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LA INVERSIÓN Y SU COMPORTAMIENTO EN MÉXICO: 1940-2009

Samuel Ortiz Velasquez




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PRÓLOGO: INDUSTRIALIZACIÓN Y DESARROLLO

José C. Valenzuela Feijóo.

En tiempos de dominio político conservador y neoliberal, en el plano ideológico-doctrinario es la teoría neoclásica, en cualquiera de sus variantes, lo dominante. Con lo cual, la temática del desarrollo económico se retira completamente de la escena.

¿Por qué?

En parte por las preferencias teóricas de la academia neoclásica: buscar con obsesión enfermiza las condiciones de tal o cual equilibrio económico y de cómo estos equilibrios (que para nada existen en el mundo real) aseguran el máximo bienestar a los individuos participantes. Y también porque los instrumentos de análisis que maneja esta escuela resultan completamente inútiles para captar los procesos de desarrollo. Procesos, valga el recuerdo de lo elemental, que implican conflictos, desequilibrios y contradicciones mayores. Como bien decía Marx, “sin antagonismo (contradicción, JVF) no hay progreso”.

Desde la emergencia y consolidación de la escuela neoclásica –o “marginalista”- circa 1870, con Jevons, Menger, Walras y muy luego Marshall, hasta el último tercio del siglo XX, el tema del desarrollo (que fuera el predilecto de los grandes clásicos como Smith y Ricardo), fue completamente dejado de lado. De hecho, en todo ese largo período no se encuentra ningún escrito medianamente interesante sobre el tema. La única excepción es el libro de Schumpeter sobre el desarrollo, originalmente publicado en 1912, pero el enfoque allí utilizado por el gran teórico alemán, es muy ajeno al neoclásico. En sus propias palabras, el desarrollo es un proceso “discontinuo”, es decir, “un fenómeno (…) totalmente extraño a lo que puede ser observado en la corriente circular o en la tendencia al equilibrio.” Asimismo, ha escrito que “el capitalismo es, por naturaleza, una forma o método de transformación económica y no solamente no es jamás estacionario, sino que no puede serlo nunca.”

En lo aparente, en las últimas décadas la perspectiva neoclásica ha terminado por concederle atención al problema del crecimiento. Esto a partir de los años ochenta o algo antes, del siglo XX. Preocupación que se refleja ampliamente en los textos contemporáneos de macroeconomía, en los cuales se distinguen los problemas del largo plazo, o los senderos del “crecimiento equilibrado”, y los problemas más propios del corto plazo. En lo cual, los teoremas que se manejan para el largo plazo pasan a ser los dominantes y, a la vez, los más estrictamente compatibles con los supuestos neoclásicos de base. Pero es justamente por esta “congruencia” con los supuestos básicos de la teoría, lo que torna a esos modelos de crecimiento completamente inútiles para entender los reales procesos de desarrollo. El sendero argumental es sencillo: se acepta que en el corto plazo los precios pueden ser más o menos “pegajosos” y que la vuelta al equilibrio pudiera no ser demasiado rápida. Pero a la larga, como lo muestran los “teoremas neoclásicos sobre el crecimiento”, ese equilibrio con pleno empleo y asignación óptima de los recursos productivos, se termina por lograr. En suma, la visión que manejan los neoclásicos contemporáneos sobre el fenómeno del crecimiento, muy poco (o nada) tiene que ver con los procesos objetivos reales. A diferencia de lo que antes sucedía, ahora sí hablan del crecimiento. Pero lo hacen en términos tales, que de sus doctrinas nada de verdadero se puede aprender sobre el fenómeno. Sostener, por ejemplo, que a la larga se debe dar un proceso de convergencia entre países desarrollados y subdesarrollados, es una hipótesis empíricamente tan falsa que llega a ser estrambótica.

