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DESARROLLO SOSTENIBLE EN ESPAÑA EN EL FINAL DEL SIGLO XX

Alfredo Cadenas Marín y otros




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1.2 IMPORTANCIA DE LA TECNOLOGÍA, LA ESTRUCTURA ECONÓMICO-SOCIAL Y LA CULTURA EN LA SATISFACCIÓN DE LAS NECESIDADES DE LAS GENERACIONES PRESENTES Y FUTURAS

El deseo de los individuos y las sociedades para satisfacer ciertas necesidades conlleva impactos sobre el medio ambiente que en muchas ocasiones son intencionados, como lo es la destrucción de superficies forestales, de gran valor ecológico y cultural, con el fin de urbanizar.

En el proceso de satisfacción de necesidades y apetencias intervienen no sólo infraestructuras físicas, sino también organizativas en relación con el mercado, el Estado y la sociedad civil. Asimismo intervienen, sin duda, tanto el conjunto de normas y patrones de conducta derivados de planteamientos éticos, como el de pautas coercitivas determinadas por el ámbito legal y jurídico.

Muchos de los cambios que han sido sugeridos e ideados para evitar en lo posible la insostenibilidad y reconducir los procesos de producción y consumo a la senda del desarrollo sostenible tratan, en definitiva, de amoldar las consecuencias de los elementos intervinientes en los procesos de satisfacción de necesidades y apetencias humanas, en una dirección y sentido distinto al seguido hasta la actualidad.

En consecuencia, puede decirse que los cambios preconizados para un desarrollo más sostenible se refieren al repertorio de tecnologías de producción y consumo utilizadas, a la estructura y organización económico-político-social mantenida y a la cultura como elemento intangible, aunque determinante, de las formas y estilos de vida a ser adoptadas.

Ante el continuo crecimiento de la población mundial y el aumento de apetencias de consumo o de satisfacción de necesidades perentorias o de supervivencia vital (alimentación, vestido, sanidad, etc.) se han venido preconizando un conjunto de medidas de cambio tecnológico con el fin de llegar a reducir el citado impacto ambiental. Entre éstas pueden destacarse las medidas relativas a la ecoeficiencia y un amplio conjunto de medidas concordantes relativas al ciclo de vida, ecoinnovación, ecología industrial, etc. Desgraciadamente, los avances han consistido en procurar paliativos de final de proceso (end of pipe technologies) disponiéndose para ello tanto de avances tecnológicos como de políticas publicas y de la utilización de instrumentos económicos y financieros, tal y como se señalan en múltiples ocasiones en los distintos capítulos y subepígrafes que componen esta publicación.

A este mismo respecto de la tecnología cabe citar aquí el énfasis puesto en el mundo desarrollado en desarrollar procedimientos de factoración de la reducción de impacto ambiental por unidad de producción. Se habla así que de aquí a 50 años es necesario aumentar la ecoeficiencia (dependiendo de los autores) por un factor de 10 a 50 veces, a la vista de las proyecciones de crecimiento de población mundial y la consecución del aumento de expectativas de bienestar y consumo en los países y grupos de personas hoy en día relegadas a un inferior nivel y calidad de vida.

En relación al plano estructural, segundo factor determinante del impacto ambiental global (el cual ha de ser trasladado al contexto local, regional y nacional) las iniciativas y estrategias de cambio se refieren tanto a la necesidad de liberar de ataduras los actuales procesos de producción y consumo, como de modernizar infraestructuras ideadas para otras etapas históricas (grandes obras hidráulicas, carreteras, instalaciones de aprovisionamiento de gas y petróleo, etc.) y necesidad de una evolución más rápida, acorde con las vicisitudes de los cambios tecnológicos y la escala de valores sostenida por la sociedad. Un ejemplo de este asunto es el relativo a la dificultad de avanzar en el uso de energías renovables.

También en relación al conglomerado relativo al ámbito estructural puede reseñarse la necesidad (para algunos sólo conveniencia) de cambiar el marco institucional en el que se asientan las decisiones de producción y consumo. El asunto de la globalización y los posicionamientos ideológicos alrededor de ello, es en la actualidad motivo de debate mundial. No obstante debe constatarse aquí que, en términos generales, la búsqueda de otro proceso de globalización distinto al actual, suele asemejarse a una estrategia mundial de desarrollo sostenible. En este contexto específico conviene resaltar que tal y como se indica en el epígrafe relativo a la faceta social del desarrollo sostenible de este libro, las mediciones del bienestar social basadas, casi en exclusiva, en indicadores macroeconómicos del tipo PIB, nivel de inflación, déficit exterior, etc., deben corregirse mediante indicadores referentes al grado de sostenibilidad tanto social como ambiental.

