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MULTIPLICIDADES SEMIÓSICAS Y CHORROS DECONSTRUCTIVOS. UNA MÚSICA CONTRASIGNIFICANTE

Edgardo Adrián López




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I.4. Algunas “líneas” de la Semiótica europea

“… (La ideología) se muestra como el único discurso posible sobre aquello de lo que habla …”

Eliseo Verón*

Recibida la influencia de Saussure, uno de los teóricos versátiles y productivos de Europa es Roland Barthes. Antes de ser semiólogo, en una serie de artículos compilados en una obra llamada Mitologías se dedicó a demostrar que los signos de la cultura popular, connotaban “mitos” inducidos por el sistema de signos más amplio que conforma lo colectivo. Los patrones de significación de la burguesía y la pequeña burguesía, se “infiltran” así en las producciones semióticas del resto de los sectores y acaban por universalizar gustos, elecciones, valores, etc. que son particulares.

En un ensayo de 1964, estudia la retórica de la imagen(21) donde distingue entre “mensaje lingüístico”, “mensaje icónico codificado” (las connotaciones de la imagen) e “ícono no codificado” (las denotaciones de los fotogramas). Casi siempre, el “mensaje lingüístico” se encuentra como “anclaje” al pie de las “eidolas” que ilustran la publicidad.

Barthes reconoce que la separación de lo connotado de lo denotado es ardua, pero cree que la dificultad radica en que las connotaciones se naturalizan y se vuelven “transparentes”. Otra razón es que para que haya connotaciones tiene que existir una materialidad denotada. La “unidad” de lo connotado y denotado en el mismo signo, hacen trabajosa su escisión analítica.

Guiándose de Hjemslev y de Saussure, establece que existe un “signo denotativo” y otro “connotativo” (Barthes, 1971: 94; VVAA, 2001):

Por la “expansión” del signo a partir de la connotación, cada signo tiene la tendencia anárquica a significados casi infinitos. Asimismo, lo connotado remite a lo ideológico (Barthes, 1971: 94). Por añadidura, las connotaciones son “difusas”. Esos rasgos son mitigados por el gran sistema de signos o código social que es la lengua en su conjunto.

En cuanto al tema de la arbitrariedad del signo, Barthes sugiere que existen sistemas arbitrarios pero motivados, que se afincan en la decisión unilateral de los usuarios (f. i., la moda), y sistemas no arbitrarios e in–motivados, cuando entre significado y significante exista alguna “similitud” socialmente aceptada (Rosa, 1978: 25/26).

En lo que hace a la noción de “texto”, tan fundamental para nosotros en el trabajo lento de re interpretación de las “huellas” de Marx (que empero, no aherroja la diseminación a la que da lugar), el semiólogo galo entiende que la escritura es un juego de fuerzas que se alimentan del deseo, de las pulsiones, etc. El “textum”, que es lo “escripturable”, es entonces un espacio donde actúa una economía libidinal (op. cit.: 116).

Cada texto, que es una galaxia de significantes y no sólo una estructura de significados (loc. cit.: 117), remite a otros en un proceso que se denomina “intertextualidad”, que no debe confundirse con el de “contextualidad” (op. cit.: 116).

El “palimpsesto” se instaura en la dimensión paradigmática y es un “volumen” poblado de estratos, niveles, etc., que escapa de las relaciones sintagmáticas (op. cit.: 117). Si bien esto no parece ser suficiente para una teoría acabada del texto, sus anticipaciones pueden denominarse como “semiótica textual translingüística” (loc. cit.: 118).

Otro intelectual de envergadura es Émile Benveniste, quien impugna la noción de “arbitrariedad” en el signo propuesta por Saussure. La socialización primaria y a cargo de instituciones educativas, “sueldan” el significante con su significado de manera que la “arbitrariedad” de la conexión queda suspendida por su naturalización. Au fond, es más apropiado remitir lo contingente a los enlaces entre el signo en su globalidad y su “referente”.

Los signos de la lengua integran un “depósito” o archivo comunitario del que el hablante extrae lo que empleará. Pero no sólo apela a ese reservorio, sino que al utilizar signos presta su consentimiento a un sistema de significación históricamente elaborado.

Entiende que la lengua es un código y que está organizada sistemáticamente (Rosa, 1978: 34). De paso, estipulemos que una recusación seria a la equivalencia “lengua = código” proviene de Ducrot: una lengua no se constriñe a asociar significantes y significados, ni establece normas de combinación sintáctica, sino que además proporciona reglas para el habla (op. cit.: 39). Así, una lengua no transmite únicamente información al estilo de un código, dado que vehiculiza presupuestos (ibíd.).

