BIBLIOTECA VIRTUAL de Derecho, Economía y Ciencias Sociales

RECUERDOS NO OLVIDADOS. MEMORIAS Y TESTIMONIOS PERIODÍSTICOS

Raúl Quintana Pérez




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COMO BURLAMOS A LA CENSURA

Transcurrían los meses finales de la dictadura. Las acciones victoriosas del Ejército Rebelde y el clima general de una nación en rebeldía creciente llevaron a la dictadura a incrementar aún más la represión y hacer más férrea la censura de prensa.

Un delegado del Ministro de Gobernación se ubicó en cada emisora de radio, periódico o planta de televisión, con la misión de revisar cada noticia minuciosamente para evitar “infiltraciones subversivas”. Y por las dudas, a veces eliminaban noticias intrascendentes en cambio, dejaban pasar otras, más o menos hábilmente disfrazadas.

Por el hecho de que la emisora Circuito Nacional Cubano, conocida cono CNC Reloj de Cuba, de alcance nacional, fuese propiedad del doctor Antonio Pérez Benitoa, ex yerno de Batista, e hijo y sobrino de dos de las figuras más estrechamente ligadas al régimen, no lo excluyeron de la presencia odiosa del censor.

Como director de los noticieros, yo sabía que era muy difícil pasar noticia alguita de las que el gobierno calificaba como subversivas. Estallaban bombas y petardos en toda la isla, se producían constantes sabotaje, al servicio eléctrico, se quemaban puentes y sobre todo, aparecían los cuerpos de cientos de asesinados, particularmente jóvenes, algunos casi niños, que el pueblo conocía por comentarios y rumores, que en Cuba se denominaban popularmente como “radio-bemba”, que luego no podía ver reflejados en los diarios o en los noticieros de radio y televisión, lo que creaba más temor e incertidumbre.

Un día recibimos en la redacción un telegrama de uno de nuestros corresponsales en el interior del país, redactado en estos términos:

“Anoche estallaron en esta localidad dos cocinas de kerosén, causando heridas a tres personas. Las autoridades investigan”.

Al otro día llegó otro del mismo ingenioso remitente:

“En horas de la madrugada explotaron en la calle Maceo de esta localidad, dos cocinas de alcohol que causaron lesiones menos grave a cuatro transeúntes”

Ya el tercer telegrama nos puso sobre aviso y alfil dimos en la clave: aquel corresponsal- que lamentamos no recordar su nombre para rendirle homenaje por su ingeniosidad- estaba reportando explosiones, pero no de cocinas, sino de bombas y petardos, estratagema con la cual logró burlar incluso a los empleados del telégrafo. Y de inmediato comenzamos a transmitir informaciones sobre explosiones de cocinas de kerosén, de alcohol, de luz brillante…Era una verdadera epidemia de explosiones en toda Cuba.

Antes de la semana, los demás corresponsales copiaron aquella estratagema y CNC Reloj de Cuba, informaba a toda Cuba de la magnitud de los sabotajes. Pero un día nos cambiaron el censor, y el nuevo “torquemada”, más avispado, se dirigió a los pocos días a nuestro despacho y nos comunicó:

- Director, veo que ahora están explotando demasiadas cocinas, cosa que antes no ocurría. Y eso no me gusta. Vamos a suspender todas esas explosiones hasta que yo consulte.

Naturalmente, la consulta puso fin a aquella epidemia, pero después de cumplir su modesto pero importante cometido, de burlar la censura durante varias semanas.

Posterior a aquella experiencia, nos pusimos a analizar en que forma podíamos burlar a la censura. Y lo que era más importante sicológicamente en aquellos días: poner en ridículo a la dictadura. Aprovechamos al respecto que la emisora tenía establecido un sistema de noticiero-reloj, que no era claro creación nuestra (pues ya existía la emisora Radio-Reloj. N. del E.), durante el cual se daban 30 segundos de noticias y 30 segundos de espacios comerciales, y a continuación la hora.. Además existían los noticiero de 5 a 9 de la mañana y otro de 10 a 12 de la noche, con iguales características.

