BIBLIOTECA VIRTUAL de Derecho, Economía y Ciencias Sociales

FIDEL CASTRO Y LA PRENSA ESCRITA: LEGADO Y CONTEMPORANEIDAD

Raúl Quintana Suárez




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1,1.- Empeños iniciales en la formación de nuestra identidad nacional (1790-1868)

La imprenta introducida en Cuba en tan fecha tan tardía como 1723, tuvo escasa utilidad práctica durante décadas por el temor de las autoridades coloniales a la divulgación de ideas de las que era portadora una pujante burguesía europea, crítica implacable de las rémoras feudales, portadora de un racionalismo cuestionador, de un humanismo ético desacralizador y antidogmático, así como de concepciones y tradiciones de larga data (3).

Respecto a la prensa escrita en Cuba se conoce de publicaciones oficiales de limitada circulación, dedicadas por entero a la publicación de avisos de entrada y salida de buques del puerto habanero como el “Diario de Avisos de Madrid” (1764) y la “Gazeta de la Havana” (1782).

Favorecido por el Despotismo Ilustrado aplicado por los ministros liberales de Carlos III y el apoyo del gobierno progresista en Cuba de Don Luís de Las Casas (1790-1796), ve la luz publica en nuestro país, el 24 de octubre de 1790, el denominado “Papel Periódico de la Havana”, considerada la primera publicación periódica propiamente literaria en la entonces colonia. Su publicación estuvo a cargo, a partir de 1793, de la Sociedad Económica de Amigos del País (1773).

En informe rendido por José Agustín Caballero a la misma, acerca de la citada publicación, éste expuso como…“….nuestro periódico ha promovido la aplicación de las Letras, Ciencias y Artes, ha corregido esos defectos que lastimosamente notábamos en nuestros profesores y me atrevo a asegurar que se pondrá a esta ciudad en el grado de ilustración que admiramos a la Europa, después que la Serenísima República de Venecia, inventó en el siglo XVIII, el útil uso de los papeles públicos” (4).

Entre sus prestigiosos colaboradores se contaban el propio Caballero, con habituales escritos como “Discurso sobre la Física”, publicado en la edición del primero de septiembre de 1793; el Dr. Tomás Romay (1769-1849), con su artículo científico, publicado en la misma edición, en el que hace una crítica de la medicina tal como se practicaba y enseñaba entonces en Cuba y en el que desarrolla una concepción iluminista de la misma, así como el notable economista Francisco de Arango y Parreño (1765-1837), gran promotor, como ideológico de los ricos hacendados criollos, de la concesión de inteligentes reformas económicas en las esferas productiva y comercial.

Para José Agustín Caballero por... “…cerca de veinte siglos no fue la física, (mas) que un ridículo laberinto de sistemas apoyados unos sobre otros y por lo común opuestos entre sí….”…dado que…“…..cada filósofo se creía en la obligación de formar uno nuevo y esta multiplicidad de errores redundaba en el descrédito de las opiniones filosóficas”. Al valorar la enseñanza de la misma en su época valora como….“…. se añadirá a esto que los profesores de esta ciencia ponían particular cuidado en producirse con expresiones enigmáticas, que sólo ofrecía ideas confusas, inteligibles únicamente a los que querían convencerse, no por razón, sino por capricho” (5). Escritos en los que se reflejan los avances logrados en el pensamiento antiescolástico y científico-educativo en nuestros más notables pensadores.

Por su parte el Dr. Tomás Romay aboga por una medicina de fundamentos realmente científicos, pues para éste, todos aquellos que…“…apenas perciben la voz del grande Bacon, abandonan el peripato, y todas sus cuestiones nominales, huyen de Galeno, detestan a Avicena, abominan a Averroes…”…pues…“….el hombre es el grande objeto de sus meditaciones, el cadáver del hombre el inmenso libro que con voces inefables, pero demasiado enérgica, les manifiesta en cada página que rasga la diestra del anatómico el origen, los progresos y efectos de las enfermedades” (6).

El “Papel Periódico de la Havana” se publicó con este título hasta 1805, adoptando posteriormente otros diferentes, acorde a las problemáticas de la época y los cambios políticos acontecidos en la metrópoli. Estos flujos y reflujos de la política peninsular, entre un liberalismo apocado y ocasional y un absolutismo con ínfulas de ilustrado se refleja en los títulos de los periódicos que ven la luz en los primeros lustros del siglo XIX y particularmente en el contenido, expresión de las ideas imperantes.

En los períodos de 1811 a 1815 y posteriormente de 1820 a 1823, coincidentes con la apertura a las Cortes y la promulgación de constituciones liberales, aparecen en nuestro país, numerosos periódicos como “El patriota americano”, “Diario Cívico”, “Correo de las Damas”, “El Esquife” y “El Hablador”, entre otros, que nos muestran las ideas reformistas, progresistas para la época, de los ricos hacendados criollos, en sus exigencias de mayor espacio de participación política y liberación de las trabas económicas para el comercio. Otros con tendencia más conservadora como “El Centinela”, promocionan las ideas de Arango y Parreño, e incluso aquellas de más rancio conservadurismo y fuerte influencia clerical, como “La Cena”, “El Censor Universal” y “Tertulia de las Damas”, defensores a ultranza de las medidas adoptadas por las autoridades coloniales, incluso las más impopulares.

Aún en las publicaciones más liberales del período, bien distantes, bien distantes de toda aspiración independentista, imperan la defensa de la trata, la libertad de comercio, una política tributaria más racional, la igualdad jurídica para la población blanca criolla, la representación en las Cortes e incluso, en algunos casos, propuestas de división de poderes en el gobierno colonial, con evidente influencia de Montesquieu. Los fallidos intentos independentistas de Román de la Luz, Luís Francisco Bassave, José Joaquín Infante y Manuel Ramírez, en 1809, en su mayoría pertenecientes a la clase pudiente, así como la de José Antonio Aponte, de origen más humilde, y quizás por ello más cruelmente reprimida en 1812. resultaron hechos excepcionales. (7).

Lo que reitera las escasas posibilidades de que arraiguen entre los ricos hacendados criollos, en ese primer tercio del siglo XIX, las ideas independentistas, entonces en pleno auge en América Latina, dado su perenne temor a la sublevación de negros esclavos y libertos, la afectación a sus intereses económicos y sus limitaciones clasistas, incapaces de un protagonismo más allá de la preservación de los privilegios conquistados, lo que no excluye la significativa influencia que el Iluminismo europeo ejerciera en sus ideas, en las primeras décadas del siglo XIX.

Como bien valorase Don Fernando Ortiz en su escrito “La Hija Cubana del Iluminismo”:

“Los caminos de la Revolución Francesa y de la reforma cubana eran distintos. Allá se hacía revolución desde abajo, aquí desde arriba, pero una y otra eran iluminadas por los mismos fulgores. Los de la Ilustración, los de la Enciclopedia, los de aquel siglo XVIII que fue bien llamado el Siglo de las Luces” (8).


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