La reflexión acerca del presunto “lenguaje” de las abejas (loc. cit.: 60), le posibilita a Benveniste caracterizar al lenguaje humano como: a- integrado por unidades discretas; b- predominantemente vocal; c- es dialogal y no se encuentra tan limitado por el entorno; d- cuenta con la alternativa del metalenguaje; e- es apto para suscitar una cantidad ilimitada de contenidos (loc. cit.: 61).

Analizando textos, articula los conceptos de “polifonía enunciativa”, etc. que continúan siendo disparadores.

Otra vertiente de la Semiótica europea atravesó por tres amplias fases. La primera es la del atomismo lógico, la segunda es la de la sintaxis y la tercera es la de la semántica(22) (Bobes Naves, 1973: 118/119). Veamos cada una de ellas.

Como es de imaginar, las especulaciones surgidas de la filosofía del lenguaje, tuvieron repercusiones en los derroteros de la Semiótica. V. g., en 1901 el Husserl de las Investigaciones lógicas establece las condiciones generales que pueden provocar sinsentidos (loc. cit.: 103).

Bertrand Russell y Alfred Whitehead, con sus tres volúmenes de Principia Mathematica, publicados entre 1910–1913 (op. cit.: nota 10 de p. 103), inician el atomismo lógico. Estos pensadores procuran donarle a la filosofía un método riguroso que la aproxime a la ciencia. Reflexionan sobre lo que es capaz de enseñarnos la lógica matemática (loc. cit.: 103). Insisten en que cualquier lenguaje natural tiene una estructura “algebraica” que, luego de explicitarla, lo haría apto para funcionar en los razonamientos sin las interferencias de valores semánticos, y sin la necesidad de efectuar un vocabulario a partir del que se acordaría (op. cit.: 104).

Cualquier enunciado puede fragmentarse en partes más simples, hasta que nos topamos con elementos indescomponibles; éstas son las “proposiciones atómicas”; aquéllas las “moleculares” o “protocolares”. Un enunciado es verdadero si sus componentes sencillos lo son y si se los puede contrastar.

Las proposiciones moleculares no aluden a hechos o cosas de manera directa, sino en forma elíptica; se verifican a través de sus integrantes simples (loc. cit.: 105). De ahí que la propuesta se caracterice como la búsqueda de un lenguaje verificacional. Sin embargo, un enunciado puede ser verdadero en tiempo presente y dejar de serlo para el pasado o el futuro. Por ello, es necesario un lenguaje situacional que enriquezca el definido por Russell y Whitehead (op. cit.: nota 11 de la p. 105). Por lo demás, la ciencia queda encorsetada a una dimensión descriptiva y fáctica (loc. cit.: 106), en los términos de la Metafísica de la Presencia(23), a causa de que lo que es capturado en dichos es lo inmediatamente presente.

Otro vacío es el que conduce a prescindir: i. de los enunciados universales (que no son comprobables empíricamente); ii. de las negaciones; iii. de los juicios de creencia, etc.

El continuador de esa aventura fue Ludwig Wittgenstein: su Tractatus logico–philosophicus asomó hacia 1919 en alemán. Como el lenguaje expresa lo real, a través de su análisis es inferible una visión del mundo. La lengua indica los límites entre los que se mueve el agente; en consecuencia, los problemas filosóficos pueden equipararse a inconvenientes en los usos del lenguaje.

El autor subraya que si contamos con lexemas depurados, las palabras cumplirán con la misión de ser el reflejo de la realidad y entonces no surgirán trifulcas especulativas. La metafísica es el producto de términos mal acordados (op. cit.: 106). La filosofía queda entrejuntada en lógica y ésta se orienta a ser un análisis de la lengua, la que es valorada como mero “canal” para expresar ideas claras. Más radical que Russell, Wittgenstein axiomatiza que la ciencia sólo tiene que manejarse con proposiciones atómicas. Incluso, reemplaza los nexos entre varios enunciados con números (loc. cit.: 108): cada proposición es antecedida por uno o varios dígitos, que coinciden con los números de los enunciados con los que están en algún nexo. La finalidad es que los juicios vinculados sean una serie progresiva. Sin embargo, los dígitos no indican si se trata de relaciones de implicación, causalidad(24), etc., enlaces que son imprescindibles en la ciencia.

Este corsé para el decir científico es superado por el mismo Wittgenstein y por los partidarios de la sintaxis semiótica del Círculo de Viena. El primero, que luego influirá en la Escuela de Oxford, piensa que el atomismo en el que incurrió no era apto para razonar sobre la complejidad de una lengua concreta (op. cit.: 108/109). En efecto, la lengua estaba obligada a ser verificable y enunciativa, pero una que pertenezca a cualquier sociedad es más que eso (loc. cit.: 109).

El reconocimiento de lo intrincado de un sistema particular, lo lleva a sostener que de una lengua natural se pueden “desprender” diferentes tipos de lenguajes, aparte del exigido por el reduccionismo lógico. Cada lenguaje (el emotivo, el enunciativo, etc.) es eficaz en su nivel. Cada agente usa los lenguajes que talla con su práctica de desiguales modos. No hay una manera de significar que sea mejor que otras. Tenemos una perspectiva pragmática, en lugar de una que es lógica a ultranza.

