BIBLIOTECA VIRTUAL de Derecho, Economía y Ciencias Sociales

DIVERSIDAD CULTURAL Y SUSTENTABILIDAD. TOMO I

Coordinadores: Nicasio García Melchor y Gloria Miranda Zambrano




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La educación familiar de la mujer

En las estrategias de dominación española, se procrea un escenario primigenio de mestizaje de raza, tanto al interior de las etnias como al exterior con los propios españoles; ocurren intercambios culturales en las costumbres de las labores, dentro de la familia, incluso se transforma la visión del mundo y de la vida. Al igual que la mujer indígena en el seno familiar forjó la construcción educadora venida desde los siglos - situación que tenían muy en claro los misioneros evangelizadores – en la misma medida fue de importancia indiscutible para la consolidación de la conversión indígena a la verdad cristiana la labor de la mujer dentro de ese mismo espacio familiar; por ello se enfocaron los procesos sociales de evangelización estratégicamente desde las niñas, que en un futuro serían las esposas y las madres, tal como lo consigna Jerónimo de Mendieta (1572, en López Austin, 1985):

“Cada día en amaneciendo se juntan en los patios de las iglesias... las niñas hijas de macehuales y principales, las niñas todas así hijas de mayores como de menores, indiferentemente se enseñan en la doctrina cristiana por sus corrillos, repartidas por su orden, agrega el cronista que las niñas tenían por maestras ayudantes a unas viejas que sabían otras oraciones de coro y maneras de rezar en sus cuentas”.

Sin embargo, resultó muy difícil superar a la educación familiar, los religiosos en un principio se tuvieron que conformar con una educación femenina muy limitada, observemos la finura y gracia con que una mujer Nahua le dedica a su hija, este fragmento traducido al español por Jerónimo de Mendieta (ibíd.):

“Cierto, con mucha trabajo y dificultad se viven este mundo, hija, y las fuerzas se consumen; y gran diligencia es menester para alcanzar lo necesario, y los bienes que los dioses nos envían. Pues, amada hija, no seas perezosa ni descuidada, antes diligente, y limpia y adereza tu casa. Sirve y da aguamanos a tu marido, y ten cuidado de hacer bien el pan”.

Intervenir en una comunicación entre madre e hija significaba muy seguramente la meta suprema de los misioneros, para ello requirieron de la ayuda de mujeres españolas animosas y emprendedoras llamadas beatas o emparedadas, que llegaron a la Nueva España a principios de 1531. Sin embargo el resultado fue un fracaso ya que las niñas criadas por maestras españolas no eran útiles para casarse con indígenas: los muchachos se mantenían fieles a las costumbres de sus antepasados, de la misma manera que las muchachas no querían regresar al modo de vivir antiguo en el que tomaban sobre sí el trabajo de sustentar a su marido, por que fueron criadas fuera del hogar y no sabían los oficios para servirles, esto lo percibieron los padres caciques de las muchachas y no podían permitir la destrucción del fundamento de su vida económica (Kazuhiro Kobayashi, 1992).

Se entiende la significación económica de la mujer en la sociedad de los varones, vista como una mercancía de uso; también, que este papel se generaba en la verdadera escuela de la mujer indígena, su hogar, y no en los claustros o en los patios de las iglesias sino, con un aire de dominación proveniente desde el propio seno de las familias y cómo una estrategia de seguridad económica. La obligación de la mujer en los siglos venideros continuaba concentrándose en labores manuales en el territorio del hogar, además de ser su centro de aprendizaje; la escuela tan solo representaba un complemento de los conocimientos y destrezas adquiridas en el hogar: hacer de comer, labores de aguja, la educación, la atención de enfermos, limpieza y en general atender si era hermana a sus hermanos, si era esposa a su marido y si era hija a su padre. En este contexto y como producto de un aprendizaje más general dentro del hogar, la mujer aprendió no sólo la hechura de las tortillas como una destreza, sino como una obligación de asistencia al hogar, particularmente a los hombres.

