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HISTORIA NATURAL DEL HOMO SCIENTIPHICUS O CARTA DE UN PRIMATE A LOS ANTROPÓLOGOS

Alfonso Galindo Lucas




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Capítulo 9: LA SELECCIÓN NATURAL EN EL HUMANO ACTUAL

La historia de la humanidad no ha estado guiada por las religiones, ni por las sociedades secretas, ni por el designio de una voluntad ultraterrenal, ni por el genio de conquistadores y emperadores. Más bien, han sido decisivos lo que Tomás de Aquino denominó “pecados capitales”, especialmente, la pereza, la codicia y (fuera de la enumeración de siete) la ignorancia, por este orden. Durante la mayor parte de la historia de la humanidad, el factor dominante del desarrollo ha sido la pereza. La historia de los inventos, desde el uso del fuego, hasta la vela, pasando por la agricultura, la ganadería y la rueda, sugiere que éstos han tenido la finalidad primordial de procurar comodidad frente a una situación ambiental dada. Hace unos 10.000 ó 5.000 años, nacieron las civilizaciones y éstas se caracterizaron por el paulatino abandono del paradigma de la pereza hacia una adopción creciente del paradigma de la codicia. Cada vez más, las ambiciones de los héroes y conquistadores tuvieron su papel destacado en la evolución de nuestro devenir.

En Nicea, año 324, se funda el catolicismo, que viene a significar la determinación de una secta cristiana oficialista (aliada del poder de Roma) a exterminar a las otras opciones religiosas y a destruir el conocimiento científico. Nace la era de la ignorancia; se queman bibliotecas y bibliotecarios, se condena y ejecuta a sabios, etc. A partir de aquí, el paradigma de la ignorancia (que hoy alcanza su cénit, su mundo feliz, con la reforma universitaria) induce una involución en la intelectualidad del ser humano. El tamaño del cerebro, con una variabilidad creciente, es ya posiblemente inferior, por término medio, al del hombre de neandertal. Los ignorantes no sólo resisten a la “selección natural”, sino que son totalmente necesarios para el bienestar de los menos ignorantes; la ignorancia es, de alguna forma, una ventaja competitiva. Aun así, la inversión en conocimiento falso es tan abundante que hay que dar la razón a Saramago, cuando afirma que “una cosa buena que tiene la ignorancia es que nos defiende de los falsos saberes” (2008, p. 102).

Sin duda, en el plano tecnológico, cultural y organizativo, la humanidad ha evolucionado mucho, debido a la explosión demográfica, más que al tamaño y organización de nuestro cerebro (que no ha sufrido grandes cambios en los últimos 30.000 ó 40.000 años). Pero la propia explosión demográfica perpetuó la movilidad genética e impidió el aislamiento genético necesario para que se produzcan saltos evolutivos capaces de sustituir al acervo genético actual. Debido a la exogamia y el continuo intercambio de poblaciones, la innovación genética se ha estancado. A decir verdad, sólo se ha estancado la innovación genética que tiene un origen natural; las siguientes décadas presenciarán arduos debates acerca de la ingeniería genética aplicada al ser humano y sus posibles implicaciones éticas.

No existe una separación real entre evolución psíquica y social. La evolución se produce de un modo permanente, a todos los niveles (genes, caracteres, individuos, clanes, naciones, razas, empresas, comportamientos, ideas...). No se puede determinar cuál de estos niveles será el más determinante para la configuración del ser humano futuro. Es preciso insistir en que los modelos sociales y políticos no deben interpretarse en clave mística, sino como producto de circunstancias.

Lo que era previsible por selección natural entre individuos se ve frustrado por la aparición de comportamientos solidarios (supervivencia del grupo más cohesionado). Lo que parece un carácter idóneo para imponerse, como la solidaridad, se ve superado por determinados individuos que saben incitar al egoísmo. La cultura, como mecanismo de cohesión social puede ser manipulada, moldeando los comportamientos y la probabilidad de los individuos de reproducirse. Por ejemplo, la difusión y aceptación general de ideas como las de Morris puede condicionar la desaparición de etnias o modelos de vida. Este planteamiento de influencia de los planes (o ideas) en las estructuras sociales puede interpretarse como un desmentido simplista del método materialista, pero siempre que este tipo de ideas intenta abrirse paso es porque, de fondo, hay algún interés material poderoso, que puede resultar triunfante. De hecho, el gran mérito del materialismo histórico es fundamentar la proliferación y el asentamiento de ideas en necesidades materiales (que es un concepto más amplio que el de "económicas").