La Escuela de Oxford se abocó, con el despeje así logrado, a inaugurar una filosofía del lenguaje coloquial; se interesan por los usos o juegos del lenguaje (op. cit.: 111). Ya no lo calibran por su grado de pureza o impureza para ser un instrumento de la ciencia, la lógica o la filosofía. Se trata de descubrir cómo funciona. Pero el interés no dejó de ser filosófico puesto que el estudio emprendido, analizaba lexemas claves como “causa”, “creo”, “conozco”, etc. que suscitan disputas (loc. cit.: 112).

Uno de los representantes conspicuos es Austin: en Cómo hacer cosas con palabras, explica los factores que permiten escandir entre proposiciones performativas o ejecutivas (f. e., “yo te bautizo...”) y las declaraciones constatativas (e. g., “está nublado...”). Austin y Russell opinan que esta distinción permite solucionar paradojas como la del cretense mentiroso(25).

En el Círculo de Viena, descolla Rudolf Carnap(26) (op. cit.: 114) quien aconseja que la ciencia no puede restringirse a las proposiciones atómicas. Por el contrario, debe operar con las “protocolorias” o extensas (loc. cit.: 115). Para asegurar la argumentación correcta, se tiene que conseguir que los vínculos entre los enunciados sean precisos, id est, se debe elaborar una semiótica en tanto sintaxis lógica.

Los integrantes del Círculo emigran a Estados Unidos a raíz de Hitler; allí se contactan con pensadores al estilo de Morris: como vimos, éste sanciona una triple partición para la Semiótica (sintaxis, semántica y pragmática –op. cit.: 116). Tarski, un disidente inquieto, critica al Círculo de Viena porque sólo se dedica a reflexionar sobre los nexos entre las palabras, y descuida las relaciones del lenguaje con los objetos. Carnap acusa recibo y al especular acerca de dichos enlaces, desarrolla la semántica (loc. cit.: 116/117).

Aunque mantiene la idea respecto a que hay que distinguir entre realidad, sujeto y signos(27), Carnap entiende que el lenguaje no sólo limita el mundo que se percibe sino que lo construye. Los campos semánticos(28) extraen y organizan un “cosmos” de la multiplicidad de lo real, junto a las relaciones que le adjudican (op. cit.: 117).

Otra figura de relevancia es la psicoanalista, ensayista, filósofa, novelista y semióloga Julia Kristeva. Su obra es tan vasta como su enciclopedismo admirable; por ello, comentaremos apenas su idea de “texto”.

Como lo aprehende en cuanto espacio paradigmático (Rosa, 1978: 118), es preciso aclarar la noción de “anagrama”.

Aunque Nicolás Rosa niega que existan dos Saussure (op. cit.: 15–16), creemos que el del Curso de Lingüística general, fono y falogocentrista, y el que dejó sus escritos sobre los anagramas, desviado de aquel Saussure/institución, se oponen.

De manera simple, un anagrama es el “reverso” de un lexema: “amor = Roma”. Este tipo de inversiones, según los Cahiers, publicados por Jean Starobinski, revelan las preocupaciones de Saussure por las alteraciones que acaecen en las poesías latina “primitiva”, védica y en las de los antiguos germánicos (loc. cit.: 16). Constató igualmente que los nombres propios eran repetidos a lo largo de los poemas y resultaban modificados. Concluyó que había palabrastemas que funcionaban como creadores de poeticidad.

Para Kristeva, el texto, tal cual lo enseñan los anagramas y las palabrastemas aludidas, es una red, un sistema de conexiones n dimensionales que es más intrincado que un mero conjunto de significantes lingüísticos (op. cit.: 118). Un significante es un “grama” que se desplaza por el corpus, acorde a las actualizaciones del lector/“co”–autor, y entonces el signo hace el sentido, más que expresarlo. El movimiento del “grama” ocasiona que se origine un “para/grama” (ibíd.). A partir de la producción significante de la que son capaces los paragramas, el texto se muestra como una matriz genética de dos grandes niveles: el “geno–texto”, que es la estructura profunda, y el “feno/texto”, que es la estructura de superficie (loc. cit.: 119). Entrambas acaecen los devenires transformacionales que van de un estrato a otro.

Por fin, uno de los que complementan las desiguales vertientes de la Semiótica en una empresa ambiciosa es el lituano Algirdas-Julien Greimas.

Su Semántica estructural (1971) propone aislar en cada palabra los “semas”, elementos mínimos de significación que en combinatoria, generan el “semema” o el haz de sentidos (Kristeva, 1988: 49). Como veremos en la parte “B” del Apéndice I, los semas se reparten acorde a ejes sémicos en tensión binaria. Por su lado, un semema se integra de un “núcleo sémico” o sentido básico y de “semas contextuales” (loc. cit.).