La niña siguiendo a su madre por la casa, encuentra en la cocina el lugar mágico donde se producen las novedades y curiosidades, donde habitan el fuego y el agua, es un templete natural de aprendizaje y de imitación, ella busca su identidad en una construcción educativa propia, natural y espontánea. Observa los procesos, no pierde de vista las hábiles manos de su madre moliendo, batiendo, guisando e incluso cantando, huele su aroma y está presta para la ayuda, a través de la representación y participación, desea un espacio en el comal para su “tortillita”, todo es un juego hermoso y no hay escuela que pueda sustituir estas habilidades instrumentales aprendidas en el propio mundo cotidiano de los adultos. Poco a poco, pero desde muy pequeña, la niña va adquiriendo encomiendas de la madre para asistir a los hombres de la casa o para cuando tenga vida en matrimonio atender a su esposo, en esta dualidad de servir para aprender y aprender para servir, se va ganado el título de reina y administradora del hogar, sin embargo, el papel de la mujer en sus deberes y en la educación; desde tiempos añejos en mayor o menor grado, se ha distinguido por la desestima y el maltrato, siempre bajo el poder masculino, sin derecho al habla y culpable por mandamiento divino, el mismo apóstol San Pablo (en Gonzalbo, 1985), señala:

“La mujer aprenda callando con toda sujeción; enseñar ella yo no lo permito, ni que tenga autoridad sobre el varón, sino que esté en silencio, por que es notorio que Adán fue primeramente formado que no Eva, y él no fue engañado, y ella sí, y traspasó el mandamiento de Dios”.

En la España, Juan Luís Vives (1524, en Gonzalbo, 1985) le otorga a la mujer un papel de sumisión, de deuda y servicio al varón, ya sea como madre como hija, como hermana; ni en los conventos se salvaban las mujeres de esta subordinación masculina pues estaban al servicio del sacerdote:

“Aprenderá junto a esto la nuestra virgen guisar de comer, no de la manera que guisan los cocineros, ni cosas de golosinas y sainetes, sino sobriamente y templada y limpia, y esto para que sepa contentar a sus padres y hermanos siendo doncella, y a su marido e hijos casada; hoy, ¿quién debe más que la hija al padre o a la madre? ¿Y qué la hermana al hermano? ¿Y qué la mujer al marido? ¿Y qué la madre al hijo?”

Posterior a la independencia de México, Ana Josefa Caballero de la Borda en su discurso (1823, en Gonzalbo, 1985) nos ubica en la ignorancia que se encuentra la mujer y cómo en sus dotes naturales, más que en su ausente educación, es que ha podido forjar a sus hijos en bien de la patria:

"La bárbara ignorancia enemiga mortal de todo bien y causa original de todo mal, ha sido en nuestro suelo el distintivo que ha caracterizado a todas las mujeres que no habiendo tenido más que una educación supersticiosa, rutinera y mezquina, no podía producir que otros efectos que los de formar animales dañinos como torpes y gravosos a una nación que por sus cualidades naturales es la más acreedora a una suerte envidiable por más afortunada; pero mujeres que sin haber sabido su deberes pasaron de improviso a constituirse madres de familia ¿qué hijos les podían dar a nuestra sociedad? Mujeres que sin tener idea de economía y gobierno doméstico se hallaron erigidas de cabeza de casa, no era posible que hicieran otra cosa que distraer el caudal de sus familias y mujeres; por último, que sin educación se veían precisadas a educar a sus hijos física y moralmente, no podían presentar hombres instruidos ni útiles a al patria, y si ha habido virtuosos ciudadanos e inimitables héroes en las ciencias y en el amor a la patria, estas virtudes las han debido menos a la educación que a sus disposiciones naturales "

