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HISTORIA NATURAL DEL HOMO SCIENTIPHICUS O CARTA DE UN PRIMATE A LOS ANTROPÓLOGOS

Alfonso Galindo Lucas




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Capítulo 3: EL ANIMAL HUMANO

3.1. El azar y la necesidad en la evolución humana

Aparte de discutir la metodología y exponer los factores ambientales de la evolución humana (medio acuático, clima, alimentación. etc.), aquí se va a discutir la especificidad del ser humano, adoptando el recurso literario de una búsqueda cripto-biológica de la esencia humana, del factor determinante, si lo hubiera. Esta búsqueda no conduce a misterios alucinantes ni sobrecogedores, de manera que toda nuestra aparente genialidad milagrosa será mostrada como una sucesión de causas y efectos, no siempre tan gloriosos como nos gustaría (9.2). Es difícil ponerse de acuerdo acerca de cuál es el rasgo distintivo de la especie humana. En lo que sí suelen estar de acuerdo los antropólogos es en que somos una especie única. La trayectoria evolutiva de nuestra especie nos define como una de las mejor adaptadas, dentro de unos intervalos climáticos y químicos. Eso puede ser debido a la exogamia entre poblaciones que ya habían dado pequeños pasos adaptativos sin dejar de ser compatibles entre sí, en términos reproductivos. Esta especie de promiscuidad inter-racial puede ser el factor que ha impedido la especialización y podría elegirse como característica definitoria, debido a los problemas metodológicos (y los réditos materiales) que conlleva la elección de Morris. Sin negar la versatilidad del ser humano, es importante tener presente que esa adaptabilidad se acota en términos de temperatura, presión y composición atmosférica, escasez de agua, etc. Ante cambios bruscos en el nivel de radiación solar, contaminación, deforestación, etc., el ser humano puede desaparecer tan rápido como los dinosaurios.

Este esquema es suficientemente explícito en cuanto a la relación de causalidad. La flechas de este cuadro indican que los resultados de la selección natural pueden pasar a formar parte del nuevo escenario en que ésta seguirá produciéndose. Ni los cambios fueron tan rápidos ni las adaptaciones tan inmediatas como parece reflejarse en la tabla. En rojo, se ha señalado el itinerario lógico que permite comprender la evolución sin aprender nombres en latín: braquiador, acuático, bípedo, cazador, masticador, sedentario.

La competencia por los recursos forestales se intensifica en los años -35 millones a -25 millones, debido a desecación climática progresiva (Roberts, p. 8). Las glaciaciones empezaron hace 3 millones de años y, desde hace 780.000 años, esto permitió al homo erectus colonizar por tierra el sur de Asia y Oceanía, creando las primeras razas humanas. No obstante, las verdaderas adaptaciones al frío sólo fueron posibles cuando el ser humano fue capaz de colonizar Europa.

Hace entre 15 y 10 millones de años, hubo una época de grandes inundaciones y vastas zonas del África suroriental quedaron convertidas en estuarios y lagos. Cuando estas condiciones climáticas desaparecieron, el ser pre-humano ya era bípedo.

La tabla 1 representa el carácter acumulativo de los cambios, de forma que unas mutaciones no tendrían posibilidad de éxito, si no fuera porque las anteriores pautas evolutivas se consolidaron.

El mono de mayor tamaño conquista el temido suelo de la jungla y pierde el rabo, porque su forma de locomoción ya no es correr sobre las ramas, sino braquiar bajo éstas; las piernas se mueven de forma alterna en las escaladas. Igual que los chimpancés, nuestro antepasado de hace 35 millones de años, era omnívoro, con dieta predominante de brotes verdes y frutas.

Esta circunstancia evolutiva acumulada se suma a los cambios del entorno: Las inundaciones; surge el mono acuático y prosigue acumulando cambios adaptativos, debido a la competencia, en un esquema perfectamente darwiniano. Suma otra serie de caracteres: Pérdida de pelo, locomoción prácticamente bípeda (cadera y dedo gordo del pie), habilidad natatoria, nariz prominente, lágrimas, etc. Su dieta se ha vuelto más rica en proteínas animales (peces, moluscos, crustáceos).

