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ESTUDIOS DE LA CUENCA DEL RÍO SANTIAGO: UN ENFOQUE MULTIDISCIPLINARIO

Salvador Peniche Camps y Manuel Guzmán Arroyo




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ESTRATEGIAS Y CONTROL DEL AGUA EN GUADALAJARA, SIGLO XIX. EL CASO DE LAS INDUSTRIAS TEXTILES

Mtra. Ana Rosa González García
Doctorante del programa en Ciencias Sociales del Ciesas-Occidente.

INTRODUCCIÓN

A lo largo del siglo XIX se crearon en México las condiciones necesarias para que diversas actividades económicas capitalistas como las industriales y las comerciales pudieran prosperar. En el caso del estado de Jalisco, en el año de 1824 se promulgó la primera Constitución Política del Estado (y del País) y posteriormente en el año de 1825, el primer gobernador del estado, Prisciliano Sánchez, se dio a la tarea de emitir diversos decretos que fueran compatibles con la filosofía liberal imperante.

La noción liberal que relacionaba el valor económico de la tierra con su capacidad productiva contribuyó a lo largo de esa centuria a transformar significativamente la relación entre la sociedad y su medio ambiente.

Este artículo pretende estudiar las estrategias que siguió un grupo social y económico muy destacado de la ciudad de Guadalajara (el de los empresarios comerciantes y de textiles) y que les permitieron, a lo largo del siglo XIX y primeras décadas del XX, controlar una de las más importantes zonas hidrológicas del valle de Atemajac.

El por qué de conocer las estrategias de este grupo radica en que hay una vinculación muy directa entre el control sobre los recursos hídricos y la evolución del capital. El agua fue uno de los elementos más importantes para la consolidación de éste sector productivo y contribuyó en la generación de actividades productivas sumamente lucrativas como el transporte o la electricidad. De ahí el interés de los dueños de estas fábricas por expandir su dominio y control hacia otras zonas cada vez más lejanas, pero que tenían en común el agua.

Además a diferencia de otros usos productivos relacionados con los aprovechamientos del agua, el que se relaciona con la producción de telas requiere de un abasto continuo de agua, pero no sólo es un asunto de cantidad sino de forma; ya que este recurso debe manejarse bajo una lógica específica.

Los empresarios textiles fueron los que construyeron las primeras presas y canales que tuvieron un mayor impacto sobre el medio ambiente en la zona por estudiar. Estas obras hidráulicas fueron más allá del entorno inmediato, alteraron los ritmos naturales del cauce de los ríos y sirvieron para negarle el agua a otros usuarios a los que llegaron a considerar que podrían ser una competencia sobre el recurso.

1. El espacio hidráulico de la zona por estudiar.

Guadalajara es una ciudad fundada por españoles en el valle de Atemajac, en el siglo XVI. Los españoles escogieron la zona cercana al río San Juan de Dios para la fundación porque les pareció que reunía las mejores condiciones y dentro de ellas se encontraba el agua que corría por un río que recibió por nombre en primer lugar Guadalajara, pero después cambió al de San Juan de Dios con el que actualmente se le conoce.

Otras fuentes naturales de agua cercanas a la población tapatía eran los manantiales de Mexicaltzingo, Agua Azul (que nutrían gran parte del caudal de San Juan de Dios) y Agua Blanca.

A esta zona geohidrológica se le conoce con el nombre de Atemajac-Tesistán y de acuerdo con información del INEGI cuenta con una densidad aproximada de 1 a 1.45 pozos en promedio por kilómetro cuadrado. (INEGI, 2000)

El valle de Atemajac, fisiográficamente, se encuentra en la zona conocida como Eje Neovolcánico, es decir, que su suelo y las condiciones geológicas se formaron entre los períodos Terciario y Cuaternario.

Debido a la capacidad de infiltración de los suelos, la conducción de agua por debajo de estos es abundante por lo que hay ríos subterráneos desde Tesistán por el Norponiente, hasta Toluquilla en el Sur. Por el Norte está la zona de la barranca (al que se conoce por dos nombres: Oblatos y Huentitán) y el río Santiago; por el Oeste está el bosque de la Primavera, el cual también incrementa la recarga de agua subterránea debido a que recoge el agua de lluvia que va a dar de manera natural hacia la zona de Atemajac del valle.

Los ríos superficiales en este lugar son abundantes aunque muchos de ellos ya no se puedan apreciar debido a que se han entubado; sin embargo, diferentes mapas y planos históricos dan referencia del nombre de algunos de ellos: la Campana, el Chocolate, la Ermita, de Zapopan, de Zoquipan. El cauce de estos ríos iba a dar a la zona de la barranca y durante su recorrido juntaban sus aguas con las de otros afluentes menores como los de la zona del Batán. En la actualidad varios de estos ríos son aprovechados para el abasto urbano, otros más han sido convertidos en ríos de aguas negras, o incluso, tanto su caudal como su cauce seco, han desaparecido bajo la construcción de una vía pública.

La otra zona de estudio es la del río Blanco, ubicada en el municipio de Zapopan en su parte norte. Es abundante en agua subterránea y ríos superficiales. El más importante de ellos es el llamado río Blanco y también desemboca en la zona de la barranca. Las aguas de este río y otros menores fueron aprovechadas por los primeros industriales para el funcionamiento de las máquinas textiles.

La agricultura y la ganadería de esta zona también son actividades importantes. De hecho, hasta el siglo XIX y principios del XX todavía funcionaban varias haciendas como: Santa Lucía (la más grande y productiva), Copala, La Magdalena, La Soledad y la de El Lazo, conocida también como del Salto, debido a que las aguas del río Blanco desembocaban en sus terrenos y provocaban una caída de agua en forma de cascada.

La agricultura que se practicaba en esta zona era principalmente de temporal y se sembraba maíz, sorgo, frijol, cebada; en algunos casos, como en la hacienda de La Soledad, se sembraba caña de azúcar. En la hacienda del Salto, se producían naranjas y café. (Zapopan, 1992)

La zona de Atemajac también se caracterizó por tener haciendas y ranchos cuya producción fue importante, como la hacienda La Providencia, el rancho de Santa Inés, Rancho Nuevo, baños y lavaderos públicos como: los Colomos o los Colomitos.