Por supuesto, en la reflexión sobre el desarrollo, nada puede reemplazar a la reflexión rigurosa y propia. Pero si de herencias válidas se trata, no cabe duda que debemos pensar en los grandes clásicos (Smith, Ricardo, Mill), en la visión marxista (de hecho, la de Marx es una teoría del desarrollo económico) y en el estructuralismo de la Cepal clásica (Pinto, Prebisch, Furtado, et al). El rescate debe apuntar no tanto a tales o cuales hipótesis concretas sino a la estructura analítica y teórica de esos enfoques, a su capacidad para proporcionar una visión de conjunto, dinámica y estructural. Y no es menor la desgracia de los tiempos actuales: en los centros universitarios, con profesores muy adoradores de las modas e incitaciones del poder, ese tipo de perspectivas teóricas se han desechado o arrinconado casi del todo. Y, valga la mención, con modales muy poco académicos.

II

Del proceso de desarrollo se ha dicho que es “cambio social más crecimiento.” Como toda fórmula, con ésta corremos el peligro de una visión demasiado esquemática y hasta eventualmente confusa. Y aunque no es posible en este apunte examinar adecuadamente el fenómeno del desarrollo, conviene una mínima puntualización. Lo primero es casi una “platitude”: el desarrollo, tal como hoy lo entendemos, es un fenómeno históricamente delimitado, lo que supone que en las sociedades tradicionales o pre-capitalistas, en algún momento de su historia, tienen lugar determinadas transformaciones que son justamente las que dan lugar al fenómeno que nos preocupa. Algo que implica un doble movimiento: desaparición de las estructuras antiguas y emergencia de otras estructuras, que son justamente las que desatan el proceso de crecimiento (mayor inversión, mayor densidad de capital, mayor productividad y mayor ingreso per-cápita).

En concreto, ¿cuáles son las implicancias estructurales del desarrollo económico?

Para nuestros propósitos, podemos limitarnos a señalar dos nudos centrales: i) cambios en las estructuras económicas y políticas; ii) emergencia de un fuerte proceso de industrialización.

Sobre el primer punto podemos enumerar algunos aspectos centrales como: a) la emergencia de un nuevo tipo de Estado, ahora al servicio del capital. Lo cual, más allá de sus decisivas implicaciones políticas e ideológicas, en lo económico pasa a generar consecuencias mayores como una fuerte reducción de los gastos improductivos junto al consiguiente aumento de la acumulación productiva. También cabe mencionar esa especie de ley que apuntara Gerschenkron: mientras históricamente más tarde llega el país del caso a su “fase de despegue”, mayor y más fuerte va a ser la incidencia del Estado en el proceso económico; b) la actuación estatal (v. gr. vía aranceles protectores) a favor del capital nacional y en contra de los intereses extranjeros. En el mismo caso inicial de Inglaterra se observa como el régimen de los Tudor utiliza toda una batería de recursos para desplazar a los intereses holandeses. Esta actividad resulta aún más clara en los tiempos actuales y en los países dependientes: si no se controla y regula el impacto económico y político del capital extranjero, será casi imposible que el país receptor tenga un fuerte proceso de desarrollo. En otras palabras, todo proceso de desarrollo económico efectivo opera con una muy fuerte componente nacional; c) cambio drástico en las relaciones de propiedad imperantes en el agro: del modo feudal o semi-feudal a formas capitalistas de producción. Con lo cual se eleva la productividad y se libera fuerza de trabajo, se expande el mercado interno, se mejora el balance de pagos y ¡sobremanera! , se destruye la base económica de la aristocracia terrateniente, el verdadero pilar del antiguo orden.

La otra gran condición (si las previas son necesarias, ésta es la suficiente), es la emergencia de un sólido proceso de industrialización. Se ha dicho que “hablar de desarrollo sin industrialización es como hablar de una ensalada sin verduras”. Esta especie de igualdad entre industrialización y desarrollo, en que la primera funciona como vértebra central, se ha puesto en duda por la ideología neoliberal. Para ésta, en consonancia con su concepción del ingreso nacional (que no distingue actividades productivas e improductivas), el “valor agregado” en la rama de finanzas es estrictamente homogéneo con el valor agregado en la industria de transformación. La falacia de este aserto es mayor y, por lo mismo, conviene detenerse mínimamente en la significación de la industria.

