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HISTORIA NATURAL DEL HOMO SCIENTIPHICUS O CARTA DE UN PRIMATE A LOS ANTROPÓLOGOS

Alfonso Galindo Lucas




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1.4. Crítica a “El mono desnudo”

Por el contrario, el libro “El mono desnudo” de Desmond Morris representa una consolidación de la perspectiva zoológica, de una vez por todas, aunque las críticas que aquí haremos se basan, precisamente en el abandono de la anunciada perspectiva científica en favor de argumentos que resultan morales. Digamos que el enfoque zoológico se convierte en un reclamo de un discurso moral que también forma parte de su obra. Este libro ha cumplido 40 años en 2007 y es preciso alabar aquí su aportación a la zoología, ampliamente reconocida (excepto en los ámbitos pseudo-científicos ya mencionados) y otros méritos, como el hecho de haber tenido presente la hipótesis acuática como, al menos, una conjetura verosímil. En este trabajo, será ampliamente comentada esta obra y, en parte, duramente criticada. Por ejemplo, la teoría de la fase acuática es tan buena, desde el punto de vista zoológico, que resulta decepcionante que este autor, por no contradecir al canon académico, se mantenga al margen, de un modo neutral, en vez de implicarse en esta revolucionaria teoría. Este afán por llevarse bien con el stablishment le supone al libro “el mono desnudo” defectos aún más reprobables.

A pesar de lo mucho que, en su día, se vendió el libro “el mono desnudo” y lo sorprendente del tiempo transcurrido sin que nadie a nuestro alrededor haya protestado, voy a intentar argumentar mi opinión de que, cualitativamente, una cultura nunca es superior a otra. Para empezar, como bien afirma este autor, una tribu minoritaria no es calificable como “primitiva”, puesto que nos es coetánea. Desmond Morris afirmaba que “resulta difícil evitar la arrogancia de la apreciación subjetiva”, pero anunció en su libro que intentaría estudiar a su propia especie como si se tratase de una ardilla. Finalmente, no lo consiguió.

El citado libro estaba destinado a aquella parte de la población humana cuyas culturas están expresadas en lenguas cercanas, es decir, idiomas a los que previsiblemente se traduciría. A esas civilizaciones, como a todas, en general, les gusta sentirse superiores (aunque habría muchas cosas que reprocharles). A estos efectos, Morris da con la clave: Dirá que esta especie es “esencialmente exploradora” y usa este argumento, no sólo para describir, sino para justificar. Insinúa un razonamiento posterior que, desde el punto de vista darwinista, es una aberración científica: el ser explorador será un rasgo evolutivo determinante, de forma que aquellas poblaciones que no sigan esa línea, entran en un “callejón cultural sin salida” que se supone que les llevará a la extinción. Con este maquiavélico acto de adulación, Morris legitima a las razas “exploradoras” para que sigan destruyendo a las demás comunidades indígenas, en función de un destino fatal, irremediable.

Si analizamos los apelativos que este autor aplica a las civilizaciones minoritarias, menos extendidas, menos “exploradoras”, encontramos en dos páginas consecutivas (pp. 8-9), las expresiones de “poco fructíferas”, “fracasados”, “embrutecidos”, “extraviado”,.. en comparación con los “evolucionados”, “progresados”, etc... algo que recuerda a los discursos del nazismo.

Todos estos insultos no sólo resultan innecesarios, sino que está demostrado que la mayoría de las tribus selváticas, por ejemplo, tienen un sistema de convivencia en muchos aspectos más deseable que el occidental: No han pasado por las epidemias de peste, no padecen el suicidio, la polución, la quema de brujas, las cárceles, el dinero y las desgracias que conlleva, las armas de fuego... no miden la salud humana por el gasto en medicinas, sino que aplican los remedios gratis y universalmente a cualquiera que se halle en su territorio. Es cierto que muchos de estos elementos occidentales entran en el concepto de progreso (por ejemplo, la guerra puede remediar el paro), pero esto no establece una jerarquía ni un camino a seguir. Todas estas culturas habían alcanzado el equilibrio con su ecosistema, cuando el hombre "explorador" ha venido a saquearlas.

Analicemos ahora hasta qué punto se equivoca Morris en sus planteamientos. En primer lugar, el hecho de ser explorador se fija como destino o “finalidad” de la evolución y no como un resultado de la misma. De manera decidida, se aparta del modo de proceder netamente científico adoptado por Darwin y vuelve a las elucubraciones pre-fascistas de Spencer. No explica cómo se han seleccionado esos "impulsos", en función de las condiciones materiales (las características del medio), sino que los convierte en causa de la evolución, en vez del efecto.

Solamente aporta un argumento para suponer que la especie humana esté "especializada" en la exploración y sería el hecho de que no estemos especializado en ningún otro modo de vida (p. 141). Es un argumento ambiguo y en él se confunde la exploración en sentido místico (exploración de ideas) y en sentido material (exploración de territorios). Esto es así porque un ser adaptable o versátil es aquel que actúa en consecuencia con el medio en que se encuentra, sin necesidad de desplazarse; por el contrario, una cultura que invade a sus vecinas sería, en la argumentación darwinista, una estirpe que no ha podido adaptarse a los cambios de su entorno (incremento de población, extinción de especies depredables, etc.). Por lo tanto, el hombre explorador sería un inadaptado, alguien que no es capaz de evolucionar a la par que su entorno, ni de cambiar su entorno (políticas de natalidad, conservación del medio ambiente, etc.) para poder habitar en él. En definitiva, el ser "oportunista" o "explorador" del que habla Morris no conlleva una característica propia de los no especializados, sino de los que buscan algo (agua, mamuts, esclavos, diamantes, petróleo,...).