Según lo plantea Miguel Barceló, para que un recurso hidráulico tenga algún tipo de aprovechamiento es necesario que estén presentes por lo menos cuatro elementos:

1. Acuífero (el agua y su caudal),

2. Las pendientes o condiciones ambientales que hacen posible el transporte de dicho caudal,

3. Las parcelas irrigadas (que vendría siendo el trabajo humano invertido para el aprovechamiento del agua),

4. Las estimaciones que el grupo social hace sobre la cantidad de agua que se debe aprovechar en un perímetro determinado (en otras palabras, la estrategia que se debe seguir para permitir la reproducción social). (Barceló, 1995.)

El principal reto al estudiar en un espacio hidráulico no es tanto el definirlo, también hay que entender cómo funciona; es decir no sólo se trata de explicar las condiciones hidráulicas; sino la de comprender los distintos aprovechamientos que la sociedad ha hecho de la misma, dependiendo de la época y la organización social.

El concepto de espacio hidráulico parece interesante porque nos permite entender que no sólo es necesario tomar en cuenta los factores ambientales sino también los sociales. El agua para la industria textil fue mucho más que un recurso destinado como insumo; de hecho, el control sobre este recurso fue lo que le permitió a este importante grupo económico continuar con su sistema de reproducción social. Es por eso que los criterios de producción textil a lo largo del siglo XIX y principios del XX fueron importantes ya que se diferenciaron significativamente de otros usos productivos del agua como el agrícola o el urbano; establecieron una nueva forma de relación con la tierra y el agua, transformando con ello el espacio ambiental e impusieron uno nuevo que quedaría bajo su dominio.

2. Socios y amigos: La fundación de las empresas textiles de Guadalajara en el siglo XIX (1840-1880).

2.1. La zona de Atemajac.

Para 1840 se conformó La Prosperidad Jalisciense, una sociedad industrial que tuvo el propósito de explotar dos tipos de fábricas: una de telas llamada Fábrica de Atemajac y la otra, de papel, llamada El Batán. Ambas se construyeron a lo largo del cauce del río Atemajac, el cual provenía de la zona de Los Colomos, en el municipio de Zapopan; la primera se ubicó aguas arriba y la segunda aguas abajo, con una distancia de un kilómetro entre ambas. Los desperdicios de tela de la primera servían para elaborar papel para la imprenta y cigarros. (Olveda, 1991: 295)

Las fábricas de la sociedad industrial comenzaron a trabajar algunos años después de la fundación de la sociedad ya que primero fue necesario reunir el capital suficiente para construir las fábricas y todas las obras materiales indispensables para su funcionamiento.

El agua era un elemento indispensable para la producción, por diversas razones. Como parte del proceso productivo se usaba para blanquear o teñir las telas, para almidonarlas, o generar vapor; y por otro lado, como fuente de energía ya que los telares se movían mecánicamente gracias a la potencia que se generaba con este recurso. El agua, al pasar por unos canales que se encontraban en el sótano de la fábrica, movía una gran rueda que, sujetaba una banda a la que se conectaban los telares.

Por esta razón, el interés por controlar el agua fue de primera importancia para estos empresarios textiles. En 1844, la Prosperidad Jalisciense realizó mejoras materiales para la ampliación del molino del Batán con la finalidad de aprovechar esa agua. (AIPJ. Protocolo de Mariano Hermoso, 14 de febrero de 1844.)

Es necesario destacar que para estos hombres de negocios, el incursionar en una arena industrial era una novedad ya que su experiencia venía sobre todo del comercio; es decir, que hubo una circulación del capital que fue de lo comercial a lo industrial. Además las fábricas textiles sólo podían funcionar si se vinculaban el capital de varios socios ya que era difícil que un solo propietario tuviera la suficiente capacidad económica para levantar una empresa como esa. Algunos de los hombres de negocios que destacaron en la fundación de la Prosperidad Jalisciense fueron Francisco Martínez Negrete y José Palomar.

Además de esta sociedad industrial, otros empresarios se unieron para fundar la propia que llevó por nombre La Experiencia y sólo explotó una fábrica textil. Se fundó en 1851 y comenzó a trabajar hasta el 15 de noviembre de 1853 (Morales, 1996). Los socios que la integraron fueron Manuel Olasagarre, Sotero Prieto, Daniel Lowerce y Vicente Ortigosa.

La participación de cada uno de los socios fue diferente. Por ejemplo, Ortigosa puso una parte de un terreno de su propiedad en donde tenía un molino que llevaba por nombre El Salto y desde el principio se dejó muy claro cuánta agua tenía derecho a usar cada quién.

En la escritura consultada, (AIPJ. Protocolo de Mariano Hermoso, 1 de julio de 1852, fojas 79-83) el señor Ortigosa se comprometió a no construir edificios que pudieran provocar conflictos por la distribución del agua y sólo podría utilizar los terrenos para las labores agrícolas. La sociedad construiría en un ojo de agua un canal para conducir su cauce hasta el lugar más conveniente, pero sólo podría utilizar una tercera parte de ésta y dejaría el resto a beneficio de Ortigosa.

La Experiencia tenía contemplado iniciar los trabajos con 50 malacates que serían movidos por la energía hidráulica; pero se especificó que el edificio que albergaría la fábrica debería de tener espacio para por lo menos cuarenta telares y cien malacates. Los gastos de esta inversión serían cubiertos por cuatro socios conforme su participación en las acciones.

Así como Ortigosa se comprometió a no construir edificio alguno en los terrenos colindantes entre su molino y la fábrica, ésta última tampoco debía comprometerse a tomar negociación alguna sobre trigo o molino; salvo que el arquitecto estuviera de acuerdo.

En caso de que las fábricas de Atemajac y el Batán no permitieran que el agua llegara a la presa del Molino del Salto, debido a los días no laborables, o bien, en caso de que el agua de otras vertientes no fuera suficiente para hacer funcionar los telares y malacates; así como para el mismo molino, la sociedad y Ortigosa convenían en hacer uso común del agua que se recibía independientemente de la de Atemajac. El reparto del agua sería en tiempo, no en cantidad; en razón de dos a uno. Por ejemplo, si la fábrica hacía uso del agua durante un día, Ortigosa podría hacer uso de ella durante dos, pues esa era su parte proporcional dentro de la sociedad. Además de lo anterior, si lo deseaba, el arquitecto podría ser administrador de la fábrica y recibiría un sueldo a cambio de su desempeño.

Ya desde 1845, Ortigosa se había empeñado en comprar algunos terrenos a varios indígenas del pueblo de Atemajac. Las escrituras consultadas sólo explican el propósito de la transacción y poco informan sobre cuál podría haber sido su interés por adquirir esas propiedades; lo que sí queda claro es que todas tenían agua e incluso en una de ellas se especifica que el traspaso era sólo por el derecho al agua del río y no por la propiedad de la tierra. (AIPJ. Protocolo de Mariano Hermoso, año de 1845, varias escrituras).

