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HISTORIA NATURAL DEL HOMO SCIENTIPHICUS O CARTA DE UN PRIMATE A LOS ANTROPÓLOGOS

Alfonso Galindo Lucas




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1.3. El peligro marxista

Existe una corriente de pensamiento que tiende a hacer incompatibles el marxismo y el darwinismo, cuyo máximo representante es Singer (1999), a pesar de que, aparentemente, intenta reconciliar ambas posturas (lo que hace es dar por hecho que están reñidas). Según su opinión, el marxismo encierra la creencia en la posibilidad de cambiar nuestra naturaleza, en función del diseño de nuestras relaciones sociales (p. 13). Esto no es más que una elucubración, puesto que el cambio social, en el seno del enfoque marxista, se puede explicar por la versatilidad del ser humano y, en ningún sitio (en la obra de Marx, Engels, etc.) se habla de cambios intrínsecos o genéticos en la naturaleza humana. Hacia el final de esta obra, yo sí hablaré de esos posibles (y presentes) cambios, debidos a la organización social, sólo que mi visión es pesimista.

Así pues, según Singer, "La teoría materialista de la historia implica que no existe una naturaleza humana fija" (p. 37). En realidad, no existe tal naturaleza fija, pero eso al materialismo histórico le resulta indiferente, a pesar de la interpretación singeriana. Singer se define como utilitarista y consecuencialista (p. 28), refiriéndose a su maquiavelismo. Su tratado, aparentemente científico, es en realidad un discurso paternalista, diseñado para moldear comportamientos y no para esclarecer ideas.

Como reconoce Singer, Friedrich Engels era entusiasta de Darwin, pero asegura que su planteamiento era lamarckiano, "puesto que creía que los caracteres adquiridos podían ser heredados..." (p. 35). Esta interpretación es falaz, puesto que Engels no se refería a la herencia directa en los individuos, sino a la evolución de las sociedades, respetando escrupulosamente la idea principal de Darwin (selección natural). Podemos complementarla un paso adelante, con una noción de selección artificial, a la que más adelante me referiré como "auto-selección".

Singer también critica a Wilson (p. 23) por describir las premisas éticas como un fenómeno de base biológica. Para ello se basa en consignas morales como que "no podemos", pero su rechazo se debe a una errónea interpretación del darwinismo. Es cierto que la evolución no obedece a razones morales, pero también es evidente que la existencia de argumentos morales en la convivencia entre humanos es un carácter que proviene de la selección natural. Adelantándome a lo que se desarrolla más adelante, aseguraré que no sólo las normas de convivencia, sino también las creencias y los seres ultra-terrenos, han pasado la dramática criba de la selección natural.

En su libro, Singer hace una apología de la OMC (de la que más adelante parece renegar, en vista de las actuaciones de dicho organismo, véase Singer, 2003) y comete otra serie de despropósitos gratuitos, como terminar su obra con una especie de catecismo para la izquierda, aludir al homo scientiphicus como "clase", etc.. Tal vez el más grave de los fallos de este libro es situar las premisas morales más allá del alcance del ser humano (p. 23), ignorando (ocultando) que el único artífice de este tipo de premisas es precisamente el ser humano. Singer adopta un posicionamiento místico, al asumir la noción de moral como un concepto situado en el mundo de las ideas ; por eso, al aceptar el darwinismo y enfrentarlo con el marxismo, Singer adopta la premisa de que existe un componente fijo en la naturaleza humana; algo que no sabe definir muy bien, pero que localiza en el ámbito de la ética (p. 51). Como veremos, si busca algo invariable a los humanos, se podía haber limitado a algo zoológico, como la forma de locomoción; sin embargo, el filósofo de Princeton busca algo más permanente; lo que no aclara es si ese algo ético ya lo teníamos cuando éramos reptiles.

El gran defecto que se puede achacar al marxismo es el determinismo predictivo. Esto deja intacto como principio metodológico el materialismo histórico, aunque Singer considere que éste ha sido "desmantelado" (p. 47). Esta visión materialista es la metodología que voy a adoptar en este trabajo (y en toda mi obra). El propio Singer usa dicha metodología para lamentar la influencia del marxismo en las ciencias sociales. Yo también la uso para explicar que la obra de Singer dependa en gran medida de la época en que se publica y para criticar la coincidencia de la visión mística de la evolución, en función del bagaje religioso de cada autor.

