BIBLIOTECA VIRTUAL de Derecho, Economía y Ciencias Sociales

RECUERDOS NO OLVIDADOS. MEMORIAS Y TESTIMONIOS PERIODÍSTICOS

Raúl Quintana Pérez




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COMO CONOCÍ AL CHE

Fue un mediodía del mes de marzo de 1958 en el campamento rebelde de la Mesa, a cerca de 3 mil pies de altura, en plena Sierra Maestra.

En la Mesa - luego me dijeron que Camilo (Cienfuegos) la bautizó como la Pata de la Mesa por su estratégica configuración topográfica - el Che creó el primer complejo industrial de la Revolución.

Polo Torres, también llamado el Capitán Descalzo, pues nunca usaba zapatos, con una planta endurecida como piedra. Éste le sirvió al Che de Mensajero, recolector de armas y abastecimientos y como práctico.

Polo ofreció datos interesantes sobre el campamento, el Che y como se incorporó a su tropa, en un reportaje del periodista Juan Luis Aguilera, publicado en la revista "Verde Olivo" en su edición del 14 de octubre de 1982. Aquí reproducimos algunos fragmentos:

"Nací en Rancho de Guá, donde mis padres tenían una finca. Un buen día, después de recolectar la siembre, me fui; tenía muchos deseos de tener algo mío, de trabajar lo mío y sudar la tierra. Cogí rumbo a María del Portillo y embarqué en un barquito llamado "La Fe" El capitán me iba diciendo los nombres de todos los lugares por donde pasábamos hasta llegar a la desembocadura del río "La Mula". Y me puse a pensar: yo soy medio mulo y el río que se llama "La Mula", creo que vamos a andar bien los dos. Le pagué y bajé a tierra en una chalupa.

Polo sigue relatando al periodista:

"Dos días enteros caminé loma arriba hasta llegar a un lugar donde había monte nada más. Di un rodeo por la zona y escogí el sitio para hacer mi finquita. En aquel tiempo eran montes muy lindos, llenos de jagüeyes, yamagüas, algunos cedros y muchos otros árboles diversos; abundaban las jutías, perros y gatos jíbaros. Mi único vecino era un haitiano que nunca salía de su choza"

El Che concibió el campamento, lo dirigió y organizó. Cuando nos vimos en El Hombrito me dijo que buscara un lugar seguro para construir un hospital. Le propuse de inmediato La Mesa porque sabía que le gustaría. Yo tenía allí sembrada malanga, ñame, plátano marteño y café. Una de las características de La Mesa y que fue muy bien aprovechada por el Che, era que las instalaciones bien distribuidas, no permitía visualizarlas todas a la vez, desde un mismo punto. Cuando se veía el hospitalito, las demás quedaban ocultas por las variaciones del terreno y la vegetación. Otra ventaja estratégica es que la entrada al campamento era muy difícil, pese a tener tres entradas. El ejército de la tiranía nunca pudo llegar hasta allí. Los casquitos decían por la radio al Che, que les esperara allí para tomar café. Pero nunca recibimos a esos desagradables invitados"

En varias ocasiones los aviones batisteros pretendieron destruir el campamento y lanzaron bombas de gran potencia. Pero no hicieron daño alguno ya que caían muy lejos dado que los aviones no podían bajar en picada para dejar caer su mortífera carga, pues siempre tenían una loma enfrente. Eran las patas de una mesa vuelta al revés.

La Mesa, gracias al esfuerzo de campesinos y rebeldes se convirtió gradualmente, bajo la dirección personal del Che, en una valiosa zona industrial para la guerrilla, en plena Sierra Maestra. Al frente del hospital estaba el médico Sergio del Valle; en la armería, Oris Zaldívar; en la panadería, Ibrahim Mendoza; en la imprenta Lionel y Ricardo Martínez, éste último se convertiría más tarde en uno de los primeros locutores de Radio Rebelde, junto con Orestes Valera. También se crearon una talabartería, hojalatería, una pequeña tienda, una cárcel y una carpintería. Y para completar, una escuela, que no podía faltar en una obra del Che.

El campamento se creó con el mejor aprovechamiento de sus condiciones naturales. La escuela constituía el centro y alrededor de ella surgieron las demás instalaciones. La hojalatería estaba a unos 300 metros; la armería a mi; la emisora Radio Rebelde, en el Alto de Conrado, a unos 500 metros en la parte más elevada; la talabartería a 200 metros aproximadamente; la imprenta a 7; la cárcel a 150 y la tienda y panadería a unos 300 metros. El hospital, muy bien resguardado, se construyó a unos 600 metros. Pese a no contar este ni siquiera con los más elementales recursos materiales, allí se salvaron muchas vidas valiosas de combatientes, algunos operados personalmente por el Comandante Guevara. Indudablemente que las instalaciones estaban muy bien distribuidas, lo que permitía en caso de un ataque de los casquitos, organizar la defensa desde cada una de las posiciones y disponer el repliegue en caso necesario a nuevas posiciones que resultaban inexpugnables.

Todos coincidían en afirmar que la disciplina era muy severa en el campamento y el primero que daba el ejemplo era el Che.

Cierto día del mes de marzo de 1958, quizás cuando llevaba un par de semanas en el campamento, bajo el mando interino del capitán Ramiro Valdés, se anunciaba que el Che llegaba al frente de una larga arria de mulos bien cargados. Recuerdo que una ola de júbilo recorrió el campamento., no sólo por el arribo del insustituible jefe, sino porque nació en todos la esperanza-incluido yo- de que al fin comeríamos algo más que la solitaria malanga, sin sal ni manteca, que desde hacía tiempo el menú obligado.