En este fragmento de un texto de Ignacio Ramírez (en Bermúdez de Brauns, 1985), nos muestra unos detalles de la percepción social - a la que llama funestos absurdos - que se tenía en nuestro país por esos años, de la educación de la mujer y de su ocupación en los negocios:

“Hay una preocupación vulgar que equivale a decir que las mujeres nada deben saber o deben saber poco. Las pobres deben conformarse con saber coser y guisar; las ricas con saber vestirse; todas en su juventud, deben competir en gracias y artificios con las prostitutas; en su vejes deben entregarse a la devoción y al lenocinio. Los conocimientos sólidos hacen de las mujeres unos insoportables pedantes: las mujeres no deben cuidar de sus negocios, por que no les entienden y se convierten en tomineras (tomín, moneda de plata de 30 céntimos de peseta), las mujeres aunque por su talento, por su carácter y por la legislación civil, pueden no deben emanciparse de sus padres, hermanos y marido”.

Si bien en algunas sociedades indígenas, la educación familiar daba un valor sustancial a la formación de la mujer, por esa condición, estaba subordinada a la autoridad de los hombres dentro de una división sexual del trabajo. Su aprendizaje lo recibía de las enseñanzas de la madre, que consistía en los quehaceres domésticos, las técnicas de hilado y tejido, así como los fundamentos del culto; la educación era más estricta entre las nobles que entre las niñas del pueblo. Además, se proporcionaban conocimientos sobre el comportamiento y las normas morales: la mujer debía ser muy medida en el hablar, muy laboriosa y humilde.

La realidad ha tenido generalmente una interpretación masculina y que ha sido adquirida por derecho propio, aunada a la creencia de las propias mujeres que su conocimiento es de tipo afectivo y no cognitivo. Como esposas, los maridos aceleran la devaluación de sus capacidades y su papel subalterno se perpetua, se incrementa su dedicación al cuidado de los demás y trabajos de baja categoría, con la consecuente culpabilidad de ellas mismas y su pérdida de poder.

La enseñanza de la mujer en sus obligaciones del hogar se ha proporcionado dentro de una educación familiar informal, es un proceso que dura toda la vida, por lo cual, cada individuo adquiere comprensión, a través de las experiencias diarias y del contacto con el medio (Máas, 1995). No están explicitadas sus intensiones educativas, en este sentido la enseñanza de la elaboración de tortillas se da de manera informal por la madre en el seno de la casa.

La producción artesanal de tortillas para el consumo y la venta es muy antigua en nuestro país, en el mercado de Tlatelolco se vendían de muchos colores provenientes de los diferentes tipos de maíz (Solís y Gallegos, 2000). Siglos después, su comercialización se genera con el crecimiento de los pueblos y la dedicación a actividades distintas a la agricultura, dándose una oportunidad de satisfacer el déficit que demandaban los pobladores urbanos (Torres, 1994) y todavía hace algunas décadas, se vendían puerta por puerta en sus canastos grandes por docenas a clientes ya fijos en las casas de las clases medias y altas (Appendini, 2003). Ésta tradición de producción artesanal de tortillas en la comunidad de Urireo, municipio de Salvatierra aún se conserva. La comunidad se localiza al este de la cabecera municipal de Salvatierra. Su nombre proviene de un vocablo purépecha que significa nariz a adelante y se refiere a ir guiando a otro, particularmente a los indios catequizados que guiaban a los curas que salían a administrar los sacramentos. Resulta importante destacar que la comunidad fue formada para su evangelización a partir de diferentes etnias, como son tarascos, otomís y pames chichimecas principalmente. Esto originó los asentamientos actuales de Cóporo, El Bajío, la Sierra y la Entrada. Los frailes franciscanos por mandato de Fray Juan de San Miguel y de Don Vasco de Quiroga (1526), fortalecieron la producción de pan, fundiéndose con el tiempo un mestizaje alimentario y cultural con la producción de tortilla.


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