9.1. Las distintas vías de la evolución

A los partidarios de la visión "mística" (en el fondo, creacionista), les gusta pensar que la evolución humana sigue una única línea (dando a entender que necesariamente nos habíamos de convertir en lo que somos). El fabuloso trabajo de Arsuaga y Martínez (1998) desmiente esta idea, basándose en la historia de los 'parantropos' y los neandertales. Ahora bien, es sabido que una especie con nivel de adaptación poco especializado, como es la humana, sólo ha podido darse debido al intercambio exogámico. El ser humano no es ni un animal acuático, ni un carnívoro depredador, ni un recolector de tubérculos, semillas y frutos. Tampoco es claramente agrícola, ganadero o pescador; es versátil. Esto es debido a la exogamia (que a su vez deriva de la falta de aislamiento) y a la falta de especialización debida a conatos evolutivos inconclusos, como hemos explicado.

La exogamia de la especie humana debe entenderse como una hipótesis que explicaría nuestra falta de especialización fisiológica. Pero si la hipótesis es buena, también confirmaría la inclusión de todos los antepasados homo (y posiblemente, australopitecos y parantropos) en la misma línea evolutiva, como antepasados de una única especie. En las épocas en que el “homo” habilis y el homo erectus convivieron o en las que convivieron éstos con los humanos modernos, lo más probable es que se hibridasen y que fueran seleccionados, no las especies (pues se trataría sólo de razas), sino los caracteres más aptos para la supervivencia y la reproducción. En virtud de este planteamiento, es comprensible que nos hayamos preguntado si las razas actuales responden a una diversificación de un mismo tronco o si las hibridaciones antiguas han legado a unas razas los caracteres que otras no poseen (color de piel, de pelo y de ojos, tamaño de nariz, etc.).

Hoy sabemos (o creemos) que todos somos una misma especie, pero ¿es posible que se extingan razas o caracteres genéticos por sustitución de individuos mejor adaptados? Tal es la afirmación que se hace en relación con el pelo rojo, aunque precisamente, la técnica de selección de esperma y la moda está haciendo que este gen se recupere de forma espectacular en estos tiempos. Sin embargo, creo que la diversidad genética en la especie humana va a durar mucho tiempo, pues existen típicos prototipos raciales: Pelirrojos con pecas y ojos claros, rubios nórdicos altos, negros africanos muy oscuros, chinos de pelo muy lacio, hindúes de pelo muy negro, casi azulado... y luego están las hibridaciones exitosas.

Sin embargo, los estudiosos están convencidos de que en épocas pasadas ocurrió todo lo contrario, antes de llegar a esta especie de estancamiento genético, en el que unos genes no tienen por qué ser mejores que otros. Hoy se piensa que en un lugar de África evolucionó el género homo por aislamiento y luego fue a sustituir al australopiteco. Luego, una vez extinguido éste, dentro del género homo, el erectus propició la extinción del habilis y así sucesivamente. Según parece, la configuración del humano actual no se dio tanto por hibridación entre especies o razas (por ejemplo, los neandertales y los cromañones), sino por rivalidad y sustitución de la población local por la invasora.

Es lógico pensar que la naturaleza seleccionó a los humanos más belicosos y más capaces de mantener la cohesión grupal. Curiosamente, la selección de los humanos más combativos y con menor capacidad para el intercambio cultural viene a coincidir con la época (hace unos 30.000 años) a la que se atribuye el nacimiento de las religiones. Si todo esto fuera cierto, es evidente lo que se ha comentado más arriba: El surgimiento de las religiones como factor favorecedor de las campañas bélicas.

El primer gran "invento" del ser humano fue sin duda el manejo del fuego. El sentido común lleva a veces a los antropólogos a imaginar los procesos en que, de forma más verosímil, se llega a determinadas situaciones. Todos estamos de acuerdo en que se utilizó el fuego natural, antes de saber encenderlo. Fue la electricidad del rayo, en épocas más bien secas, la que encendió los primeros fuegos al servicio de nuestros homínidos antepasados. En algunos lugares, la actividad volcánica pudo proporcionar una fuente de ignición más duradera que la combustión vegetal en los incendios causados por rayo.

