DE AQUÍ Y DE ALLÁ
MIGRACIÓN Y DESARROLLO LOCAL

Eduardo Meza Ramos
Lourdes C Pacheco Ladrón de Guevara

LA VIDA EN PELIGRO: LOS DESPLAZADOS POR LA REVOLUCIÓN EN SINALOA

Diana María Pérez Romo

Quienes han estudiado el proceso migratorio de México hacia los Estados Unidos durante el período que va de 1900 a 1930 han coincidido en señalar que, sumada al deterioro de las condiciones de vida en los últimos años del régimen porfirista, la violencia desatada por la Revolución de 1910 fue uno de los motivos que provocaron el desplazamiento de miles de personas hacia el vecino país del norte, sobre todo en los años de mayor violencia e inseguridad.1 El presente trabajo es un esfuerzo por ahondar en el tema y para ello nos centramos en el año de 1912, uno de los más agitados de la lucha armada, en el que, al igual que en otras regiones del país, habitantes del estado de Sinaloa abandonaron sus hogares y se dirigieron a lugares más seguros debido a dos factores fundamentales:

la violencia y el miedo padecidos durante la revolución.

Contrario a lo que se esperaba, el derrocamiento del régimen porfirista en 1911 no trajo consigo la paz. Tras asumir la presidencia en ese mismo año, Francisco I. Madero tuvo que enfrentar nuevas rebeliones como las de Emiliano Zapata en el estado de Morelos y las de Pascual Orozco y Emilio Vázquez Gómez en el de Chihuahua. Los dirigentes, debido a diversos descontentos con su antiguo líder, se revelaron en contra de Madero por considerarlo traidor a los principios de la revolución a la que él mismo había convocado. En el contexto de estas rebeliones, sin duda 1912 fue uno de los años más turbulentos en todo el país. En Sinaloa, por ejemplo, operaron diversos grupos armados que retomaron del zapatismo, del vazquismo y del orozquismo, los símbolos de disidencia frente al gobierno estatal, a quienes a pesar de no representar un movimiento homogéneo, el gobierno y la prensa de la época los identifi caron como «zapatistas».

Las distintas rebeliones armadas crearon en Sinaloa un clima de inseguridad: la vida cotidiana se vio alterada por la presencia de los rebeldes que recorrían los campos y asaltaban las poblaciones. Como consecuencia de ello, durante 1912, habitantes de Sinaloa decidieron abandonar sus hogares y trasladarse a lugares más seguros. En este trabajo nos centramos en dos de los grupos de desplazados sobre los que las fuentes hemerográficas consultadas nos permiten ahondar más: las familias mexicanas adineradas y los norteamericanos residentes en el estado. En ambos casos estudiamos cómo, a partir de la noticia de que llegarían los «zapatistas», el miedo provocaba que optaran por el exilio. Explicamos, entonces, por qué expresaban temor ante la llegada de los rebeldes, las características de su movilización dentro y fuera del país, en qué condiciones se iban y cuáles eran sus lugares de destino.

Adiós a la belle époque

En el año de 1911, cuando se suscitaron rumores de los primeros enfrentamientos armados en Sinaloa familias que pertenecían a la élite porfiriana decidieron abandonar el estado. A través del testimonio del ingeniero Luis F. Molina, quien tenía un puesto en la administración del gobernador porfirista Diego Redo, podemos ver cómo ante el temor de la llegada de los rebeldes algunos miembros de la élite decidieron salir de Sinaloa para dirigirse hacia los Estados Unidos. En su texto autobiográfico, Molina relata lo siguiente: «como primera providencia, dictaminé llevarme a mi familia a Los Ángeles, California, siendo mi primera intención permanecer allí hasta que se resolviera en definitiva la situación revolucionaria. Nuestro viaje lo hicimos en el mes de abril de 1911, y con nosotros también salieron para Los Ángeles, otras numerosas familias, pues consideraban su situación insegura en la capital del estado».

