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HISTORIA NATURAL DEL HOMO SCIENTIPHICUS O CARTA DE UN PRIMATE A LOS ANTROPÓLOGOS

Alfonso Galindo Lucas




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4.3. Los monstruos

Este apartado es de los menos importantes, pero también de los más divertidos de este libro. En cualquier caso, contribuye a soportar la tesis materialista de que los mitos son posibles por determinadas situaciones materiales, es decir, que obedecen a determinados intereses. Estos intereses constituyen las condiciones (ya no naturales, sino sociales) que seleccionan a aquellas personas más crédulas, mientras que crea problemas graves a las escépticas.

A medida que la ciencia avanza, los monstruos de todas las mitologías van siendo relegados a la categoría de invención fantástica. Según Sagan (1977), la rivalidad ancestral con otras especies hizo que fueran seleccionados los individuos más combativos, es decir, aquellos más propensos a ver monstruos. Tal vez los parantropos veían al homo habilis como un posible aliado, mientras que éste lo veía como una amenaza, por eso le opuso su enemistad y consiguió que se extinguiese, reemplazándolo. Más recientemente, los lances entre Cro-Magnon y neandertal, de los que el primero resultó victorioso sirvió para seleccionar unos caracteres antropológicos racistas y de desconfianza frente al distinto. Todo esto, claro está, no es más que una conjetura.

Este carácter psico-antropológico explicaría que, durante la antigüedad, todas las culturas (al menos, las occidentales) hayan hablado de centauros, minotauros, gnomos, elfos, sirenas, hadas, cíclopes, medusas, abominable hombre de las nieves, visitantes alienígenas cabezudos, animales habladores, licántropos, vampiros, etc. Para Carl Sagan (1977), el mito del dragón provendría, por esta regla de tres, de la antigua rivalidad entre mamíferos y reptiles, pero eso sería, creo yo, ir demasiado lejos en el tiempo.

Por el contrario, creo que son las condiciones sociales las que van creando un ambiente para la selección natural de los sujetos más imaginativos (más mentirosos). Algunos mitos pueden proceder de simplificaciones, deformadas luego por la transmisión y el relato. Los intereses materiales explican, como siempre, la existencia de dioses y seres extraordinarios (en definitiva, la superestructura).

Por ejemplo, el mito del centauro surgió posiblemente de la experiencia de contemplar a los primeros jinetes. La forma en que lo explicaron los perplejos observadores directos deformó el concepto de hombres a caballo hacia hombres-caballo. En la conquista de América se repitió esta experiencia.

Continuando con el catálogo de seres monstruosos, el mito del dragón resulta, de forma evidente, del conocimiento que se tenía en la antigüedad de los restos fósiles de dinosaurios. Se atribuía propiedades afrodisíacas, entre otras, a la molienda de estos huesos. Lo que no se sabía es que se trataba de fósiles muy antiguos. Por eso, en distintas ocasiones en que se hicieron estos hallazgos (normalmente, en el interior de cuevas), el descubridor intrépido se arrogaba el mérito de haber matado a la bestia y haber dejado que se convirtiese en un mero esqueleto. Esta explicación concuerda con el hecho de que este mito exista en civilizaciones muy distantes.

Los dragones se cruzan en la vida de Jesús (Jesucristo), según los evangelios apócrifos, y en las hazañas de caballeros medievales, como San Jorge. Hay quienes apuntan la hipótesis de que estos mitos se sustentasen también en la existencia de lagartos de gran tamaño que hoy se han extinguido o en los mismos cocodrilos y caimanes, pues algunos episodios bíblicos con dragones podrían transcurrir en las inmediaciones del Nilo.

El origen de los gigantes puede ser también la existencia de fósiles de gigantopithecus, pero se puede señalar a la propia enfermedad del gigantismo como causante de que en la Odisea y otras obras precursoras de la literatura occidental se hable de gigantes como si fueran un hecho comprobado.

