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HISTORIA NATURAL DEL HOMO SCIENTIPHICUS O CARTA DE UN PRIMATE A LOS ANTROPÓLOGOS

Alfonso Galindo Lucas




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7.2. La selección natural de las ideas

Desde un punto de vista antropológico serio, científico y materialista, debemos preguntarnos, no sólo qué hay de cierto en las creencias que posee el ser humano, sino por qué tiene esas creencias. Por ejemplo, en el apartado 4.3, en realidad no estamos haciendo un análisis de monstruos, sino de como las ideas se forman y falta determinar por qué sobreviven. Al igual que las características físicas, estudiadas en el capítulo 2, o el interesante tema del predominio diestro en el manejo de las manos (ver Sagan, 1977), podemos preguntarnos qué ventaja tiene ser creyente (o incluso ser crédulo o ser hipócrita), para que haya tanta gente religiosa en la Tierra.

Se trata, obviamente, de adaptaciones no a un medio natural, sino social, pero en cualquier caso, el análisis que propongo no deja de realizarse sobre las causas materiales de esta evolución. Eso significa que, en el enfoque epistemológico que adopto, las formas de pensar o de creer de los seres humanos, en general, no son debidas a la revelación, sino a la necesidad. Por eso, si hay tantos creyentes, no es porque tengan necesariamente razón, ni mucho menos, porque Dios así lo ha querido y punto; es porque ha habido mecanismos sociales de selección que han diezmado o casi exterminado a los disidentes.

El asunto del sesgo diestro de la especie humana tiene que haberse debido a una competencia feroz entre humanos zurdos y diestros. Esa ferocidad se explica por las causas materiales expuestas en Sagan (1977), como la posibilidad de transmisión de infecciones. No estamos hablando de un carácter ideológico, sino más bien fisiológico, seleccionado por mecanismos sociales y políticos de presión.

7.3. El mito y el conocimiento

En muchos casos, lo que hoy denominamos mito es el conocimiento antiguo, expresado en términos poco precisos. El hombre prehistórico sabía comunicarse para manejar asuntos prácticos, pero a medida que fue teniendo ideas más abstractas, las fue explicando como pudo. También contó historias de héroes, reyes y otros sujetos importantes. La cultura occidental actual se ha formado con conceptos que los griegos clásicos crearon. Cuando hemos estudiado culturas más antiguas y remotas, utilizando los conceptos occidentales, hemos llamado dioses a los héroes legendarios ajenos, hemos llamado reencarnación al principio de conservación de la energía, formulado a la antigua, hemos denominado animistas a los adoradores de árboles, cuando nosotros mismos nos hemos tragado durante milenios el mundo de las ideas de Platón.

Por ejemplo, cuando un hombre más o menos salvaje dice “el pájaro tal nos socorrerá, a pesar de nuestra ignorancia”, el hombre civilizado lo interpreta como “Oh Dios pájaro, perdona nuestra indignidad, a ti nos encomendamos abnegadamente”, pero otro salvaje que lo escucha sabe lo que quiso decir: Observemos al pájaro tal, que siempre anida a una mayor o menor altitud, dependiendo de si la estación va a ser más húmeda o más seca, aunque no sabemos exactamente cómo lo hace para acertar. Allí no existe la separación ciencia-creencia que nosotros hemos inventado; ellos están inmunizados contra los dioses, en la medida en que sigan siendo salvajes.

Pero también la ciencia, como lo fue antes la Religión y, más tarde, el Derecho (Marx, Engels, 1848, p. 345) es un ámbito cultural que, desde sus inicios y ahora más que nunca, se ha dejado deificar injustamente. Una de las batallas más importantes de las ciencias ha sido desvincularse y luego mantenerse al margen del mundo de las creencias. Los dioses, creados a imagen y semejanza de nosotros, tratan de infiltrarse en la propia Ciencia y en otros ámbitos de la sociedad, con más desesperación cuanto mayor es el declive de las religiones. Al haber sido desplazados los clérigos por los académicos en el orden social, consientes éstos que la Cátedra ocupe ahora el lugar que antaño tuvo el púlpito.

La corriente historiográfica más conservadora nos hace ver la mundialización como consecuencia de los descubrimientos y las revoluciones tecnológicas como consecuencias de los inventos. Sin embargo, la tecnología no es una causa, sino un requisito del desarrollo económico y la movilidad social. La cuestión de fondo está en considerar el papel crucial de las tecnologías en una clave marxista o, por el contrario, revisionista. Las tecnologías son o bien el socorro de los intereses materiales de las clases altas o los promotores de dichos intereses. Pueden enfrentarse multitud de ejemplos a favor de ambos argumentos, pero en la generalidad de los casos, será más fácil la comprensión y la predicción de los hechos si se adopta el primer punto de vista, es decir, un enfoque materialista; los inventos son impulsados por los intereses y no a la inversa. Si el progreso científico-técnico fuera previo o independiente del devenir social, ya todos estaríamos vacunados contra la caries y usaríamos motores de explosión que funcionasen con agua de mar. En Sagan (1995) se discute, no sólo el papel de los científicos ante los intereses políticos, sino la responsabilidad de cada uno por sus inventos. A efectos prácticos, si algo diferencia a las criaturas humanas con respecto a las bestias, ese algo es la culpa, pues se trata de un concepto abstracto creado por el ser humano, en un alarde de razonamiento ontológico, para regular sus relaciones sociales.

El libro de Michael Andrews (1991), mencionado más arriba, es una recopilación de cómo la geología y la geografía determinan las fases históricas, por encima o incluso en contra de la voluntad humana y las cualidades de los gobernantes y de cómo los inventos y descubrimientos han acompañado al desarrollo social, económico y cultural. El papel de la vela en la navegación es entendido en Andrews erróneamente, aunque con relación a otros inventos, adopta un planteamiento intuitivo muy distinto, por ejemplo, cuando reconoce que el descubrimiento del petróleo y del carbón no les convirtió automáticamente a ninguno de estos combustibles en fuente principal de energía y mucho menos en fuente de poder.

Según Petras (2000), existen varias inconsistencias en el argumento de que la globalización es resultado de la revolución electrónico-informática. Para este y otros autores, “la política está al mando de la tecnología”. Esto es cierto, siempre que advirtamos que el capital (beneficios acumulados) puede estar al mando de la política. El propio Petras cuestiona “la capacidad del Estado para llevar a cabo” decisiones socio-políticas. Estas decisiones y la existencia de capital son las que determinan, según Petras, que una inversión se lleve a cabo en investigación, desarrollo o producción y no la existencia, por sí sola, de tecnología (conocimientos). Como ejemplo clásico, la occidental atribución del invento de la imprenta a Gutenberg demuestra que un invento conocido en un mundo más desarrollado como era China, no se instaló en Europa hasta que la situación socio-económica fue propicia.


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