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BAHÍAS, DEVENIRES Y HORIZONTES. LOS PERFILES DE MARX, Tomo II

Edgardo Adrián López




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SECCIÓN II

“La verdad puede, a veces, no ser verosímil ... Escribir la verdad consiste, entonces, en dar la ilusión completa de la verdad ...”

Guy de Maupassant

“(El defecto de la crítica destructiva) ... no es que destruye, sino que no critica”

G. K. Chesterton

Capítulo III

“… A su manera, este libro es muchos libros …”

Julio Cortázar*

“… (Lo) mío, lo tuyo y lo suyo … (son en) una palabra, la propiedad …”

Thomas Hobbes*

Discutiremos las imágenes que sugirió cierto Engels(1), una de las cuales Althusser criticó de manera ácida (1973: 97).

La alusión al empresario de Manchester es impostergable para dar cuenta de las metáforas que los responsables de la tradición articularon.

Por lo demás, lo anterior es urgente a raíz de que existe un Engels que es más plural, abierto, complejo, productivo, estimulante que el de artículos escolásticos de la factura de “Ludwig Feuerbach y el fin de la Filosofía clásica alemana” o del que terminó dogmatizado por el Lenin del Materialismo Dialéctico.

Por si fuera poco, uno de los factores que contribuyen a tornar al padre de Eleanor un desconocido es la idea estandarizada respecto a que el educado comerciante, era un mero divulgador(2) de su amigo (Sanmartino, 2003 b: 12). No sería una exageración decir que Marx transcurrió el resto de su vida desplegando las tesis del “Esbozo para la crítica de la Economía Política”, o de estudios “sociológicos” sobre la miseria y marginalidad según los perfiles de “La situación de la clase obrera en Inglaterra”. Tampoco nos equivocaríamos si estableciéramos que enriqueció(3) líneas que el proscrito de Occidente dejó tendidas, tal como las encontramos en el breve estudio El papel del trabajo en la evolución del mono al hombre (1974).

En alguna medida y evitando pactar con un Engels “desprolijo”, Marx(4) fue engelsiano y muchos aspectos riquísimos en “aguafuertes” del materialismo deconstructivo, resultaron engelsianos. F. i. y mientras recuerda su temprano artículo contra la Economía Política, delinea que las comunas que advinieron hasta hoy fueron a tal grado impotentes que, a pesar de contar con los elementos necesarios, no fueron aptas para crear medios de producción tan evolucionados y duraderos que pudieran existir lo suficiente como para justificar los riesgos de su fabricación (Marx y Engels, 1975: 226).

El comerciante inglés pergeña que la eficacia de la sobreestructura se dispersa o “debilita” a causa de la infinidad de efectos que induce. Por lo demás, los componentes(5) de las asociaciones colectivas interactúan como si fuesen numerosas fuerzas (carta a J. Bloch de 21 de septiembre de 1890 en op. cit.: 380). Sin embargo, la idea del amigo del exiliado en Gran Bretaña nos resulta estimulante a los fines de imaginar que la complejidad de la superestructura, la variedad de los elementos que la integran, diseminan los efectos en el seno de lo colectivo. En segundo término, si bien ello le da a la hiperestructura una eficacia que se intensifica, también la torna “difusa”. Por consiguiente, la coherencia y cohesión que otorga lo superestructural a lo comunitario, contribuye en igual medida a incrementar las tensiones. Es que el poder de lo institucional y simbólico, es decir, de la sobreestructura, no es absoluto.

En realidad, el peculiar giro a la propuesta engelsiana se enmarca en la crítica de Marx a la “basis”: tampoco ostenta un poder omnímodo en condicionar lo que, en virtud de su multiplicidad, no puede ser linealmente determinado, esto es, los hombres y su vida. En ese punto, Goldmann rescata una intelección brillante de Lukács. Acorde a éste, el proscrito de Europa no reduce o encaja las relaciones entre los individuos y de los hombres con los objetos, en la economía, sino precisamente lo contrario: la explicación de por qué lo económico se convierte en poder que condiciona, es lograda a partir de la rebelión de dichos nexos para evitar endurecerse y subordinarse a este fenómeno, a pesar de los efectos “paradójicos” de la vía explicativa (1984: nota 52 en p. 66). Sin embargo, el argumento tendrá que embragarse a su vez (cf. infra).

A la eidola del “paralelogramo” de fuerzas retroinfluyéndose, le sigue otra que la completa: las interacciones entre esas potencias casi infinitas en variedad son de índole azarosa. Surgen así, casos y acaeceres (Marx y Engels, 1975: 379/380). Pero en virtud de que las comunas en las que actúa la casualidad son sociedades de un causalismo automático, incontrolado por los hombres, tales fuerzas acaban por ser condicionadas por otro grupo, es decir, por las que corresponden a la infraestructura. No obstante, la genial matización que acabamos de explicitar en Engels incurre en el error leninista de identificar lo que su admirador denomina “producción y reproducción de la vida”, con lo económico.

Enseguida, expondremos(6) las “imágenes” que el “político” lucreciano habría propuesto allende la más conocida. En ocasiones, nos veremos forzados a ser redundantes; en otras, evitaremos regresar sobre lo tedioso que aflore por ejemplo, en un mismo texto. La idea es demostrar que si tanto en Engels como en Marx, hallamos “eidolas” que son menos causacionistas que la “clásica” no se puede juzgar la teoría por una sola metáfora. Simultáneamente, si las otras “imágenes” son productivas quizá nos orienten para detectar en la sugerencia del “edificio” aspectos que la vuelvan rica en claroscuros. A los fines de no incurrir en un análisis interminable, nos abocaremos a la serie que componen los palimpsestos acerca del régimen burgués.

Comenzaremos con el libro I de El capital(7):

Nos aborda allí la siguiente cita:

“Aparte de los males de la época actual, tenemos que soportar una larga serie de males hereditarios provenientes de la supervivencia de modos de producción superados, con las consecuencias de las relaciones políticas y sociales anacrónicas que engendran” (lo destacado es ajeno; 1983 a: 22).

Aunque a primera vista no parezca aludir a la dialéctica basesuperestructura, opinamos (tal como insistimos en López, 2010 a) que existen elementos de las dos esferas que no se disuelven con el paso de un modo de producción a otro, sino que su rigidez se corresponde con un tiempo de larguísima duración que posee una inmovilidad enlazada a esquemas antropológicos (el tabú del incesto, el ordenamiento del mundo en signos, las estructuras de parentesco, etc.). La imagen que asociaríamos sería quizá la de la “avalancha”, en la que muchos integrantes quedan en el recorrido y otros prosiguen.