III

El hombre, para vivir, interactúa con la naturaleza. La investiga y la transforma, dándole una forma útil, capaz de satisfacer sus necesidades. En este proceso, inherente a la condición humana, se suelen distinguir dos grandes mutaciones: la del neolítico y la de la revolución industrial de comienzos del siglo XIX. Con la primera, emerge la agricultura como actividad sedentaria y, por esta ruta, surge también el excedente económico. Con la segunda, surge la industria como actividad económica independiente, la que pasa a operar como motora del crecimiento.

¿Por qué la industria es tan importante y funciona como el auténtico núcleo o “viga maestra” de todo proceso de desarrollo?

Podemos empezar por una simple constatación empírica: no hay países altamente desarrollados que no posean una fuerte base industrial. Tampoco hay países altamente industrializados que se puedan catalogar como subdesarrollados. El desarrollo implica un alto nivel del PIB per-cápita y éste viene básicamente determinado por el nivel de la productividad del trabajo. A su vez, la productividad está estrechamente asociada al nivel de la densidad de capital: capital fijo por hombre ocupado. Más concretamente, por la dotación de máquinas y equipos por hombre ocupado. La clave, por lo mismo, radica en la incorporación de máquinas y equipos al proceso de producción. Pero, ¿dónde se crean estas máquinas y similares? La respuesta es muy clara: en el sector de la industria de transformación.

Lo mencionado también tiene que ver con los medios de transporte. ¿Dónde se producen camiones y automóviles, donde barcos, trenes y aviones? También con un factor que hoy es decisivo: las comunicaciones. ¿Dónde se producen las plantas y conductores de la electricidad, donde los modernos sistemas electrónicos y equipos de cómputo, etc.?

La agricultura, también se ve revolucionada por los productos de origen industrial: piénsese en tractores y máquinas cosechadoras. También en fertilizantes y semillas mejoradas.

El mismo sector de servicios, tradicionalmente renuente a la penetración tecnológica, se ha empezado a conmover y a transformarse. ¿Cómo? En lo básico, con cargo a las innovaciones e inventos que surgen en ese gran laboratorio que es la industria. Piénsese en las transformaciones que empiezan (todavía muy embrionariamente) en el sector de la educación. O en materia de espectáculos, de salud, de deportes.

El impacto de la industria en la fuerza de trabajo y, al final de cuentas, en el mismo ser humano, es también inmenso. Podemos apuntar: i) acostumbra – muchas veces con métodos coactivos- a la fuerza de trabajo a operar con muy altos niveles de intensidad: el hombre se torna más rápido, más preciso, más resistente; ii) por lo menos en términos tendenciales, pasa a exigir cada vez más una fuerza de trabajo altamente calificada, mejor preparada y más eficiente. En las actuales ramas de vanguardia, por ejemplo, la proporción de ingenieros y técnicos es elevadísima. Y la calificación que exige la industria (que opera como variable independiente) es a veces proporcionada por la misma industria o por centros educativos que responden a esas exigencias; iii) en un sentido más general, la industria funciona como el principal estímulo para el desarrollo de la inteligencia abstracta. Primero, porque la misma materia-naturaleza que se pretende transformar así lo exige: no es con conjuros de chamanes o rogativas a la divinidad como se transforma y domina a la naturaleza. No olvidemos: para entender algo hay que entender la lógica propia de ese algo. Segundo, porque la organización formal del proceso de trabajo industrial y la misma vida urbana en que predominan las relaciones impersonales, también ayuda al desarrollo de dichas capacidades.