Según lo que Greimas comenta(29) acerca de sí en su artículo “Las adquisiciones y los proyectos” (1980b), el campo semiótico que conoció los progresos más notables es el del análisis narrativo de los discursos.

Habiendo comenzado con la “morfología” de Propp (Lozano, 1979b: 17), la semiótica francesa quiso ver en su obra un modelo que permitiera entender mejor los principios mismos de la organización de los discursos narrativos considerados globalmente. La hipótesis es que existen formas universales que organizan la narración.

Tanto Dumézil como Lévi-Strauss ponen en evidencia la existencia de estructuras profundas, organizadoras de los discursos y que son subyacentes a las manifestaciones de la narratividad de superficie de tipo proppeano.

Claude Lévi-Strauss fue el primero en llamar la atención acerca de la existencia de proyecciones paradigmáticas que recubren el desarrollo sintagmático del relato proppeano, e insistir en la necesidad de proceder a la creación de parejas de “funciones”. Nuevas unidades narrativas/discontinuas en relación con la trama del relato, pero constituidas por relaciones paradigmáticas que acercan sus funciones, que aparecen así como parejas del tipo:

partida / vs. / retorno

creación de la falta / vs. / liquidación de la falta

constitución de lo prohibido / vs. / ruptura de lo prohibido, etc.

Como es sabido, dentro del esquema sintagmático, estas unidades paradigmáticas desempeñan la función organizadora del relato, y constituyen de alguna manera su armazón y permiten hablar de estructuras narrativas.

Las unidades sintagmáticas, por ejemplo, las pruebas, tienen carácter recurrente. Hay dos tipos de recurrencia: duplicaciones (una prueba que fracasa, es seguida por la misma prueba que es exitosa) y/o triplicaciones (tres pruebas se suceden y apuntan a la obtención de un mismo objeto de valor). El estudio de estas unidades recurrentes, permiten reconocer las características invariantes y formales de las pruebas. Nos encontramos en presencia de una serie de pruebas que se distinguen unas de otras, tanto por la diferencia de los objetos de valor a los que apuntan, como por su posición en la cadena sintagmática.

Propp ofrecía la recurrencia de las tres pruebas que articulan, al modo de tiempos fuertes, el conjunto del relato y que son:

a) la prueba calificante;

b) la prueba decisiva;

c) la prueba glorificante.

El héroe, después de haber aceptado su misión, debe someterse a una suerte de “examen” que le permite adquirir las cualificaciones requeridas para emprender una búsqueda que terminará con el compromiso decisivo y la obtención del objetovalor buscado; después de ello, será glorificado y reconocido.

Las pruebas articulan tres episodios fundamentales que repiten incansablemente todos los cuentistas del mundo: a- la cualificación del sujeto, manifestada en formas diversas (“sesiones” para la iniciación, ritos de pasaje, concursos, diplomas, etc.); b- la realización del sujeto en la vida, considerada como un espacio virtual que el hombre está destinado a llenar por medio de sus actos, realizando algo y revelándose al mismo tiempo; c- el reconocimiento, esa mirada del otro que constituye en su ser al héroe. El “sentido de la vida” queda presentado como un esquema de acción porque es un principio de organización invariante. Nos sugiere la posibilidad de leer todo discurso narrativo, como una búsqueda del sentido o de la significación atribuible a la acción humana.

Si la “sucesión” proppeana, situada en un nivel profundo de la manifestación discursiva, permite postular la existencia de un esquema narrativo organizador, la articulación lógica de este esquema da en cambio, la imagen de una “sucesión en sentido inverso”. Las tres pruebas se suceden sobre una línea temporal (o gráfica), pero no existe ninguna necesidad en función de la cual la prueba cualificante sea seguida por una prueba decisiva. La lectura en sentido inverso instala un orden lógico de presuposición: el reconocimiento del héroe presupone la acción heroica; ésta a su vez, implica una cualificación del héroe.

Todo cuento o relato, lejos de constituir un todo homogéneo, es au fond un relato complejo o por lo menos doble, ya que se presenta como la narración de las pruebas cumplidas por el sujeto (héroe) y contiene al mismo tiempo –de manera algo oculta– otro relato, el del anti/sujeto (traidor). Desde el punto de vista de su organización formal, esos dos relatos no se distinguen uno de otro, al cruzarse y entreverarse, más que por su coloración moral diferente.

Este esquema narrativo constituido por dos itinerarios narrativos, cada uno de los cuales corresponde al sujeto y al antisujeto, pueden desarrollarse separadamente, pero será necesario que se encuentren y se superpongan en un momento, para dar lugar a la confrontación; conflicto(30) que es uno de los pivotes del esquema narrativo.