Pero de ese fragmento también es oportuno argüir que las comunas previas al capitalismo fueron colectivos en los que hubo “males”(8) de todo tipo. Por ende, no se va de una bondad perdida a otra que habría que conquistar, transitando por el llanto y el dolor del “pecado”. El (presunto) relato(9) marxista hilvanado por la escatología y la metafísica del “arkhé” y del “telos”, palpita en los posmodernos, postestructuralistas y metodólogos que se acercan a los escritos con el sigilo de los sumariantes.

En otro espacio, aboceta que las categorías de la Economía Política pro capitalista (a la que denomina “... presunta ciencia ...” –1983 b: 394), se corresponden con la “... época histórica ... en la que la producción de mercancías es el modo (social) de producción”, i. e., con la hegemonía del capital (1983 a: 90). Subrayemos que la forma general para la génesis de tesoro se concibe en calidad de modo social de producción y no, tal cual la edición Cartago traduce basada en Roy y Aveling, como modo económico de creación de riqueza.

Por lo demás, se encuentra uno de los elementos que permitirán enfrentar la objeción que alude a que el amigo de Wolff, no articuló las mediaciones necesarias que posibilitaban entender cómo la “basis” influye en la sobreestructura (Gouldner, 1983: 322). Para cierto nivel de estudio, la base o etapa histórica determinada (de la que el modo social de producción es un segmento) funciona a manera de contexto que explica, por operar so far que “ambiente” semántico epocal, lo que se dice en el registro de las ideas acerca de la génesis de valores de uso. Preguntar en ese plano sobre cuáles son los “eslabones” que llevan de la producción concreta a la producción espiritual que colocará por objeto a la primera, es interrogarse sobre una obviedad.

La tercera cita es la que reitera parte de la introducción de 1859. Allí aflora la imagen clásica y que se esgrime para desmantelar el mecanicismo en que “incurre” el Materialismo Histórico:

“... los griegos y los romanos tenían su propio tipo de producción, y por consiguiente una economía, que constituía la (‘basis’) material de su sociedad, tal como la economía burguesa es la base de la nuestra ...” (1983 a: nota 37 de p. 94). Prosigue afirmando que “... el modo ... de producción y las relaciones sociales que de él derivan; en una palabra, ... la estructura económica de la sociedad es la (‘basis’) ... sobre la cual se levanta ... el edificio jurídico y político, de suerte que el modo de producción de la vida material domina ... el desarrollo de la vida social, política e intelectual ...” (ibíd.). En el tomo 3 de Teorías sobre la plusvalía, ubicamos un complemento:

“... las relaciones [económicas], y por consiguiente el estado social, moral y político ... se modifican con el cambio de la capacidad material de producción” (1975 b: 357; lo cincelado es de Marx).

Confesemos que si es practicada una lectura rápida del párrafo, bastarían sus palabras para desarmar la Tesis, sus demostraciones y polémicas. Sin embargo, de lo que se trata es de avanzar poco a poco. En lo que cabe al enorme problema de la traducción (que ni siquiera hemos rozado), Gouldner (que no ahorra dardos contra el amado por “Lenchen”) acepta, para luego reprimir lo esclarecido (1983: 249/250, nota 5 de pp. 249–250), que bedingt, que remite a bedingen, tiene que igualarse a “condiciona” y no a “determina” o “domina” (tal cual elabora Cartago –1983: 249, nota 5 de p. 249). Por ende, la base condiciona lo colectivo y sólo a través de una serie intrincada de lucesombras, es legítimo emplear el lexema impugnado pero con reservas que deben explicitarse de manera continua (ver infra).

Primera constatación, entonces: los vínculos intersubjetivos (que incluyen a los nexos de los individuos con las cosas y, en especial, al aspecto económico que asumen tales contactos) no son parte del modo social de producción, sino que se corresponden con él (“derivan” traduce la editorial). Lo mismo habrá que afirmar acerca de las potencias genéticas, aunque en el fragmento no se aluda a ellas (no obstante, están lógicamente presupuestas).

Segunda comprobación: el tipo o modo de producción no es globalmente una economía, sino que ésta se corresponde con aquél; depuramos por consiguiente, una sentencia que establece “a un tipo de producción, una clase dada de economía”. Los tres grandes elementos “ortodoxos” (modo de producción, relaciones sociales y poderes creativos) son “basis” de una forma de sociedad (empero, cf. infra).

Tercera constatación: la “infraestructura” es definida también como la vida material que incide en el despliegue de la vida inmaterial (denominada por secuencia en tanto “social, política e intelectual” o como “estado de cosas”).

Cuarta comprobación: la base aprehendida en cuanto proceso vital o vida material, debido a la amplitud semántica de los lexemas, no es únicamente el modo de producción, la economía asociada, los nexos intersubjetivos (en particular, los estrechados a vínculos económicos) y las fuerzas gestoras de riqueza. Esos componentes son miembros de una unidad sémica más abarcativa.

Quinta constatación: debido a lo precedente nos interrogamos porqué el nacido en 1818 hace referencia en su exposición a lo económico, dando la impresión de amputar la vida material, el proceso vital, la época histórica o la “subestructura” a una equivalencia con los “pilares” económicos. La pregunta es importante, no en virtud de sea una estrategia retórica que apuntale los principios de interpretación que defendemos, sino a raíz de que, cuando se la profiere, ya no es tan “natural” asimilar la ecuación cuestionada en el Capítulo II.

La respuesta exige pensar a qué es probable que se deba que el echado de Bélgica, de golpe, altere el registro de su argumentación y focalice a la economía so far que factor/causa de hondas repercusiones en la compleja vida inmaterial o espiritual. De los sintagmas que seleccionamos, no se puede responder el interrogante pero tampoco es viable concluir que la igualdad que estipularon los detractores y que asumieron las ortodoxias, esté probada.

No obstante y tal cual lo perfilamos, la economía se torna en ese factor/causa y se destaca de entre los otros componentes de un modo de producción, en el alcance de sus efectos, debido al grosero materialismo que domina la existencia de los agentes.