Por detrás de todos estos nuevos productos y de las tremendas transformaciones que han ido provocando en la vida económica (y más en general, en el conjunto de la vida humana), tenemos otro aspecto a subrayar: el grande y creciente papel de la ciencia y la tecnología en los procesos de la producción moderna. Algo que, por lo demás, todos aceptan. Pero hay un punto previo que a veces pasa desapercibido: la industria desarrollada, especialmente al nivel de la sección que produce medios de trabajo (instrumentos, máquinas, etc.), ha pasado a funcionar como base material y condición indispensable para el desarrollo de la tecnología y ciencia modernas. De hecho, al margen de un sector industrial altamente sofisticado, la ciencia y la tecnología modernas no pueden existir. Valga un simple ejemplo: ¿quién puede construir un acelerador de partículas? ¿Un simple y perito artesano o un sector industrial sofisticado y capaz?

IV

En los países subdesarrollados y dependientes, la industrialización encuentra obstáculos mayores. Uno: el peso de las estructuras agrarias tradicionales. Dos: los intereses del capital extranjero tradicional, anclado en sectores primario-exportadores y enemigo de la industria nacional. En México, la revolución eliminó de cuajo el primer problema y por lo menos controló en algún grado al segundo (un buen momento fue el de la presidencia de Lázaro Cárdenas). Al cabo, terminó por darse un rápido desarrollo industrial. Por lo mismo se pasó a hablar de un nuevo “patrón de acumulación”, el de la llamada “industrialización basada en la sustitución de importaciones” (ISI). Entre 1940 (o un poco antes) y hasta 1980, el liderazgo del crecimiento fue asumido por la industria. Asimismo, se puede constatar que la forma asumida por el desarrollo industrial siguió ciertas pautas más o menos esperables. Para el caso, resulta útil retomar el clásico texto de Hoffmann. Para éste, el crecimiento industrial suele asumir una secuencia del tipo: “Etapa I: predominio de la industria de bienes de consumo. Etapa II: las industrias de bienes de capital adquieren cada vez mayor importancia: su producto o valor agregado llega a representar casi la mitad del volumen del producto de las industrias de bienes de consumo. Etapa III: las industrias de bienes de consumo se hallan en el mismo nivel que las de bienes de capital; pero se nota una tendencia a que estas últimas avancen con ritmo algo más rápido que aquéllas.” El mismo autor señala que “el motivo básico por el cual se desarrollan primero las industrias de bienes de consumo parecería residir en que la expansión de las industrias de bienes de capital requiere grandes montos de capital y técnicas avanzadas de producción, como así también mano de obra especializada. Antes de que se den las condiciones favorables para el crecimiento de las industrias de bienes de capital, deben perfeccionarse ciertas industrias del tipo de las alimenticias y textiles. Estas industrias de bienes de consumo pueden aprovechar los conocimientos técnicos que ya poseen los artesanos provenientes de las industrias domésticas en mayor escala de lo que podrían hacerlo las industrias de bienes de capital. Industrias como las alimenticias y las textiles requieren, por lo general, inversiones iniciales muchísimo menores que ciertas industrias de bienes de capital, como por ejemplo la fabricación de maquinarias y vehículos.”

Este proceso, con los matices y peculiaridades del caso, se venía dando en México y hacia mediados de los setentas, se empieza a advertir una crisis en el estilo tradicional, todavía anclado entre las etapa I y II de Hoffmann. Y diversos voceros indican que se debía avanzar a una industrialización: i) más pesada: con producción nacional de bienes intermedios sofisticados y de bienes de capital; ii) con capacidad exportadora; iii) con un mínimo de autonomía tecnológica, por lo menos en el espacio de la “asimilación-correctora” de las tecnologías importadas.

Valga indicar: la secuencia y desagregación del sector que maneja Hoffmann debe ampliarse en función de las realidades contemporáneas. Por ejemplo, es necesario distinguir entre las ramas que producen bienes de capital-consumo y las que producen bienes de capital-capital (máquinas que producen máquinas), siendo ésta última la más decisiva para el progreso técnico. Asimismo, es imprescindible diferenciar los subsectores según el grado de elaboración (adición de valor agregado) y de sofisticación tecnológica (incluyendo aquí la calificación de la fuerza de trabajo) que manejan. Para toda estrategia de desarrollo industrial a implementar en los tiempos actuales, tales y otras distinciones resultan imprescindibles. No siendo nuestro propósito presentar aquí un diseño estratégico nos limitamos a señalar el punto.