La Experiencia inició sus trabajos en 1853 y hubo una gran fiesta para inaugurar el lugar. Los padrinos abrieron las exclusas que iniciaron el movimiento del motor hidráulico:

Fue un momento de intensa emoción el oír los ruidos propios de esas maniobras y por fin comenzaron a girar las ruedas, las bandas de cuero empezaron a subir y a bajar y se escuchó desde entonces ese ruido especial de la hilatura, pues en ese tiempo no se instalaron telares. (Morales, 1996:45)

En sus inicios, la fábrica contó con 972 husos en movimiento. Utilizaba 1 110 quintales de algodón y producía al año 90 000 libras de hilaza. Cada quintal de algodón tenía un valor de 25 a 34 pesos y la hilaza valía de 3.5 a 4.5 reales por libra. Contaba con 50 trabajadores y los gastos de sueldo eran de 7 200 pesos. El edificio y la máquina valían 70 000 pesos. (Valerio, 1999: 550 551)

2.2. La zona de Río Blanco.

La otra zona que también se incluye dentro del espacio hidráulico de nuestro interés es la del río Blanco, ubicada también en el municipio de Zapopan. Aquí se construyeron dos fábricas textiles, la más grande de ellas en lo que fueron los terrenos de una enorme propiedad denominada La Magdalena, se nombró La Escoba. La otra llevó por nombre Río Blanco.

La fábrica textil de La Escoba fue fundada por Manuel Escandón y Manuel Olasagarre en los terrenos de la hacienda de la Magdalena, propiedad de este último y que cedía buena parte de ella a la negociación. Dicha fábrica recibiría los afluentes de los diversos ríos que recorrían el lugar los cuales, en su trayecto hacia el norte, desembocaban en la zona de la barranca, y se juntaban con el río Santiago.

La fábrica empezó a construirse en el año de 1840; sin embargo fue hasta 1844 que se protocolizó la escritura de su constitución “por la mucha confianza que se tenían)” (AIPJ. Protocolo de Mariano Hermoso, 27 de junio de 1844). Escandón puso el capital en su totalidad, Olasagarre se comprometió a administrar la fábrica; además, se le compensaría económicamente por la toma que la negociación industrial hiciera de los recursos naturales (piedra, agua y madera) que se encontraban dentro de la hacienda de la Magdalena.

Cuando iba avanzada la construcción de la fábrica, Francisco Vallejo entró a la negociación como socio capitalista, aportando veinte mil pesos. Por su parte Olasagarre, como dueño de la hacienda de la Magdalena, podía hacer uso del agua y de materiales restantes siempre y cuando no afectaran a la fábrica y se quedara a cargo de la administración de la misma. La sociedad duraría cinco años “contados desde el día en que anden cuando menos mil malacates” y al término de los mismos se haría un inventario para deducir ganancias. Los tres socios quedarían entonces en libertad para decidir si continuaban con la negociación o bien, si se retiraban.

La Escoba inició sus trabajos en 1843 y ya se habían incorporado otros dos socios más: Julio Moyssand y Sotero Prieto, cada uno de los cuales invirtió el capital de veinte mil pesos. Las ganancias que se obtuvieron después de un año de trabajo fueron de doscientos doce mil pesos y se repartieron conforme a la participación de cada uno de los socios.

Después de esta primera liquidación, los socios estuvieron de acuerdo en continuar con la empresa. Olasagarre se comprometió a ceder una parte de su terreno en la Magdalena; así como el uso del agua necesaria para mover no sólo dos mil malacates, “si no en todo lo demás a que pueda comprometerse para hacer funcionar la maquinaria actual y la que pueda aumentarse” (AIPJ. Protocolo de Mariano Hermoso, 27 de junio de 1844)

Esta fábrica era más grande que las de la Experiencia o de Atemajac. Para 1844 trabajaba con 2 112 malacates, su consumo anual de algodón era de 6 500 quintales, los cuales valían de 25 a 34 pesos cada uno. En cuanto a la hilaza, la fábrica producía 20 000 libras anuales y se vendía de 3.5 a 6 reales la libra. También fabricaban 28 000 piezas de manta las cuales eran vendidas a 5 pesos la pieza. Los sueldos y rayas anuales eran de $13 810; por su parte el edificio y la máquina valían $476 606 (Valerio, 1999: 580)

Para el año de 1845 los socios de La Escoba ya estaban aportando un capital aproximado a los $242 000 para el funcionamiento de la misma. En la escritura consultada se reconocía el papel que tuvo Olasagarre como socio industrial, sobre todo en los inicios de la construcción de la fábrica, al haber proporcionado los recursos materiales necesarios. Sin embargo, ahora que la negociación volvía a rectificarse algunas de estas obligaciones habían cambiado para Olasagarre.

En primer lugar, ya no estaba obligado a proporcionar más recursos ambientales, podría incluso dar a sus terrenos el uso que mejor le pareciera; siempre y cuando respetara el consumo del agua y la presa de la fábrica:

“(…) se reserva el del uso de dichas aguas siempre y cuando pueda hacerlo sin perjuicio ni gravamen de la fábrica, transfiriendo igualmente (…) el derecho que tiene para sacar piedra, tierra y además materiales para construcción de la Magdalena” (AIPJ. Protocolo de Mariano Hermoso, 27 de junio de 1844)

La fábrica de Río Blanco recibió ese nombre por la zona hidrológica del lugar. Sus dueños eran de origen estadounidense (Valerio, 1999: 583).

De los casos que se presentaron con relación a la fundación de las fábricas textiles y sus socios podemos obtener algunas generalidades. En primer lugar se puede observar que sólo a partir de la acumulación de capital fue posible la fundación de estas empresas, el origen del mismo provino principalmente de las actividades comerciales.

Estos señores no sólo fueron destacados hombres de negocios; también los vinculó una fuerte amistad y confianza, elemento indispensable para llevar a cabo una empresa como la industrial textil, a mediados del siglo XIX. La experiencia que estos socios tenían debido a los negocios que manejaban era importante; sin embargo también lo eran las formas de ayuda mutua que estos industriales manejaron porque eso permitió que todos se sintieran parte del mismo proyecto.

Por otra parte, la producción textil requirió de ciertas cantidades de insumos que no debían faltar porque el trabajo se retrasaría; por eso no podían arriesgarse a construir las fábricas en lugares que después tuvieran problemas por la falta de agua, de madera, o de piedras; de modo que no fue por casualidad que la principal aportación de estos socios fuera la del terreno y el recurso agua.