Los motivos para que estas personas se sintieran en peligro estaban precisamente en su posición social. Tenían nexos con el poder porfirista y representaban a una clase acaudalada que era blanco de los constantes saqueos de los rebeldes. Temían ser despojados de sus posesiones y, sobre todo, ser objeto de la violencia de los ejércitos compuestos por tropas del «pueblo», ese grupo de hombres al que durante el porfiriato se trató de cambiar en sus costumbres, al que se consideraba necesario educar y moralizar en aras del orden y progreso social.

Cuando estas familias porfirianas abandonaron el país, siguieron una ruta ya abierta por conocidos o familiares quienes desde el siglo XIX pasaban largas temporadas o se establecían permanentemente en California, principalmente en Los Ángeles y San Francisco. Prueba de ello es que Molina relata que al llegar a Los Ángeles fueron recibidos por una dama originaria del estado de Sonora quien estaba casada con un norteamericano en cuya casa estaban instalados su cuñada Carlota de la Vega y su esposo Jorge

E. Aldama, cuyos apellidos tenían una historia relacionada con el poder político y económico en Sinaloa durante el siglo XIX. A la misma posada también llegaron la familia y la viuda del ex gobernador porfiriano Mariano Martínez de Castro y ahí encontraron –dice Molina- a «don Antonio Monteverde, su esposa, su hija, los niños Sais que estaban estudiando allí y los señores de Sonora que iban huyendo de la revolución al igual que nosotros».3

No tenemos más datos acerca de lo que ocurrió con estas primeras familias que se refugiaron en California, pero es muy probable que algunas de ellas se asentaran ahí en espera de que la revolución terminara

o que se dividieran como fue el caso de la familia del ingeniero Molina cuya esposa e hija permanecieron en Estados Unidos mientras que él y su hijo regresaron a Sinaloa para cuidar de sus propiedades. Sin embargo, ante la noticia de que entre las tropas rebeldes se encontraba uno de sus ex empleados -quien pretendía matarlo-, tuvo que salir nuevamente del país. Iniciado en 1911, este éxodo continuó al año siguiente e incluso se hizo más dramático. En abril de ese año, Culiacán, la capital del estado, se encontraba en alerta ante la inminente llegada de los «zapatistas» y, debido a que el ejército federal había abandonado la ciudad, el miedo se apoderó de la población. Ante los rumores de la llegada de los rebeldes, algunas de las personas adineradas tomaron medidas para resguardar sus bienes y enviaron su dinero al banco de Mazatlán, los comerciantes escondieron sus mercancías y, durante los trece días que duró la ocupación de la ciudad, las puertas de las casas se mantuvieron cerradas y las calles desoladas. Este breve período iniciado con la ocupación zapatista el 16 de abril de 1912 fue nombrado por la prensa como: «los días trágicos de Culiacán».

 En la siguiente nota aparecida en El Correo de la Tarde vemos que la llegada de los zapatistas a la capital del estado fue padecida por las personas adineradas como una verdadera calamidad que obligó a muchos de ellos a trasladarse al cercano puerto de Altata, donde abordaron el vapor Carmen que los condujo a Mazatlán:

«el buque trajo ochenta y tres pasajeros… (la embarcación) venía atestada de pasajeros sobre cubierta, en los estrechos pasillos, en los camarotes, a proa y a popa… por todas partes se veía equipaje en desorden, mal empacado, como si al ser llevados al buque los propietarios hubieran estado desesperados por abandonar la tierra, donde peligraban, para refugiarse en la cubierta de la embarcación… la agencia de la naviera de Altata tuvo que trasladarse a bordo y allí recibir el dinero de los pasajes, porque en tierra no se tenía ninguna seguridad, pues de un momento a otro se temía que llegara una partida de zapatistas y se apoderara del dinero».4

Este temor que las familias de Culiacán padecían frente al asalto de los zapatistas venía de la forma en que los grupos revolucionarios operaban. Debido a que no recibían un sueldo, los rebeldes iban juntando fondos para mantenerse en su lucha, imponían préstamos forzosos mediante vales que entregaban haciendo la promesa de que regresarían lo tomado cuando la lucha terminara, así mismo, iban saqueando los comercios y asaltando las casas de los ricos. Estos saqueos cometidos o acciones como la destrucción de las oficinas públicas, la quema de papeles y libros, les valieron ser llamados por la prensa y por el gobierno del estado como «hordas zapatistas», «partidas de bandoleros y criminales» que emulaban a las del Atila del Sur, «el sanguinario y violador del estado de Morelos Emiliano Zapata».