Interesa también apuntar que, en el plano de la estructura y de su cambio en pos del desarrollo sostenible, es altamente probable que en el futuro el discurso del libre mercado sea sustituido por otro imbuido de criterios de regulación a fin de afrontar el problema de la equidad a nivel planetario; es decir, entre las distintas regiones y culturas que componen el mundo. Los conceptos de la capacidad de sostenibilidad (carrying capacity) y el de huella ecológica (footprint), así como el anteriormente citado relativo a la ecoeficencia, todos ellos utilizados con frecuencia en esta obra, habrán de informar los más antiguos y clásicos relativos a eficiencia económica y comercial. Y es que, efectivamente, son estos últimos los preconizados tanto en los modelos explicativos de las ventajas comparativas en el comercio internacional de bienes y servicios, como en la justificación dada por la teoría económica convencional a la competencia y la desregulación como motor o fórmula para alcanzar mayores niveles de eficiencia económica global o mundial.

Análogamente, en relación a la dimensión del cambio estructural en pos del desarrollo sostenible, conviene apuntar que el funcionamiento del sistema científico tecnológico y en definitiva el sistema de innovación tecnológica debe someterse a intervención social, ya sea estatal o por intermedio de entidades de sociedad civil, a fin de desencadenar aquellos procesos de innovación más consecuentes con los principios de sostenibilidad tanto ambiental como social. El mecanismo de incentivos provistos por la economía de mercado, ciertamente, ha conducido en el pasado y de seguro conducirá en el futuro la evolución tecnológica (por ejemplo, los pesticidas organoclorados, los piensos derivados de harinas animales, la utilización de energías altamente contaminantes, etc.) por sendas de alto riesgo, tanto para las generaciones presentes como venideras. Contrariamente debería procurarse la internalización de costes sociales y ambientales mediante regulación pública además de por medio de procedimientos basados en la voluntariedad y la persuasión moral. En un mundo de externalidades crecientes y de carácter global, el progreso tecnológico (como es el caso de los organismos genéticamente modificados) debe de someterse a reglas emanadas del conjunto de la sociedad a través de procedimientos de deliberación democrática. Asimismo, la internalización de costes ambientales debe hacerse, por un lado, mediante la integración de los mismos en los costes privados de empresas y consumidores (vía impuestos y cánones por ejemplo) y, por otro, admitiendo que la mejor de las políticas ambientales es aquélla que (como se defiende mayormente en la Unión Europea y la OCDE) está imbuida y situada dentro de cada una y en todas las políticas sectoriales y macroeconómicas.

Finalmente, el cambio en la estructura económico-social debe realizarse tanto en derredor del propio desempeño de las actividades de las empresas como en el de las señales e información externa a la hora de realizar las decisiones de inversión y desinversión.

Las actuales auditorias contables habrán de ser reemplazadas por evaluaciones de otros parámetros, de interés para la sociedad y muy distintos a los económicos y monetarios. Tanto en el seno de la UE como en algunas unidades de acción de las Naciones Unidas se están definiendo, e incluso diseñando, los indicadores pertinentes a la denominada “responsabilidad social de las empresas” o Responsabilidad Social Corporativa (RSC). Este concepto se entiende a veces como sinónimo del concepto de ética de los negocios pero, a diferencia de este último, la responsabilidad social es normalmente sometida a un marco regulador ligado al ordenamiento jurídico del Estado. Según el Libro Verde de la Unión Europea , se trata de la “integración voluntaria, por parte de las empresas, de las preocupaciones sociales y medioambientales en sus operaciones comerciales y en las relaciones con sus interlocutores” internos y externos. A este respecto cabe señalar la “Global Reporting Initiative” (GRI), de carácter internacional, la cual otorga un marchamo, o marca de calidad, progresivamente admitido en algunos sectores de actividad económica en las que participan importantes compañías transnacionales, y en la que en 2003 se basaron 18 empresas españolas, que realizaron informes de sostenibilidad según sus criterios.