Adicionalmente, se está asumiendo como medida de la “evolución” el grado de implantación de unos valores culturales que tienen origen y efecto en la colectividad, lo cual contradice el aparente enfoque zoológico de su obra. En lugar de eso, podría haber medido el grado de adaptación de los individuos a su entorno específico, como medida de evolución. Ahora bien, si el resultado hubiese designado a unos negros africanos como los más "evolucionados", probablemente el éxito de su obra habría sido menor, ya que los interesados probablemente no tienen tanta costumbre de comprar libros. También podía haber caracterizado al hombre blanco por su vanidad (ver cuadro 2)

En tercer lugar, este autor se permite menospreciar a las tribus minoritarias por motivos "culturales", no sólo contradiciendo aún más el pretendido enfoque zoológico, sino ignorando que la cultura de Occidente, en comparación con su nivel de vida, es bastante pobre. Como apunta Sagan (1995: 461), el número de genios por cada mil habitantes ha disminuido mucho en la actualidad. Es cierto que África no ha dado grandes genios desde Euclides o Eratóstenes (que vivieron en Alejandría) y Asia no ha vuelto a tomar ventaja desde que se revelaron los secretos de la seda, la porcelana, la pólvora, la imprenta, el papel moneda o la púrpura. Sin embargo, el incremento en la esperanza de vida y la comodidad o bienestar en Occidente es, al menos en apariencia, galopante y el número de genios, sin embargo, proporcionalmente decreciente.

En cuarto lugar, ha distinguido a la cultura exploradora [léase occidental] por un hecho aparentemente virtuoso, como es su expansión cultural y empresarial (no necesariamente colonial), es decir, por la amplitud y variedad de su ecosistema. Sin embargo, podía haberla caracterizado por sus defectos y sus peligros, en especial, su potencial auto-destructivo. El desarrollo de esta idea de selección de unas culturas, en detrimento de las otras, por el hecho de ser las primeras más invasoras, pretende presentarse como justificado por la selección natural, cuando se trata de una causa totalmente artificial.

Ese punto de vista es esencial, puesto que si consideramos que la "tendencia natural de la especie a explorar", el "impulso exploratorio" (p. 141) es algo ineludible, por ser mayoritario, e inamovible, sin posibilidad de marcha atrás, entonces tendremos que asumir que los abusos del hombre "civilizado" hacia su medio y sus congéneres es algo que tampoco tendrá marcha atrás y nos llevará a la auto-destrucción. No obstante, en caso de que ésta se produzca finalmente y si alguien sobrevive, se impondrá el modo de vida de aquéllos a los que denominamos "salvajes".

En definitiva, una vez atraído el lector con el enfoque zoológico, el autor adopta un dogma, un imperativo teológico difícilmente falsable, acerca de la naturaleza humana, además de bastante poco concreto: El ser humano se define como explorador por naturaleza; Morris utiliza débiles ejemplos, más que argumentos, para esta caracterización ad hoc del ser humano. Este dogma es menos inocente de lo que parece, porque no sólo permite justificar la invasión de unas naciones por otras, sino que además hace que el autor se sienta autorizado a estudiar a la población del país más invasor de la historia (Estados Unidos) como representantes del humano típico o normal. El estudio, llega a conclusiones acerca de la humanidad (comportamiento social o sexual, aprendizaje infantil, etc.) que son extrapolaciones gratuitas de la decadente cultura estadounidense.

Esta crítica antifascista a los planteamientos de su libro no representa un juicio acerca de sus convicciones personales, pues lo más probable es que sus proclamas no se deban a una actitud despectiva del autor con respecto a otras culturas o etnias, sino a la comodidad de justificar el uso de estudios realizados en Norteamérica ("...puede ser tomada... por representativa...", p. 55). La crítica responde a planteamientos relativos a las necesidad de establecer como "término medio [...] las sociedades más adelantadas [?]" (loc. cit.), puesto que aquéllas que muestran cierta diversidad "biológicamente hablando, no representan la corriente principal de la evolución" (loc. cit.). Se puede contra-argumentar que Estados Unidos es un país donde la opulencia ha permitido la proliferación todo tipo de comportamientos extra-naturales (que, por otra parte, es un derecho de cada cual ) y donde las poblaciones mayoritarias no son indígenas, sino que han evolucionado en Europa, Asia y África; habrá que replicar a este autor preguntando si ya era corriente principal la civilización occidental cuando era minoritaria; ¿Por que no se extinguió ésta cuando "por término medio", el ser humano iba descalzo, procreaba al margen del matrimonio, ignoraba su filiación masculina, etc.? Incluso hoy, podemos afirmar que "por término medio" el ser humano está desnutrido, es analfabeto, pare antes de la mayoría de edad... y ahora, con la emigración, se está volviendo explorador, en dirección inversa al imperialismo. En conclusión, el argumento, ya sea por mala suerte o por intención, le resultó altamente discriminatorio y justificativo, ajeno al ámbito científico. El enfoque de Engels, basado en Morgan, es exactamente el contrario.


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