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ARLEQUINES Y DESENCAJES. INTRODUCCIÓN A LOS PROBLEMAS DE UNA REFORMULACIÓN DE LA TEORÍA FOUCAULTIANA DEL PODER

Edgardo Adrián López



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Capítulo III

De las omnipresentes disciplinas, escuetamente podemos tallar que escinden las potencias de cariz económica del cuerpo, fuerzas destinadas a la producción material (que no es exclusivamente económica…), y a la libido política del Inconsciente, de manera que las potencias del cuerpo, aun las del deseo, abulten únicamente las fuerzas gastadas en la producción material.

Foucault sostiene que las disciplinas poseen en ese sentido, el mismo grado de abstracción que la explotación de clase, ya que si los enlaces de dominación clasista separan a la fuerza de tarea del producto, las disciplinas fragmentan el cuerpo, de la libido política. El objetivo es, además de que las potencias se orienten casi en su totalidad hacia la producción, la construcción de un cuerpo donde exista un “… vínculo … entre una aptitud aumentada y una dominación acrecentada …” (1989 a: 142).

El cuerpo debiera ser superficie de inscripción de fuerzas variadas, pero nunca tiene que ser el mismo lugar para que las rebeliones contra los contactos, juegos y redes de poder se articulen en el deseo mismo. La resistencia contra la explotación, el dominio y el sometimiento no debe nunca pasar a través del cuerpo, puesto que sólo posee el derecho de ser un aparato que “traduce” cualquier potencia o fuerza, en relación de sujeción.

Ahora bien, imaginamos que esa característica tan abstracta de las disciplinas, las torna independientes del período histórico en que han sido situadas por el mencionado filósofo. Si las disciplinas habrán de escindir el cuerpo de la libido política, haciéndolo un aparato de represión del maravilloso Inconsciente; si esta lógica de operación de las disciplinas es tan poco concreta como la explotación, que separa la fuerza de trabajo del plusproducto que genera, entonces las disciplinas son comunes a todas las colectividades de clases y hasta cierto punto, a casi todas las sociedades capaces de suscitar excedente, sean o no de clases. Claro que Paul-Michel, por su empirismo a ultranza, no aceptaría semejante “sacrilegio” teórico, mas, allá él y los foucaultianos recalcitrantes que se empeñan en no reconciliarse con Marx, a quien repelen conservadoramente.

Dejando de lado la especulación difícil de la vigencia de las disciplinas en las comunas en las que se induce plusproducto, en las sociedades clasistas es donde la clase oprimida es reducida a fuerza laboral y escindida del excedente. Cierto que las artimañas por las cuales las clases opresoras se apropian del plusproducto no son siempre las mismas y que varían de acuerdo a los modos de producción, pero las disciplinas accionan de manera específica en cada forma de producción y en cada “subetapa” de un modo de producción dado. En cada una de esas fases, las disciplinas separan de manera peculiar el cuerpo del Inconsciente político.

Las disciplinas son correlativas de una historia general del cuerpo, o sea, de una historia de las formas en que el cuerpo fue construido en tanto objeto de relación, como blanco para el poder y en cuanto volumen dotado de fuerzas irregulares. A lo largo de la historia de la lucha de clases, se encuentra presente el problema que Foucault delimitó muy estrictamente: cómo organizar las potencias del cuerpo para que, por una parte, se orienten a la producción material y para que, por otra, sean medios de sujeción.

Desde otro punto de vista, las disciplinas son también tecnologías que rostrifican la subjetividad en varios roles, que pueden ser cumplidos por un mismo “individuo” o us (f. i., niño, alumno, hijo; mujer, hermana, esposa, madre). Idénticamente, son máquinas de “etización” y “moralización”, es decir, que en las relaciones disciplinarias, marcan valores éticos y morales por los cuales se disuelven las multiplicidades confusas en la bondad de las individualidades cercadas.

El amado por Defert pincela que las disciplinas son formas de convertir determinados contextos operatorios, en reguladores de las irregularidades de las fuerzas, de la materia, de los cuerpos flexibles y sin órganos.

“… El control disciplinario –afirma el pensador galo– no consiste simplemente en enseñar o en imponer una serie de gestos definidos; … (un) cuerpo bien disciplinado forma el contexto operatorio del menor gesto …” (1989 a: 156).

La disciplina pues, no se agota en la simple imposición de gestos calculados en función de las necesidades de eficiencia del control, sino que elabora dispositivos de regulación de las potencias.

En general y en el siglo XIX, pareciera que las disciplinas suponen cuatro imperativos de correlación entre medios y fines. El desafío sería elucubrar cuáles serían los mandatos para la coordinación entre medios y fines, en el seno de las disciplinas en cuanto tales. Sin duda, la reflexión particularizada de Foucault puede servir de apoyo para una caracterización de las disciplinas atendiendo a los imperativos mencionados.

