BIBLIOTECA VIRTUAL de Derecho, Economía y Ciencias Sociales

ESTUDIO ETNOHISTÓRICO SOBRE UNA UNIVERSIDAD NEW AGE, SUS PROCESOS DE EDUCACIÓN, SEDUCCIÓN, CONFUSIÓN E INICIACIÓN Y SU RELACIÓN CON EL CONTEXTO

José Luis Montero Badillo



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La historia de Carlos

Carlos es un alumno que llegó a la universidad en el año de 2005, al mismo grupo de Licenciatura en Pedagogía que las religiosas Bernardas, en la modalidad sabatina. Al llegar, tenía la edad de veintiséis años. Vivía con su madre de la que dependía económicamente y al parecer fue ella la que lo instó a que cursara estudios de nivel superior. La razón es que, al terminar sus estudios de bachillerato, intentó ingresar a la UNAM pero fue rechazado y desde entonces desistió de la idea de terminar una carrera universitaria.

En ese tiempo -de los veinte a los veintiséis, aproximadamente- se dedicó a desempeñar trabajos de poca relevancia como por ejemplo de cocinero, cajero, repartidor, telefonista y todas las demás labores que existen en las cadenas de restaurantes de fast-food que hay por la zona de Atizapán de Zaragoza, Estado de México, aunque él vivía -y vive- en la ciudad de Nicolás Romero. En alguno de esos lugares en los que estuvo trabajando, conoció a una joven con la que entabló una relación “informal” -dice él- y al cabo de no más de un año tuvieron un hijo. Debido a la inestabilidad económica, laboral e incluso emocional de ambos, los respectivos padres decidieron ayudarlos permitiendo que siguieran viviendo cada uno en su misma casa, pero con algunas responsabilidades que cubrir. A ella le tocó hacerse cargo del bebé de tiempo completo y a él le correspondieron los gastos que su hijo generaba.

Por esos tiempos, comenta él que debido a las presiones económicas, comenzó a consumir drogas como la mariguana y el peyote, mismas que conseguía con facilidad, “casi en cada esquina” -decía-, en Nicolás Romero, además de hacerse adicto al alcohol. El “fondo” -que es como él se refiere al extremo de su situación- llegó cuando su madre lo tenía que andar buscando por las noches para que no se quedara tirado en alguna acera como consecuencia del estado de intoxicación en el que solía hallarse en compañía de sus “amistades”.

En esos tiempos, su madre comenzó a acercarse, por invitación de unas vecinas, al templo de los Testigos de Jehová que se encuentra en la misma ciudad de Nicolás Romero para buscar algún tipo de apoyo que no encontró en la iglesia (refiriéndose a la iglesia católica), según le contó ella misma a Carlos. Fue durante este período de crisis en el que él mismo notó las penurias en las que estaba involucrando a su madre y la irresponsabilidad en la que había caído al descuidar los gastos de su hijo. Para entonces, los padres de su pareja ya le habían prohibido a su hija que viera a Carlos por el estado en el que se encontraba y porque tenía tiempo que no se hacía cargo de los gastos que le correspondían.

Y sucedió que un día, su madre, armada de valor -según él mismo lo cuenta-, le puso un ultimátum: o se ponía a trabajar, a estudiar y además debía asistir con ella al templo, o se iba de la casa. En la negociación, él accedió a buscar trabajo e incluso a buscar, también, una escuela para cursar estudios de licenciatura. Alguno de sus conocidos le comentó de la existencia de la universidad y su modalidad sabatina y la idea le pareció una buena opción porque eso le permitiría trabajar de lunes a viernes.

Al llegar al plantel escolar en compañía de su madre para pedir informes, comenta que se sintió “enamorado” del lugar y ese mismo día cubrieron los gastos de inscripción y la primera colegiatura. No era su intención estudiar Pedagogía, cuenta él, pero no había la carrera de Administración de Empresas en la modalidad sabatina. Dice que le insistieron para que entrara a la Licenciatura en Desarrollo Humano argumentándole que tenía muchas cosas en común con la carrera que él deseaba, pero que finalmente optó por Pedagogía porque, según le dijo su madre, “de maestro donde quiera se puede”.

Cuando entraron a clases, él llegó con la cabeza rapada y así permaneció largo tiempo porque decía que es lo contrario del tiempo en que andaba de “descarriado” y con el cabello largo. En las habituales actividades de presentación en las que los nuevos alumnos comentan algo acerca de ellos mismos para que el resto del grupo los comience a conocer, aunque expresaba decisión en lo que decía, sus palabras eran alusivas a su “poca inteligencia” y a su “corto entender”, según él, debido a todas las cosas que se había metido. Pero al paso del primer semestre resultó que, en una de las actividades de la materia de Desarrollo Humano, el profesor les dejó leer de tarea el libro de El Alquimista de Paulo Coelho, del que Carlos hizo una muy buena lectura, según dijo el mismo profesor, quien lo felicitó y lo exhortó a seguir leyendo de ese modo.

De alguna forma, ese reconocimiento lo animó a que se creyera un buen lector y a que sus compañeros de grupo se lo reconocieran también. El problema fue que, en lo posterior, libro que leía era libro que tomaba como verdad absoluta. Por ejemplo, sucedió que una de las tareas consistió en leer la novela de Siddhartha de Herman Hesse y durante la semana siguiente a la lectura, se la pasó en ayuno, solamente ingiriendo jugo de naranja, porque, decía él, quería ver qué se sentía ser asceta.