La figura el minotauro es una construcción totalmente interesada de los reyes locales de la antigüedad, en los pueblos mediterráneos, en el paso desde un modelo antropológico matriarcal a uno patriarcal. Para evitar el sacrificio humano del rey (que se producía cada ciertos años, según Robert Graves, coincidiendo con fenómenos astronómicos), se consiguió sustituir su decapitación por el sacrificio de un animal realmente viril, como el toro o el uro. Esta práctica conformó una religión estatal en la isla de Creta, motivo por el cual hablamos de civilización minoica. La cabeza de toro venía a significar “rey cuyo sacrificio ha sido sustituido por la decapitación de un toro”.

Los cíclopes, según Robert Graves, eran en su origen una tribu de herreros que se dibujaban un círculo en la frente. Posiblemente los pegasos y unicornios son un mero ejercicio de creatividad imaginativa, aunque hay quienes identifican el mito del pegaso con el zorro volador africano y el del unicornio con los rinocerontes o incluso con el narval.

El mito del hombre-lobo surge en una época en que el lobo era perseguido y aniquilado por los criadores de ganado. Para justificar la matanza de lobos, había que contar historias acerca de su ferocidad. Establecida, en el ideario colectivo, la maldad y ferocidad del lobo, cuando se quería juzgar a un delincuente y no había suficientes pruebas, se le achacaba el carácter de licántropo. En las noches de luna llena, por motivos de luminosidad, las distintas especies animales, incluidos nuestros antepasados, estaban más dispuestos al apareamiento y, por lo tanto, los casos de violación eran más comunes en los plenilunios.

El mito del hombre-lobo se puede haber visto reforzado por los casos de hipertricosis (pero ésta no es razón suficiente, porque se podría haber hablado de hombres-oso)

El hombre de las nieves, yeti o pies grandes, puede provenir de un avistamiento de gigantopitheco más reciente de lo que el registro fósil nos confirma (el registro fósil no indica cuándo dejaron de existir esos seres, ya que no siempre se dan las condiciones para que se conserven sus restos; además, se sabe que los humanos modernos han consumido estos restos fósiles con fines terapéuticos, hasta la actualidad). Ni que decir tiene que las supuestas pruebas tangibles del occidental Pies-grandes, incluyendo filmaciones de gente disfrazada, en Estados Unidos, contribuyen a este mito.

El mito del extraterrestre procede de una elaborada propaganda oficial estadounidense, durante la guerra fría, tendente a legitimar (y, en parte, ocultar) la carrera armamentística. También este tipo de personajes, como antiguamente el minotauro, han creado una auténtica fiebre imaginativa, debido a los logros en cosmonáutica y al conocimiento del universo. Al decir esto, se puede causar decepción en muchas personas actuales, entre ellos, algunos amigos míos. Pero poniéndonos en una perspectiva histórica, ahora también las historias de dragones y hombres lobo nos parecen excesivamente crédulas, aunque en su tiempo eran efectivas.

Por lo que sabemos, el mito de las sirenas puede provenir de una rara enfermedad congénita que afecta sólo a las hembras humanas y que se produce en muy escasas ocasiones. Consiste en una continuidad somática entre las dos piernas, conservando, no obstante, los huesos de ambas en el interior (hoy se puede operar). Las deformidades congénitas también podrían haber sido origen de mitos como los gigantes, los gnomos, elfos, enanos del bosque, gárgolas... incluso cabe la posibilidad de que, en la antigüedad, las personas que padecían estas enfermedades hubiesen sido abandonadas en lugares concretos del bosque (que era la práctica totalidad de Europa) y que formasen comunidades perpetuando genes defectuosos. Pero esto es muy hipotético y no hay indicios de ello.

En el mundo de los monstruos marinos, la ciencia ha demostrado que hubo mucha ficción en los relatos de los marineros. Se trata simplemente de un ejercicio corporativista. El que controla un caladero o ha descubierto unas tierras lejanas por vía marítima, gusta de disuadir a los demás, mediante el relato de grandes peligros y, en especial, los de fieras criaturas.