Esos axiomas de regulación en la comuna disciplinaria francesa que comienza a emerger en las postrimerías del siglo XVIII, son los siguientes:

a- imperativo de salud; es para obtener ciudadanos “normales”, útiles y en condiciones óptimas para ser empleados como un grupo de fuerzas;

b- mandato de calidad, por el que las potencias del cuerpo son verdaderas fuerzas, aunque más por su capacidad de producción que por el número en que se hallan presentes;

c- axioma político, tal que las potencias se orienten hacia objetivos perfectamente controlados y prefijados, atajando entonces, cualquier imprevisto y sinsentido;

d- imperativo de eticidad y moralidad, por el cual las subjetividades, las acciones, las relaciones sociales son subordinadas a lo que es Bueno en el Sentido Recto.

Se ejemplifican esos cuatro mandatos con el análisis del ejército, pero los axiomas mencionados son, a nuestro entender, independientes de la modalidad con que afloran en una institución como aquella. La cita es patente:

“… Educar cuerpos vigorosos, imperativo de salud; obtener oficiales competentes, (mandato) de calidad; formar militares obedientes, imperativo político; prevenir el libertinaje y la homosexualidad, (mandato) de moralidad …” (Foucault, 1989 a: 177).

Por añadidura, las disciplinas generan ciertos efectos en las acciones. Esas consecuencias pueden impactar como funciones actanciales, id est, en tanto que fórmulas vacías que norman la acción de los sujetos. Algunos de tales efectos/funciones son:

a. Normalizar: es una consecuencia que obliga a los sujetos a repetir los programas de comportamiento, a fin de esquivar ser catalogados como “anormales”.

Es una función que contribuye a la represión de “… un conjunto de conductas que su relativa (insignificancia) hacía sustraerse (de) los grandes sistemas de castigo …” (1989 a: 183).

b. Ordenar: es un efecto que consiste en disponer de una multiplicidad dada, para que sus relaciones azarosas y confusas se disipen.

Es una función que delimita todo lo que “… no se ajusta a la regla, … todas las desviaciones …”. El orden se concreta por las disposicones de “… una ley, un programa o un reglamento …” (Foucault, 1989 a: 184).

También es un conjunto de procesos naturales que, por su misma “naturalidad”, se presenta como algo ineludible (no hay sociedad sin orden, no existe organización sin éste, etc.).

c. Corregir: es una consecuencia deseada por las disciplinas y ortopedias del poder, en tanto las subjetividades deben ser “orientadas” en la utilización “racional” de sus propias fuerzas. Pero es por igual una función, en virtud de que legitima la repetición monótona de la obediencia, en un ejercicio sin desfallecimiento, a la ley “ultrajada”.

Esculpe Foucault:

“… El castigo … es … isomorfo a la obligación misma; es menos la venganza de la ley … que su repetición, su insistencia redoblada …” (1989 a: 185).

d. Ejercitar: si bien guarda un nexo con la función de castigo no deja de ser independiente. El ejercicio no tiene porqué relacionarse en toda circunstancia, con la infracción y la pena, ya que está referido a sememas más diversos y amplios que aquellos. E. g., la función–ejercicio supone el adiestramiento de las potencias que luego podrían serles útiles al mismo poder. En ese aspecto, el castigo no tiene porqué estar invaginado o intersectado por el ejercicio. De la misma forma, en cuanto efecto de poder, aquel implica solamente una internalización de las “pautas racionales” de conductas, roles, comunicación y de los vínculos con el otro.

e. Gratificar: en tanto consecuencia, es una dimensión placentera que adquiere el sujeto que acepta las relaciones, juegos y redes de poder. Incluso, el agente se siente agasajado con el único hecho de participar en las perversiones de la explotación, la dominación y el sometimiento, aun cuando el goce no tome cuerpo en un “objeto” concreto. Pero en tanto función, la promesa de goce que existe para todos los que asumen la Omnipotencia del poder, se transforma en un lugar donde el sujeto se ubica, a fin de extraer de ese “posicionamiento” un plus de goce (Lacan, 1991: 26 y ss.).

La función/gratificación resulta así, un espacio en el cual el sujeto adviene como tal cuando únicamente es capaz de extraer del lugar en que se posiciona, un excedente de disfrute. Como el sujeto no quiere renunciar a ese goce, acepta advenir como tal a través de una función que le obliga a aceptar los nexos de poder, si desea obtener el plus de disfrute en liza. Más todavía, lo obliga a someterse a las relaciones mencionadas, con la sola posibilidad de fantasear respecto de ese plus que podría conseguir.

f. Calificar: es un efecto de las acciones disciplinarias del poder, tendientes a restituir jerarquías, órdenes, niveles, dependencias, etc. No obstante, su importancia radica en su aspecto como función, ya que la calificación pone en conflicto a las diversas minorías, obligándolas a una competencia por el Reconocimiento de la mirada del poder. La función–calificación asigna los roles de manera indirecta, transversal, sin apelar a ninguna jerarquización explícita. Le basta con que las minorías entren en conflicto, para que aquellas mismas vayan construyendo los enlaces de dependencia que irán minando las alternativas de refriega. No se trata del inocente principio “divide y triunfarás”, sino de la producción misma de las divisiones, y de su reproducción a cargo de las minorías, de esas subjetividades que debieran pincelar transversales políticas de resistencia pero que se abandonan al hastío…


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