En otro margen, el pensador epicúreo opina que los que tienen elevados ideales de justicia, a menudo se dejan atrapar por el mecanismo ideológico que acepta que el régimen contemporáneo será tan eterno como la justicia misma (Marx, 1983 a: nota 2 de p. 97). A la estructura se le asocia una hiperestructura porque la primera requiere de procesos intelectuales (o semióticos en sentido general), que conduzcan al mantenimiento del orden, esto es, en razón de que la base y la totalidad colectiva debe reproducirse por intermedio de la superestructura.

La hiperestructura no es entonces, un “reflejo” (tal cual lo declama el mismo Marx en loc. cit.: nota 37 de p. 94) sino una mediación útil en la reproducción de la superestructura, de la “basis” y de la dialéctica entrambas. Y es estratégicamente útil en virtud de que domestica a los individuos en la validación de un statu quo que no es, en absoluto, “natural”, legítimo, etc. Ese tipo de influencia de la hiperestructura en la base se aprecia cuando nos percatamos que la moda incide de manera indirecta en el valor económico de un objeto (1976: 47), en que se incluye en los precios cierta “cuota” de inseguridad real o imaginaria (op. cit.: 57), en la resistencia de algunos capitalistas a cambiar de localidad, hábitos, etc. (ibíd.), en la determinación del salario obrero por las peculiaridades culturales (loc. cit.: 61, 63) que modelan las necesidades, gustos, etc. y lo que se considera el nivel de vida “adecuado” para un trabajador (op. cit.: 63), entre otros aspectos.

Un tal Morton Eden

“... habría debido preguntarse ¿... qué crea las instituciones civiles? ... (La) ilusión jurídica, no considera la ley como un producto de las relaciones materiales de producción, sino, al contrario, estas relaciones (a manera de) un producto de la ley” (1983 a: 590; lo destacado viene de los surcos). Apuntemos que las instituciones y los mecanismos que inducen ilusiones respecto al funcionamiento de la sociedad/totalidad, en particular, los referidos a los factores que suscitan tales instituciones, integran la súper–estructura tal cual lo anunciamos en ocasiones disímiles.

Por añadidura, la hipótesis marxiana acerca de que en lo humano se aprecia una retroinfluencia entre “infraestructura” y “sobreestructura”, apunta a determinar cómo se originan las instituciones y los procesos de significación. Lo que se anhela explanar es el proceso de formación de una comuna (1983 c: 763). Suponiendo que deban impugnarse versiones lineales de esa dialéctica, que tengan que matizarse los esquemas rígidos, etc., no es fácil descartarla en atención a las dimensiones que procura explicar. En su defecto, tienen que ofrecerse teorías alternativas que encaren el problema que no pudo vislumbrar Morton Eden.

El libro II nos ofrece lo que sigue:

“... (sean) cuales fueren las formas sociales de la producción, los trabajadores y los medios de producción son siempre sus factores ... La manera especial de establecer (un nexo entre ellos) es (lo) que distingue las distintas épocas económicas por las que ha pasado la estructura de la sociedad ...” (1983 b: 45). Hay una frase similar en el volumen 3 de los escritos deconstructores de las corrientes que procuran analizar la plusvalía:

“... la estructura económica de la sociedad gira en torno de la forma del trabajo; en otras palabras, de la forma en que el obrero se apropia de sus medios de subsistencia o de la parte del producto de la cual vive. Este fondo de trabajo tiene diversas formas ... (y a partir de Adam Smith) ... se convierte en ... clave ... para entender las distintas (formas de economía y sociedad)” (1975 b: 343; lo tallado es ajeno). En simultáneo, esas “... formas del fondo de (tarea se) corresponden a las (desiguales) maneras en que el (trabajador) se enfrenta a sus propias condiciones de (vida) ...”, a los múltiples “estilos” de propiedad del suelo, a la forma social de la Naturaleza, etc. (op. cit.: 344).

De aquí se desprende que el amigo de Engels habla de la estructura económica, no de toda la estructura o “basis”. Por lo demás, remarca que los aspectos que adopta el fondo de labor es una llave maestra en Smith, a quien el padre de Laura desmantela, con lo que puede deducirse que implícitamente, advierte respecto a que se debe ser cauto con ese “axioma”. Añade que las condiciones de producción y de trabajo son condiciones de existencia.

Además de la economía, otros de los elementos del tipo o forma de producción son los obreros y los medios que emplean en la génesis de tesoro, los rasgos que adopta la biosfera, etc. Por eso es que lo económico es una fracción del modo creador de valores de uso.

Por si fuera pequeño lo antedicho, hallamos que la estructura de la sociedad es más que su mera economía: si dicha “subestructura” o “basis” es lo que tiene historia y una historia que es de acuerdo a la clase de economía imperante, entonces la base excede lo económico. Empero aquí comenzamos a encontrar un hilo para articular la respuesta a la pregunta que surgió en el comentario de la nota 37 de la p. 94 del tomo I de El capital: la economía, que es apenas un miembro del modo de producción y en consecuencia de la base o estructura colectiva, impacta con tal poder en la vida de varones y mujeres que delimita “etapas”. La “basis”, que es un conjunto de mayor amplitud que la economía, debe pasar por los ritmos que pauta uno de sus integrantes más “mecanicistas”.

Páginas adelante, encontramos que amortigua el peso de la esfera en juego: el valor autocrático se apodera del “... tipo económico-histórico de la sociedad” (1983 b: 61). Una asociación es pues, no sólo su economía o la trilogía ortodoxa (modo de gestión del plustrabajo, vínculos intersubjetivos, potencias genéticas), sino la temporalidad histórica que se lía con ese estado de cosas. No es únicamente economía, sino historia y tiempo. La base incluye las modulaciones con los que se precipita la historia que transcurre. Por inducción, la superestructura será el “ritornelo” en que son significados historia y tiempo.

Desmadejando a Malthus, evalúa que al carecer de una mirada histórica de larga duración sobre el capitalismo, sopesa todo “... desde el punto de vista histórico de su época” (1975 b: 43). La sobreestructura puede ser abocetada como una alucinación acerca de la historia, del tiempo, de los cambios, etc. Una superestructura es una forma de construir historicidad.

Nos queda todavía una “coda” que, si bien no cuenta con una justificación directa en lo dicho, es derivable de lo que se enunció: los tipos históricos que advinieron hasta la actualidad, son clases de estructuras en las que la economía fue condicionante al extremo de operar como un poder. Si el proyecto de una asociación anti/capitalista y libertaria fuese realizable, ¿la economía tendría que continuar funcionando de igual manera? ¿Habrá economía?