Un día a inicios del segundo semestre, Carlos llegó a la universidad y le negaron la entrada porque no había pagado su colegiatura. El problema era que su madre se había negado a seguir cubriendo esos gastos porque, después de que, según él, comenzó a sentirse mejor en cuanto a salud con las técnicas psicofísicas que les hacen practicar en la materia de Desarrollo Humano, le pidió al profesor que le diera una rutina para que la pudiera realizar en casa. El profesor le sugirió, primero, que mejor asistiera a uno de los Institutos de Desarrollo Humano de la misma organización, pero Carlos le contestó que le era prácticamente imposible debido a que no le alcanzaba ni el dinero ni el tiempo para eso. El profesor le dio una rutina de yoga para que Carlos la realizara en casa, misma que comenzó a practicar a la brevedad, pero cuando su madre se dio cuenta de lo que estaba haciendo, le dijo que esas eran “cosas del diablo”, según él mismo lo comentó. Entonces su madre lo condicionó a seguir pagando la colegiatura sólo si él dejaba de hacer esas “cosas raras”, además de asistir con ella, todos los domingos, al templo de los Testigos de Jehová. Fueron tres semanas que no asistió a clases, hasta que a la cuarta cedió.

En charla informal, comentaba que, para evitarse problemas, había optado por salirse al parque todos los días, por la mañana o por la noche, “a hacer ejercicio”, le decía a su madre, y ahí practicaba su rutina de yoga que no estaba dispuesto a dejar.

En cuanto a la asistencia al templo, convenció a su madre de no asistir argumentando que era el día en el que se dedicaba a hacer sus tareas escolares, ya que de lunes a viernes debía ir al trabajo, que era en una oficina en la zona de Ciudad Satélite. Sin embargo, menciona que su madre siguió insistiéndole con eso de que “quién sabe qué cosas raras te estén metiendo en la cabeza los de la escuela”, razón por la que decidió ponerse a indagar sobre la universidad y, aunque no encontró nada (debido a que no buscó en los lugares adecuados, sino que se puso a preguntarle a los mismos profesores que forman parte del sistema religioso), por un lado asumió una actitud aparentemente más crítica que se enfatizaba cuando se trataba de analizar un libro, pero, por otro lado, cada vez se hicieron más fuertes y frecuentes los hábitos que modificó, aparte de la práctica diaria de la yoga, como el de la ducha natural y el vegetarianismo.

Posteriormente reestableció comunicación con la madre de su hijo e incluso volvió a hacerse cargo de algunos gastos. En una de las charlas entabladas con él, al hacerle la pregunta de cuál era su religión, comentó que antes era católico, pero sólo por tradición. Después de la conversión de su madre, le vino un período de confusión y desde entonces se considera “ateo”, aunque le llama mucho la atención el “budismo” .

Se trata, evidentemente, de una persona en búsqueda de referencias identitarias, debido al reciente pasado poco afortunado que ha padecido. Aparentemente no había sido ubicado por los integrantes del sistema religioso como un posible adepto porque no hubo invitaciones a participar en alguno de sus eventos, salvo la mencionada asistencia a algunos de los Institutos de Desarrollo Humano, que es una más de las estrategias que suelen usar. Si bien su grupo ha sido uno de los que más cohesión han logrado de los de licenciatura según el ambiente que se percibe en éste, por el apoyo que se prestan entre ellos y por las relaciones que parece que existen, no había habido ni fragmentación, como suele ocurrir en los demás grupos alrededor del segundo semestre, ni polarización, que se da cuando hay algún integrante del grupo que esté siendo captado por el sistema religioso y comienza a asumir una función como de monitor para el mismo sistema. Aunque sí hay, al menos, tres casos: el de Carlos y el de las dos monjas Bernardas, de adscripción con la identidad, las ideas y las prácticas novoeristas.

Pero sucedió que a partir de un descontento de parte del alumnado hacia la universidad, algunos alumnos elaboraron un documento que Carlos decidió entregar en mano al líder del grupo un día que fue de visita al plantel. En esa ocasión, según me lo comentó Carlos, él se sintió deslumbrado por este señor y ahí mismo le pidió que lo dejara entrar al grupo. Al principio el líder se hizo el desentendido, pero Carlos insistió hasta que le dio una cita. Después asistió a algunos rituales de los que realizan los domingos por la mañana y posteriormente comenzó a trabajar dentro de la misma organización como encargado de la mercadotecnia de la universidad.

En la última entrevista sostenida con él en un restaurante de Atizapán, no pude resistir la situación de no comentarle algo acerca del sistema religioso en el que se estaba involucrando. Supongo que debido a que tuve la oportunidad de ser su profesor, fue inevitable el sentimiento de culpabilidad por no haberlo prevenido. Al estarle comentando algunas de las cosas de este grupo religioso, noté gestos de asombro, pero finalmente me dijo que él ya sabía muchas cosas y que su objetivo era ser más astuto que ellos y utilizarlos para llegar a ser rector de la universidad.

Sin embargo, las preguntas que saltan al observador son varias, pero enfaticemos dos: ¿cuánto tiempo más seguirá, Carlos, considerándose a sí mismo “ateo” y simultáneamente identificándose cada vez más con las prácticas y creencias de la Nueva Era? ¿Por cuánto tiempo más seguirá Carlos trabajando para la misma universidad mientras piensa que será él quien utilizará para sus fines personales a una organización que se dedica a utilizar a las personas para sus propios fines?


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