Por último, se debe señalar que aunque no todos los socios fundadores de estas fábricas estuvieron presentes a lo largo del siglo XIX, la lógica de apropiación hacia los recursos hídricos no cambió y de hecho, aumentó conforme crecía el negocio.

Esta lógica de apropiación puede entenderse y explicarse de una mejor manera si se toma en cuenta el contexto socio económico y político de tipo liberal que propició el que estas industrias textiles en poco más de ochenta años (1840-1930) lograran controlar y concentrar

una gran cantidad de recursos naturales y capital, y llegaron incluso a competir con las necesidades del abasto urbano. En el siguiente apartado se explicará cuál fue ese contexto liberal que se ha estado haciendo referencia desde el principio.

3. El marco legal de la época.

El contexto político y económico de la época favoreció en mucho a que estas industrias textiles aprovecharan los recursos ambientales en la forma en que lo hicieron. Para el caso de Jalisco, en el año de 1824, se promulgó la primera Constitución Política del Estado. En 1825, el primer gobierno liberal, encabezado por Prisciliano Sánchez, se dio a la tarea de emitir diversos decretos que fueran compatibles con la filosofía imperante.

En términos ideales, el proyecto liberal se mostraba a favor de la conformación de una nueva sociedad que se basara en los principios Libertad, Igualdad y Fraternidad. El Estado – apenas constituido- debía tomar otro tipo de funciones, por ejemplo, dedicarse a la promoción de la riqueza y a establecer las mejores condiciones para que los individuos las generaran por sí solos.

Una de las primeras decisiones del primer gobernador y del Congreso, fuera el eliminar este tipo de figura jurídica y crear una nueva: la de la propiedad individual. El 16 de febrero del año de 1825 los indios fueron declarados propietarios individuales de las tierras que poseían comunalmente. El 9 de mayo de ese mismo año, se dispuso la extinción de las comunidades de los indios y se negaron solicitudes para que se pudieran adquirir en lo sucesivo terrenos por esta vía aunque se respetarían aquellas propiedades que habían sido adquiridas en conjunto por la comunidad como templos y edificios. En ese mismo año se autorizó una ley para que se denunciaran tierras ociosas para promover así, la productividad de las mismas. (Olveda, 1991: 227)

Las disposiciones liberales de aquella época tuvieron como principales propósitos: “liberar la fuerza de trabajo, reforzar el proceso de acumulación de riqueza, fomentar la inversión y promover la formación de una burguesía.” (Olveda, 1991: 229). Además de incorporar a la producción industrial los recursos naturales de la región.

Según este mismo autor, Jalisco fue uno de los primeros estados de la República en promover distintas reformas de tipo liberal, lo que propició la aparición de la pequeña propiedad o de rancheros, que si bien no fueron tan influyentes como los grandes hacendados, sí mantuvieron niveles de producción que les permitieron sobrevivir a lo largo del siglo XIX y XX.

A lo largo del siglo XIX las reformas liberales permitieron que la propiedad de la tierra cambiara junto con los recursos que en ella se podían aprovechar. En teoría, cualquier particular podía hacer uso de ellos; sin embargo, en el caso de este trabajo, se puede observar cómo poco a poco los recursos naturales fueron acaparados por los dueños de las fábricas. El control que ejercieron de estos recursos fue de manera directa ( es decir, que ellos mismos lo llevaran a cabo) o de manera indirecta (involucrando a otros actores a hacerlo).

Además de que este control propició el desarrollo de otro tipo de actividades económicas las cuales giraron prácticamente a su alrededor; como el transporte, el cual involucró una red de caminos que permitieran llevar y traer mercancías de las fábricas a Guadalajara u otros lugares. O bien, la adquisición de servicios.

Aunque no siempre la adquisición de los recursos ambientales fue un asunto sencillo, como en el caso de la Prosperidad Jalisciense cuyos dueños tuvieron que buscar un mejor lugar para captar las vertientes provenientes de Los Colomos; sabemos de otro caso en donde el Sr. José Palomar reclamó el cumplimiento de un contrato celebrado con el Sr. Roberto Noble, ya que éste se había comprometido a entregar maderas a la negociación, pero no cumplió con lo pactado y con ello perjudicó la producción de la fábrica, por lo que se le exigía responder a su compromiso; de lo contrario tendría que indemnizar. (AIPJ. Protocolo de Mariano Hermoso, 18 de mayo de 1844).

La necesidad que tenían los dueños de las fábricas por hacerse de recursos ambientales suficientes para el buen funcionamiento de las máquinas, era mucha. Los lugares donde se asentaron las fábricas de La Experiencia y La Escoba eran propiedad de alguno de los socios y proporcionaba seguridad a la producción. Además de que había una cierta garantía de que no habría tantos problemas a la hora de tener que construir una presa o un acueducto.

De hecho, si se analiza bien, las participaciones que tuvieron los señores Manuel Olasagarre y Vicente Ortigosa en las fábricas fue de mucha importancia ya que cada uno de ellos entró a la negociación con un capital diferente al de los demás socios. Olasagarre no puso dinero, pero puso su “pericia” y los recursos materiales necesarios para la construcción de la fábrica La Escoba.

Por su parte, Vicente Ortigosa sí cooperó con una acción de cinco mil pesos, e hizo valer su condición de ser el dueño de las tierras en donde se construiría el edificio de la fábrica de La Experiencia.

Como se podrá observar, tanto en el caso de la conformación de las fábricas como en la adquisición de terrenos por fuera de éstas, los acuerdos sobre cómo se iban a repartir o a distribuir los tiempos de disfrute de aguas se arreglaba exclusivamente entre los interesados. Debido a que el agua era importante para todos los socios industriales, era necesario que se pusieran de acuerdo sobre cómo utilizarla para que ninguno saliera perjudicado; y como en el fondo la mayoría de los ellos o estaba emparentado, eran amigos, o se conocían de tiempo, atrás era relativamente más fácil ponerse de acuerdo sobre cómo controlar el agua.

Además, conforme avanzaba el siglo XIX, la legislación favoreció al liberalismo económico; es decir, estos empresarios tuvieron a la mano diferentes mecanismos legales para aprovechar tierras y aguas; argumentando siempre el derecho de posesión porque éstas estaban “inutilizadas” o “se desperdiciaban”.

Cuando fue necesario recurrieron a la expropiación de tierras –sobre todo indígenas- en nombre de la utilidad pública, o bien, a la denuncia de tierras baldías; o bien, a la adquisición de derechos por vía gubernamental, o a las estrategias mercantiles más conocidas como la compra, la renta o el traspaso.