La primera cuestión se enlaza, según lo que hemos argüido, con una oración negativa: en el socialismo no es deseable que la economía repercuta como un poder irrecusable. Pero al sostener eso, se deja abierta la puerta para cuestionar la vigencia de lo económico/economicista en una conjunción opuesta a las que insistieron en la Historia.

Para confirmar la idea, aparentemente arbitraria y adjudicable a los intereses del que investiga, respecto a que la economía es mecanicista y que es un poder que impacta en la vida de los individuos, cotejemos: la reproducción continua del capital ocasiona que éste se independice y que actúe “... en forma mecánica y con la potencia de un proceso ... de la naturaleza ...” (1983 b: 102). En el libro 3 de los Borradores, el valor autocrático es definido como violencia objetiva (1976: 223). Si ello sucede con el capital, por inducción acaece con la economía (de nuevo, por inferencia ocurre con la tríada clásica y en suma, con la “subestructura”). Incluso, la pregunta en relación con la economía en el socialismo es viable de tornarse extensible para la base: ¿habrá una tal esfera “mecánica”, y que accione con el aspecto de un poder natural y ciego? En ese terreno y según lo que demanda el canon científico, es impostergable aclarar que no pudimos dar con las palabras del muerto en 1883 que nos acercaran a una sentencia que no estuviera sospechada de interpretación “gratuita”.

Sin embargo, es demostrable por el razonamiento que sopese las adquisiciones: si el socialismo tiene que ser una comunidad en la que varones y mujeres sean libres al punto de que no haya economía/economicista y mecanicista, y si ese microuniverso es integrante de la “basis” (que también es causacionista), acaso ésta debiera diluirse. Alguno objetaría que con el silogismo en escena, habría excusas para alucinar la disolución del modo gestor de valores de uso: la economía es un elemento de él. El atolladero es real. Una salida es pensar que los hombres no podrán dejar de suscitar riqueza, pero que no tienen porqué vivir “basificados” en sus prácticas y “superestructurados” en sus percepciones.

Si en algún sentido hay que aceptar que Marx utiliza el lexema “base” para el socialismo (notemos sin embargo, la ausencia de su correlato), es en el que deja entrever en una cita perdida en el intrincado tomo 1 de Teorías sobre la plusvalía, volumen I de la cuarta fracción de El capital: hasta el siglo XXI, las comunas que existieron se acodaron en los productores directos, mas no ellos en los desiguales colectivos (1974: 195; párrafo del economista vulgar Ganilh).

Luego de lo escrito, retomemos las “desaceleraciones” pergeñadas respecto a la economía: “... la economía natural, la monetaria y la de crédito ... (son) las tres formas características del movimiento económico de la producción social” (1983 b: 111; lo cincelado nos pertenece). Contundentemente, la producción de tesoro es abocetada como social; lo que ocurrió hasta hoy fue que su movimiento tuvo que estrecharse a lo que disponía lo económico. Por ende, su devenir, que es más vasto y complejo, debió extraviar dimensiones. La economía hizo que la génesis multilateral de tesoro, redujera su polivalencia a vaivén económico/economicista. Todo ocurre como si la trilogía dialéctica “clásica” y, por silogismo, la “basis”, funcionaran de una manera tan deforme que lo económico crece en poder para impactar en lo humano, y para reforzar ese funcionamiento “irregular” que lo conduce a un lugar esencial en la vida de los individuos.

Poseemos ahora otros parámetros a los fines de evaluar la frase de la nota 37 de la p. 94 del vol. I: la economía incide en lo humano porque, tal cual lo hemos enunciado antes, el trabajo ocupa un lugar central en la vida de los hombres y en virtud de que lo económico es un poder ciego que ritma el oscilar de la producción, a la que habrá que liberar de su desgaste economicista causacionista(10).

Cavilando en torno de las desiguales clases de renta conectadas con disímiles tipos de organización, el vol. III estipula que la

“... forma económica específica en que a los productores ... se les arranca trabajo no pagado, determina (las relaciones) ... tal como (derivan) ... de la producción misma y (aquellas reaccionan) a su vez, de manera determinante, sobre ésta. Es la base de todas las formas de comunidad económica ..., y al mismo tiempo la (‘basis’) de su forma política ...” (1983 c: 775). Ello no impide que el mismo tipo de base en lo que se refiere a sus condiciones fundamentales, presente infinitas variaciones y matices con arreglo a

“... la influencia de innumerables condiciones empíricas distintas, de condiciones naturales, relaciones sociales, influencias históricas exteriores ...” (loc. cit.: 776).

Arribamos a una constatación nodal, puesto que cierto engelsianismo acentuó en demasía la preeminencia de lo económico en último término: la sobreestructura intelectual, social, política (supuesta en la enumeración abierta de las relaciones dependientes de las estrategias para arrancar plustrabajo) reacciona, de manera determinante, sobre la base y en particular, en la economía. F. e., las conquistas y conmociones de la Antigüedad ejercían un gran impacto en el valor de los metales preciosos, con lo que ese tipo de procesos caen allende estudios meramente economicistas (1976: 160). Asimismo, las costumbres, las tradiciones jurídicas, etc. coadyuvan a determinar la tasa media de interés (1983 c: 373).

Por otro lado, Marx sabía (tal cual lo habían aconsejado estudiosos como Carey) que el Estado interfería de manera decisiva en la producción (1976: 93, 94). Incluso, el Estado es un amortiguador de las contradicciones inmensas del capitalismo (op. cit.: 95). La estructura, época histórica, etc., no es el único cosmos determinante; la sobreestructura incide con igual fuerza: v. g., las Cortes de las innumerables monarquías de los siglos XVI/XVIII no se dedicaron a dilapidar recursos; fueron verdaderos centros para atesorar y por ende, para capitalizar dinero (loc. cit.: 107). El Estado Absolutista, en su calidad de núcleo centralizador, es una hiperestructura adecuada para “normalizar” las turbulencias de la intrincada fase de transición de los feudalismos al capitalismo (op. cit.: 124 –ver un parecer disímil en Mousnier, 1976; Romano y Tenenti, 1977; Tenenti, 2000).