A decir de Ranajit Guha, quien ha estudiado las rebeliones campesinas en la India, este tipo de acciones, caóticas en apariencia, como asaltar poblaciones o quemar documentos, iban encaminadas a la destrucción del orden simbólico del mundo que rodeaba a los rebeldes.5 Por tanto, destrozos en Sinaloa tampoco eran caóticos: iban dirigidos a las propiedades de las personas y las instituciones que representaban al régimen contra el que se habían levantado. Sin embargo, debemos apuntar también que sus asaltos no solamente afectaron a las personas adineradas, de la misma forma, mientras recorrían los campos podían llegar a la casa de cualquier campesino y robarle sus quesos, matar sus reses para alimentarse o llevarse a sus mujeres. Si bien su violencia era contra la clase que representaba al orden contra el cual se habían rebelado, su comportamiento podía escaparse a toda regla. Frente a estos rebeldes las personas más humildes sólo podían esconderse, mientras que a las más adineradas les quedaba el recurso de salir del sitio donde vivían en busca de un lugar más seguro.

A partir de las notas publicadas por la prensa de la época tenemos acceso a la forma en la que la clase alta padeció y percibió la violencia revolucionaria. En primera instancia, tenemos que en la prensa había un discurso negativo sobre la lucha que enarbolaban estos rebeldes, la cual era juzgada por no tener un plan o un programa revolucionario. Su lucha era la de simples «bandoleros» o «asaltantes» que cometían las peores atrocidades. Al mismo tiempo, estas notas que pueden interpretarse de distintas formas, dan cuenta de una situación real y vívida: el temor de las personas acomodadas ante la llegada de los zapatistas y el abandono forzado de los lugares donde transcurría su vida diaria.

En las notas periodísticas podemos ver que el miedo a los rebeldes iniciaba desde el momento en que se generaba el rumor de que éstos llegarían a cierto lugar. Así, circulaban historias de las atrocidades que iban cometiendo en su camino, de sus saqueos, asesinatos y violaciones, ello traía como consecuencia el abandono de las localidades por parte de cientos de personas. La siguiente nota aparecida en la prensa, que relata las violaciones cometidas por el zapatista Antonio Franco y sus soldados, nos sirve para entender cómo se construía una percepción negativa acerca de estos rebeldes: «En efecto, los doloridos padres aseguran con palabras de indignación y lágrimas de rabia, que sus esposas e hijas fueron víctimas del más indigno de los atropellos, contándose dos niñas, una de once y otra de nueve años entre las desgraciadas. Sólo cuatro muchachas pudieron escapar de los infames sátiros, internándose enloquecidas por el terror en el campo».6

Temiendo acciones como la anterior por parte de los grupos armados que tomaron la ciudad de Culiacán, un número importante de personas abandonó la ciudad y buscó refugio en el puerto de Mazatlán, donde la presencia de las tropas federales brindaba mayor seguridad. Quienes lle gaban al puerto relataban historias sobre cómo habían logrado escapar de los zapatistas, este es el caso de una señorita de una familia acomodada de Culiacán quien contaba «que había escapado de ser atropellada por Pilar Quinteros», uno de los líderes rebeldes; otro ejemplo es el de un hombre cuya casa «había sido cateada cinco veces, siendo después dinamitada»;

