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HISTORIA NATURAL DEL HOMO SCIENTIPHICUS O CARTA DE UN PRIMATE A LOS ANTROPÓLOGOS

Alfonso Galindo Lucas




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3.2. La locomoción

El bipedismo es un hecho evidente, pero las explicaciones que se han dado para la evolución de los primates hacia esta forma de locomoción no han sido nada convincentes (incluyendo las argumentaciones teológicas o ufológicas). Este hecho se refleja en los fósiles, especialmente en la forma de las caderas y en la posición del dedo gordo del pie (lo cual es detectable en las huellas). En Morris, una expresión desafortunada muestra este fenómeno como una finalidad de los pre-humanos: "Si conseguía mantener su cuerpo en posición vertical... podía tener una probabilidad de éxito" (p. 35). Sin embargo, si se acepta la versión oficial de que nuestra posición erguida surgió en la vida terrestre, es más verosímil que ésta se convirtiese en un inconveniente que en un factor de éxito.

Las explicaciones que hoy se consideran aceptables para nuestra forma de locomoción son prácticamente mágicas, primero porque no tienen parangón en el reino animal (lo cual ayuda a hacernos más únicos). Segundo porque necesitan un cambio tan abrupto que son imposibles. Tercero, porque los perjuicios de caminar erguidos en tierra suponen una gran desventaja frente a otras especies (daños en la columna vertebral, reducción del volumen disponible para la digestión, dificultad en el parto, etc.) y, por eso, es altamente improbable que esta forma de locomoción en tierra prosperase. Esta dificultad material, lejos de haber sido considerada como una dificultad argumental para la explicación ortodoxa del bipedismo, es más bien defendida como una prueba del mérito y la fuerza de voluntad del humano sobre las bestias. La verticalidad en tierra es una posición muy inestable y hace que los desplazamientos no sean tan rápidos como los de cuadrúpedos. Eso dificulta la caza y facilita el ser cazado (o alcanzado por incendios). Las vértebras se desgastan inevitablemente y aparecen dolencias típicas de la bipedación. Por el contrario, dentro del agua, la presión permite mantener más cómodamente el peso del cuerpo, mientras se avanza acorralando peces, recolectando moluscos o buscando crustáceos.

La única explicación razonable resulta que cuenta, además, con posibilidad de contrastación empírica: ¿Cuándo se yerguen los monos y caminan a dos patas? Una primera respuesta sería cuando llevan algo en las manos. Esta explicación no es muy válida, porque se puede llevar algo en las manos y caminar con los puños (orangutanes) o los nudillos (chimpancés); en cuanto a los bebés, no es imprescindible asirlos, puesto que ellos mismos van agarrados a la madre. El único caso que nos queda es cuando cruzan un río. No sólo los chimpancés adoptan esta posición erguida, sino que otros monos menos emparentados con nosotros y que habitan en manglares son bastante dados a la bipedación. Es fácil concluir que una evolución de las caderas hacia la bipedación permanente sólo se producirá en animales que se alimentan e incluso se aparean en zonas inundadas (lagos, marismas, estuarios, deltas, etc.). Es imprescindible que, para hacerse bípeda, la especie se haya convertido antes en una buena nadadora. Más adelante, se exponen las distintas evidencias a favor de la hipótesis de una fase acuática en la evolución humana. Nuestra fisonomía, nuestras capacidades y nuestras endebleces son esas pruebas. Es cierto que si una fase previa de braquiación , el movimiento alterno de las piernas y la pérdida del rabo no habrían sido posibles; eso lo atestigua la anatomía de los gibones.

A partir de la tabla anterior, siguiendo las flechas, se han extraído las características básicas de cada uno de nuestros antepasados. Estas fases explican, cada una en su medida, lo que somos hoy.