Un buen día, los predestinados por la incidencia, ofrecieron a los locutores de turno un parte del Buró de Prensa del Estado Mayor del Ejército, entonces dirigido por el oficial Boix Comas, mediante el cual se informaba que se había producido un combate entre tropas del gobierno y un grupo de “facinerosos fidelistas” que resultó exterminado en su mayoría y el resto había huido, abandonando heridos y armas. Por otra feliz e increíble coincidencia, el siguiente locutor continuó con la lectura de un aviso comercial que decía:

“¡Bola…Bola…Bola Roja es la marca de frijol de más calidad que usted puede adquirir! ¡No lo olvide: Bola…Bola..Bola Roja!” (En Cuba, “bola” es sinónimo de embuste, falsedad, mentira. N. del E.)

Y ahí mismo surgió la posibilidad que todos estábamos buscando. Chequeamos otros anuncios legítimos, bien pagados por los patrocinadores, y los fuimos seleccionando para radiarlos, sin variar su texto, inmediatamente después de los mentirosos partes oficiales, en los cuales se calificaba a los guerrilleros de bandidos, forajidos, muerde y huya, facinerosos y otros epítetos semejantes.

Veamos un ejemplo:

“…los forajidos tuvieron 50 bajas entre muertos y heridos, resultando prisioneros 20 bandidos. Los otros huyeron a la desbandada perseguidos por el ejército”

E inmediatamente el anuncio comercial:

“¡Ilusión…Ilusión...! Si amigos oyentes, en la gran peletería Ilusión, en la ciudad de Cienfuegos, podrás hallar los zapatos que usted busca. Recuerde: Ilusión es ilusión, la peletería de su predilección”.

Otro ejemplo verídico:

“…Las fuerzas del ejército continúan obteniendo victorias en su empeño de exterminar a los facinerosos fidelistas, asesinos de campesinos…”.

Y a continuación:

“¡No señor, no crea usted todo lo que le digan…! Si se decide a comprar un buen traje, vaya siempre a El Bazar”.

Cuando el locutor de noticias terminaba de leer el parte oficial, su compañero de cabina, con fino sentido irónico, transmitía el anuncio…y el efecto era impactante. Los oyentes captaban rápidamente la intención y la retórica de Boix Comas quedaba sumergida en el ridículo.

Esto no duró mucho tiempo. No podía durar. En la noche del 29 de diciembre de 1858-apenas 48 horas antes de la fuga del déspota- se presentaron en la emisora, como a las 11 de la noche, un sargento y dos policías de la Novena Estación policíaca, feudo de las tropelías del coronel Esteban Ventura Novo, ascendido vertiginosamente en la jerarquía militar, gracias a sus horrendos crímenes y del capitán Peñate, su edecán, y cómplice de sus tropelías, abusos y torturas. Traían la orden de conducir arrestados al director y a los locutores de turno, que transmitían en ese momento el noticiero Reloj Nocturno., así como de ocupar los guiones de noticias y los textos de comerciales.

Trabajo nos costó convencer al esbirro de que permitiera finalizar el noticiero.

- Mire sargento - argumentamos - ya apenas falta media hora para que termine la transmisión. Suspender de pronto el noticiero nos obligaría a dar una explicación a los oyentes y decir que es resultado de una orden de la policía. No creo que esto favorezca al gobierno en estos momentos. Esperemos un poco y los acompañaremos.

Al fin accedió a regañadientes. A las 12 en punto, como era habitual, despedimos el programa y la planta. Y con los locutores Rafael Martínez Sixto y José Antonio Alba, nos dirigimos hacia la Novena Estación, ubicada en Zapata y C, en el Vedado. Los dos policías cargaban con las libretas que contenían los textos incautados.

Por el camino traté de indagar con el sargento sobre los motivos de la detención.

- Parece - nos dijo - que al coronel ha llegado la noticia de que ustedes por esa emisora están diciendo a la gente que no crean en los partes del ejército, que son mentira e ilusión del gobierno y que son bolas.