Estas estrategias formales, permitieron a este grupo de industriales acaparar grandes cantidades de agua y con ello diversificar sus negocios. Sin embargo, para la legislación de la época esto no era mal visto, al contrario, se tenía la creencia de que eso contribuiría al fortalecimiento del estado, aumentarían las rentas y en general, el país sería más productivo.

Por desgracia, estaban equivocados y sólo se beneficiaron estos empresarios y fue hasta mucho después que el Gobierno –sobre todo Federal- intentó poner límites a este monopolio.

4. Concentración, dominio y expansión. Las industrias textiles en su segunda etapa de constitución (1880-1910).

Dentro de la historia de las industrias textiles de Guadalajara, encontramos un segundo momento que surge cuando algunos de los socios fundadores importantes fallecen y es necesario reconstituir la sociedad. En las fábricas, esta situación se presentó en tiempos más o menos similares.

En el caso de la sociedad La Prosperidad Jalisciense (la que tenía una fábrica de papel en el Batán y otra de tela en Atemajac) uno de sus principales socios falleció en 1873 y dejó muchos herederos producto de sus tres matrimonios (Durand,1986: 40). Sus herederos siguieron administrando los negocios familiares aunque para 1889, la sociedad ya estaba gestionando los trámites correspondientes para la liquidación de la compañía.

Los dueños de la sociedad eran: “Viuda e hijos de Corcuera”, doña Francisca de la Hoz; el Lic. Emiliano Robles; don Manuel L. Stampa en representación de su esposa Dolores Espinosa –hija de don Vicente Ortigosa; don Celso Camacho, Martín del Campo, doña Concepción Palomar de Corcuera y Carmen Palomar de Granados. (AIPJ. Protocolo de Salvador España, 22 de octubre de 1889)

En octubre de 1889, la Prosperidad Jalisciense se declaró en quiebra por lo que se procedió a remate público de todas las propiedades de la empresa que en total valían un capital de $844 173 e incluía: la fábrica de Atemajac, la fábrica de papel del Batán, terrenos anexos y utensilios y otros materiales diversos existentes en las fábricas (manta, papel, hilaza, cordón y pabilo).

En el remate, Ignacio Moreno, quien decía ser agricultor, ofreció una cantidad muy inferior a la mitad de lo que dichas propiedades valían, pero como no hubo mayores ofertas, las fábricas le fueron vendidas en $ 337 669.

Por su parte, el español Francisco Martínez Negrete, quien también fue socio fundador de la Prosperidad Jalisciense y de La Experiencia, falleció en el año de 1874 y su hijo, del mismo nombre, continuó a cargo de los negocios de su padre. La fábrica no interrumpió sus trabajos con este heredero, al contrario, en 1886, le compró a doña Francisca Espinosa de Ortigosa, un terreno que se encontraba a espaldas de la fábrica. Martínez Negrete júnior lo deseaba para que la caída de agua tuviera mayor potencia. (AIPJ. Protocolo de Heraclio Garcíadiego, 24 de marzo de 1886).

Para 1877 ya aparece Francisco Martínez Negrete júnior como único dueño, con un capital invertido de $36 000 de los cuales, $16 000 correspondieron a la maquinaria y

$20 000 a los edificios; había 700 husos y 40 telares, (Valerio, 1999: 551). Para 1889, la fábrica de “La Experiencia” se había valuado en $60 000. Sin embargo, para finalizar el siglo XIX, Francisco Martínez Negrete júnior se deshizo de la fábrica y se la vendió a su hermana Rosalía pues tenía el propósito de solicitar un préstamo al Banco de Jalisco y construir una nueva fábrica más grande llamada Río Grande, ubicada en Juanacatlán.

En 1881, la fábrica de Río Blanco, propiedad de los señores “Lowerce Hermanos”, también fue declarada en quiebra y se sacó a remate público donde fue adquirida por Hilarión Romero y después por Néstor Arce y Jacobo Navarro. Sin embargo, para 1884, se volvió a levantar otro juicio de embargo por falta de pago, por lo que fue igualmente rematada y finalmente “Fernández del Valle Hermanos” adquirió la fábrica, por la cantidad de

$31 297.34. En este caso, al igual que en el de La Prosperidad Jalisciense, se pagó por la fábrica mucho menos de su valor, que era de $ 46 946. (Valerio, 1999: 584)

La empresa “Fernández del Valle Hermanos” ya había estado adquiriendo diversas propiedades cercanas a estas fábricas y controlando el agua que en ellas se encontraba. Por ejemplo, en 1882, compraron el rancho El Martel, y un potrero conocido como Las Mulas en la cantidad de $15 000 a los herederos de don Sotero Prieto (AIPJ. Protocolo de Heraclio Garcíadiego, 14 de octubre de 1882). Dichos terrenos pertenecieron a la antigua hacienda de la Magdalena, en donde se construyó la fábrica.

Por otra parte, la propiedad del Cedral –que era la casa de descanso que se encontraba en los terrenos de la antigua hacienda de La Magdalena, quedó en propiedad de Néstor Arce y para evitar conflictos por los usos del agua llegó a un acuerdo con Manuel Fernández del Valle en el cual se debería respetar el nivel de agua que mantenía la presa de la Escoba, así como el muro de tepetate. Se prohibía que el nivel del agua estuviera más elevado de lo que se encontraba pues no debería invadir más terreno.

El dueño de la fábrica quedaba a perpetuidad obligado a darle mantenimiento a la presa y en caso de hacerle algunas mejoras o reparaciones, se debería de pedir autorización al señor Arce o a alguno de sus encargados. (AIPJ. Protocolo de Heraclio Garcíadiego, 11 de agosto de 1844).

Para el año de 1888, la empresa “Fernández del Valle Hermanos” le compró a Francisca Espinosa de Ortigosa el Molino del Salvador. Dicha propiedad pertenecía a la vendedora gracias a la herencia que le dejara su marido, Vicente Ortigosa. El molino constaba de dos partes, una que era conocida por el nombre del Molino del Salvador y la otra cuyo nombre era Molino del Salto. La venta se hizo por $15 000. (AIPJ. Protocolo de Emeterio Robles Gil, 27 de junio de 1888).

También en 1888, “Fernández del Valle Hnos.” era dueña de la fábrica de La Escoba y casi dueña de La Experiencia, ya que Rosalía Martínez Negrete era la dueña titular, pero al estar casada con un Fernández del Valle, este era quien que realmente la administraba.