Lo que se pone en juego en estas confrontaciones, sin importar que sean violentas o pacíficas, son objetos de valor codiciados por ambas partes, y sus consecuencias se reducen a transferencias de objetos de un sujeto a otro. Luego de un enfrentamiento o de una transacción, uno de los sujetos se encuentra necesariamente separado (en disyunción) del objeto–valor, mientras que su antagonista entra en conjunción con él. El relato puede definirse por la circulación de objetos, donde cada transferencia constituye un “eje” narrativo a partir del cual todo puede volver a empezar.

Si bien parece que una especie de sintaxis elemental de transferencias subyace al relato, los desplazamientos de objetos están recubiertos en paralelo, en un registro más superficial, por configuraciones discursivas de toda clase (pruebas, raptos, estafas, intercambios, dones y contra/dones) que los desarrollan de manera figurativa.

El objeto–valor requiere de los sujetos ejecutantes que lo obtengan o lo pierdan. Las configuraciones discursivas no sólo recubren las transferencias de objetos, sino además una sucesión de actos efectuados por los sujetos que realizan las transferencias; en otras palabras, la circulación de los objetos presupone concebir previamente en sus lugares a sujetos que los manipulan, id est una estructura de comunicación dentro de la cual los objetos circularían a la manera de mensajes. Cada acción puede en primer lugar, aparecer como “amor”, “confidencia”, etc., pero a continuación puede revelarse como una relación completamente distinta, de “odio”, “oposición”, etc. La apariencia no coincide necesariamente con la “esencia” del vínculo, aunque se trate del mismo sujeto y del mismo momento. De ahí que podamos postular dos niveles de relaciones: el del “ser” y el del “parecer”.

Lo anterior nos lleva a reconocer bajo la cobertura figurativa de operaciones lógicas transparentes, dos clases de sujeto:

a. los sujetos de estado: los consideramos en relación de conjunción o disyunción con los objetos, y como depositarios de los valores.

Se definen en su existencia semiótica por sus propiedades (cualificaciones, atribuciones, etc.), en la medida en que están enlazados con objetos/valor y participan en diferentes universos axiológicos.

Asimismo, los objetos de valor sólo serán tales en la escala en que actúan como “horizontes de atracción” que “atrapan” a los sujetos. No hay definición posible de “sujeto” fuera de su nexo con el “objeto”, ni de éste fuera de su relación con aquél.

b. Los sujetos de hacer: los sujetos actuantes que, por operar esas uniones, transforman a los sujetos de estado.

Únicamente se justifica esta intervención, si postulamos la existencia de un hacer transformador ejercido por un sujeto de hacer y que tiende a un “enunciado de estado” que intenta transformar. El “enunciado de hacer” es por lo tanto, un enunciado que rige un enunciado de estado.

Lo haríamos corresponder a algo como “hacer ser”, que es la definición tradicional de acto: los enunciados de hacer y los enunciados de estado, son representaciones lógico–semánticas de los actos y de los estados.

Nuestra concepción del acto como producción de un estado nuevo, es factible de adoptarse en tanto que definición de “relato mínimo”. Por su lado, el enunciado de hacer no es un acto efectivamente realizado, sino un acto relatado. Sin embargo, no “representa” el acto sino el programa narrativo que da cuenta de la organización sintáctica del acto.

El sujeto de hacer y el sujeto de estado, participan como actantes sintácticos en el esquema narrativo que organiza el discurso. Esos actantes son “indicadores sintácticos” del modo de actuar y significar (ir a Rosa, 1978: 9/10), que permiten calcular las operaciones efectuadas por diferentes actantes y medir su “ser” en constante aumento y/o disminución a lo largo del relato. Los programas narrativos son unidades que dependen de una sintaxis actancial aplicable a toda clase de discursos; dan cuenta de la organización de los diferentes segmentos del esquema narrativo.

Los programas narrativos (PN) son unidades simples, pero son susceptibles de expansiones y complejizaciones formales. A estos programas narrativos simples se les llama programas narrativos de base (PNB) y cuando se vuelven n dimensionales, apelando a otros programas, se les llama programas narrativos de uso(31) (PNU).

Un sujeto es competente cuando está en “posesión” de un PN, el cual tendrá eventualmente que realizar; ese programa deberá poseer el estatuto de un PN actualizado y no realizado todavía. El sujeto competente tiene que estar dotado de las “marcas” de la realización de ese PN, esto es, detentará un conjunto de modalidades (Figura 5):

Esas “modulaciones” de los sujetos, se ordenan a su vez como sigue:

En su calidad de sujeto de estado, el competente debe estar en conjunción con un objeto investido de valores modales. El objeto modal debe poseer propiedades antes de volverse efectivo y realizarse; unido a este objeto, el sujeto competente aparece como dotado de un hacer actualizado. La competencia no es siempre positiva; puede ser insuficiente e incluso negativa, así como la ejecución puede lograrse o fracasar. Estas son las condiciones generales que determinan el estado del sujeto a punto de pasar al acto, en la posición que precede inmediatamente a la ejecución.