Todos corrimos hacia el trillo por donde ascendía el Che seguido de un grupo de soldados rebeldes. Y con el cansancio reflejado en los rostros castigados por el inclemente sol. El grato sonido de las "gangarrias" que colgaban de los arreos de los mulos llegaba a nuestros oídos como un mensaje alegre y esperanzador. Saludos, abrazos a los recién llegados, risas y júbilo. E inmediatamente se dio la orden de bajar la carga.

Esa constituyó la primera vez que vi. al Che. Era una figura que imponía respeto, no miedo; que atraía sin ser demasiado expresivo; que no reía, pero sabía sonreír, mientras acercaba por momentos a sus fosas nasales, el atomizador, su inevitable compañero, para atenuar el asma que no lo abandonaba. A su lado, Ramirito como muchos respetuosamente le llamaban. Y todos atentos con la mirada fija en las maniobras de descarga del arria.

Con una alegre agitación se abrieron los primeros bultos y surgió una oleada de libros y libretas de diversos tamaños y colores. Pasaron al segundo mulo; más libros. Al tercero: más libros y más volúmenes y volúmenes. Los rostros de los compañeros cambiaban gradualmente de expresión. Serios, muy serios, proseguían la tarea sin pronunciar palabra. Así hasta el último bulto.

Todos comprendimos- los combatientes en primer término, pues conocían las condiciones humanas del Che, mejor que nosotros-que él hubiera deseado otra cosa... Pero en la guerra se obtiene lo que se puede y no lo que se quiere. Y allí había una escuela donde el alimento fundamental eran los libros y libretas. Y Che deseaba que todos aprendieran a leer y a escribir para poder servir mejor a la Revolución.

En esos días de marzo de 1958, el combatiente Joel Iglesias convalecía en el campamento de La Mesa. Apenas rebasaba entonces los 15 años y ya se le reconocía como un valiente y audaz guerrillero. Herido gravemente en combate, iniciaba su recuperación, dando sus primeros pasos ayudado por dos muletas. Había sido admitido en el Ejército Rebelde luego de cumplir heroicas misiones.

Che le había dicho:

- Te ascenderé a teniente cuando sepas leer y escribir. Un oficial rebelde no puede ser analfabeto.

Y Joel Iglesias, desde el amanecer, junto a sus muletas, dedicaba horas y horas al estudio, con una voluntad que admiraba. Tuve el privilegio de ser eventualmente uno de los que cooperaron a su aprendizaje, ganado por el empeño de aquel casi niño que acababa de recibir en su cuerpo, su primera condecoración de guerra.

En aquellos días inolvidables en La Mesa, pasajes que jamás podrán borrarse de mi memoria, recuerdo como Ramirito era para todos un hermano más que jefe, organizando juegos de béisbol en los tiempos libres, orientándonos sobre pasajes de la insurrección; aconsejándonos cómo protegernos en las rocas en caso de un ataque aéreo súbito; cómo vigilar y seguir en su ruta a los aviones de la tiranía, que con frecuencia realizaban vuelos a ras de las lomas, tratando de localizar el campamento. El ronroneo de sus motores nos ponía siempre en estado de alerta.

El comandante Guevara permaneció varios días en La Mesa, compartiendo las escaseces y preocupaciones con todos, pero actuando más que hablando. En la casa central del campamento radicaba el puesto de mando y a un lado la cocina, en una amplia nave de construcción rústica campesina, con uno o dos compartimentos que hacían las veces de habitaciones. En una de ellas había una colombina, bastante deteriorada y cubierta por un colchón maltratado por el uso. En esa modesta cama dormían el Che y Ramirito. Uno con la cabecera a un lado y el otro al otro extremo. Sobre ellos, a una altura de poco más de un metro, una hamaca con cabezales atados a dos horcones. Ahí dormía yo.

Coincidía mi posición con la del Che. Pero él no se acostaba a dormir de inmediato. Había fijado un trozo de vela en una tablilla adosada a uno de los travesaños, exactamente detrás y sobre é comenzaba a arder. Yo me inclinaba en la hamaca y lo observaba ensimismado en la lectura de un grueso libro que sostenía firmemente en las manos. No sé cuánto tiempo dedicaba a la lectura, pues el sueño me dominaba pensando cómo era posible combinar su actitud abnegada de jefe guerrillero y su incontenible deseo de enriquecer sus ya amplios y variados conocimientos.

Días después, conversando con él, me pidió que tan pronto regresara a La Habana - ya perece que él lo había decidido - solo deseaba que le enviara por los canales clandestinos cuanto libro sobre economía podía conseguir. Entonces comprendí lo que leía en las madrugadas silenciosas y por qué, con el ejemplo, era el primer alumno de la escuela.

Cumplí su misión gustosamente y como un deber insoslayable. No supe nunca si los libros llegaron o no a sus manos.

Años después cuando ya el Che era Ministro de Industrias, tuve oportunidad nuevamente de establecer contacto con él, pues yo cubría la información de ese sector. Sus relaciones con la prensa eran cotidianas y respetuosas. Enfundado siempre en su uniforme verde olivo, atendían nuestras preguntas con su seriedad de siempre y no muchas palabras. Yo diría que poseía como característica personal, la síntesis expresiva, que no significaba rehuir la inquisitoria periodística, ni ocultar sus pensamientos.


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