Pero precisamente por lo antedicho, lo que el amigo de Wolff nos quiere comunicar no es sólo el causacionismo con el que se rigieron las comunas hasta el siglo XXI, sino que palpita tal “atmósfera” mecanicista que lo más inmaterial, etéreo, espiritual, abstracto (que, al parecer, tendría que impactar con otra dinámica), acaba siendo una causa terrible en la vida de los agentes.

Sin embargo, la economía, la tríada entre modo de producción/nexos intersubjetivos-potencias creadoras, en suma, la base, no son elementoscausa sin ser mediados por un sinnúmero de componentes. Con el objetivo de distinguirlos de los segmentos/base mencionados, llamaremos a esos múltiples elementos componentes-base “contextuales”. Empero, resulta que la sobreestructura es un integrantemarco puesto que la esfera aludida embraga la acción de los factores/”basis”(11) de la base.

El manierismo en el lenguaje procura explanar la significación de las tradiciones, costumbres, leyes, ordenamientos de cualquier índole, etc., en el funcionamiento de los colectivos. La reproducción sin desfallecimiento de las relaciones sociales para la gestión de tesoro, su estabilización y naturalización, acaban por legitimar el statu quo (bendición en la que los sectores dirigentes –que, por el nivel abstracto en que razona Marx, no son únicamente las clases- tienen interés en imponer “... sello de ley al estado de cosas ...” que se halle en curso –1983 c: 777). Esa legitimación toca el extremo de que se genera artificialmente y con cualquier “motivo” una deuda pública impagable, a los fines de que respire una categoría de burgueses prestamistas sin que haya una mínima reacción de los ciudadanos (1976: 84/85).

Por su parte, la indolencia y escasa capacitación intelectual para el ejercicio del espíritu crítico de las mayorías se retroalimentan (op. cit.: 65), en su rol de condicionamientos para el desarrollo de una asociación de individuos (loc. cit.: 65-66).

La III obra de El capital concluye, en lo que se refiere al tema, cuando sintetiza que

“... el conjunto de las relaciones de los agentes de la producción entre sí y con la naturaleza, sus condiciones de producción, constituyen ... la sociedad desde el punto de vista de su estructura económica ...” (1983 c: 801). Of course, los partidarios de una apuesta cristalizada darían crédito a lo dogmático; todavía más si recordamos algunas palabras del tomo 3 de los Grundrisse, cuando pincela que una fase histórica es un estadio de la producción económica (1976: 216).

No obstante, es creíble delinear otros sintagmas: las condiciones materiales de vida, las relaciones comunitarias de producción, la dialéctica con la biosfera, las potencias genéticas, el modo para suscitar valores de uso, la economía, la “infraestructura”, son la sociedad. Tales elementos son sociales. Pero si los elementos/base contextuales y por inferencia, la sobreestructura como un conglomerado de “nudos” contextuales mediaban lo económico para que incidiera en ellos, la economía opera de forma que los elementos colectivos se “convierten” en sociales porque los mediatiza la economía. En ese diagnóstico no hay nada para enorgullecerse; Marx pondera que es algo que se tiene que subvertir. No se acepta resignadamente tamaño poder de configuración de lo social por lo económico. Y ese poder es de tal magnitud que llega a “resumir” una compleja etapa histórica en su dinámica economicista.

Veamos enseguida lo que nos depara lo que para algunos es el volumen IV de El capital, subdividido en tres partes (se infiere que para otros, las Teorías… no son una continuación de El capital, sino que son un escrito distinto y que inicia otra serie). En el tomo 1, encontramos:

Que la fisiocracia, en su análisis del excedente y de las clases, revela el horizonte burgués que condiciona las percepciones (1974: 48). Por su concepción de cuáles son las clases imprescindibles y cuáles las que parasitan la sociedad, por su teoría implícita acerca del plusvalor, etc., los fisiócratas corresponden “... a la sociedad (capitalista) en la época en que ésta se abre paso fuera del orden feudal” (op. cit.: 43).

La superestructura se revela, en primera instancia, como un límite semiótico y subjetivo que condiciona cómo se forman los cuerpos de los individuos y lo que es viable conceptuar, percibir, describir, asimilar, entender, entre otros aspectos. Pero en virtud de que el lucreciano en escena caracteriza luego al bloque histórico de base-superestructura en tanto “orden” (reitera el lexema en 1975 b: 399), lo anterior es aplicable al bloque en su conjunto: “basis” y sobreestructura son entonces, fronteras que constriñen la capacidad de la praxis para auto/subvertirse, y las aptitudes de la inteligencia comunitaria para auto estudiarse (en especial, a los fines de explicitar los mecanismos de perpetuación de las desigualdades) y para incluir lo que le está vedado imaginar, comprender, etc.

Por derivación, la economía, el proceso de producción, la trilogía “clásica”, la base en su totalidad y complejidad, son trabas al despliegue incondicionado y libre de las destrezas colectivas. Broches que no son económicos de forma excluyente; por lo demás, el desarrollo involucrado no se reduce al expandirse de las fuerzas creadoras de tesoro (en cualquier circunstancia, éste es apenas un índice de lo anterior).

En las páginas siguientes(12), agrega: la bisoña sociedad burguesa interpreta, a través de los fisiócratas, a la comuna feudal de la que se desprende con ahínco, en términos capitalistas (1974: 44). En consecuencia, una región de la superestructura se revela en clave peirceana como un Interpretante de interpretantes. Sin embargo, por silogismo es justificado asumir que la sobreestructura en su globalidad intrincada es un Interpretante de cualquier interpretante posible, i. e., un Meta Interpretante (en tales breves “destellos”, se “aplica” una de las “vertientes” de la Semiótica en la deconstrucción emprendida... y por ende, lo semiológico).

Otro fragmento esencial es una puntualización que en un primer acercamiento aflora nimio: aunque el valor de uso es central (1982: 50) en la desestabilización de la Economía Política y en la deconstrucción de las comunas que estuvieron dialectizadas con una retroinfluencia “lineal”/no lineal entre estructura e hiperestructura, la estrechez del lexema se aprecia no únicamente en que existen “súper-valores” y “bienes” (ir a López, 2010 a), sino en que algunas condiciones de producción se integran de forma directa en los gastos/valor sin ser objetos útiles. Determinadas materias brutas, materias primas y materiales auxiliares “... jamás (pasan al estatuto de) valor de uso, sino que ... (entran) en el producto como parte componente ...” (1974: 121/122).