La formación de la competencia que una vez lograda aparece como un estado del sujeto, adopta la forma sintáctica de una sucesión de PN destinados a producir su progresivo enriquecimiento. El sujeto operador aflora como una posición sintáctica susceptible de ser ocupada por actores diferentes.

Es común a las obras que los personajes se interroguen sobre lo que saben o no saben, acerca de lo que pueden o no, en redor de lo que anhelan o no quieren, etc. Esto llevó a concebir una “sintaxis interior”, independientemente de los vínculos entre las personas humanas. La sintaxis aludida resulta de una sintaxis de sujetos que no son actores, sino sujetos que pueden habitar el mismo actor. La Semiótica considera la “vida interior” del actor llamado “persona”, como un campo de ejercicios sintácticos en donde un gran número de sujetos (sintácticos) coexisten, se enfrentan, ejecutan recorridos y participan en maniobras tácticas y estratégicas.

El actor remite a la instancia de la enunciación y puede ser individual (Pedro), colectivo (la gente, la multitud), figurativo (antropomorfo o zoomorfo) o no figurativo (el destino, el azar, etc.).

Se distinguirán dos formas discursivas o dos grandes tipos de unidades discursivas: a) formas de enunciación enunciada (o relatada), que son los relatos en primera persona y las secuencias dialogadas; b) formas del enunciado enunciado (u objetivado), que suelen ser las narraciones que detentan disímiles sujetos en los discursos considerados “neutrales” (f. i., la ciencia, la teología, la crítica y las ideologías del tipo de la filosofía).

En otro plano de cuestiones, recordemos que el actante semiótico es una virtualidad generadora del ser y el hacer, siendo susceptible de articulaciones taxonómicas; también emerge en tanto portador de definiciones sintagmáticas complementarias.

El sujeto semiótico es considerado como competente o ejecutante. Desde el punto de vista sintagmático, el sujeto efectúa sobre el esquema narrativo previsible, un itinerario narrativo que está hecho de una sucesión de estados, cada uno de los cuales se diferencia del que lo antecede por una transformación creadora de discontinuidades observables.

Tenemos que precisar más su posición sintagmática (entendida como la situación del estado del sujeto, enlazado con el conjunto del recorrido) y el estatuto modal que lo caracteriza en cada etapa de ese itinerario (el sujeto competente lo es sucesivamente, v. g., de acuerdo al querer, poder, saber, etc.). En la medida en que el recorrido narrativo se descompone en una sucesión de estados narrativos, entendemos por rol actancial la definición a la vez, posicional y modal de cada uno de dichos estados.

El sujeto no es una simple sucesión de roles actanciales asumidos por él, sino que al contrario, en cada estado del itinerario es el conjunto organizado de los roles actanciales adquiridos a lo largo del recorrido anterior. El discurso posee una memoria. Un enunciado inscrito en la continuidad del discurso “se acuerda” respecto a que un estado definido, presupone un estado latente anterior.

Pero existe una diferencia entre el rol actancial y el estatuto actancial. El rol actancial no es más que un excedente que se añade en un momento dado del itinerario narrativo. El estatuto actancial es aquello que define al actante, teniendo en cuenta la totalidad de su recorrido precedente, manifiesto o simplemente supuesto.

Como instancia generadora de sus actos, el sujeto pasa sucesivamente por tres modos diferentes de existencia semiótica:

sujeto virtual sujeto actualizado sujeto realizado

De esos estados narrativos, el primero antecede a la adquisición de la competencia, el segundo resulta de esta adquisición, y el último designa al sujeto que produjo el acto que lo reúne con el objeto y realiza así su proyecto.

En paralelo, volvemos a encontrar no solamente los tres modos de existencia semiótica de los objetos de valor:

objeto virtual objeto actualizado objeto realizado,

los que corresponden al itinerario general del sujeto y lo definen como estado, sino también nuevos desarrollos posibles a partir de la ejecución, donde los renunciamientos a los objetos crean prolongaciones inusuales del esquema narrativo y a su vez, las privaciones inéditas sirven como pivotes narrativos y se transforman así, en pretextos que abren nuevas trayectorias.

En el desdoblamiento del relato vemos cierta organización económica que subsume los dos relatos: los recorridos narrativos del sujeto y del anti sujeto se desarrollan en direcciones opuestas y se reducen a una fórmula de balance, según la cual la destrucción del orden social es seguida por la vuelta al orden, y la alienación es compensada por el hallazgo de los valores perdidos.

La trayectoria del Destinador se sitúa en la dimensión cognitiva del esquema donde ejerce un hacer cognitivo, a diferencia de la dimensión pragmática del itinerario del sujeto y del hacer somático, propio del acontecer, que se manifiesta en ella.