Al igual que el libro de Morris, la obra de Marx y Engels deja traslucir unas premisas morales, tras el discurso científico, siendo éste totalmente válido en lo relativo a la explicación de la situación actual. La gran diferencia entre mi crítica al marxismo y mi crítica a Morris es que los planteamientos morales deslizados en el marxismo (la sublevación de las clases oprimidas) me parecen mucho más defendibles que el imperialismo implícito en Morris. Esta idea marxista del determinismo, siendo un buen principio filosófico, se ha explotado de modo abusivo, haciendo predicciones abultadas, sin tener en cuenta todas las posibles variables. Tampoco se ha previsto la hipótesis escéptica de que pueda llegar a ser imposible reunir todos los datos necesarios para hacer las predicciones.

Uno de los primeros libros que el autor ha consultado, en relación con el tema de la evolución humana ha sido Andrews (1991), escrito, según el autor, en 1990. Es muy interesante en su conjunto, pero, desde el punto de vista metodológico, lo es sobre todo la introducción. En conjunto, el libro contiene una tesis materialista actualizada y así lo expresa al advertir que “Con algunas excepciones, no nos ocuparemos de reyes, guerras y ambiciones humanas” (p. 12) y que “a despecho de nuestra vanidad, jamás nos libraremos de nuestra condición...”, aclarando que “Sabía que enfurecería a muchos historiadores cambiando mi punto de vista de los asuntos del hombre al ámbito más amplio de lo natural, pero había descubierto... opiniones contrapuestas de los diferentes campos científicos [la historia natural y la historia humana]” y continúa “Existe siempre el peligro de que alguien que no sea especialista llegue a conclusiones poco juiciosas...” (p. 9). En tono cínico, podemos decir que este ensayo responde a ese peligro.

Es por la fecha en que se publica el libro que se hacen todas estas reservas ideológicas. En efecto, la obra comienza con una aprobación de la caída del Muro de Berlín, en la que se habla del “enojo y la frustración de los pueblos de la Europa oriental” (p. 8). De hecho, la introducción es una contrita disculpa, por la tesis materialista que se sostiene, por lo general, a lo largo del libro y que se expresa a renglón seguido, al reconocer que la obra “Presenta la tesis de que el desarrollo a largo plazo y el futuro de Europa dependen no tanto de la habilidad de sus estadistas y generales como de sus recursos, entre ellos los metales, la tierra cultivable, el carbón y, hoy día, el petróleo... La historia propiamente dicha y la historia natural se enseñan en contadas ocasiones al mismo tiempo... la economía de la naturaleza y la ecología del hombre son inseparables” (Loc. Cit.).

El tiempo ha pasado y se ha visto que la adopción del capitalismo en Europa del Este fue más una tragedia, de la que sólo ganaron los más ricos (la mafia, mayormente), que un remedio para los males del comunismo . La época de propaganda anti-soviética en la que se inscribe el libro de Andrews y que recibe el nombre de “globalización” no impidió que el libro contuviese tesis materialistas, a cambio de dejar claro en la introducción (no sin cierta preocupación) que es consciente del tiempo en que se escribe. Más adelante habla de la “sensacional reunificación de las dos Alemanias” y de la “incapacidad del sistema comunista para satisfacer las necesidades básicas de la población [polaca], tales como la alimentación y la indumentaria...” (p. 268). En eso, no le faltaba razón (tampoco el sistema capitalista cubre las necesidades básicas de la población) y la voluntad decidida de adoptar el discurso de la época no le impidió ser cuasi-marxista en lo metodológico. El capítulo dedicado al futuro de la humanidad no entra en “la insignificancia, peligrosidad y estupidez de las ambiciones personales y nacionales” (p. 261), sino que, de manera muy loable, aborda el problema urgente y realmente importante de los recursos terrestres y el medio ambiente y lo hace desde una perspectiva eminentemente materialista.