V

La crisis terminal de la ISI finalmente llegó. Pero no se resolvió en favor de una ruta como la recién indicada sino a favor del patrón o modelo neoliberal. Por lo mismo, en vez de asistir al avance y fortalecimiento del proceso de industrialización, hemos asistido a un real proceso de des-industrialización del país. Es decir, de destrucción industrial.

¿Cuáles han sido las implicaciones del patrón neoliberal?

Distribución del ingreso y tasa de plusvalía. En lo económico, un primer y decisivo rasgo es el fuerte salto que se observa en la tasa de plusvalía. Con lo cual, se agrava más lo que ya era una muy desigual distribución del ingreso. A la vez, se debilita la capacidad de absorción del mercado interno con el consiguiente impacto negativo en los niveles de la inversión, de la industrial en especial. ¿Por qué se eleva tanto la tasa de plusvalía? En el fenómeno inciden la mayor tasa de desempleo (abierto y disfrazado) y la casi total destrucción del poder de sindicatos y partidos de izquierda, sea por coacción abierta (caso del SME) o por soborno (caso del PRD).

Desregulación y aperturismo. La desregulación significa que se eliminan diversos controles estatales que afectaban a la actividad económica, tanto en lo interno como en sus relaciones con el exterior. Lo cual, no equivale a neutralidad estatal: por el contrario, es la forma que asume la intervención estatal favorable a los nuevos intereses dominantes. De hecho, en vez de un avance a la libre competencia lo que de verdad se tiene es el paso a una fuerte dominación de la regulación corporativa (i.e., de los grandes monopolios, nacionales y foráneos). El aperturismo neoliberal implica dos aspectos: desregulación de los nexos externos y elevación del coeficiente de apertura externa. Con lo cual, el gran favorecido resulta el capital extranjero, en especial el de tipo financiero. Para nuestros propósitos, el punto a subrayar sería el impacto negativo que esto acarrea en la industria nacional y en las decisiones de inversión que la afectan.

Acumulación y crecimiento. La inversión depende de la rentabilidad que espera lograr el agente del caso. Y si la rentabilidad dependiera sólo de la tasa de plusvalía, deberíamos esperar una alta tasa de acumulación. Pero no hay tal: son diversos los factores que impiden tal resultante. Entre los más decisivos podemos indicar: i) la alta inestabilidad de la economía provoca un mayor grado de incertidumbre, factor que afecta muy especialmente a los proyectos de inversión de más larga maduración. La tasa de interés, usualmente elevada en las nuevas condiciones, actúa en el mismo sentido; ii) el estancamiento o achicamiento del mercado interno. En lo cual inciden la fuerte reducción salarial (en México, de casi 20 puntos del Ingreso Nacional), el menor gasto público y el explosivo aumento del componente importado de la oferta global. Estos factores generan un serio problema por el lado de las ventas y, por lo mismo, provocan la retracción de los niveles de inversión del sistema. A su vez, el bajo coeficiente de inversión se traduce en muy bajos ritmos de crecimiento, de la productividad y del PIB. O sea, se arriba a una situación de cuasi-estancamiento.

Parasitismo y desplome industrial. El alto nivel del excedente económico combinado con la delgada magnitud de la inversión productiva, se traduce también en un fuerte despilfarro del excedente. De hecho, los gastos improductivos y las remesas al exterior pasan a explicar un 80% o más del excedente total. Por eso se debe hablar de parasitismo: mucha explotación y muy débil acumulación. Por consiguiente, una economía semi-estancada. Condición que afecta de modo especial al sector de la industria de transformación. En la fase neoliberal, probablemente la industria sea la rama económica más castigada: caen sus ritmos de crecimiento, incluso por debajo del crecimiento del PIB (algo muy inusual), la productividad crece lentamente, la capacidad de absorción ocupacional del sector se torna casi nula, se acentúa la heterogeneidad industrial y se rompen los incipientes eslabonamientos intra-sectoriales del sector. En suma, un sector más débil, menos integrado, más dependiente y cuasi-estancado.