Pero si estamos atentos al hecho de que f. i., el capital es una fracción de la riqueza que existe, y si recordamos que algunos objetos que, por un golpe de la moda, se convierten de pronto en valor de cambio, entonces comprobamos que, del lado de la economía, no todo funciona en calidad de mercancía y que por lo tanto, es un ente que no abarca la variedad de cosas que insisten en aquélla.

Como sabemos que el valor de cambio empobrece y limita el valor de uso (1975 a: 69), cabe entender que éste se vincula con un universo más extenso que el de la mercancía (el marginado de las academias, afirma que el reino del valor de uso está más allá de la economía –1976: 203). Sin embargo, si conectamos el objeto útil con el cosmos más abarcador que es la producción, por analogía es creíble opinar que de su lado, observamos que no todo opera como valor de uso y que, en consecuencia, es una forma de existencia que no subsume la multiplicidad de maneras en que se “arropan” los objetos. Por consiguiente, las condiciones de producción e. g., son un factor de la base que se ubica allende la economía, la mercancía, la génesis de tesoro en sí y el valor de uso.

Otro segmento importante es el que comienza a girar en torno a los obreros improductivos. En virtud de que ha sido un tema analizado en filigrana en varios ítems de la añeja Tesis, destacaremos lo asociado con la tópica en curso.

Muchas actividades que pueden abocetarse como labores improductivas y que, en el caso del régimen comandado por el capital, no lo valorizan, son tareas que por vía indirecta, mediada y n dimensional, influyen por ejemplo, en la cualificación de las clases dominadas (1974: 148, 178, 342), en particular, en los obreros agrícolas e industriales (sobre todo, en estos últimos –loc. cit.: 141). A lo dicho, podemos sumar lo realizado por los sectores independientes(13), f. e. los artesanos que, con sus producciones, alimentan las potencias subjetivas de las clases que juegan el rol de fuerza de trabajo productiva. En suma, obreros improductivos (maestros, abogados, médicos, etc.) y “capas medias”, con los servicios(14) y mercancías que generan, influyen en la disposición para las tareas de la fuerza de trabajo y, por ese “puente”, en la producción misma.

Un vuelco inquietante nos es legado por la hipótesis respecto a que la división del trabajo, condiciona que haya quienes se ocupen de tareas productivas y quienes se aboquen a labores improductivas (op. cit.: 251). Si relacionamos la propuesta con la idea que alude a que en las asociaciones que “caminaron” en la Historia, el despliegue de las potencias genéticas, las capacidades del trabajo, la inteligencia comunitaria, los “agenciamientos” para denunciar las causas de las opresiones y para abrir las alternativas emancipatorias, entre otros aspectos, detentaron valencias escasas y pobres, las desigualdades “programadas” por la división de las tareas fueron casi inevitables, quizá arriesgaríamos que “basis” y sobreestructura son el fruto de un desproporcionado reparto del trabajo.

Le otorga visos de realidad que la tarea productiva y los laborantes correspondientes, se adscriban a la “subestructura”, mientras el trabajo y los atareados improductivos remiten a la superestructura en la escala en que inducen objetos que tienen una dimensión axiológica (v. g., el número de criados es sinónimo de poder, status, vanidad, importancia social, riqueza –ibíd.–, en síntesis, de distinción).

Hay una cita posterior que subraya lo precedente desde otro ángulo: la cuestión de quiénes son obreros improductivos y quiénes fuerza de labor, de qué producen y qué consumen, se conecta con el problema general de las solidaridades entre la producción material y la espiritual (loc. cit.: 240). Los atareados improductivos y los productivos, pueden gestar tanto riqueza concreta cuanto tesoro inmaterial. Au fond, el tema es cómo el devenir espiritual de la creación de valores de uso (independientemente de si proviene de unos obreros u otros) incide en el despliegue de bienes internos que, a su vez (como lo hemos remarcado) influye en la producción material (ibíd.). El gobierno, los carceleros, el gendarme, los jueces, etc. contribuyen de manera indirecta a la génesis material de objetos (op. cit.: 247).

Y a pesar que amortigua la diagnosis del economista vulgar Pellegrino Rossi (un Habermas de la Economía Política del siglo XIX), ello sucede porque en las comunas que predominaron hasta hoy, en las que los agentes no controlan sus condiciones universales de vida, el movimiento por el que emerge la riqueza no puede tener continuidad sin la injerencia del magistrado, la burocracia, etc. (loc. cit.: 248). Detectamos un condicionamiento distorsionado y recíproco de los dos caosmos de la producción (loc. cit.: 241).

Observamos aquí que la hiperestructura es concebida en calidad de génesis inmaterial o espiritual de tesoro. Pero la estructura no es simplemente aprehendida como esfera de producción concreta, dado que en ese nivel de razonamiento Marx coloca en escena una idea restringida de “base”.

Si se quiere, es factible delinear la “subestructura” so far que movimiento de producción pero en un sentido vasto que se separa de su empleo intuitivo. Este campo semántico alude al concepto de los hombres como creadores de sí y de la colectividad a manera de un flujo que se autoconstituye (cf. infra). Gouldner nos ahorra la demostración, a pesar que se apropia de eso para achacarle a su rival un “prometeismo” metafísico y un imperialismo humanista (!!!) (1983: nota 26 en p. 288, 288, 290/291, 294).

En síntesis y tal cual lo explanamos supra, la economía, la tríada modo genético-potencias creadoras/relaciones sociales, el trabajo en sí, la base no repercuten en el resto de lo colectivo sin que lo comunitario lo haga factible.

Cuando retoma la incidencia de las múltiples actividades en todos los ámbitos (1974: 327), que comentamos en otros “topoi” de la investigación, apunta que las desiguales categorías de labor surgidas de la división social del trabajo desenvuelven diversas capacidades del espíritu humano. Mutatis mutandi, podríamos homologar “infraestructura” y superestructura con espacios en los que se despliegan tales habilidades; sin exagerar, sería argüible que ambos registros son aptitudes del espíritu humano extendidas, desenrolladas con dinámicas peculiares. En último término, base y súper/estructura son teorizadas por el admirador de Engels no desde una perspectiva economicista, materialista filosófica, etc., sino contando rasgos semiósicos e imaginativos fundamentales.

