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LA INVERSIÓN Y SU COMPORTAMIENTO EN MÉXICO: 1940-2009

Samuel Ortiz Velasquez




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3.2.3. Fase de Agotamiento y Crisis del Patrón

Como ya se dijo, en esta fase, la continuación del proceso de industrialización en función de la explotación del mercado interno enfrenta dificultades crecientes. Los rubros a abordar son bienes intermedios relativamente complejos y bienes de capital. Los cuales, plantean exigencias tecnológicas y de masas de inversión, difíciles de obtener. Por lo mismo, se sostiene que sólo las grandes corporaciones, privadas, estatales y sobretodo extranjeras estarían en condición de abordar tales proyectos. Por otro lado, como se trabaja en función casi exclusiva del mercado interno surge el problema de las economías de escala, las que ante mercados internos estrechos, no se podrían aprovechar, con el consiguiente impacto en los costos unitarios de producción.

En cuanto a los agentes de la inversión y el crecimiento, se puede señalar: a) las inversiones extranjeras pasan a jugar un papel preponderante en esta fase. En efecto, el estrangulamiento externo que se manifiesta nuevamente a mediados de la década de los cincuenta se intenta resolver por medio de la entrada de inversión extranjera; b) Se profundizará la intervención estatal vía incremento del gasto público y del déficit fiscal (este último, financiado con endeudamiento externo), para compensar la contracción que sufre la inversión privada.

Aunado a lo anterior, podemos decir que se mantiene el liderazgo del sector industrial, pero hay un traslado del sector eje, pues las ramas lideres serán ahora las productoras de bienes de consumo durable (automóviles, refrigeradores, televisores, sistemas de calefacción y refrigeración, etc.) y también, algunas productoras de bienes intermedios y de capital. Se trata de ramas que se tipifican como modernas.

Hay un fuerte vínculo entre los puntos anteriormente citados, pues las inversiones extranjeras se desplazan a las ramas “lideres”, de tal modo que se desplazan y/o asocian con el capital privado nacional. Tomando forma algunas situaciones que se acentuarían en la etapa neoliberal: i) cambia el signo político de la burguesía industrial, pues abandonará su matiz nacionalista; ii) el nuevo sector eje, quedará fuera de la tutela del Estado, por lo cual, en cierto grado se observa un debilitamiento de la conducción estatal del proceso; iii) una tendencia a la creciente extranjerización de las unidades productivas, lo que a la larga, se traducirá en una situación de progresivo endeudamiento exterior. Con ello, se asiste al inicio de la “desnacionalización de la industria”. En el período, autores como Dos Santos hablan del “nuevo carácter de la dependencia”.

Las nuevas ramas lideres tienen una amplia irradiación y complejos nexos con otros sectores, v. gr. la industria automotriz. En general, se caracterizan por operar con (Valenzuela, Apuntes de clases):

i) Densidad e intensidad de capital superiores.

ii) Tecnología y administración más compleja.

iii) Tamaños mínimos de planta relativamente superiores y que, por ende, exigen una mayor inversión inicial.

iv) Periodos de maduración y de aprendizaje más largos.

v) Más intensivos en importaciones.

Entre las características de los nuevos bienes producidos destacan: i) debido a la elevada densidad de capital con la que operan, no absorben gran cantidad de fuerza de trabajo, ello aunado a un precio unitario elevado, impide que los productos sean de uso generalizado, sino más bien tengan un destino selectivo; ii) No tienen su contrapartida en una demanda preexistente y satisfecha en el pasado con cargo a las importaciones. Por lo tanto, ya no se habla propiamente de sustitución de importaciones. Se trata, más bien, de una “sustitución adelantada”.

Se acentúan las tendencias a la monopolización y oligopolización de la economía. Esto, unido a la baja capacidad de absorción ocupacional de las ramas líderes, agrava la regresividad de la distribución del ingreso, lo que se traduce en la complejización de la heterogeneidad estructural. En breve, el sector industrial, fue incapaz de absorber la migración creciente del campo a la ciudad, dando origen a fenómenos como el subempleo, la economía informal y la marginalidad en los centros urbanos [Guillén, 2003].