- Todo es falso - le riposté- ¿Cómo vamos a decir eso? Además el censor no lo dejaría pasar.

- Bueno, eso lo clara usted al coronel Ventura quien es quien lo mandó a buscar.

Teniendo ya una idea de en qué consistía la acusación, me sentí más tranquilo y comencé a maquinar una salida para aquella situación bastante delicada, por dos razones: una por el momento decisivo de la lucha insurreccional, ya que la ciudad de Santa Clara estaba sitiada por las tropas al mando del Che y a punto de colapsar la resistencia de las tropas del régimen, allí acantonadas.; y la otra, porque el enfrentamiento debía ser con Ventura Novo, sádico criminal cuyas reacciones resultaban imprevisibles.

Los textos de las noticias donde figuraban los partes militares estaban en dos libretas, y en otras dos, independientes unas de otras, los anuncios comerciales. De modo que no había manera de probar la vinculación de unos con otros. Además, lo que le daba fuerza al mensaje, no era precisamente el texto comercial, como otro cualquiera, sino la entonación irónica, que imprimía el locutor.

Cuando llegamos a la Novena Estación serían alrededor de las 12 y media de la madrugada del 30 de diciembre y se acababa de producir el cambio de guardia en la estación policíaca.

El sargento que nos condujo dijo a su relevo:

- Yo me marcho pues ya acabé mi turno. Ahí en el patio están esos tres que los mandó a buscar el coronel. Díselo cuando llegue.

Dadas estas favorables circunstancias, el nuevo oficial de guardia no sabía por qué estábamos allí, ni tenía antecedentes de lo ocurrido, lo que facilitaba mis proyectos de planes, que no había comunicado a mis compañeros.

Viendo que pasaba el tiempo y no nos llamaban, me acerqué al oficial de carpeta y le dije:

- Me hace el favor, ¿ya llegó el coronel?, pues lo estoy esperando.

- No señor, aún no ha llegado. Tan pronto llegue yo le aviso.

El plan estaba en marcha. Confundir a mis captores e incluso al propio Ventura.

Pasada la una de la madrugada de aquel 30 de diciembre, pleno de incertidumbres y rumores, nos avisaron que el coronel nos esperaba en su despacho.

Allí estaba el esbirro mayor, con su nítido y bien planchado traje de dril cien; su negro pelo, quizás bien teñido, y su pequeño bigote, que ocultaba en parte sus labios finos. Sin embargo, que ironía, no inspiraba la repulsión inmediata que ocurría con otros genízaros, con más reducido record criminal. Luego de darle las buenas noches, lo más sereno que pude simular, y con una audacia que hoy mismo me sorprende, me apoderé de una silla del despacho, la sitúe muy cerca de él, al mismo tiempo que decía a los dos locutores con firme voz de mando:

- Ustedes siéntense en aquel sofá y esperan, que voy a hablar con el coronel.

Esa actitud iba encaminada a borrar de la mente policíaca criminal del coronel Ventura, toda idea de que yo estuviera en calidad de detenido y por tanto en condición sicológicamente inferir. Los dos acusados debían ser los locutores, Mi misión consistía en interceder por ellos, y lo logré, , pues la actitud de Ventura cambió radicalmente hacia mí.

Sin darle tiempo a reflexionar, ni analizar la situación, le dije como si estuviera desarrollando un guión cinematográfico:

- Coronel, tengo entendido que han llegado a usted rumores de que por la planta de radio que dirijo, se han pasado algunas noticias que no pueden ser del agrado del gobierno. Y eso lo deseo aclarar con usted.

- Sí, me han dicho que por CNC se han transmitido noticias desmintiendo partes del ejército y diciendo que no los crean y que son ilusiones del gobierno. He mandado a revisar todas las libretas de noticias y no han podido hallar esas cosas. Pero me han dicho director, que sí las han pasado por su planta y eso no lo podemos tolerar.