Fue así que en diciembre de 1889, o sea, dos meses después de que se declaró la quiebra de la Prosperidad Jalisciense, se conformó una nueva compañía textil que integraría las negociaciones más importantes textiles y papeleras de la zona de Atemajac y Río Blanco.

La empresa llevaría por nombre Compañía Industrial de Jalisco y quedaría conformada por las siguientes casas comerciales: Fernández del Valle Hermanos, Somellera Hermanos, Moreno Hermanos, Viuda e Hijos de Corcuera, Ancira y Hermanos, Gas y Cogordan, Fourtoul y Chapuy

Se requirió de un millón de pesos para conformar la Compañía Industrial de Jalisco, y una vez que se obtuvo, la sociedad incluyó las siguientes propiedades:

a) La fábrica de Atemajac, con sus edificios, aguas, terrenos, maquinaria y demás útiles.

b) Fábrica del Batán, con sus terrenos, edificios, aguas y maquinaria, aparatos y demás útiles.

c) Fábrica de hilados y tejidos La Escoba, con sus terrenos, aguas maquinaria y demás útiles

d) Fábrica de hilados y tejidos “Río Blanco”, con sus terrenos, aguas, e incluso “El Molino del Salto”; maquinaria y demás pertenencias.

e) Doscientos pesos en efectivo dispuestos para reparaciones, compra de maquinaria, o cualquier otro objeto similar.

La idea era la de trabajar las fábricas cuarenta años, de 1889 a 1930. De acuerdo con lo acordado, los accionistas se repartirían las ganancias conforme a su participación. Los socios mayoristas eran los “Fernández del Valle Hermanos”, los “Moreno Hermanos” y “Viuda e Hijos de Corcuera”, los cuales aportaron $250 000 cada uno. Ahora se comprende cuál era el interés de los Fernández del Valle por adquirir varios terrenos cercanos a las fábricas: incluirlos a la compañía como parte del capital y que aumentaran su valor.

A pesar de que la Compañía Industrial de Jalisco tuvo como propósito trabajar durante treinta años tan sólo trabajaron dos, ya que para 1891 los dueños decidieron disolver dicha sociedad. Los interesados en comprar fueron los señores “Moreno Hermanos”; “Fernández del Valle”, “Fortoul y Chapuy”; y “Gas y Cogordan”.

Como consecuencia de esta disolución, las negociaciones textiles se separaron de las papeleras: los nuevos socios que administraron las fábricas textiles nombraron a su sociedad Compañía Industrial de Guadalajara. Las empresas “Fernández del Valle Hermanos”, “Moreno Hermanos”, “Fourtoul y Chapuy” y “Gas y Cogordan”; se quedaron con la negociación de las industrias textiles (Atemajac, La Escoba y Río Blanco).

Al separarse, los dueños dejaron bien claro qué manejo le darían al agua, pues si alguno de ellos abusaba y no respetaba los acuerdos perjudicaría a los demás:

...Se declara: que los dueños de la fábrica de Atemajac tendrán en todo tiempo la obligación de dejar correr el agua que sirve para mover la maquinaria del Batán y las demás fábricas que están más abajo, haciéndolo así desde el amanecer hasta las nueve y media de la noche, que la hora en que de ordinario concluye la velada, cuando los trabajadores están al corriente. Cuando en la fábrica de Atemajac no se trabaje, sea por la causa que fuere, no por eso se contendrá el agua, sino que se hará correr como si se trabajara hasta la hora expresada a fin de que no resientan perjuicio las fábricas de abajo. (AIPJ. Protocolo de Heraclio Garcíadiego, 18 de abril de 1891)

La preocupación anterior tiene que ver con el manejo que ciertos usuarios de río arriba hacían del recurso, el cual perjudicaba a los otros usuarios de río abajo abajo. Los acuerdos entre los dueños de estas empresas en torno al agua se respetaron, pues como ya se ha comentado, en términos legales, el agua era un asunto que correspondía a cuestiones entre particulares. Otra cosa que influía en que los acuerdos se respetaran era que en realidad se trataba del mismo grupo socio-económico que presentaba intereses comunes, además de que muchos hasta parientes eran. El recurso se repartía entre las mismas manos, de ahí que los conflictos por la administración del agua entre estas fábricas no salían de su círculo.

Además de la concentración de capital, también la concentración y el dominio sobre las fuentes de agua apareció como un asunto de primera importancia. Como ya se mencionó, los Fernández del Valle comenzaron a adquirir propiedades cercanas a las fábricas para incluirlas en la negociación; sin embargo, todas estas no tendrían el mismo valor si no hubieran contado con la cantidad de agua necesaria para hacer funcionar un nuevo tipo de tecnología que apareció al finalizar el siglo XIX: la hidroeléctrica.

5. Energía y capital. En busca del control y el dominio de las fuentes de agua.

Ya desde 1880 encontramos los primeros esfuerzos por aprovechar la potencia del agua y generar energía hidroeléctrica. En ese tiempo, los Fernández del Valle comenzaron a realizar una serie de mejoras a la fábrica Río Blanco con el fin de generar dicha energía.

El interés por asegurar cantidades de agua mayores, llevó a estos empresarios a situaciones no previstas y que volvieron más complejo el manejo de los negocios. Fue así que surgió la vinculación entre el control del agua, la concentración de capital y la diversificación de éste.

Como ya se ha mencionado, en un principio este suministro de agua era mucho menor, y se pudo asegurar porque los dueños de los terrenos formaban parte de la sociedad, pero en la medida en que las fábricas requirieron de mayores cantidades de agua ésta tuvo que conseguirse de lugares cada vez más lejanos en donde los propietarios de los terrenos eran otros y era más difícil negociar con ellos.

Además, a los dueños de las fábricas sólo les interesaba manejar el agua, no la actividad productiva que estos terrenos ya tenían, por lo que muchas de las negociaciones con los particulares sólo incluyeron el traspaso del agua. El dueño del terreno podría continuar haciendo uso de sus tierras como de costumbre siempre y cuando respetara el agua que usaban las fábricas.

Por ejemplo, el terreno Rancho Nuevo, que fue introducido a la Compañía Industrial de Guadalajara, fue arrendado al señor Gregorio Rubio por la cantidad de $3 600 por año. Con relación al uso del agua, la compañía dejó muy en claro que el señor Rubio sólo podía aprovechar el agua de la presa del “Agua Delgada”, más no de la de San Juan de Dios, ya que ésta era de uso exclusivo de la fábrica La Experiencia.