La contradicción estructural básica se perfila: el desfase entre el grado de desarrollo de las fuerza productivas de los países latinoamericanos, manifiestas v. gr. en el nivel del ingreso medio y la emergencia de una estructura productiva destinada a producir bienes “suntuarios” característicos de las economías desarrolladas. En palabras de Pinto: “… no puede haber “consumo de masas” al estilo de las economías industrializadas allí donde la “gran masa” no rebasa los niveles de subsistencia” [Pinto, 1973; 134].

Agreguemos, el nivel y la composición de las importaciones se vuelven muy rígidos, incrementándose fuertemente las de bienes de capital. En virtud de lo cual se agudizan las presiones sobre el balance de pagos y se acude al endeudamiento externo creciente. Como este no logra resolverse, se arriba a una situación de estrangulamiento externo.

En un intento de resumir, podemos decir que: a) el avance del proceso de industrialización hacia ramas más pesadas que operan con una menor relación producto-capital, obliga a elevar el coeficiente de inversión si se desea mantener el ritmo de crecimiento del PIB. Efectivamente, del apartado 1.4 sabemos que:

rg = ( ib ) ( α’ ) (3.1)

Por consiguiente, la ecuación 3.1 muestra que si desciende la relación producto-capital incremental (α’), debe elevarse el coeficiente de inversión (ib) si se desea por lo menos preservar la tasa de crecimiento del producto (rg). Pero teniendo en cuenta que el gasto en inversión tiene un muy alto componente importado, se puede esperar que también suba rápidamente la demanda por divisas. Frente a ello, se tiene por el lado de la oferta de bienes acumulables que: i) el carácter trunco del proceso de industrialización (no se logra avanzar a la producción interna de bienes de capital), da lugar a que la oferta interna de bienes de capital sea casi nula; ii) la conservación del sector exportador primario tradicional, provoca que la capacidad para importar que éste genera sea decreciente; iii) el no desarrollo de capacidad exportadora por parte de los sectores industriales que han aparecido, tampoco contribuye a crear más capacidad para importar.

La conjugación de factores como los indicados da lugar a una “capacidad material de acumulación” [Valenzuela, 1987] notoriamente insuficiente y que termina por provocar un estrangulamiento de la acumulación y el crecimiento. Esta contradicción a su vez estaría definiendo las rutas a seguir para superar el problema: a) avanzar selectivamente en la producción interna de bienes de capital; ii) impulsar drásticamente la capacidad exportadora de la industria. Como veremos a continuación, la ruta seguida fue muy diferente.

En el caso de México, la agudización de dichos problemas estructurales se ubica a partir de 1976. En efecto, Abelardo Mariña, señala como antecedentes los siguientes: i) la crisis de pagos externos, ii) la consiguiente devaluación del peso mexicano en 1976 y iii) la desaceleración del ritmo de expansión del PIB. Pero gracias al auge de las exportaciones petroleras de 1976-1981 y al acceso del financiamiento externo se pudo evitar temporalmente la instrumentación de algunas de las políticas de ajuste estructural acordadas por el FMI, particularmente la reducción en el déficit fiscal, externo y la apertura comercial. La única política que se aplicó fue la de contención salarial [Mariña, 2003].

En breve, ello se tradujo en una elevación de la tasa de explotación y en un repute de la tasa general de ganancia en México. El incremento del excedente económico tuvo su contrapartida en un fuerte dinamismo de la inversión productiva y el empleo. Pero su efecto fue de muy corta duración, ello en virtud del: i) descomunal incremento de las tasas de interés internacionales a partir de 1979-1980, principalmente en Estados Unidos y del ii) desplome de los precios del petróleo de 1981. El efecto combinado de esos sucesos junto con la deuda creciente de la economía mexicana tuvo consecuencias muy severas. En 1982, se cayó en suspensión de pagos, el tipo de cambio se desplomó y la economía entró en una profunda recesión [Mariña, 2003]. Se perfila así el viraje hacia afuera y la entrada en operación del patrón Neoliberal, que se expondrá más adelante.


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