- Me alegro coronel, que usted haya verificado esa falsedad, pues sería efectivamente intolerable que por una emisora propiedad del doctor Antonio Pérez Benitoa, tan ligado familiarmente con el señor Presidente y con una línea política bien definida de apoyo al régimen, pudiera alguien, abusando de la confianza en ellos depositada, hacer labor subversiva.

Y para no desmentirlo totalmente y precipitar una salida favorable, agregué:

- Coronel, yo le pido que deje este asunto en mis manos y si compruebo que estos dos locutores han dado alguna noticia falsa o mal intencionada, yo le garantizo que recibirán el castigo que se merecen. Yo insisto, coronel…

En eso sonó un teléfono y Ventura salió del despacho precipitadamente.

Los dos locutores estaban al estallar. Se lo conocí en los rostros demudados y pálidos. Lo que pensaban de mí no sería para contar, pues mi conducta les debía parecer una felonía incalificable, reflejo de un despreciable capitán araña.

A los pocos minutos regresó el coronel. Tenía el rostro descompuesto, le temblaban las manos, la mirada endurecida. Y ocurrió lo imprevisto. Lo que yo no podía sospechar ni remotamente. Conocimos de los labios del propio Ventura una noticia que me produjo un profundo júbilo interior sin que ello se reflejara en los rostros:

- ¡Me acaban de informar -gritó con voz de trueno- que esos hijos de p…y maric…..fidelistas, acaban de tomar la ciudad de Santa Clara y volado el tren blindado. Pero yo les juro que hoy mismo salgo para allá y voy a acabar con todos esos desmadrados- y siguió con una sarta de insultos impublicables!

No me atrevía a pronunciar una palabra. Tenía el temor de traicionar mi euforia interna. Y esperé. Tras desahogar su casi inagotable arsenal de injurias y amenazas, el coronel dijo:

- Bueno, dejo este asunto en sus manos. Pero confío en que reciban un fuerte castigo. ¡Qué pasen hambre para que sepan que con el presidente Batista no se puede jugar!

- Esté usted seguro coronel, que si compruebo lo que le dijeron, la van a pasar muy mal, pues los voy a suspender de empleo por lo menos dos o tres meses.

- Bueno director. Puede retirarse con ellos. Y no se olvide lo prometido.

-Prometido coronel. Bien muchachos, vamos.

Y seguido por los dos compañeros me dirigí con paso rápido hacia la puerta de la calle, temiendo que pudiera producirse un cambio de decisión.

Ya en la calle, ambos locutores dieron rienda suelta a su indignación.

- Tú lo que eres un degenerado. Nos echaste la culpa a nosotros para salvarte.. Ni siquiera nos dejaste hablar para defendernos.

- Calma compañeros. Comprendan que la situación no era muy agradable. Lo mismo nos podía entrar a golpes que darnos cuatro tiros. Por muchos menos les han arrancado a cabeza estos esbirros a algunos inocentes. Nuestra única salvación era hacer creer que yo había acudido a interesarme por ustedes, enviado por el doctor Pérez Benitoa, gran amigo de Batista….y lo conseguí. Por eso estamos ahora en la calle. Sanos y salvos los tres.

Ante esa explicación fue que cedieron en su ira aparentemente justificada y exclamaron:

- Bueno…si es así, la cosa es distinta. Pero no nos dijiste lo que ibas a hacer y eso nos confundió.

Lo curioso de todo esto es que aquella fría madrugada del 30 de diciembre de 1958, no sospechaba que aquel juramento de Ventura pudiera cumplirse. Pues se cumplió, con una ligera variante; que en lugar de dirigirse a Santa Clara para "acabar con los fidelistas" y enfrentarse a las tropas del Che, marchó unas horas después a Columbia, pistola en mano, para que le permitieran abordar uno de los aviones, que atiborrado de esbirros, asesinos y ladrones, despegó en la madrugada del primero de enero de 1959 rumbo a Estados Unidos, mientras el dictador Batista encontraba riesgoso refugio en los predios de otro dictador de su propia catadura, llamado Rafael Leónidas Trujillo Molina.


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