La relación que existe entre los dos sujetos del hacer (prosigue Greimas en su autoobjetivación), nos parecía de tipo contractual ya que el esquema está construido sobre la base de un intercambio doble de compromisos y luego, en una reciprocidad de programas de ejecución. Sin embargo, el contrato que los une no es igualitario, y el simple hecho de que la estructura de intercambio no es para el Destinador más que el marco en que se ejerce su comunicación participativa, hace que quede implícita en ese contrato una relación jerárquica: mientras el sujeto compromete en la transacción la totalidad de su hacer y de su ser, el Destinador, soberano “generoso”, si bien ofrece “todo”, no pierde en ello nada.

La diferencia entre este Destinador originario y el sujeto reside en sus respectivos estatutos modales; el sujeto semiótico se define como un sujeto de hacer, por su capacidad para actuar, de “hacer/ser” las cosas. El Destinador, considerado desde este mismo punto de vista, es el que “hace–hacer”, id est, ejerce una praxis que tiende a provocar el hacer del sujeto.

La relación entre el Destinador y el sujeto es un nexo de jerarquía establecida y la relación dominante/dominado está dada. Pero es posible invertir los términos: en vez de considerar que el poder es preexistente e incluso la fuente del hacer–hacer, o sea, la manipulación de los sujetos por otros sujetos, es viable aprehenderlo a modo de un acontecimiento creador de las relaciones de dominación, relaciones que son al mismo tiempo el “origen” del poder establecido. Las configuraciones de “halago”, “seducción” o “chantaje” pueden servir como contra ejemplos de un poder que recubre las relaciones jerárquicas preexistentes.

La trayectoria narrativa del Destinador puede aparecer no solamente en cuanto lugar del ejercicio del poder, sino igualmente como aquel “topoi” en que se esbozan los proyectos de manipulación y se elaboran los programas narrativos que apuntan a llevar a los sujetos, amigos o enemigos, a ejercer el hacer alucinado.

El itinerario narrativo que encaramos es una construcción formal donde pueden investirse ideologías disímiles. Es indiferente al tipo de actantes que son el Destinador o el sujeto manifiesto: Estados, sociedades, grupos sociales o “individuos” (sin enredarnos en una Filosofía de la Conciencia en la que a menudo incurre Lotman –1996c: 64–, podríamos definir “individuo” a manera de una semiótica singularizada –op. cit.: 71).

Una serie de diagramas ilustrarán parte de lo que hemos enunciado hasta aquí, completando la exposición:

El recorrido generativo procura describir, tal cual lo anticipamos, el proceso de producción de un objeto cultural determinado. Está organizado en “niveles” (cf. Latella, 1985: 23/24). Sin duda, otro esquema permitirá visualizar la teoría de una manera amplia:

Tal cual lo muestra el “mapa”, las estructuras discursivas están situadas respecto a las semio/narrativas en un estrato más superficial. Disponen, a partir de la enunciación, la discursivización o “puesta en discurso” de las estructuras narrativas. También incluyen los componentes sintáctico y semántico (op. cit.: 24). En los “armazones” de esa clase intervienen el “contrato enunciativo”, los “efectos de veridicción”, la “ilusión referencial”, etc.

Las estructuras primarias anteceden a la génesis de sentido e incluyen formas generales de la ordenación del discurso. Empero, dentro de estas estructuras pueden diferenciarse dos ambientes: a. el profundo o nivel de la gramática fundamental (que engloba a su vez dos integrantes, uno sintáctico y otro semántico(31)); b. el superficial o registro de la gramática narrativa (que abarca los dos elementos anteriores). Así, la sintaxis “primordial” se asocia con el “cuadrado semiótico” y la semántica de base, con el estudio de los semas.

Por otro lado, la sintaxis narrativa de superficie se vincula con las “modalidades”, el “PNB”, el “PNU” y los “PNA”. Todos esos componentes expresan los nexos esenciales del hombre con el mundo y con los otros. Es decir, las transformaciones de las cosas por el hombre, el que es simultáneamente modificado, y las relaciones intersubjetivas creadoras de la sociedad (loc. cit.: 32/33).

Trasladándonos a otras cuestiones, es creíble postular que un rival de Greimas es el italiano Umberto Eco el cual, en su novela El nombre de la rosa, induce que el protagonista de la obra detectivesca ambientada en la época medieval, se mofe de un “Dr. ‘Cuadratus’” en obvia alusión al fallecido marxista y al “cuadrado semiótico” (acerca de esta última categoría, ver Marty et al., 1995: 29, 30).

Su producción escrita es amplia, de manera que estrecharemos el comentario a Obra abierta (1979a) y a Lector in fabula (1981).

