BIBLIOTECA VIRTUAL de Derecho, Economía y Ciencias Sociales

FUNDAMENTOS DEL SERVICIO COMUNITARIO PRIVADO

Nelson de Vida Martincorena




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CAPITULO 1. Caridad, Filantropía y Beneficencia

«Podemos ver el amor entre padre e hijo, entre hermanos y entre amigos. Pero debemos aprender a hacer uso de esa fuerza que une todas las vidas; en el uso de ella consiste nuestro conocimiento de Dios.

Allí donde hay amor, hay vida; el odio conduce a la destrucción».

GANDHI

Concepto

«¿Y hay algo acaso, que, de verdad pueda guardarse?

Todo lo que tenéis será entregado algún día. Dad, pues, ahora, que estáis en la estación de dar, que es vuestra y no de vuestros herederos».

KHALIL GIBRAN

Resulta habitual apreciar en el seno de la sociedad, la realización de actos sin finalidad lucrativa, que personas e instituciones bien inspiradas cumplen, procurando el alivio de las necesidades de los desposeídos, o en su caso promoviendo obras de público interés.

Tales actuaciones movilizan fondos propios y solicitan ocasionalmente la cooperación de la población, desarrollando intervenciones de diversa intensidad, catalogadas como de «caridad», «filantropía» o «beneficencia».

Si bien tales expresiones se manejan generalmente en forma indiscriminada, atendiendo a la común motivación desinteresada y a la orientación benéfica de las actividades, creemos conveniente formular algunas distinciones que permitan una visión más precisa, preparando el campo para la consideración del servicio comunitario, nuestro principal propósito.

Por una razón de método, creemos conveniente caracterizar a la caridad y la beneficencia (así como ulteriormente al servicio comunitario), siguiendo los mismos criterios, pues ello aclara la exposición y luego permite realizar comparaciones.

Esos puntos de vista, especie de filtros de la realidad, tienden a contestar las siguientes preguntas:

¿Quién realiza la actividad? Es decir los rasgos de los sujetos, sean colectivos o individuales y sus roles pasivos o activos.

¿En qué consiste la acción? Atenderemos a los objetivos y fines de las personas y entidades, las tareas que se cumplen; lo que englobamos como contenido.

¿Cómo se desarrollan los actos? Ello refiere a las formas y pautas organizativas que guían los trabajos.

Por último: ¿cómo repercute la actividad? Intentaremos bajo ese ítem, describir la función social que se cumple.

Esperamos que ese enfoque múltiple nos permita una descripción ilustrativa, facilitando a su vez, el establecimiento de diferencias y similitudes, entre la caridad, la beneficencia y el servicio, lo que indicará un proceso evolutivo que juzgamos evidente.

¿Qué debe entenderse por caridad?

Caridad viene del latín «caritas» (amor) y refiere al sentimiento y disposición de ayudar a los sufrientes y necesitados.

Desde una óptica religiosa, consiste en amar a Dios y al prójimo como si fuera uno mismo.

Constituye una de las virtudes teologales cristianas, la tercera en orden después de la fe y la esperanza, pero no por ello menos importante y excelsa.

Se la ha definido como: «... un afecto que se manifiesta bien dispensando beneficios o bien evitando daños e injurias... tiene su fundamento en el amor a los hombres». (1) Desde muy tempranas épocas, numerosos filósofos y líderes espirituales, postularon la difusión de la caridad como un superior principio de conducta; así pueden rastrearse en la historia signos de preocupación por los débiles, los enfermos y los pobres, que tienen añejos reconocimientos, pudiendo citarse -entre otrosel Código de Hammurabi, el Libro de los Muertos y disposiciones de Buda.(2)

No obstante esos ilustres precedentes, puede reconocerse como un hecho establecido, la ascendencia que cobró la caridad, con el advenimiento del cristianismo.

Para aquilatar debidamente la trascendencia de la caridad en la moral cristiana, basta esta trascripción: «Si yo hablase lenguas de hombres y de ángeles y no tuviese caridad, sería como metal que suena o campana que retiñe y si tuviese profecía y supiera todos los misterios y cuanto se puede saber; y si tuviera toda la fe de manera que trasladase los montes y no tuviera caridad, nada soy. Si distribuyese todos mis bienes en dar de comer a los pobres, si entregara mi cuerpo para ser quemado y no tuviera caridad, nada me aprovechaba». (3)

Pero no todas son flores en el camino de la caridad.

Hablando del hombre justo y de su necesaria firmeza, dice Ingenieros: «...la caridad es el reverso de injusticia. El acto caritativo, el favor, es una complicidad con el mal. Detrás de toda caridad existe una injusticia. El hombre justo quiere que desaparezcan, por innecesarios el favor y la caridad, la justicia no consiste en ocultar las lacras, sino en suprimirlas... El hombre justo no puede escuchar a los que predican la caridad para seguir aprovechando la injusticia..». (4)

Parece evidente que se puede acompañar la opinión glosada, si se entiende la caridad como una mera dádiva, como limosna para aplacar carencias que no debieron existir.

No obstante, no debe atenderse sólo a formas parciales o exteriores, que por más vigencia y extensión que hayan tenido a lo largo de la historia, no encuadran en la amplitud del concepto que hemos expuesto y que aparece cargado de connotaciones de clara y superior exigencia moral.