o una familia «víctima de la plebe, que cargó sus mercancías, muebles, quien aterrorizada llegó aquí (Mazatlán)».7 Culiacán no era el único lugar que estaba siendo abandonado por sus habitantes, desde febrero de 1912 ya aparecían notas en El Correo de la Tarde acerca de familias de los distritos de Mocorito, en el centro y Sinaloa, en el norte del estado, que habían emigrado.8 De la misma forma, en el mes de marzo, en otra publicación de Mazatlán, El Heraldo de Occidente se publicaba que un vecino del distrito de Escuinapa, colindante con el territorio de Tepic, escribió a una persona que vivía en Mazatlán: «es imposible vivir en Escuinapa», por lo que explicaba su decisión de abandonar el lugar junto con su familia e irse a vivir a El Rosario. Entre sus motivos expresaba temer la llegada de los zapatistas ante la falta de garantías para que la población estuviera segura.9 En la misma nota se escribía: «las familias de Escuinapa, se están saliendo de la población, habiendo llegado ayer al Rosario la mayoría de las más acomodadas».

Por otra parte, la prensa también daba cuenta de que el distrito de Concordia, al sur: «se ha quedado solo, pues la mayor parte de las familias de allí se han salido por temor a los revoltosos».10 Así mismo vemos otra nota titulada «Los comerciantes del Rosario tienen miedo», en la que se apuntaba que éstos se habían dirigido a la Cámara de Comercio de Mazatlán pidiendo intervinieran ante el jefe de las armas que estaba en el puerto para que les enviara armas y municiones para defenderse del ataque de los zapatistas.

En este momento, Mazatlán era uno de los pocos puntos del estado que estaba protegido por las fuerzas federales, por lo que se explica que llegaran de manera constante familias que buscaban refugio ante un panorama incierto. Toda vez que decidían huir, trataban de lidiar con la incertidumbre de no saber si podrían regresar a sus hogares, como en el caso de las familias que escaparon de Culiacán, quienes incluso ofrecieron una «ceremonia religiosa en honor de María santísima… con el fin de que Dios, por la intercesión de su madre amorosísima conceda la paz al Estado».12

La inseguridad originada por la violencia no solamente ocasionaba que las familias mexicanas dejaran el lugar donde vivían, de la misma forma afectó a extranjeros quienes habían llegado a Sinaloa en busca de fortuna. Este el caso de Don José Gurrola, un industrial y minero del que desconocemos su nacionalidad, pero quien después de recorrer el estado de Durango, empezó a trabajar una mina en el distrito de Concordia. Para este personaje, la búsqueda de fortuna terminó cuando fue denunciado como hostil a la revolución y fue perseguido para su ejecución por el jefe zapatista Juan Cañedo. Al escapar de esa orden, Gurrola decidió huir a Mazatlán en espera de que Cañedo fuera derrotado. Sin embargo, al ver que el jefe seguía operando abandonó sus esperanzas de obtener riqueza en la mina de Concordia y tomó la decisión de embarcarse rumbo a la Argentina, en espera de «un mejor porvenir».13

Al igual que Gurrola, cientos de extranjeros llegaron a vivir a Sinaloa desde el siglo XIX, entre ellos se encontraban cientos de ciudadanos norteamericanos a quienes en el año de 1912 el gobierno americano consideró en eminente peligro debido a las distintas rebeliones armadas. En este tiempo la prensa norteamericana hablaba de cerca de 1,000 estadounidenses que habitaban la costa oeste de México a quienes se consideraba necesario brindar auxilio debido a «el imperio del bandidaje» en el que vivía nuestro país. En uno de sus comunicados, el Departamento de Estado del gobierno norteamericano declaró a varias regiones de México como «zonas anárquicas» en las que la vida de sus ciudadanos corría peligro, en él, se aconsejaba a quienes habitaban dichos lugares, los abandonaran para irse a vivir a las ciudades en espera de que el gobierno mexicano protegiera las propiedades que habían dejado en ellos. Entre los estados que se mencionaban en dicho comunicado se encontraban: Chihuahua, Durango, Coahuila, Zacatecas, Morelos, Guerrero, Veracruz, Puebla y el distrito de Culiacán en Sinaloa.14 Esta mención particular a Culiacán nos resulta interesante ya que como sabemos el movimiento armado existía en todo el estado. Como ya hemos mencionado, la ciudad fue ocupada un mes después de este anuncio, cuando las tropas federales la abandonaron. Sin embargo, desde marzo ya se hablaba de que el grueso de las tropas que operaban en el estado se reuniría y tomarían Culiacán.