Bloque de poder y fracción clasista dirigente. En un marco como el descrito se puede entender que los principales perjudicados por el modelo neoliberal han sido: en primerísimo lugar la clase obrera industrial. En segundo lugar, buena parte de la burguesía industrial, especialmente los segmentos medios y pequeños y que operan para el mercado interno. Si tales son las clases más perjudicadas, ¿quiénes se benefician con el estilo neoliberal? La respuesta es sencilla: el gran capital financiero (nacional y extranjero) y los grandes monopolios con capacidad exportadora. De hecho, a nivel político de seguro el cambio básico ha sido el paso de la burguesía financiero-comercial a los puestos de mando (o sea a asumir el rol de fuerza dirigente o hegemónica) en el bloque de poder. Todo lo cual, como es obvio, deja sus huellas en las políticas económicas que se vienen desplegando, las que deben ser estrictamente funcionales a la nueva configuración de fuerzas.

Mecanismos de dominación. También éstos experimentan un cambio mayor. En las nuevas condiciones, claramente reaccionarias, las concesiones económicas a favor de los sectores obreros, campesinos y medios, (concesiones que fueran importantes en la fase anterior, la de la ISI) prácticamente desaparecen. En su reemplazo, asumen un mayor peso tanto la coacción ideológica (dominio irrestricto y dictatorial de los medios de comunicación de masas, como la TV) y la coacción directa (o violencia expresa). En el país se habla de “transición a la democracia”, pero lo que en verdad ha tenido lugar es el “avance” a un sistema de poder en que cada vez menos personas le imponen su voluntad a un grupo cada vez mayor de la población. Es decir, las grandes mayorías no son tomadas en cuenta. Por lo mismo, en tanto la alienación ideológica o “falsa conciencia” tiene sus límites, no puede extrañar el creciente papel de la violencia abierta en los asuntos sociales. Asimismo, dada la supremacía del capital financiero especulativo (por arriba) y el creciente peso de las masas urbanas marginales y alumpenadas (por abajo), tampoco puede extrañar la creciente descomposición moral del país.

VI

El trabajo que presenta el profesor Samuel Ortiz nos ofrece un excelente recuento de las vicisitudes del proceso de industrialización en México. La cobertura temporal que maneja le permite examinar primero la fase de la ISI y luego la neoliberal. Esto le facilita comparar ambos patrones de acumulación, algo de suyo interesante y que deja muy mal parado al desempeño neoliberal. Cuando uno coteja esta comparación con lo que una incansable propaganda (muchas veces usando la boca de “académicos respetables”) repite una y otra vez, puede no solamente salvarse de estas visiones deformadas y apologéticas. También medir la brutal distancia que se abre entre lo que sostienen los de arriba y sus voceros respecto a la efectiva realidad de la economía actual. Algo que, una vez más, nos advierte sobre la tremenda significación que asumen los factores de distorsión ideológica en los tiempos que corren.

El tema que concentra la atención del libro es la industria en la fase neoliberal. El análisis es sistemático, cuidadoso y detallado. Como no es el caso entrar aquí a un resumen quisiéramos simplemente señalar tres aspectos centrales: la notoria mayor inestabilidad que afecta al PIB y a la inversión industrial, los lentos ritmos de crecimiento del PIB, de la productividad y de la ocupación; también, la desarticulación de las cadenas productivas. El panorama es sombrío y bien se podría hablar de algo así como el auge y la caída de la industria mexicana. Es muy importante, si deseamos superar esta situación, entender el conjunto de factores que han provocado este descenso. Para ello, la atenta lectura del texto de Samuel Ortiz resulta de gran valor. Lo recomendamos ampliamente.


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