En efecto, existen “códigos internacionales” de Responsabilidad Social Corporativa definidos por instituciones internacionales, públicas y privadas. De hecho, existen premios para las empresas que se comportan de manera más responsable, otorgados por organizaciones independientes y/o empresariales. También existe el denominado índice “Dow Jones de Sostenibilidad” en el que figuran las empresas más sostenibles y es cada vez más valorado por los accionistas de las mismas como un atributo atractivo para invertir en ellas.

El tercer ámbito de cambios recomendables en pos de la sostenibilidad es, como se señala más arriba, el de la cultura. Es este contexto el más importante y trascendente en la búsqueda de nuevas sendas de desarrollo sostenible pero sin embargo, el menos desarrollado aun contando con mayor potencialidad. Evidentemente, tanto en el plano del bienestar social, como en el relativo a la escala de valores prevalecientes en la sociedad, es una condición sine-qua-non para el avance del desarrollo sostenible, el cual, como se indicaba al comienzo de este capítulo, consiste sobre todo en un posicionamiento ético en el que interesa tanto el bienestar presente como del de generaciones futuras. Es preciso pasar a éstas un legado por lo menos análogo al de la generación actual. A ello hay que sumar que la crisis ambiental global del presente no presuponga situaciones catastróficas e inevitables en el futuro.

Al mismo respecto de la faceta de la cultura para un desarrollo más sostenible, en los últimos tiempos se viene debatiendo en torno a los conceptos de la calidad de la democracia y el capital social.

El asunto de la calidad de la democracia y la extensión y profundización de los procesos participativos y de deliberación sobrepasa los objetivos de esta obra. Sin embargo, en relación a la sostenibilidad ambiental, el capítulo 7 de esta publicación dedicado a las medidas de intervención social hace hincapié en aspectos relacionados con el funcionamiento de la política y la democracia participativa.

El asunto del capital social (moderadamente utilizado por muchas y variadas entidades dedicadas al desarrollo, entre ellas, el propio Banco Mundial) es un tema de gran trascendencia en el porvenir del avance de los principios de sostenibilidad. El capital social se refiere a aquel activo de carácter perdurable relativo al grado de integración y, en su caso, de solidaridad social. La cohesión social es grandemente dependiente de la confianza social tanto entre los propios ciudadanos como en las instituciones y organizaciones sociales, sean éstas estatales o privadas. El cambio cultural hacia posturas imbuidas de planteamientos de sostenibilidad necesita de procesos de inversión en capital social, análogos a los usualmente seguidos en torno al capital material o fabricado y al capital humano de o de formación y educación.

Además, las modificaciones de las pautas de producción y consumo son posibles únicamente mediante cambios en las actitudes y comportamientos individuales y sociales. Los estilos de vida más acordes con la sostenibilidad han de reforzarse en la sociedad no sólo por pura toma de conciencia sobre su idoneidad sino, asimismo, por propia conveniencia. Así, muchas tecnologías limpias, o simplemente amigables con el medio ambiente, reportan un doble beneficio para la sociedad al evitar, por un lado, un grado de contaminación indeseable y, al mismo tiempo, un ahorro de materiales y energía y, en consecuencia, una ganancia económica a ser distribuida entre productos y consumidores.

En los epígrafes de esta publicación relativos a ecoeficiencia de los sectores productivos y a la integración de las cuestiones medioambientales en los procesos y las políticas económicas, se hace con frecuencia referencia a esta óptica del doble o múltiple beneficio para los agentes sociales involucrados.

Resulta por tanto imprescindible la participación de una sociedad civil en la que se incluyan tanto las ONG´s como entidades asociativas de diverso corte y condición. De no ser así, es muy posible que contando únicamente con los dictámenes de los mercados y la actuación del Estado no lleguen a conseguirse objetivos más altruistas y de largo plazo. A este respecto, en varios lugares de esta publicación, incluyendo la relativa a la situación del medio ambiente en las Comunidades Autónomas aquí consideradas como representativas, se analiza el papel de las entidades de la sociedad civil, sean o no, con ánimo de lucro o de altruismo social.

En conclusión, el trípode tecnología, estructura, cultura puede idealmente servir para dotar de un marco general a cualquier análisis que pretenda diagnosticar el grado de sostenibilidad de un entorno territorial o de actividad económica. Todo ello ha sido tenido en cuenta en el análisis de la situación y perspectivas de esta obra sobre el desarrollo sostenible en España.


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