Sin ir más lejos, la conquista de América estuvo salpicada de supuestos hombres sin cabeza, cuya cara se encontraba en el tronco (posible mito relacionado con el mono aullador), personas con un sólo y enorme pie (posiblemente derivado del manatí), y otros seres extraordinarios que llegaron a figurar en los mapas más autorizados, junto con criaturas marinas abominables, que ilustraban los confines del mundo.

De la misma forma, hoy se utilizan monstruos, como los índices bursátiles, el déficit público y la sostenibilidad de las pensiones, que también se difunden porque eso interesa a determinadas empresas privadas.

Sin embargo, los verdaderos monstruos se han encontrado en las recientes exploraciones microscópicas y en hallazgos zoológicos del siglo XX, en aguas abisales, y freáticas, en los desiertos y los polos. Se trata de criaturas imposibles, que demuestran adaptaciones milagrosas: Babosas marinas que hacen la fotosíntesis; anfibios neoténicos que son capaces de re-generar prácticamente todas las partes de su cuerpo, en caso de amputación; bacterias que resisten temperaturas muy altas o muy bajas o que pueden vivir sin oxígeno, priones, virus en estado latente, etc. Lo más sorprendente del mundo animal ya no es el cuerno del rinoceronte, las rayas del tigre, las alas del murciélago o la trompa del elefante, sino la célula eucarionte o la nueva entelequia: La urbilateria. La urbilateria es un animal hipotético cuyos restos fósiles no se han encontrado, pero que, gracias a la Teoría de la Selección Natural, de Darwin, se sabe que tuvo que existir necesariamente.

La existencia de este nuevo concepto, que roza lo cripto-zoológico, se debe a una utilidad poco explotada de la Teoría de la evolución, cuya común aceptación por la comunidad científica ha tenido efectos interesantes. Esta predicción evolucionista, al parecer, no es tan reciente como el nombre de urbilateria, puesto que, según cuentan, ya Aristóteles pronosticaba la necesidad de que existieran especies con una u otra caracteística y acertaba (a lo mejor, hacía trampas). En el marco del actual pensamiento evolucionista, la existencia de este misterioso animal pre-cámbrico se considera una necesidad, puesto que las coincidencias genéticas descubiertas en todos los cordados (desde las babosas hasta los osos) no pueden deberse más que a la existencia de un antepasado común, cuya forma y comportamiento se desconocen, pero al que ya se le ha ido poniendo nombre.

Se pueden recopilar monstruos y mitos mucho más actuales, en los que los adultos no creemos: Santa Claus, Rudolf y el Grinch, los Reyes Magos, el Ratoncito Pérez, Drácula y sus vampiros, los hombres lobo, las hadas madrinas, la Trinidad, la transubstanciación, la Inmaculada concepción, las ascensión, la maternidad virginal, la infalibilidad del Papa,...

No podemos abandonar el apartado de los monstruos sin hablar del Mistley, esa mascota transgénica inventada a finales de los 80 o principios de los 90, que fue un auténtico revuelo mediático y que, según se decía, se estaba vendiendo como churros, a pesar de su precio prohibitivo. Ahora, muy pocos se acuerdan de dicha noticia y la gente tiende a no creer que semejante monstruo haya existido jamás. Todo lo que se encuentra en internet son foros en los que alguien pregunta quién se acuerda de los Mistley. ¿Se trata de una noticia falsa que creó mitos, como el de la estancia de Ben Laden en Afganistán o de armas de destrucción masiva en Irak? (o de un programa para la bomba atómica en Irán). Yo creo más bien que se trató de un proyecto empresarial fracasado, cuyos malos resultados han sido borrados del mapa cibernético, para no perjudicar la imagen del fabricante.

Mientras hablemos de monstruos refiriéndonos a criaturas imposibles, el tema es bastante divertido, pero como Goya expresó, los monstruos son algo terrible que provienen del sueño de la razón.


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