En un registro desigual de asunciones o atesis, para matizar la teoría del Estado como el “consorcio”(15) de las clases dominantes y de los grupos dirigentes*, y a los fines de complejizar la intelección del causacionismo de los vínculos entre “basis” y sobreestructura, el padre de Eleanor reniega contra que los estratos sociales contemporáneos sean tan “convenientes” que los capitalistas pueden hacer trabajar para sí a los obreros, se apropian de plusvalía y con su transustanciación metempsicótica en dinero, compran las tareas de las mujeres, hermanas e hijas de los trabajadores, y emplean a otros como caballerizos o en calidad de soldados y policías (1974: 170). En suma, el orden burgués es tan “lógico”, astuto, “coherente”, implacable, etc. que la mayoría de sus instancias o niveles son funcionales a la dialéctica capital/trabajo (op. cit.: 170, 254): liquidan centenares de pájaros con un único proyectil.

Ahora bien, resulta que la interacción en escena es un tipo de lucha de clases, de donde, por inducción, es justificado imaginar que la tensión entre ellas es un “emplasto” que amalgama base y superestructura: la lucha de clases, la disputa (que puede ser latente o explícita, pasiva o cruenta, acorde a un marco legal y electoral o no, etc.) por mayor tiempo para la autorrealización continua, por un porcentaje del excedente, por el control de los medios fundamentales de producción y por la dirección de los disímiles “planos” de gestión de lo comunitario (entre el que se cuenta el Estado, pero no sólo él), conduce a que ambas esferas interfieran una con otra. Preguntar aquí cuáles son los “eslabones” que llevan los efectos de un ámbito al otro, es no haber comprendido el rol de la lucha de clases(16).

A continuación, profiere:

“El hombre mismo es la (‘basis’) de su producción material, como de cualquier producción que emprenda ... (Puede) demostrarse con rigor que todas las relaciones y funciones humanas, sea cual fuere la forma en que aparecen, afectan la producción material y tienen una influencia más o menos ... decisiva sobre ella” (loc. cit.: 244; destacado por Marx).

Si no es una “esguince” hermenéutica hablar de “archi” base, los individuos (tan frágiles, inconstantes, temerosos, capaces de bellezas y horrores) son la “infraestructura” no sólo de cada uno de los elementos de ella (sean componentes/base o no), sino de la esfera en su conjunto (1975 b: 220). Y no únicamente de la producción material (“económica” dirían los ortodoxos), sino de cualquier tipo de producción actual o futura, presente o inimaginable. No ocupan ese lugar privilegiado ni el trabajo como praxis ni el arte, en tanto paradigma de una actividad apta para crear mundos posibles. Of course, desbancados los lexemas “economía”, “económico” y “trabajo” emergerán trifulcas en redor de una antropología ingenua (Foucault), una metafísica del Logos (Derrida), un pensamiento humanista pre/nietzscheano (Deleuze): siempre habrá algo para objetar/reprimir porque Marx incomoda.

Si Habermas tuvo el acierto, según lo transcripto en varios pasajes, de caracterizar a los nexos entablados para suscitar riqueza so far corpus de instituciones y mecanismos colectivos diversos (1982: 93), el expulsado de las academias agregará “funciones” y (puesto que los vínculos suponen prácticas) “actividades”. Incluso, aunque el lexema “campo de producción” conserva una multiplicidad sémica que no es factible explicitar, podríamos sumarlo como quinto miembro.

Volvemos a la necesidad de interrogarnos por qué el canibalizado en forma ritual por sus críticos y bajo el aspecto de una mecánica que consiste en eliminar en lo simbólico al otro, “encajona” la complejidad de los contactos para inducir valores de uso a enlaces de propiedad y economía. Contamos con datos semánticos suficientes para arriesgarnos a creer que las relaciones mencionadas, que son un tipo de las desgranadas, adquieren poder sobre las otras (en particular, a costa de las exquisitamente delicadas) en virtud del causacionismo brutal que ocasiona:

a- el empobrecimiento de los individuos como bases “arqueológicas” de los cambios históricos y su consecuente relegamiento;

b- el endurecimiento de la polifonía de las relaciones intersubjetivas. F. i., en el dinero (que es un poder trascendental –Marx 1976: 113) apreciamos cómo los nexos colectivos devienen relaciones sociales fijas (op. cit.: 195);

c- la unidimensionalización de la acción. Para el progenitor de “Jennychen”, que sigue de cerca a Destutt de Tracy, la primera riqueza son las amplias capacidades de los individuos (1975 b: 150), dentro de las cuales insiste la labor pero como una de las manifestaciones de los poderes que recorren la praxis (ibíd.);

d- el entrejuntamiento de las tareas y pérdida de sus valencias artísticas. Una de las (sin)razones es que la génesis de valores de goce, bienes y servicios se tiene que efectuar acorde a una economía mezquina del tiempo;

e- centralidad del trabajo, de la economía, de lo económico, de la trilogía “clásica” y, en suma, de la “basis” por los motivos a/d.

Al costado de lo anterior, sostiene que “... las formas de vida ... son nada más que las formas de la materia ...” socializada (1974: 250). Los que se acercan a determinados nombres posmetafísicos con la “prudencia” del chacal, verían en lo anunciado un organicismo propio de apuestas al estilo de Spencer, Comte, Spengler, entre otros, sin anoticiarse de sus relieves inéditos: que las materias que anidan en el seno de lo humano son concreciones significadas social/mente. E. g., los metales preciosos son objetos económicos que detentan un hojaldre que alude a su significación humana (Marx 1976: 203). El capital es una fuerza social, una civilización (op. cit.: 230, 241), dado que no oprime únicamente por medio de las labores y lo concreto, sino por un mundo de significaciones que alienan lo “espiritual”. Por ende, los colectivos de varones y mujeres son distintas clases de materialidad simbolizada e integrada a sus formas de vida.

Base y superestructura son órdenes de materialidad de gradientes disímiles; unos engloban materias ásperas, toscas, hirientes, que se oponen a la flexibilidad de la praxis; otros terraplenes subsumen materias sutiles, “aéreas”, abstractas que, empero, también horadan lo subjetivo de manera tan dura como las otras materialidades repercuten en las acciones. Si habría que apoyar los lexemas “Materialismo Histórico”, a pesar de las reservas del mismo Engels, sería porque las sociedades fueron estilos para modelar las materias y hacer de ellas formas de existencia, de engarce entre su concreción y las estrategias para significarlas-darles vida.