Ya se ha hablado del origen del bipedismo como consecuencia inevitable de los hábitos acuáticos (y se defiende la imposibilidad de que éste se desarrolle en la vida terrestre). Es cierto que se trata de un rasgo específico del ser humano, sin comparación en el resto del mundo animal y que, además, ha hecho posible otros cambios importantes como el crecimiento del cerebro o la prolongación de la longitud relativa de las piernas (que tiene su parangón en los társidos) y el acortamiento relativo de los brazos (como en los dinosaurios bípedos). Desde el punto de vista técnico, este cambio consistió en una modificación de la forma de las caderas. De menor trascendencia y en un paso paralelo o algo posterior, se produjo también la alineación del dedo gordo del pie con los demás dedos (sin giro antagónico, como en las manos). Este puede ser un indicio más de la relación entre la bipedación y la fase acuática, pues en los demás bípedos (las aves) no se observa esa alineación y sí en los pinnípedos y otros animales de hábitos acuáticos.

Existe consenso acerca del surgimiento de esta forma de locomoción como consecuencia de la braquiación (se toma el ejemplo de los gibones), pero esta capacidad inicial es sólo un requisito previo (que implica la pérdida del rabo) a la completa adopción de la postura erguida mediante la vida acuática. Los científicos advierten (Arsuaga y Martínez, 1998) que hoy somos el único primate bípedo, pero que otros homínidos bípedos se extinguieron por causas aún desconocidas: los parantropos. No estaría de más plantearse seriamente si realmente se extinguieron o si sus caracteres se perdieron al hibridarse con otros homínidos de tipo "grácil", considerados como antepasados de las personas actuales. Desde un punto de vista excesivamente prudente, esto podría interpretarse como una ofensa a determinadas razas y tal vez por eso se pasa por alto.

3.3. La nariz

Se puede escribir mucho acerca de la nariz; Quevedo incluso le escribió una oda, pero no vamos a llegar a tal extremo.

A algunos creacionistas les faltaría tiempo para decir que la nariz es un rasgo de perfección que los monos aún no han logrado poseer. A esto habría que responder, en primer lugar, que los chimpancés no persiguen tener nariz, porque no la necesitan para sus actividades ordinarias. En segundo lugar, la nariz es un rasgo occidental, es decir, marcadamente racial y responde a una función que está en desuso. Se trata de una vía muerta de la evolución. Pero la nariz no es característica exclusiva del ser humano: En el mono narigudo (también llamado násico o mono probóscide) de la isla de Borneo, la nariz llega a ser un distintivo exagerado de masculinidad, pero también se da en la hembra. Como en los pre-humanos, la nariz de estos monos coincide con unos hábitos bastante acuícolas (este mono vive en manglares y se yergue para atravesar zonas inundadas o se desplaza a nado.

La nariz debió tener su origen en la natación, pues la cámara de aire de las fosas nasales impide la entrada de agua. En los neandertales, hasta hace poco, se pensaba que este apéndice había evolucionado hasta convertirse en una cámara para calentar el aire; incluso se representa como una gran nariz, de la que podrían provenir las narices de los actuales europeos. En los negros africanos, en cambio, se fue perdiendo, a la par que su capacidad de nadar como los blancos, sin que les entre agua en las vías superiores. Entre las aptitudes desarrolladas por el negro (resistencia física y térmica, exposición al sol, etc.) no figuraba el tener nariz. Curiosamente, la nariz se ha ido perdiendo en aquellas razas más evolucionadas, tanto en África como en Asia. Al adaptarse a la vida terrestre, han perdido casi por completo los rasgos natatorios en desuso.

El rostro que se muestra en la Imagen 1 se irá comentado en las siguientes páginas. Se trata de una reconstrucción hipotética del eslabón acuático del ser humano. En este hombre-hipopótamo destacan dos rasgos típicamente humanos: La existencia de nariz (con el labio superior algo partido) y la cabellera. Si prescindiésemos de estos dos detalles, esta representación coincidiría prácticamente con las reconstrucciones que se han hecho del ya célebre Toumai, el homínido más antiguo y, por ahora, eslabón perdido de la evolución humana. En esta imagen se ha retratado a nuestro antepasado como un mono desnudo, como corresponde a sus hábitos natatorios.

Como no parece haber indicios de que los humanos hayan podido abrir y cerrar a voluntad los orificios nasales, como las focas, es razonable pensar que la nariz de estos monos era ya muy similar a la nuestra, tal vez mayor de lo que muestra la imagen, con cartílago notable, formando una mini-probóscide (no tan destacada como en los elefantes marinos).


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