Es posible imaginar que, estando ya nuestros ancestros parcialmente adaptados al medio acuático, pudieron disfrutar de ventaja competitiva frente a otras especies. El fuego proporcionaba víctimas asadas, sin que el hipopotamopithecus tuviera que alejarse del lugar del incendio (ya que éste no invadía el medio acuático), de modo que, al extinguirse el fuego, este mono era el primer oportunista en obtener carne para comer; además, contaba con una cierta protección al estar mojado y tener una capa de grasa subcutánea. He aquí que el uso del fuego no fue un don, sino una circunstancia, tal vez en cierta medida propiciada por la vida acuática. Los grandes incendios en época de sequía pudieron poner freno parcial y temporalmente a la promiscuidad zoofílica de estos primates, alejando a los parientes de hábitos boscosos y permitiendo una etapa (de 5 millones de años como máximo, hace entre 15 y 10 millones) de cierta especialización: En los bosques, los antepasados de los póngidos y en las lagunas, los nuestros. Pero la sequía (circunstancia material) fue a más y los pocos charcos que quedaron eran invadidos por elefantes, leones y otras bestias sedientas. El ser pre-humano tuvo que abandonar el medio acuático.

Recordemos que, a diferencia de la versión oficial, abandonó este medio siendo ya bípedo, lampiño, narigudo y melenudo, practicante del llanto y con similares hábitos y caracteres reproductivos que en la actualidad. No fue para poder correr y sudar atravesando sabanas que el ser humano perdió el pelo y adoptó la postura erguida. ¿Cómo fue que sobrevivió un ser desnudo que corría poco y se cansaba enseguida (aparte de tener dolores de parto y problemas de erección)? Porque no tenía miedo al fuego. Los más primitivos australopitecos debían tener fogatas que alimentaban con asiduidad y que obligaban a conservar una cierta vida social. Seguramente, tenían ya un lenguaje hablado.

Lenguaje es considerado el segundo gran invento, después del fuego, pero esto sí que es una visión totalmente mística. El lenguaje lo tienen todos los animales y siempre incluye partes sonoras, visuales y olfativas. El homo pre-australopithecus, cuyos hábitos acuáticos han impedido (de momento) la conservación de restos corporales, practicaba, con casi plena seguridad, estos tres tipos de lenguajes, tan elementales. Los propios roedores y aves tienen este tipo de comunicación. Lo único que ocurrió con el lenguaje humano es que se fue volviendo más sofisticado y el crecimiento del cerebro (capacidad para memorizar) permitió que nuestro lenguaje se convirtiese poco a poco en ontológico (basado en conceptos). Como demostró Chomsky, existen pautas lingüísticas innatas que hoy se piensa que vienen programadas en el ADN. No se trata de que nuestros ancestros vieran la conveniencia de inventar el lenguaje, sino que sólo sobrevivieron los grupos que no podían evitar comunicarse mediante un lenguaje hablado de orden simbólico. Posiblemente, los australopitecos tenían nombres propios y otorgaban otros tantos a las estaciones, las especies de plantas, los fenómenos meteorológicos, el agua, los alimentos, el fuego,... Desde este punto de vista, es absurdo preguntarse si podían hablar los neandertales, alegando que su garganta padece dificultades fisiológicas para pronunciar el sonido “e”. Como resultado de la utilidad de este modo de comunicarse, fue seleccionado como mejor que otros tipos de lenguajes, más basados en la musicalidad y el volumen que en el significado comúnmente aceptado para las palabras. Este sistema no sólo se impuso, sino que volvió inevitable formular preguntas que otros animales consideran innecesario hacerse. En este sentido, el lenguaje incorporaba un defecto de fábrica. Al decir esto, estoy empezando a tratar un tema que espero desarrollar en posteriores ensayos, de modo que no me entretendré demasiado. Simplemente, la creación de conceptos hace que el ser humano se haga preguntas sobre su propia intelectualidad y que, con el tiempo, surjan paradojas y enigmas aparentes. También los conceptos acarrearon muchos males a la humanidad, en la medida en que la gente se los creyó: la propiedad privada, la patria, el más allá, el Espacio Europeo de Educación Superior...