También debía permitir la entrada y salida de los trabajadores que designara la Compañía Industrial de Guadalajara ya que ésta iba a construir una línea de conducción de energía eléctrica sobre los terrenos del rancho, que llegaría hasta la ciudad, y también se reservaba el derecho a ocupar una faja de terreno necesario para construir una línea de tranvías.

Por su parte, el arrendatario tenía que respetar los árboles frutales y no frutales ya plantados en la propiedad y podía tomar de ellos el producto correspondiente. Debía comprometerse a cuidar las instalaciones, la presa y todo lo que se encontraba en la propiedad y en caso de que se necesitaran algunas mejoras, éstas correrían por cuenta del arrendatario y quedarían en beneficio de la misma (AIPJ. Protocolo Manuel F. Chávez, 25 de septiembre de 1900).

Los dueños de la Compañía Industrial de Guadalajara no querían distraerse con atender otro tipo de negocios que no estuvieran directamente vinculados a las fábricas, por eso permitieron que otros particulares los manejaran. Es decir, que la concentración del capital obligó a estos empresarios a tener un mayor dominio sobre los recursos hidráulicos y a su vez eso los llevó a diversificar los negocios en otro tipo de actividades como las agrícolas, de transporte, o incluso, las eléctricas.

De las últimas, en 1897, cuando Francisco Martínez Negrete júnior aún era propietario de La Experiencia, consiguió de la Secretaría de Industria y Fomento una autorización para que tomara hasta 15 mil litros de agua por segundo de los terrenos Los Guzmanes, o de El Refugio y de Las Juntas, los cuales lindaban con la barranca de Huentitán y podía aprovecharse su caudal y su potencia antes de que fueran a dar al río Santiago. Cuando Martínez Negrete junior se declaró en quiebra, en 1902, estos terrenos fueron adquiridos por la Compañía Industrial de Guadalajara.

Como se podrá apreciar, el interés de los socios industriales hacia el control y manejo del agua iba en aumento conforme se daban cuenta de los múltiples usos que podían generarse a raíz de su almacenamiento. En 1904, la Compañía Industrial de Guadalajara celebró un contrato de arrendamiento de energía eléctrica con el Ayuntamiento de Guadalajara. El tiempo del convenio sería por cuatro años (AIPJ. Protocolo de Manuel F. Chávez, 26 de septiembre de 1902).

A la Compañía Industrial le fue relativamente fácil controlar y dominar en aquellos terrenos en donde los particulares no pudieran resistirse a sus intereses. Sin embargo, una situación muy diferente se presentó cuando otros usuarios no se sometieron a su voluntad, llegando incluso, a presentarse conflictos por el uso del agua.

Por ejemplo, el gobierno del estado tenía en propiedad una hacienda llamada Santa Inés, ubicada a lo largo del cauce del río San Juan de Dios: lindaba con terrenos de la hacienda de Oblatos y tenía una extensión de 300 hectáreas. Esta hacienda era muy productiva y de hecho, proporcionaba una importante renta al erario público.

En la medida en que los empresarios textiles comprendieron la importancia del agua para la generación de electricidad, demostraron sus intensiones de arrendársela al gobierno por lo menos durante los siguientes quince años. El gobierno se negó y solamente autorizó la operación por cuatro años.

La renta sería de $36 020 por los cuatro años, pero por cada uno de ellos se pagarían $9 005 al año. Se especificó que en la hacienda Santa Inés se encontraban el molino de Piedras Negras y el del Refugio, los cuales estaban en muy mal estado o en ruinas inminentes.

En la hacienda se sembraba alfalfa y árboles frutales, además de que gran parte del inventario consistía en artículos para los molinos, tornos y herramientas para procesar harinas. (AIPJ. Protocolo de Manuel F. Chávez, 04 de junio de 1903).

Todo indica que el interés de la Compañía Industrial de Guadalajara por poseer por tanto tiempo la hacienda de Santa Inés se debía a la capacidad que tendrían para controlar el agua de San Juan de Dios que por ahí pasaba y que incluía todas las aguas negras de la ciudad, no tanto por dedicarse al sector harinero o agrícola. De hecho, en 1904, la compañía la dio en subarrendamiento a Tiburcio Cervantes junto con los molinos del Refugio y Piedras Negras que ahí se encontraban.

Don Tiburcio podría usar el agua de San Juan de Dios, la de San Ramón y la del drenaje de la ciudad a partir de las seis de la mañana hasta las seis de la tarde y, salvo en días festivos, el agua quedaba reservada para que la Compañía la aprovechara como potencia para su planta de energía eléctrica que se encontraba en la barranca de La Experiencia.

Si hubiere algún problema en cuanto a la falta de potencia de agua para generar energía, la Compañía Industrial tendría todo el derecho de impedir que el Sr. Cervantes hiciera uso del agua ya que debería de dejar que ésta corriera libremente aún en los días y horas que se había estipulado a que tenía derecho el arrendatario.

Si el señor Cervantes o sus mozos o empleados no dejaran correr el agua cuando se les avisase, se harían acreedores a una multa de $500 y a la tercera vez de reincidir, se causaría el cese de dicho contrato, sin indemnización alguna. El arrendamiento duraría de 1904 a 1907 y por la renta se pagarían $7 500 anuales. La Compañía Industrial tendría todo el derecho de vigilar los terrenos de la hacienda para detectar cualquier desvío en el curso del agua a través de los canales (AIPJ. Protocolo de Manuel F. Chávez, 19 de febrero de 1904).

También en el año de 1906, la Compañía decidió arrendarle a Cervantes la finca rústica de Rancho Nuevo. Las condiciones del arrendamiento estipulaban que la Compañía Industrial se reservaba el derecho para construir sobre este terreno todas las obras necesarias para hacer llegar energía eléctrica a la ciudad, por lo que el arrendatario no debería impedir el paso a los trabajadores, y debería permitir que se construyera una línea de tranvías.

El arrendamiento fue por cinco años y Cervantes pagaría la cantidad de $2 500 por año. Podría hacer uso del agua de la presa del Agua Delgada, salvo en el caso extraordinario de que la Compañía requiriese de más agua para su planta de luz en la fábrica de La Experiencia; entonces debería abstenerse de tomar agua de ese lugar. (AIPJ. Protocolo de Manuel F. Chávez, 17 de abril de 1906).

También se valieron de los recursos de las denuncias o expropiaciones en otros terrenos para controlar mejor el agua, por ejemplo, en 1904 encontramos un caso de expropiación que el gobierno del estado le autorizó a la Compañía Industrial de Guadalajara sobre unas propiedades pertenecientes al licenciado José Verea, Manuel Fernández y Cía. y los herederos de Gertrudis Leñero de Vera. (Protocolo de Manuel F. Chávez, 2 de noviembre de 1904).