Estos cambios ya están establecidos y son determinantes para la forma de adaptación a los nuevos cambios: Las sequías. Hay que abandonar el medio acuático, pero habiendo perdido facultades locomotoras, pelo protector y capacidad de estómago; la única vía evolutiva posible es que sobrevivan los individuos más ingeniosos. El crecimiento del cerebro tal vez empezó a hacerse posible durante la vida acuática, pero será necesario que siga aumentando, pues la competencia se basa en este factor. El australopitecus sobrevive con una dieta variada, en la que incorpora probablemente carroña o presas menores; vive en grupos y organiza rondas de vigilancia.

El género homo es respetuoso con su entorno, pero ya ejerce un dominio relativo sobre él. El entorno no ha cambiado mucho y por eso, la evolución responde a la acumulación gradual de caracteres: Altura cada vez mayor, cerebro cada vez más desarrollado, manos cada vez más hábiles, vida social cada vez más compleja. Surgen las líneas generales de un lenguaje basado en palabras Nuestro ancestro es un gran depredador y se reparte los territorios por clanes, ocupando regiones que se salen ya del continente africano. La supervivencia de la especie ya no corre peligro.

Pero otros cambios tienen lugar en los útlimos 700.000 años: Las glaciaciones. Entonces sí ocurren cambios bruscos. Las poblaciones se trasladan a zonas costeras y desarrollan multitud de técnicas de caza y pesca. Se desarrollan caracteres raciales que hoy se conservan. En los periodos interglaciares, se ocupan cuevas y se producen adaptaciones a los bosques más septentrionales.

La última glaciación trajo consecuencias fundamentales: Desaparición del neandertal, extinción de grandes mamíferos, debida a la depredación humana, arte rupestre, colonización de América (Australia ya había sido ocupada y probablemente en los aborígenes actuales de Oceanía se encuentra el legado genético del homo erectus) y extinción de mamíferos también en América.

A partir de aquí, es ser humano encuentra factores acumulativos que son ya consecuencia de los actos de sus antepasados; tal vez por eso, los textos sagrados antiguos asumen que las culpas de los antepasados (los pecados originales) se heredan. Pero todavía queda un factor climático importante: El fin de la glaciación.

La formación de grandes praderas de gramíneas es el último factor estrictamente ambiental en la evolución humana. De hecho, los cambios experimentados por el ser humano desde entonces son fundamentalmente culturales. El ser humano moderno se ve impelido a ejercer de agricultor y de ganadero; la necesidad de poseer la tierra crea conflictos bélicos y sociales.

Y es entonces cuando ya todos los condicionantes que se han ido acumulando no son caracteres evolutivos físicos, sino de comportamiento; es decir, se están heredando las culpas. Como en la película “Los dioses deben estar locos”, que viene a tener la misma edad que el libro de Desmond Morris, los medios para en confort se convierten en una fuente permanente de incomodidades; los inventos son costosos de amortizar; la opción de retornar a la comunión con la naturaleza ya no es viable; la especie no sólo se ha desnaturalizado, sino que necesita expulsar de su paraíso natural a las pocas tribus salvajes que quedan.

En todo este proceso, se ha perdido gran parte de las adaptaciones que se han mencionado: Braquiación, hábitos acuáticos, resistencia al frío. Como no ha dado tiempo a que la selección natural siga actuando, seguimos siendo básicamente los mismos hombres y mujeres de hace 30.000 años; no ha habido adaptaciones somáticas, sino en la forma de vida. ¿Seguiremos evolucionando como especie? La situación actual (posterior al -6.000) es la historia de una especie que se cree muy versátil, pero que se caracteriza por una serie de rasgos adaptativos frustrados.

