo, específicamente de los hombres, mujeres y niños habitantes de este rincón maicero que hoy están aportando sus tierras, herramientas, historias, saberes y esfuerzos al servicio de una transnacional.

Lo primero que apreciamos es la función que tiene la familia como responsable directa del cultivo, la multiplicidad de tareas y el trabajo que aportan sus integrantes a la producción. También se observan sus funciones como agente socializante del ser y como un espacio privilegiado de enseñanza – aprendizaje del hacer. Esta aportación ha sido un aspecto fundamental para la aceptación del tabaco en la región: el trabajo agrícola familiar calificado no remunerado.

Por otra parte, el contexto histórico social de los habitantes de los valles evidencia antecedentes favorecedores para el establecimiento no sólo de la producción tabacalera sino también del modelo agrícola y las relaciones laborales que Tadesa busca y propone en esta nueva zona; la empresa no desconocía estas características.

Este no era un territorio vacío. El ir y venir al trabajo del ensarte en la costa, la arraigada cultura maicera y el ser campesino que se manifiesta en la cultura del trabajo presente entre los pobladores, fue un factor decisivo en el hecho de que la empresa penetrara en el altiplano en un tiempo relativamente corto, es decir, ¿cuánto hubiera tardado en instalarse en una población ajena a las prácticas agrícolas, desconocedora de las faenas tabacaleras y renuente al trabajo intensivo? ¿cuánto le llevó realmente formar y calificar a sus nuevos trabajadores? Y ¿cuáles serían y fueron realmente los costos de formar a dichos trabajadores y los que se siguen formando en el seno familiar?

Cuando la empresa llegó a la región, muchas de las condiciones (económicas, agrícolas, laborales) estaban puestas sobre la mesa. Los supervisores de campo, aparentemente, ayudan a los productores maiceros a refuncionalizar su ser y su saber agrícola y tabacalero para adaptarlo a la producción de tabaco, no sin los conflictos propios de este tipo de procesos.

Si en los valles la vida giraba alrededor del maíz, en torno del tabaco giraban las añoranzas, las oportunidades, la abundancia. De tal modo pareciera que el nuevo cultivo llegó a completar un círculo entre saberes y haceres, pero también en los recuerdos y la cotidianidad, elementos, también, para la conformación de identidades y calificaciones para la producción del tabaco en los valles.

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