Si bien corresponde destacar las tendencias religiosas que consagran a la caridad como un profundo afecto, de superior valor, no es menos cierto que desde el punto de vista ético, una firme corriente de pensadores laicos ha elevado como máximo postulado la actitud de amor hacia los seres humanos.

Nos encontramos así en el ámbito de la filantropía, palabra de raíz griega que señala el amor al hombre y la humanidad, que no se basa necesariamente en principios religiosos; si bien tiene añeja prosapia, comenzó a usarse habitualmente en el siglo XVIII.

Puede asimilarse a la caridad, en cuanto sentimiento y acciones que de él derivan, y así lo haremos en homenaje a la brevedad, por más que son señalables ciertas peculiaridades significativas que trataremos bajo los rubros de contenido y organización. (*)

El fundamento laico de la filantropía, se basa en las tendencias altruistas, que en tantos seres tienen una vigencia innegable, por más que en su explicación colidan distintas opiniones.

Así caracterizadas la caridad y la filantropía, corresponde delinear la beneficencia, que puede definirse como «la virtud de practicar el bien o de hacer obras útiles en provecho del prójimo; conjunto de fundaciones o instituciones benéficas y de los servicios que se refieren a ellas, a sus fines y a los haberes y derechos que les pertenecen». (6)

De esta primaria aproximación, surgen algunos elementos de relevancia.

La referencia a «virtud», nos lleva al terreno de los valores morales; se trata de una actitud que se juzga valiosa desde el punto de vista ético. Así entendida, la beneficencia aparece, como una manifestación de la caridad o filantropía, como una manera de concretar el amor a los semejantes, que se exterioriza en actos a favor del prójimo.

De esa forma, puede expresarse que la caridad actúa como inspiración y la beneficencia es el resultado de la acción.

Es evidente que en muchos casos esa díada conceptual funciona armoniosamente y en un acto individual es difícil o acaso imposible, escindir aspectos que se integran en un todo, en el cual la motivación fraterna, colorea la actuación de un modo decisivo.

(*) Es interesante señalar que entre los griegos y romanos precristianos el concepto del dar, refería preferentemente a obras que más que tender a aminorar los sufrimientos de las personas, procuraban el enriquecimiento general a través de proyectos de público beneficio (acueductos, baños, teatros etc), concepto afín a la filantropía moderna.

El enfoque judeo cristiano de la caridad se dirige más directamente al alivio de padecimientos personales, motivado en una disposición fraterna, de la cual es adecuado ejemplo la actitud del buen samaritano. (5)

A nuestros efectos, preferimos referirnos a la beneficencia, como «la práctica del bien»; atendiendo a la faz externa de la acción, sin ingresar a calificaciones morales, requiriendo como único requisito subjetivo, que la misma obedezca en forma exclusiva al propósito benéfico, sin otros fines que lo desvirtúen.

En cualquier caso, en la beneficencia aparece destacado el aspecto activo, la realización concreta de un «bien».

Naturalmente la amplitud que se tenga sobre tal concepto, determinará por reflejo el ámbito de los actos que se pueden calificar como benéficos, pero para nuestro intento, parece adecuado resaltar el aspecto de «obras útiles en provecho del prójimo», que tienden a la satisfacción de necesidades materiales y espirituales, aceptables desde el punto de vista moral.

Es claro que los actos por sí no configuran la beneficencia, puesto que pueden responder a múltiples motivaciones, incluso ser el producto de una empresa lucrativa.

Entonces, el criterio definitorio es el cumplimiento de los mismos sin ninguna finalidad interesada, de intercambio o ventaja compensatoria; la acción como rasgo esencial, obedece al propósito deliberado y exclusivo de realizar el bien, la obra de utilidad.

Normalmente el nervio motor de la actuación puede ser el sentimiento caritativo o filantrópico, como ya vimos. Podrá no obstante, existir una motivación indiferente al amor, que en tanto se mueva por el bien en sí, se ubicará en el área que nos ocupa.

La referencia que hace la definición que venimos analizando, a fundaciones o instituciones, tiene particular relevancia, puesto que como lo veremos oportunamente, la beneficencia ha sido un campo muy fértil para que su práctica se organizara, asegurando eficacia y perdurabilidad a la acción.

En ese terreno institucional, se aprecia como fin específico la satisfacción de necesidades humanas, en áreas determinadas donde las carencias son más importantes.

En los objetivos de las entidades, encontraremos la piedra angular que permitirá calificarlas como instrumentos de beneficencia.

Un rasgo importante, dice relación con el carácter genérico de la atención a brindar, puesto que si la misma se circunscribe a los asociados, a un grupo profesional o de interés, por más que la institución no tenga fines de lucro, no nos movemos en el terreno propio de la beneficencia, sino en el de la cooperación, el mutuo apoyo y la solidaridad grupal.

En un mismo sentido excluyente debemos referimos a las instituciones públicas o estatales, incluso para-estatales, que desde muy larga data vienen actuando en un área que objetivamente puede coincidir con las actividades de beneficencia.

Aquí la distinción viene dada por la diferente naturaleza del origen de la atención, puesto que en tanto nadie tiene derecho a exigir un acto de beneficencia (exigencia jurídica) puede sí hacerlo, si el mismo responde a un servicio organizado públicamente.


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