El reconocimiento universal y no cuestionado de la singularidad humana ha llevado a muchos a sostener postulados creacionistas, ya no universales, como en la Biblia, sino relativos a la especie humana, como resultado de la intervención de alguna voluntad exógena, ya sea de origen sobrenatural o alienígena. El ser humano ha sido tan vanidoso que ha creído como algo necesario que nuestro diseño obedezca a un plan preconcebido por entes inteligentes. Este planteamiento ha sido magistralmente desmitificado en Arsuaga y Martínez (1998). No obstante, entrados ya en el holoceno, es posible proponer que efectivamente, ha obrado una selección artificial, obrada de forma poco consciente por la propia especie humana.

Sin embargo, esta soledad (que nos lleva a buscar inteligencia en otros planetas) es similar a las de otras especies únicas. Por ejemplo, el ornitorrinco, por su fisiología, los cetáceos por su singular lenguaje, las abejas por su compleja y eficaz vida social o por el hecho de producir miel, el cuco por su estrategia reproductiva, el panda o el koala por su especialización alimentaria, etc. Si nos andamos por las ramas genealógicas más próximas, el orangután es el único animal que usa los puños para correr, el gorila es el primate más fuerte, etc.

Sin embargo, si indagamos en el pasado, vemos que la mayoría de los seres únicos (por ejemplo, el elefante) han convivido o descendido de parientes suyos a los que se parecían bastante y que se extinguieron, del mismo modo que ha ocurrido con los parientes cercanos al ser humano. Como ha sucedido con otros animales, hoy todos los "eslabones" de la evolución humana están siendo descubiertos poco a poco. Unos dicen que no se ha establecido claramente el paso de cuadrumano a bípedo. Otros, que no se sabe cierto el origen del sapiens sapiens. Otros, simplemente, se agarran a que no existe, en general, una sucesión de fósiles entre una especie y otra. Como se ha comentando, esta necesidad empirista de sustentarlo todo en pruebas físicas, este fundamentalismo metodológico, ha llevado a la desconfianza hacia la teoría del mono acuático. A pesar de todo, la forma en que el ser humano ha evolucionado está cada vez más clara y, en especial, cuando se descubrió ese posible antepasado común del chimpancé y el ser humano, al que se llamó Toumai, el homínido más antiguo conocido. Su carácter de homínido se encuentra aún bajo discusión, pues hay quien defiende que podría tratarse de un antepasado de los gorilas, un hominoideo no emparentado con los humanos.

Tal ha sido la extinción de especies a raíz de los cambios climáticos, que el pariente más cercano que le queda al elefante —el damán— es una especie arborícola similar a un roedor. Esa sí es una gran soledad; nosotros por lo menos tenemos al chimpancé. El caso del ser humano es muy similar al del elefante. De éste todavía quedan dos variedades (africana y asiática) de las que es difícil determinar si son razas o especies distintas. Como hemos visto, algo similar ocurría entre el llamado homo neanderthalensis y el hombre de Cromagnon, hasta que se conocieron entre sí.

Muchas de las características que creemos que nos hace únicos tienen equivalentes en el resto del reino animal y, en muchos casos, nos superan. Por ejemplo, no somos ni la especie con cráneo más voluminoso, ni la especie con mayor índice de encefalización (masa cerebral entre masa corporal) más voluminoso; en lo primero gana la ballena azul, en lo segundo, el colibrí y la musaraña; los chimpancés vencen a las personas en determinados juegos de agilidad mental. Las hormigas inventaron la agricultura y la ganadería millones de años antes que nosotros (Hölldobler y Wilson, 1994).

Por otra parte, a veces, nos lamentamos de que algunos de nuestros atributos característicos no son nada deseables, sino que más bien representan elementos caprichosos o anti-evolutivos. Lo que voy a tratar de demostrar es que todos nuestros atributos tienen una utilidad o la han tenido alguna vez y para eso es imprescindible como marco de referencia la teoría de la fase acuática.


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