BIBLIOTECA VIRTUAL de Derecho, Economía y Ciencias Sociales

FAMILIA, IDENTIDAD Y TERRITORIO, ACTORES Y AGENTES EN LA CONSTRUCCIÓN DE LA CIUDADANÍA DEMOCRÁTICA

Coordinadoras: Maria Teresa Ayllón Trujillo y Maria Rosa Nuño




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III. La cuestión ciudadana y los jóvenes

A diferencia de los estudios sobre los movimientos estudiantiles y juveniles, el tema de la “cultura” y participación política (informal) de los(as) jóvenes en México ha sido escasamente investigado y la mayor parte de los estudios existentes son de carácter marcadamente cuantitativo y descriptivo (Durston 1999; Fernández Poncela 2003:11; Aguilera Ruiz 2003). El comportamiento común de los mexicanos parece hoy más politizado que en épocas anteriores. El discurso oficial de la elite maneja la idea, a partir de la experiencia en los procesos electorales, que la participación ciudadana se ha generalizado. Tal participación se ha elevado pero de igual forma se ha trivializado.

Muchos expertos sospechan o se preguntan si tal “participación ciudadana” no obedece a la mercadotecnia política electoral, más que a una conciencia ciudadana. En México, el verdadero ejercicio ciudadano ha sido y es todavía muy escaso y pobre. La experiencia de casi dos siglos indica que en materia de política en nuestro país una cosa es la teoría y otra es la práctica (Lomnitz, 2000). Se trata de un problema de fondo, histórico, de profundos alcances: la escasa y pobre participación de la población mexicana mayoritaria en la discusión y consecuentemente, en la solución de los grandes problemas nacionales, ha permitido que unos cuantos se arroguen dicha tarea. Por lo general, usufructuarios del status quo, propietarios de grandes capitales, agentes endémicos –diría Lipzet- de la desigualdad social, son los que deciden qué hacer, son los que controlan y conducen al país.

Así la tensión, inherente al sistema capitalista, entre quienes presionan hacia la desigualdad, y quienes lo hacen hacia la igualdad, es resuelta a favor de los “agentes endémicos” de la desigualdad . De esta manera, el régimen mexicano teóricamente democrático en la práctica opera como un régimen marcadamente autoritario, corporativo y cupular, que suele colocar en un lugar secundario las urgencias sociales de las mayorías.

Encuentro varias ventajas de estudiar la propia política mediante el uso de la noción de ciudadanía, sin descuidar que tiene varias acepciones tanto en el lenguaje vulgar como en el especializado de las ciencias políticas y sociales (Meyemberg, 1999). Ideas por lo general asociadas a los derechos y deberes relacionados con la nación, el territorio o la comunidad (Opazo Marmentini, 2000). La categoría “ciudadanía”, en términos teóricos constituye un marco legal y político para entender la juventud, como explicaré más adelante.

De otra parte, por ciudadano la mayoría de las veces se hace referencia al individuo que goza de un estatuto jurídico que adquiere al nacer o por otras vías (matrimonio, asilo político, entre otras) y muy de vez en cuando se hace referencia al ciudadano como actor político, como el actor fundamental contemplado en el esquema político representativo vigente en nuestro país.

Varios de los planteamientos teóricos más importantes de las últimas décadas destacan un mismo antecedente: las formulaciones realizadas por el sociólogo inglés Thomas H. Marshall hacia fines de la década de los cuarenta en Inglaterra. La definición de ciudadanía de este autor tiene que ver con la naturaleza del vínculo que determina la membresía de una persona a una comunidad social: la ciudadanía es un estatus conferido a los miembros de pleno derecho de una comunidad. Todos quienes poseen este estatus son iguales con respecto a los derechos y deberes a través de los cuales éste es conferido (Marshall, 1997). Sin embargo, la identificación de la idea de ciudadanía con un estatus no debe inducir a una consideración meramente estática de ella. Por el contrario, el principio de “igualdad humana” inscrito en la ciudadanía, habría sido enriquecido con una sustancia e investido con un formidable orden de derechos, mucho más allá de lo previsto o lo deseado. De ello podemos derivar que para nuestro autor, lo que en cada momento constituye la ciudadanía, aun en su consideración más formal, sería el resultado de un proceso.