* Tal cual lo enarbolan los anarquistas, el Estado no puede reducirse a ser un mero conglomerado de aparatos que es aprovechado por las clases apropiadoras (cuando existen) y/o por el resto de los grupos acomodados, sino que debe ser evaluado un monstruo social y político que tiene que ser combatido por sí mismo (García Moriyón, 1985).

Acordamos con la intelección, en el parergon en que anarquizar a Marx sirve para desmarcarlo de las construcciones autoritarias, lineales, causalistas, deterministas, mecanicistas, economicistas, tecnologicistas, etc., de sus teorías, y en la escala en que una lectura marxista del anarquismo, permite un encuentro entre dos corrientes hermanas que por las taras de algunos de sus representantes (Engels, Marx, Proudhon, Bakunin) no debieran continuar estérilmente enfrentadas.

Observemos lo que se redacta en el volumen 2:

Especulando sobre los precios de los productos agrícolas, el radicado en Londres denuncia que tienen el carácter de precios de monopolio (1975 a: 50/51) porque representan más que la tasa media de lucro(17) (op. cit.: 50). Una de las razones de esa distorsión es la renta de la tierra(18) (loc. cit.: 51). Pero este fenómeno llamativo no es normal o general; si lo fuera, las prescripciones de la (supuesta) ciencia económica burguesa estarían en contradicción con la estructura promedio de la génesis capitalista de tesoro: aquélla no es más que la expresión teórica de ésta (op. cit.: 51, 141).

Lo que nos interesa de los sintagmas transcriptos, no es la aparente objeción que se eleva contra nuestra interpretación vinculada a que no hay saber científico posible acerca del universo de la economía, sino que las ciencias acompañan los derroteros de la “subestructura”. Por supuesto, esa dependencia no es absoluta mas es significativa y notoria. Implícitamente, alude a una crítica de dicha sujeción. El conocimiento que puede diagnosticar tal subordinación de las intelecciones a los ritmos de la base, es decir, a las pausas impuestas por ámbitos ajenos a los mecanismos de elaboración de los saberes involucrados, no puede ser una ciencia, sino que este conocimiento ácido es lo deconstructor. De ahí que sea legítimo inferir que la teoría materialista deba estar alejada, “curvada”, declinada, espiralada, en clinamen, etc. respecto a los imperativos suscitados en la base y a las formaciones semióticas (como las ciencias o la “ciencia” de la Economía Política), que se “resignan” a pertenecer a la superestructura, reproduciendo sus esquemas de lectura y praxis.

De lo anterior, imaginamos que la sobreestructura es aquello que no hace lugar al desvío del pensamiento. Por eso es que estamos convencidos de que una sociedad emancipatoria, no tendría que inducir formaciones simbólicas en calidad de súper–estructuras que impidiesen el libre clinamen del pensar fuera de cualquier sis/tema.

Polemizando con Ricardo sobre su prejuicio de que en la agricultura se dan inexorablemente rendimientos a la baja (op. cit.: 80), sin atinar a conceptuar que en modos de producción como el capitalista (en los que, de manera semejante a otros modos gestores de objetos útiles, hay una productividad no satisfactoria) la agricultura presenta una lentitud mayor en su desarrollo(19), sostiene que esa superestructura o añadido en la teoría del economista inglés no es ineludible para dar cuenta de la renta. Sin embargo, lo que deja en estado latente es que las limitaciones dentro de las cuales se extiende la esfera de actividad en juego, actúan con el protocolo de una hiperestructura(20). Por ende, la “basis” detenta procesos sobreestructurales que la significan y encorsetan.

Hasta ahora, las fuerzas genéticas, la riqueza, las condiciones generales de producción, etc. se desarrollaron pero a expensas de las aptitudes creativas de los que, en los desiguales regímenes sociales, jugaron el rol de obreros gestores de tesoro (loc. cit.: 200; 1975 b: 43, 81). De lo cual podría deducirse que fueron estrechados, mediante una difusa violencia simbólica, a operar como “base” de dicho despliegue (1975 b: 81, 212), sacrificándose a sí mismos. Por ende, tal como lo comprobamos con el caso de los trabajadores productivos, lo que funciona en calidad de “basis” es resultado de un proceso de “basificación” que es dependiente a su vez, de una gran etapa histórica en la que los valores de uso, bienes y servicios tienen que suscitarse a través de formas poco libertarias de vida, sea por las limitaciones en las que transcurren (comunalismos de “manadas”, “hordas” y bandas, y colectivismos de bandas y tribus), por las desigualdades(21) que se instauran (conjunciones preclasistas de propiedad mixturada –germanismo, etc.) o a raíz de las tensiones enlazadas a las clases.

Encontramos la oración que axiomatiza que cuando “... las condiciones heredadas de la historia chocaban con las exigencias de la producción capitalista ... se las barrió ...” (1975 a: 204). Lo que subrayamos es la imagen de base/superestructura como condiciones impuestas por generaciones sidas. En otras palabras, la “infraestructura” es el cúmulo de determinaciones que cercan las acciones, y la sobreestructura es la globalidad de condicionantes que atiborran de limitaciones la cabeza de los individuos (1975 b: 96). Sin embargo, no es únicamente que resulten maniatados lo objetivo y lo subjetivo, sino que los dos son en sí boundaries que inducen otros. Praxis y habilidades de re/construcción simbólica son cercenadas por base y súper/estructura, es decir, por cualquier tipo de fronteras(22).

Cuando especula acerca de las crisis y de sus causas, sostiene que el aumento cuantitativo de capital es fruto de una estructura capitalista más ancha (1975 a: 446–447); “hay interacción recíproca” (op. cit.: 447). En consecuencia, tenemos un “modelo” interaccionista para las mutuas incidencias(23) en el seno de la “basis” y por deducción, entre las esferas en juego. Gouldner denomina a ese enfoque “sistémico” (1983: 323) y lo compartimos.

Para concluir el capítulo, los sememas involucrados y sus metáforas embragan según nuestro planteo, la eidola del “edificio” desbalanceándola hacia el cuasimecanicismo que habita en las asociaciones en las que la economía cincela lo social, pero a través de la “sobremediación” de lo social. De manera que, parafraseando a Durkheim, en Marx lo humano se explica por la incidencia de lo social a través del caosmos mecanicista de lo económico y por extensión, de la base.


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