En el mes de abril, el presidente Taft envió al barco de guerra Buford a recorrer la costa del pacífico rescatando ciudadanos norteamericanos que se encontraran en peligro. Cuando este fondeó en las costas de Sinaloa rescató a cinco americanos refugiados en el puerto de Topolobampo y 16 en el de Altata, cerca de Culiacán. El periódico donde apareció la nota dice que estos fueron dejados casi en la miseria por los rebeldes que se apropiaron de sus pertenencias.15

De la misma forma, el gobierno británico también envió un barco que fondeó en el puerto de Mazatlán para rescatar a los ciudadanos ingleses que desearan abandonar el territorio mexicano. Dicha embarcación siguió la misma ruta que el Buford, enviado por los Estados Unidos.16 La decisión tomada por los gobiernos estadounidense y británico de enviar dichas embarcaciones nos habla de una situación grave para los extranjeros en el contexto de la lucha armada que no cesaba en México en el año de 1912.

En el mes de abril de ese mismo año en el periódico The Constitution, de Atlanta, se daba la noticia de que refugiados norteamericanos habían llegado a San Francisco en el vapor Ciudad de Panamá, «huyendo de los asesinatos y crímenes que a diario ocurrían en las regiones de un México infestado de bandidos, en el que ni siquiera la muerte se respetaba».17 Quienes llegaron en ese barco eran principalmente mujeres y niños norteamericanos, a los que se sumaron miembros de familias de hacendados mexicanos e ingenieros de minas que salían de Mazatlán y otros puertos de la costa del pacífico como Acapulco y San Blas.

En la misma nota se hablaba de que Nelson Rhoades, Jr., gerente de un ingenio azucarero enviaría otro vapor para auxiliar a los norteamericanos que pudieran alcanzar la costa en los puntos comprendidos entre Guaymas y Mazatlán. También se hacía referencia a 1,500 zapatistas que estaban saqueando la ciudad de Culiacán, número que nos parece exagerado, por cierto.

Estos norteamericanos habían llegado a México buscando oportunidades, trabajaban en los campamentos mineros, se dedicaban al comercio y a los negocios. Cuando la violencia revolucionaria estalló muchos jefes revolucionarios declararon que respetarían su vida y sus propiedades, y en sus proclamas hablaban acerca de la conveniencia de que las minas siguieran operando debido a que eran una fuente de empleo para la población. Sin embargo, las bandas rebeldes subsistían de los préstamos forzosos que imponían a estas compañías, así como del asalto de las conductas de metales. Además afectaban las propiedades de quienes se dedicaban al comercio y asaltaban sus haciendas, lo que ocasionó que muchos decidieran abandonar el estado.

Quienes decidieron migrar eran como ese norteamericano del que habla una nota en la prensa, quien decidió trasladarse desde Álamos, Sonora, hasta el puerto de Mazatlán, en donde había decidido embarcarse de regreso a su país. Cuando salió de Álamos tomó los ahorros de su estancia en México, la suma nada desdeñable de 700 pesos oro que le permitirían iniciar de nuevo en un lugar seguro. Sin embargo, no tuvo buena fortuna cuando al final esos ahorros le fueron robados por una banda de asaltantes que lo encontraron en el camino.