En un contexto histórico preciso, el de Inglaterra, T. H. Marshall reconoce tres elementos de la ciudadanía: el elemento civil, el elemento político y el elemento social. El elemento civil estaría compuesto por el conjunto de derechos necesarios que definirían la libertad individual de las personas, la libertad de expresión, pensamiento y culto, el derecho a la propiedad privada, a contraer contratos válidos y, finalmente, el derecho a la justicia. El elemento político está en relación con el derecho a la participación en el ejercicio del poder en tanto miembro de un cuerpo investido de autoridad política, o bien como miembro de un cuerpo de electores. El más controvertido componente de la ciudadanía sugerido por el autor es el electo social (Marshall, 1997).

En este mismo orden de ideas, conocer y explicar el papel de la ciudadanía en un contexto económico desigual, de individualización y de alta valorización de la racionalidad y la tecnología, esto es, en el contexto de la sociedad mexicana actual, implica establecer, según Meyemberg (1999:9-10), una serie de recortes analíticos que permitan establecer: las ideas que han sido consideradas parte del núcleo duro del concepto; los límites que otorgan validez espacio-contextual a estas ideas; los problemas de inclusión y exclusión del individuo en la ciudadanía (así definida); y las transformaciones en los discursos, en los valores político-culturales y en la construcción de la fisonomía del ciudadano. En este trabajo, sin embargo, solamente podré analizar el quehacer político de los actores sociales que se desempeñan en la sociedad civil, los cuales muchas veces sin querer avalan, distorsionan o sencillamente dan la espalda a “la” política.

Me refiero a lo siguiente: en el contexto rural mexicano del presente, la gran mayoría de los (y las) jóvenes tanto de las medianas como de las pequeñas comunidades rurales concluyeron una educación básica y no son pocos aquellos que han realizado estudios técnicos o una licenciatura en la universidad. En la mayor parte de los casos, después de un largo ir y venir, suelen fracasar o consiguen un empleo mal pagado. Los jóvenes rurales ahora con un más alto nivel de escolaridad y con un horizonte de aspiraciones y ambiciones ampliado, se topan con una realidad económica y social excluyente, consecuentemente viven frustrados. Ante esta situación, ¿qué hacen los propios jóvenes para cambiar este panorama? La experiencia nos revela que hacen poco, casi nada realmente en la esfera política. Tal situación adversa es percibida como un destino manifiesto debido a la existencia de una estructura abstracta confeccionada por la mano invisible de los mercados.

¿Datos? Hay varias fuentes. Una de ellas, la Encuesta Nacional de Juventud que se llevó a cabo en el año 2000 indica que solamente uno de cada cuatro jóvenes ha participado en alguna organización social o política. Este dato, si tomamos en cuenta que México es un país predominantemente urbano, sugiere que en el ámbito rural la mayor parte de la población juvenil no está organizada, ni forma parte de una organización política. Aún así, sería un error suponer que estos jóvenes están por completo desconectados de la política (Baños 2006). En todo caso, permanecen alejados del sistema político, de las instituciones políticas formales, desconfían de la política porque de hecho desconocen qué es la política en el sentido recto de la palabra, lo cual es otra problemática muy diferente.

El actual desprestigio de la política no tiene nada de específicamente mexicano. Es un fenómeno casi universal. Las razones son muy diversas. Hay que recordar que la política ha sido detestada desde todas las ideologías totalitarias, es decir, desde todos los sistemas de ideas que creen haber descubierto el sentido de la historia y que en nombre de la plenitud de la raza, la armonía del Estado corporativo, la armonía social que se derivará de la superación de la lucha de clases o el nacimiento del hombre nuevo tras la eliminación de la explotación, etcétera, que creen que la misión histórica y hasta moral de los verdaderos progresistas consiste en conquistar el poder del gobierno para construir de arriba abajo la sociedad conforme a los dogmas y objetivos de su única ideología.

La política es visualizada desde dos ángulos: de uno como la actividad mediante la cual se concilian intereses divergentes dentro de una unidad de gobierno determinada, otorgándoles una parcela de poder proporcional a su importancia para el bienestar y la supervivencia del conjunto de la comunidad. Y, de otro, como un dispositivo de poder o como una tecnología que busca garantizar la supervivencia colectiva.

La representación y la praxis ciudadana y política están conectadas de muy diversos modos a la vida cotidiana y hace falta investigar –con una metodología cualitativa- las relaciones y determinaciones que neutralizan o desactivan el poder político potencial de la juventud mexicana.


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