La Compañía Industrial también se interesó por acrecentar sus terrenos hacia el norte del Zapopan, rumbo a la zona de Tesistán para controlar el agua de la zona de Río Blanco. Por ejemplo, le compró a Gregorio Gutiérrez un terreno llamado Rancho de la Cruz valuado en $10 000, y por $6 000 adquirieron en propiedad las aguas de los manantiales y pantanos del potrero Los Sauces. Además, Gregorio Gutiérrez permitiría que la Compañía Industrial aprovechara todas las aguas que en estos terrenos fluyeran sin derecho a desviarlos ni a detenerlos en ninguna parte de su curso, sino que debería dejarlos correr hasta el arroyo que iba a la fábrica de La Escoba.

La Compañía podría construir en los terrenos referidos las obras necesarias para el drenaje, dar corriente a las aguas y llevarlas hasta el arroyo que va a la fábrica de La Escoba y Río Blanco. Todo ello a cuenta de la Compañía y por lo mismo, el señor Gregorio Gutiérrez no debería impedir el curso de las obras que se iban a construir. (AIPJ. Protocolo de Manuel F. Chávez, 2 de mayo de 1906).

Como se podrá observar, en todos los casos, ya fuera de arrendamiento, venta o cesión de terrenos, la Compañía Industrial de Guadalajara mostró un especial interés por controlar el agua debido a los múltiples beneficios que obtenía de manera directa o indirecta.

Sin embargo, previo al inicio de la Revolución Mexicana, en 1907, la Compañía Industrial decidió separar los negocios textiles de los energéticos y sólo se interesó por administrar los primeros, dejando fuera a la planta de energía de La Juntas y el ferrocarril, que conformaron una negociación aparte denominada “Compañía de Tranvías, Luz y Fuerza de Guadalajara” (AHA. Exp. 36 476 /Caja 2 603 / Fojas 2).

La legislación que se generó con los gobiernos posrevolucionarios, así como el crecimiento de la demanda de agua por un número mayor de usuarios transformaron el escenario que hasta entonces había sido orquestado por la Compañía Industrial de Guadalajara. Poco a poco comenzaron a aparecer conflictos entre diferentes actores: comunidades agrarias vs las industrias, fraccionadores vs comunidades agrarias e industriales, comunidades agrarias vs hacendados.

Lo que puede apreciarse en el fondo de estos conflictos es que el agua, conforme avanzó el siglo XX, se convirtió en un recurso cada vez más indispensable para la satisfacción de las necesidades urbanas (agua potable, drenaje, electricidad), los usos tradicionales del agua, como el agrícola, fue perdiendo terreno hasta que terminaron por desaparecer.

A los dueños de las industrias textiles les fue cada vez más difícil mantener el control sobre el agua y comenzaron a perderlo; además el desarrollo propio de la actividad textil en el país no contribuyó mucho a su permanencia. Los españoles vendieron a principios del siglo XX su parte la sociedad a los franceses, quienes se mantuvieron como dueños hasta la década de los setentas cuando ya no pudieron ni siquiera cumplir con sus obligaciones patronales. La huelga se presentó, el fallo fue a favor de los obreros y en 1977 el gobierno federal intervino para que la empresa fuera comprada por unos libaneses quienes las trabajaron durante algún tiempo, pero comenzaron a vender parte de sus propiedades ya que valían más como propiedad urbana.

CONCLUSIONES.

El agua fue para los empresarios textiles un elemento de múltiples significaciones. Por un lado no sólo se convirtió en un elemento necesario en la producción textil, sino que a partir de la diversificación de los usos del agua se podía obtener de ella otro tipo de valores, como la generación de energía mecánica, después eléctrica. Además, podían dominar una importante zona productiva de la ciudad en la que se incluían pequeños propietarios, dueños de haciendas, ranchos y hasta molinos.

En el presente trabajo, desde el principio se quiso establecer una línea de conducción que diera cuenta sobre cómo, en la medida en que estas empresas concentraban capital, también concentraban recursos naturales, lo que permitía que al mismo tiempo se diversificaran sus negocios. En otras palabras, dimos cuenta del proceso de mercantilización del agua dentro de la producción textil a lo largo del siglo XIX.

Ciertamente, el agua no fue el único recurso natural que usaron estas fábricas textiles; sin embargo fue uno de los más importantes. El interés de los empresarios por acapararla da muestras de que el agua valía porque precisamente lo que se pagaba por ella no era mucho; lo que ampliaba enormemente el margen de ganancia.

Para la filosofía imperante de la época, el agua por sí sola no podía tener ningún valor. Estaba ahí en la naturaleza “inutilizada” o “desperdiciándose”; es decir, el valor económico del agua radicaba en la inversión del trabajo y el capital para que produjera algo. Sin embargo, el agua también incrementó su valor de intercambio no sólo por la tecnología disponible o el capital; sino por el marco legal que facilitó las operaciones.

En un principio, el agua fue tomada por las industrias como algo exclusivo de su interés e inversión; por lo tanto, realizaron las mejoras necesarias para aprovecharla. Es decir, le invirtieron otro tipo de recursos para canalizarla de manera adecuada, construir presas para obtener la potencia hidráulica necesaria y sus dominios o espacios de control físico se extendieron más allá de los límites de las fábricas.

Este tipo de organización de trabajo y de medios de producción, fortaleció el sentido de pertenencia hacia el agua por parte de los industriales; en otras palabras lo convirtieron en un asunto de esfera privada. Por eso se dieron los acuerdos sólo entre particulares y las compraventas realizadas a través de la vía civil, sin la intervención de una autoridad reguladora; a su juicio esto se justificaba porque, después de todo, ¿Qué, acaso no eran ellos quienes solventaban los gastos de inversión?

Las estrategias que usaron los empresarios textiles, a lo largo del siglo XIX, para beneficiarse con el uso del agua encontraron cabida dentro del mismo marco legal y no representaron problema alguno. Sin embargo, el control sobre fuentes de agua cada vez más lejanas también trajo dificultades porque cada vez era más difícil imponer sus intereses a los de los demás.

Por último, los industriales tuvieron éxito en sus estrategias de dominio sobre el agua mientras imperó la noción de que esta era un asunto de exclusivo interés particular. Sin embargo, esto cambió en la medida de que los gobiernos –en especial el federal- comenzaron a percibir, cada vez más, que los asuntos del agua debían ventilarse en la esfera pública y no en la privada.

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