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HISTORIA NATURAL DEL HOMO SCIENTIPHICUS O CARTA DE UN PRIMATE A LOS ANTROPÓLOGOS

Alfonso Galindo Lucas




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5.2. Acerca de la selección sexual

Hasta aquí, se ha defendido la teoría de la selección natural como la más razonable; primero, porque después de la obra de Darwin, se ha demostrado suficientemente el proceso adaptativo, tanto a nivel fisiológico, como etológico y genético y tanto en la especie humana como en otras especies de cualquier reino biológico. Segundo, por motivos metodológicos, puesto que, de todas las explicaciones posibles al proceso evolutivo, la selección natural es la de mayor parsimonia (simplicidad y sentido común) y no necesita el concurso de agentes previamente inteligentes (selección artificial) de origen extraterrestre.

Sin embargo, hay un importante apartado de El origen de las especies en el que es preciso discrepar. Se trata del procedimiento denominado de selección sexual, donde el autor comete el error de introducir la costumbre como variable exógena (Darwin, 1859, p. 111 y ss). Tal vez es fruto del machismo de la época y el entorno en que este genio se educó el hecho de considerar los gustos de la hembra en el mismo nivel que las características del entorno. Puesto que la mujer era considerada básicamente un vehículo de la reproducción, también debía serlo de la selección natural. Visto desde un ángulo más científico, es evidente que los gustos no pueden ser considerados una variable, puesto que la hembra de cualquier especie cuyos gustos no sean adaptativos (por ejemplo, si a una leona le gustan los leones delgados, bajitos, pacíficos o vegetarianos) está condenada a extinguirse. La variable "gusto" estaría tan correlacionada con la variable de adaptación que podemos prescindir simplemente del concepto de selección sexual. La idea que recoge Darwin podría resumirse diciendo que la reproducción sexual acelera el proceso de adaptación, puesto que se están seleccionando simultáneamente los caracteres (entre ellos, los gustos) de machos y hembras. De este modo, la selección sexual no es una causa de la evolución, sino uno de los mecanismos de la selección natural (este mismo razonamiento aplicamos en otro lugar a la neotenia). Es cierto que en otras especies existen reclamos meramente sexuales (como el canto de las aves o las protuberancias temporales de los orangutanes), pero éstas normalmente son reflejo de buena salud y, por lo tanto, seleccionan a las hembras con gustos más competitivos.

Es cierto que e número de machos en una especie es excesivo, en relación con la necesidad de espermatozoides y, por eso, se pueden establecer mecanismos de competición que, en la práctica pueden perpetuar la especie, pero pueden también resultar ilógicos o arbitrarios, desde una perspectiva humana, lo cual explica Sykes (2003) como una interesante lucha entre los dos sexos, que configura a las especies sexuales como una simbiosis entre genes machos y hembras. Pero es auto-evidente que, si los caracteres exagerados (Sykes menciona el peso de los elefantes marinos) sobreviven es porque sirven a la perpetuación de la especie.

Es muy comentado (Arsuaga, 2001) el caso de la inmensa cornamenta del prehistórico alce irlandés. Aquí lo que falla es nuestro conocimiento, no la selección natural. Si múltiples generaciones de machos habían lucido semejante cornamenta es porque fueron elegidos por las hembras. Actualmente, la cornamenta es un utensilio bélico en la disputa por el apareamiento. En aquélla especie, pudo servir, además, como refugio para las crías, ante ataques aéreos. Evidentemente, la causa de su extinción fue el ser humano, igual que la del lobo marsupial, el alca gigante, el moa, el uro, el mamut, etc. Otro caso que se menciona es el del pavo real (Sykes, 2003) y otras aves exóticas. Se piensa que la elección de estos caracteres es aleatoria o caprichosa y que la cola del pavo real no tiene una utilidad intrínseca, pero, igual que ocurre con la barbilla humana o la cornamenta gigante del alce prehistórico, lo más probable es que sea el entendimiento humano el que sigue estando por detrás de las razones de la selección natural. Mantengamos el ejemplo de los pavos reales. De entrada, el tener una larga cola, se me ocurre que puede ser ventajoso, puesto que esa es precisamente la estrategia de supervivencia que utilizan los gecos y lagartijas y otros reptiles, aparte de mamíferos como los gatos y las ardillas del desierto de Kalahari, que exponen su apéndice vertebral en primer término, en las situaciones hostiles. En estos animales, la cola, en posición de combate es prácticamente todo pelo y en los reptiles es regenerable. Eso convierte a la cola en la única parte que se puede perder en una escaramuza con un depredador, de forma que no comprometa la supervivencia y perpetuación de los genes. Aparte, se sabe que la cola de las ardillas del desierto es también un parasol cuya utilidad es un factor indiscutible de selección natural.

Todo esto no significa en absoluto que la hembra siga estos razonamientos; simplemente elige lo que le gusta, pero los gustos serán seleccionados, igual que ocurre con las ideas (7.2.), en un plano más humano. ¿Por qué el medio selecciona a las pájaras que prefieren colas largas? Pues porque los pájaros de colas más largas tienen más oportunidades de escapar con vida. Aparte de esto, en el pavo real y en otras aves, el despliegue de plumas en posición de cortejo configura una apariencia de rostro con grandes ojos, que puede disuadir a los depredadores menos experimentados. Esto ocurre también en los célebres ojos de las alas de la mariposa, que configuran una cabeza de tamaño condsiderable. También la exhibición de colores llamativos recuerda a los depredadores sus malas experiencias con reptiles venenosos, etc. Pueden encontrarse diversas explicaciones para estas exhibiciones estéticas, pero si hay determinados gustos que han sido seleccionados por la naturaleza debe ser siempre porque otorgan alguna ventaja a la especie.

Está demostrado que en el australopiteco existía dimorfismo sexual, es decir, que el hombre era bastante más fuerte que la mujer (v. Arsuaga y Martínez, 1998, p. 219). Eso significa que, en la reproducción, el macho sometía a la hembra y, seguramente, se peleaba con otros machos. Posiblemente, durante la mayor parte de la prehistoria, las mujeres permanecían juntas y los hombres eran libres. Su relación con las hembras no era una obligación, sino un derecho a aparearse. Llegado cierto punto decisivo, en que los hombres cazaban en grupos, debido al tamaño de las presas (mamuts, osos gigantes, rinocerontes lanudos, ciervos, etc.), su pequeña organización cinegética les creó lazos de cooperación o, al menos, negociación, especialmente, si eran hermanos de madre o si sus madres eran hermanas. Eso significa que, en vez de batirse por las hembras, a veces se las turnaban.

La hipótesis de Harcourt (en Arsuaga y Martínez, 1998, 212) de la relación entre el tamaño de los testículos y la disputa por las hembras muestra que el ser humano está en un término medio entre el gorila y el chimpancé, lo cual puede indicar un término medio en los hábitos. Es decir, el hábito del chimpancé puede haber sido practicado por el hombre cazador, para mantener la cohesión del grupo: Se apareaban con quien se dejase o tal vez negociaban entre ellos el derecho a elegir hembra para el apareamiento, en función de su desempeño en la caza y de sus dotes de negociación. Esta tendencia puede explicar la pérdida parcial de ese dimorfismo, con respecto a nuestros ancestros pre-homo, al menos en cuanto a tamaño físico.


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