También tenemos que en muchas ocasiones los extranjeros que tenían negocios en México ponían a salvo a sus mujeres y niños enviándolos a Estados Unidos esperando traerlos de regreso al terminar la lucha armada. Como ejemplo tenemos el caso de la Sra. Marion Lines, una norteamericana residente en Sinaloa quien había escapado de «los bandidos mexicanos» que operaban en el estado en dos ocasiones. La primera había sido en el año de 1911 cuando se presentaron los primeros levantamientos armados en el estado, y la segunda ocurrió en medio de los pronunciamientos de 1912. Lines había huido acompañada de un grupo de mujeres y cuando parecía que la paz reinaba de nuevo, había decidido regresar al estado. Sin embargo, no pasó más de un año para que tuviera que salir del país de nueva cuenta. En una nota de prensa se publicaban datos de una carta donde contaba lo asombroso de su escape en medio de la noche en un carro del ferrocarril Sud Pacífi co acompañada de otras mujeres, entre las que estaban: su cuñada, una mujer española, originaria de Toledo y su hija de diez años, además de otras 10 mujeres norteamericanas y sus pequeños hijos, quienes salieron de Sinaloa con rumbo a Los Ángeles, California.19

En el mes de mayo, en una nota publicada por El Correo de la Tarde que hablaba del mineral de Copala, en el distrito de El Rosario, se resaltaba el aspecto triste y desolado del lugar debido a las emigraciones y negocios clausurados por la revuelta y se mencionaba a las familias, tanto mexicanas como americanas que habían abandonado el mineral entre las que se encontraban: Don José Trewartha, Enrique R. Gómez y familia. Guillermo L. Wolfskill e hijos, señora Victoria S. Viuda de G. Sarabia e hijas, señor Frank Cook y familia, C.W. Norton y familia y el señor M. Borrego y familia.20 En dicha nota, el señor Guillermo Trewartha manifestaba haber huido hacia Mazatlán por temor a los zapatistas, pero después de un mes había decidido regresar a Copala y defenderse de los préstamos forzosos mediante lo que él llamaba «sabios argumentos».

Imágenes de tristeza y desolación como la del mineral de Copala presentada por El Correo de la Tarde se presentaron a lo largo y ancho del estado debido a que ante el temor de la llegada de las fuerzas rebeldes, muchos lugares fueron abandonados por sus habitantes durante el año de 1912.

En este trabajo hemos abordado a la violencia y el miedo que durante la revolución provocaron el desplazamiento, dentro y fuera del estado, de dos sectores sociales: las familias de clase alta mexicana y los norteamericanos residentes en México. Debido a algunos acercamientos a las fuentes en años posteriores como los de 1915 y 1916 tenemos que puede resultar interesante el estudio del comportamiento migratorio de estos sectores, quienes siguieron entrando y saliendo del país a lo largo de la revolución.

Finalmente, es de suponerse que la salida cientos de personas acomodadas, comerciantes e inversionistas tuvo importantes consecuencias económicas pues el cierre de comercios, minas e industrias provocó que muchos trabajadores quedaran sin empleo. En medio del proceso de la gran migración de mexicanos hacia los Estados Unidos, aún queda pendiente por estudiar las consecuencias demográficas que tuvo en el estado el cierre de comercios y minas durante la revolución.

Bibliografía

Durand Jorge, Patricia Arias, La experiencia migrante. Iconografía de la migración México-Estados Unidos, México, Altexto, 2000.

El mundo de Molina, autobiografía del arquitecto Luis Felipe Molina Rodríguez, Culiacán, Gobierno del estado de Sinaloa, La Crónica de Culiacán, DIFOCUR, 2003.

Gonzales, Manuel G., Mexicanos, a history of mexicans in the United States, Bloomington, Indiana University Press, 1999.

Guha, Ranahit, «La prosa de la contrainsurgencia» en Saurabh Dube (coord.), Pasados Poscoloniales. Colección de ensayos sobre la nueva historia y etnografía de la India, México, El Colegio de México, 1999.

Morales, Patricia, Indocumentados mexicanos, causas y razones de la migración laboral, México, Grijalbo, 1989.

 

Fuentes:

• El correo de la Tarde, Mazatlán, Sinaloa. • Heraldo de Occidente, Mazatlán, Sinaloa. • The Atlanta Constitution, Atlanta. • The Forth Wayne News, Indiana. • The Washington Post,Washington.

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