El hecho de que sostengamos determinadas creencias místicas acerca del ser humano y su evolución ponen de manifiesto un lastre evolutivo de nuestra forma de pensar: la sublimación del libre albedrío y el dominio del ser humano sobre su propio destino. Tal vez en un futuro, el hombre podrá auto-seleccionarse y desviar a voluntad el curso de la evolución, al margen de lo meramente ambiental. Mas adelante se discute si esta fase ha empezado ya.

He aquí, por lo tanto, una sucesión de causas ambientales que propician el primer invento-descubrimiento: El fuego. Hubo millones de años de evolución en los que se practicó sobre todo la pereza y que permitió el perfeccionamiento del lenguaje y el surgimiento de tecnologías relacionadas con la caza y la guerra (y hasta cierto punto, la construcción). Se practicó el homenaje funerario y el arte y ya al final, hace tan sólo unos 10.000 ó 12.000 años, empezó la vida sedentaria, el cultivo y la cría animal. Posiblemente, una de las primeras plantas que se cultivaron fue el cannabis (Sagan, 1977).

Más adelante, se hablará de la mítica revolución neo-lítica, que conlleva la agricultura, la ganadería y también la pesca; posiblemente, alguna forma de artesanía y comercio. No tardó mucho en perfeccionarse la navegación para que la pesca se convirtiese en el tercer gran modo de vida. El hombre volvía a adaptarse al medio acuático, pero no tanto en el planteamiento físico como en el intelectual. Aquí surge una idea que requiere atención y que se presta a ejemplos y reflexiones: En las sociedades humanas, los inventos que han dado buen resultado dejan de suponer una ventaja competitiva dentro de la especie, al generalizarse su uso; dejan de ser fuente de poder y otros inventos mejores tendrán que ser utilizados para conservar o ganar dicho poder, frente a otros humanos. El uso progresivo de tecnologías tiende a adaptar el medio a las necesidades de los individuos vivos, de forma que la evolución fisiológica puede detenerse, al menos en determinados aspectos. De aquí se salta fácilmente a otra idea que el ser humano ha tenido: La eugenesia no sólo supone una resistencia frente a la evolución, sino su manipulación y aceleración; una selección artificial de humanos, en función de ideales (parámetros estéticos, etc.) y no de necesidades materiales.

Cuando el invento se convierte en restricción, puede considerarse que forma parte de las condiciones materiales o, en otras palabras, que se naturaliza. Desde este punto de vista, las ideas (que también son inventos), cuando se implantan, pueden incidir en el cambio social y eso parece desmentir la tesis materialista de Marx y Engels. Sin embargo esto no es así; primero, desde un punto de vista lógico, cuando las ideas se generalizan es porque existe un poder que pretende afianzarse; rara vez se deben a un poder incipiente. Segundo, es cierto que los grandes cambios tecnológicos han propiciado movilidad social, pero eso lo que hace es colocar en las instituciones de poder a personas y estirpes distintas. Todo eso no significa que la idea se implante porque es buena, sino que tienen reconocimiento como buenas ideas, en función de a quién interesen.

Para que las ideas se difundan, no basta con que se tenga razón. Ahí está Internet y no ha servido, en general, para que la gente adquiera más cultura; los poderosos se las arreglan para que sus opiniones salgan en primer lugar en el google y las estadísticas favorecen a los bulos científicos, las supersticiones, los sucesos paranormales y las religiones, más que al conocimiento científico. Las ideas, para implantarse, deben tener el respaldo de poderes establecidos o alternativos. El propio Engels era un industrial que financió la propaganda comunista y la publicación de las obras de Marx. En su caso, el interés material no era meramente individual, pues el creía que era posible una sociedad sin clases, en la que la competencia y la maldad ajena dejarían de ser motivo de tribulación y ya sólo nos preocuparíamos por cómo hacer funcionar el sistema de modo más eficiente y beneficioso para la colectividad. La idea era buena y llegó a implantarse un experimento (más bien perverso) que llegó a durar 70 años y a incluir aproximadamente a la mitad del mundo (en extensión y en población), pero finalmente las buenas ideas no siempre tienen éxito: se impuso la otra mitad; la que proclama la desigualdad como incentivo.


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