El autor mantiene, junto con el celo anti-soviético, el de sus convicciones religiosas. A nadie escapa que una perspectiva histórica basada en los recursos naturales es contraria a los dogmas y mucho de lo que se ha relatado en los textos sagrados, desde el Génesis a los Evangelios. El autor defiende una y otra vez el método materialista, “...consideradas las muchísimas maneras en que los recursos... que la Tierra ofrece han modelado la historia” y reconoce. “Todavía se me antoja extraordinario que... nunca se hayan explicado esas relaciones fundamentales. Si nadie estaba dispuesto a hacerlo, yo me encargaría de ello” (p. 9).

Pero llegando al final, el autor se detiene a veces en la cuestión religiosa, concluyendo erróneamente que el predominio mundial de Europa se debió a “la triste división de Europa en los bandos cristiano y comunista” (244). Lógicamente, es muy peligrosa la afirmación, porque ha habido otros bandos importantes (anarquistas, masones, nazis, ecologistas, socialdemócratas, etc.), pero además el predominio de Europa se perdió por la rivalidad de las propias potencias europeas y la emergencia de Estados Unidos (que en el desembarco de Normandía, había sabido jugar su baza europea contra la Unión Soviética). El autor concluye que “... la amenaza a una Europa cristiana reunida pudiera ser la del creciente fundamentalismo islámico,...”, anticipando la propaganda oficial occidental que desde entonces ha tenido lugar. Pero curiosamente, aporta una explicación material para esa amenaza, “... porque el Oriente Medio dispone del 62 por ciento de las reservas conocidas de petróleo”. En definitiva, reconoce que las religiones (las ideologías), por si solas, no convencen; sino que se necesita controlar recursos naturales.

Por eso, a medida que vayamos estudiando la entrada del ser humano en el “mundo de las ideas”, es decir, en su vocación intelectual (que hoy se ve como un camino evolutivo pre-establecido), analizaremos cómo las religiones también se fueron adaptando al medio (y la que no se adaptó, murió). El cristianismo es un buen ejemplo; la mayor parte de los valores que predicaban los profetas (incluido Jesús), se dejaron a un lado (la denuncia de la hipocresía, el perdonar nuestras deudas), pero el denominado “cristianismo” adoptó creencias indígenas en aquellos lugares en que se instaló. Poco a poco, las instituciones cambiaron de nombre, para ser compatibles con el cristianismo: La madre tierra se llamó “Virgen María”, los dioses locales pasaron a identificarse con “santos”, los druidas pasaron a llamarse obispos, los aquelarres pronto fueron sustituidos por conventos de monjas... incluso el difícil equilibrio conceptual de la Trinidad parece deberse a algún convenio sincrético entre monoteístas y politeístas, producido antes de la Edad Media.

A pesar del alocado rechazo por el marxismo, en los años 1985 - 1995, aproximadamente, la mayor parte de la ciencia social ha adoptado un vicio marxista, presente por ejemplo en Engels (1884), que consiste en presuponer la existencia de pautas evolutivas sociales ineludibles para cualquier territorio y circunstancias. Así, fue muy usado el enfoque de Rostow de las etapas del desarrollo económico y se da por sentado que los pueblos lejanos están necesariamente en alguna de las fases que Europa ha vivido en la antigüedad. Como los antropólogos no pueden viajar al pasado, estudian a los indígenas de otros continentes, para tratar de extrapolar sus conclusiones, bien definiendo por similitud la prehistoria europea, bien sentenciando por necesidad el desarrollo de los países pobres y las culturas indígenas. Pero el medio no ofrece necesariamente los mismos datos para todas las variables, en todos los casos.

Con todo, admitida con moderación, en su momento fue toda una innovación (que Engels atribuye a Morgan, en lo relativo a los tipos de familia) admitir que las pautas de evolución social puedan ser comparables en lugares remotos entre sí, de forma que, a igualdad de condiciones, se pueda predecir que la evolución de unas sociedades puede parecerse a la que siguió otra. El gran fallo del marxismo era el no poder resistirse a propiciar una situación que se creía que se produciría necesariamente, debido a que ese escenario era optimista.


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