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HISTORIA NATURAL DEL HOMO SCIENTIPHICUS O CARTA DE UN PRIMATE A LOS ANTROPÓLOGOS

Alfonso Galindo Lucas




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Acerca del autor. Se precisa economista

Doctor en economía, especializado en finanzas. Profesor de la Universidad de Cádiz, España. Entre sus trabajos más conocidos figuran artículos para revistas como Actualidad Financiera; Contribuciones a la Economía; Filosofía, Política y Economía en el Laberinto; Alta Dirección; Journal of Law and Conflict Resolution, etc. y, con Arno Tausch, en la Revista del Ministerio de Trabajo e Inmigración. Entre los ensayos para trabajos colectivos, destaca el capítulo “La migración Sur-Norte, como efecto” (En “El Estrecho de Gibraltar como espacio jurídico común”, Tirant Lo Blanc, 2009). Es autor de tres libros sobre finanzas y un tercero sobre economía, todos publicados por eumed.net. El más reciente, Marco Institucional de la Contabilidad y las Finanzas, es de 2009.

Director de Entelequia. Revista Interdisciplinar, catalogada en cientos de librerías académicas en Estados Unidos y en otros mercados académicos importantes en el extranjero, convirtiéndose una de las revistas científicas más leídas en el mundo. Ha impartido docencia en masters y escuelas en Francia y en cursos de doctorado y ha sido revisor en revistas y trabajos de investigación defendidos o publicados en México, Cuba, Colombia, Francia y España.

Ateo, pacifista de izquierda y activista del laicismo, el que escribe es un investigador de origen humilde, de barrio obrero, producto milagroso de una época en que coleaba el estado del bienestar. El baby-boom y la crisis del petróleo y, en sentido local, la Transición y los Pactos de la Moncloa son los principales responsables del perfil del autor. Pudo completar estudios en una época en que existían becas del Estado, bibliotecas públicas y algunos buenos profesores, ya en proceso de extinción. En materia de evolución humana y otros muchos aspectos, el autor ha aprendido de forma aficionada, unas veces gracias a los planes oficiales de estudio y de la divulgación científica y otras veces, muy a pesar de los esfuerzos editoriales e institucionales por engañar al gran público. El carácter reciente de los hallazgos y el invento de Internet han facilitado la adquisición de conocimientos, pero también la difusión de grandes falacias, como el nuevo creacionismo.

En general, en todos los estudios que relacionan al hombre y su medio es precisa la intervención de un economista; no un economista al estilo de Chicago, con premio nobel, sino un economista de verdad, un filósofo como Thales de Mileto, John Stuart Mill, Malthus o Adam Smith. Cuando hablamos, por ejemplo, de incendios forestales, sólo un economista sabe qué hacer para evitarlos, no un biólogo, ni un ambientalista y mucho menos un político. Cuando Georges W. Bush propuso evitar los incendios forestales mediante la tala de árboles, no es necesariamente porque era imbécil; había intereses económicos importantes y pensaron que a lo mejor el electorado era imbécil. Cuando la administración pública saca a subasta la madera quemada, está creando incentivos para nuevos incendios y el endurecimiento de las leyes penales no tendrá ninguna repercusión, porque el mercado es más poderoso. Cuando, por ejemplo, se incauta un cargamento de colmillos de elefante y públicamente se procede a la incineración del marfil, mediante la exhibición de documentales de amplia cobertura en el mundo rico, en realidad no se está disuadiendo al traficante, sino desplazando la curva de demanda hacia arriba. Lo que tendría que hacer el gobierno del país africano en cuestión, si no fuera corrupto, sería regalar tallas elaboradas con el marfil incautado, es decir, castigar al infractor sin su mercado, en vez de incentivar el delito. Con estos ejemplos, vemos claramente que un economista es más necesario de lo que la gente cree. El economista es, de entre las variedades vivas de homo scientiphicus, de los que más socorro o más daño son capaces de dispensar a la humanidad.

Por eso, aunque la formación del autor es como economista, existen sobrados motivos para abordar temas antropológicos en este trabajo teórico. Aparte de lo que se acaba de comentar, tanto la economía como la antropología son ciencias viciadas por un canon académico, confluencia de intereses para-científicos. Aparte, en ambos casos, se trata de ámbitos de estudio muy importantes para el ser humano. Eso significa que los resultados y sobre todo, la divulgación de éstos, pueden afectar o al menos ofender a todas las personas, aunque no sean expertos.

En tercer lugar, el economista, al menos en teoría, está en mejores condiciones que otros homo scientiphicus para detectar estas interferencias del mundo material en el mundo de los conocimientos (el proverbial mundo de las ideas, de Platón). En efecto, se va a defender la idea de que son los intereses materiales (a veces muy poderosos y otras muy miserables) los que frenan el progreso científico (con respecto a la “idea” que podemos tener del mismo). Recientemente, he hablado de estos temas en un artículo de 2010 y las ideas básicas se incluyen en el capítulo 8.

Y por último, podría decirse que por alusiones, como ofendido de la antropología, el autor se ve en el derecho de escribir sobre sí mismo, puesto que existen numerosos trabajos divulgativos acerca del ser humano que llegan a transgredir los postulados evolucionistas y el sentido común de un modo más evidente o más velado, como se irá exponiendo.

Como economista, podía haber recurrido al subterfugio de declararme adicto a la economía evolutiva u otras semi-disciplinas académicas –muy respetables, como tales– de las que van surgiendo con la especialización. Pero no; este libro constituye un ejercicio de intromisión, de intrusismo académico que he justificado más arriba en razón de la materia, y que, desde el punto de vista formal, reivindico, por oponerme al fundamentalismo de la especialización (ver anexo III). Está bien ser uno de los mejores expertos mundiales en algún campo, pero una vez que se ha demostrado que se es estudioso, entonces creo que se puede reivindicar la condición de persona con cultura y el cacareado derecho a equivocarse (recogido por ejemplo en Savater, 1992) para tratar de abordar visiones globales acerca de la humanidad. Uno de los textos que he revisado para este libro (Sampedro, 2002, p. 25) advierte contra la fiebre de especialización curricular que hoy padecemos: “¿Qué habría ocurrido si Darwin hubiera... tenido que escribir cinco o seis artículo científicos... antes de leer a Malthus... Y... cinco o seis artículos posteriores? Afortunadamente para Darwin, el célebre tratado de Malthus no estaba adscrito a ninguna especialidad académica (hoy se cita como uno de los trabajos precursores de la Ciencia económica y de la demografía) y su currículo profesional no estaba sometido a las presiones de hoy.


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