La primera es publicada en italiano en 1962 y tiene una acogida dispar (Berdagué, 1979 b: 10–11). Mientras unos opinaban que el “autor” sostenía una postura racionalista y clásica (op. cit.: 12), otros repudiaban su escepticismo, su anti racionalismo, la oposición extrema entre arte de vanguardia y arte tradicional, etc. (ibíd.). No faltaron quienes le reprocharon la crítica velada al suegro de Aveling. Este parecer guarda algún justificativo puesto que f. e., sentencia, confundiendo “objetivación” con “alienación”, que existe un tipo de Entfremdung que no es factible de disolver por ninguna utopía revolucionaria. El nexo con los entes, en particular con las cosas estéticas, se halla inscrito en una Verfremdung o extrañamiento ineludible (Eco, 1979a: 295). El objeto exteriorizado, producido tiene efectos sobre el agente que lo generó (loc. cit.: 283 –sin entrar en una polémica que nos alejaría de la exposición en curso, la “lógica” empleada por Eco sólo puede resultar consistente si se olvida que en semejante argumentación habita una resistencia psicoanalítica a Marx). Por el contrario, comentaristas culturales sopesan que Eco no sólo incurre en un "criptomarxismo” sino en un “criptotomismo” (Berdagué, 1979b: 17).

Otros señalan que se visualiza una dialéctica entre apertura y forma, aventura y orden, etc. en cuanto dicotomías para estudiar en qué consiste el vanguardismo de la estética contemporánea (op. cit.: 14). Algunos más indicaban que si toda obra se halla abierta, no hay límites a la interpretación y que no siendo necesaria la crítica especializada, cualquiera podría decir algo que no haya apreciado el resto (op. cit.: 15/16). Acaso este tipo de objeciones llevó al semiólogo italiano a esgrimir que la interpretación sí tiene límites (ir a 1981: 85–86).

A pesar que en ciertos pasajes de Lector in fabula, podrían ubicarse los elementos que enviarían a una interpretación elitista y conservadora de las significaciones gestadas por los grupos subalternos (en particular, por las clases dominadas), que de modo frecuente se conoce con el nombre ambiguo de “cultura popular”, encontramos que el ensayista peninsular opone la “obra cerrada” a la “abierta”. La primera no sólo implica un lector “ideal” distinto, sino enunciaciones diferentes y “autores” desiguales. Mientras en la primera la enunciación es menos polifónica, más imperativa y el “autor” procura estar tan “presente” que no desea que el destinatario adopte sus propias decisiones (como en Lacan, Fontanille, Derrida, Miller), la segunda es una trama que, si no deja espacio para cualquier hipótesis de lectura, acepta la intervención del lector. De esa manera, quien lee es “co autor” de lo que re/significa.

La lectura crítica es una decodificación, por lo que la génesis de un texto es una codificación y un corpus resulta ser un sistema de sistemas (Rosa, 1978: 32). A partir de la operación primera, puede surgir una hipercodificación factible de originar ambigüedad o indecibilidad (op. cit.: 33).

Por la estructura de la “obra abierta” la semiosis es ilimitada y se suscitan desplazamientos, de tal forma que es viable migrar de un Interpretante a otro. La semiosis construye un cosmos por medio de los Interpretantes inmediatos y finales. Acerca de lo que ella “es” y de los Interpretantes mencionados, se ubican intelecciones consensuadas que conducen a que un grupo, sector o clase adopten como “aceptables” tales lecturas. Uno de los objetivos de la Semiótica, sería revelar los principios de consenso que subyacen en las interpretaciones “canonizadas” sobre determinados conjuntos poblados de sentido. Así, si una obra está “abierta” ese estado de “despejo” no hace lugar a cualquier tipo de aprehensión pues la interpretación tiene límites.

Nos parece que el intento de Eco incurre en insalvables contradicciones y, como lo hemos anticipado, se enreda en un elitismo que quizá sea consecuencia de su disposición escolástica, id est, de ser un obrero improductivo con acceso a un consumo diferencial, que se inserta en una división en el trabajo de dominio.

Empero, detectamos en su apuesta algo que nos sirve para justificar la separación radical que hicimos respecto a las lecturas del admirador de Engels: de un lado, las leninistas y las que suponen rigideces, que dan aire a las posturas anti marxistas (como la de Derrida) o a las de una nueva “izquierda” que abandonó la vía de la insurgencia; del otro, las interpelaciones pacientes, que avanzan poco a poco y que por ello, son acaso menos autoritarias en la política viva. La primera opción “cierra” los textos; la segunda los “abre” sin nunca aceptar un “autor” que dijo o quiso decir algo que los “especialistas”, provistos de la Hermenéutica o de la Semiótica, podrían “descubrir” para luego exclamar: “¡He aquí a Marx, el verdadero, el genuino!; ¡Somos ‘nosotros’ y no ‘ellos’, sus herederos!” Semejante decisión no haría sino recomenzar el dogmatismo por otro costado.


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