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BAHÍAS, DEVENIRES Y HORIZONTES. LOS PERFILES DE MARX, Tomo II

Edgardo Adrián López




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Capítulo V

“… La distinción entre pasado, presente y futuro no es más que una ilusión, a pesar de su persistencia …”

Albert Einstein*

“… (No hay) otro saber que no sea el que proporciona la ciencia …”

Emilio Troise*

En el Capítulo IV, estudiamos los sememas del libro I de los Grundrisse amarrados a la retroinfluencia dogmatizada; nos quedan los volúmenes siguientes.

En el II, desenterramos:

Que el admirado por el contradictorio Engels establece, cuando reflexiona sobre cómo el valor monarca es el presupuesto del capital (1972 a: 4, 7/8, 380), las pistas para concebir que la “subestructura” es una condición y punto de partida de la hiperestructura. Pero si un valor tirano B es a su vez supuesto de un capital A, la enseñanza es que la sobreestructura condiciona a la “basis”. However y tal como lo hemos dicho en el Capítulo IV, no en el sentido trivial de ser una causa-efecto sino en el de una interacción simultánea a la ejercida por la base.

Lo enunciado se constata cuando el padre de “Jennychen” afirma que la multiplicidad de monedas que circulaban por Estados Unidos en el siglo XVIII se eliminó a través de disposiciones legales que compelían a fijar determinados valores para el dinero (op. cit.: 325/326). O cuando las reglamentaciones de índole feudal prohibían que un tejedor poseyera un batán y un batanero un telar, i. e., cuando se separaban las actividades económicas (loc. cit.: 326).

Por añadidura, comprobamos el retroimpacto simultáneo entre “subestructura” y superestructura cuando el Estado interviene para que un fabricante revele al mundo de los negocios, el secreto industrial que lo vuelve competitivo (como ocurrió con la industria de la seda en la Derby de 1719 –ibíd.). También cuando refiere (no sin un etno y eurocentrismo fuera de época) que en las sociedades precapitalistas con trueque desarrollado (colectivos pre/burgueses que pueden existir incluso en pleno siglo XVII en Irlanda –Marx y Engels 1975: 230), las tradiciones son decisivas (Marx 1972 a: 346): como se intenta retener el pasado, las comunas con barter desean que el producto que funciona como moneda natural conserve un valor constante a lo largo del tiempo (loc. cit.: 347). Por lo demás, en la Edad Media europea el papado, con la exigencia a los reinos de un tributo, estimuló la circulación monetaria (op. cit.: 404).

Incluso, puede axiomatizarse que la causación surge de que base y sobreestructura son “ambientes” con la consistencia de la “niebla”. F. i., hacia fines del siglo XVIII la producción de tejido requería de una mayor velocidad en el procesamiento del algodón, rapidez que no era factible alcanzar con los métodos tradicionales (op. cit.: 8). Esta restricción y esa necesidad causaron que se inventara la máquina de hilar (ibíd.). Tal como lo anticipamos, la estructura “contextual” de la base lleva a que se conformen cadenas causales determinadas. Por ende, los “eslabones” entre “basis” e hiperestructura no son únicamente mediaciones para diseminar los impactos, sino que pueden operar a modo de condiciones “difusas” que induzcan causas.

En la misma isotopía de asuntos, el “político” rebelde dice que el orden feudal se derrumbó, como todos los regímenes anteriores, por el desarrollo de la riqueza y al injertar entre los elementos de disolución a la imprenta, considera que ésta es una clase de tesoro. Pero a raíz de que también incluye el extenderse de las fuerzas productivas en tanto miembros disolventes, la imprenta acaba por advenir en cuanto potencia creadora (loc. cit.: 31).

Por lo demás, la imprenta, el mercado cultural vinculado son factores de superestructura en la base. Si bajo ciertos giros, la imprenta puede a su vez ponderarse como uno de los segmentos de la hiperestructura y si de ella puede inferirse lo mismo que se afirma de la máquina para estampar libros, respecto a que influye en la “infraestructura”, es legítimo sospechar que la superestructura en pleno condiciona los avatares de un orden colectivo al extremo de diluirlo. Como para certificarlo con un detalle más, el “sociólogo” epicúreo opinará que, al tiempo que discute con Malthus su teoría del valor, los Emperadores romanos trastocaron por completo la República (loc. cit.: 76).

Luego del excursus anterior, necesario a los fines de agrupar por temas las cavilaciones del proscrito de Occidente, podemos retomar las afirmaciones sobre la injerencia de los valores que se autoponen. Así, el porcentaje en que se acumula el capital, el nivel de integración de las disímiles ramas de la industria, la velocidad de rotación, etc. sintonizan con el grado de dependencia de los valores autócratas (1972 a: 6/7) y entre otros factores, con el estado de las fuerzas productivas (op. cit.: 5). Esto es, con la estructura de la base. Y si los ritmos de las inversiones motivan parte de los cambios históricos, entonces acaso podríamos delinear que los tiempos de los procesos sociales dependen de la estructura de la “basis”. Lo que nos conduce a sentenciar lo mismo para la hiperestructura y para la dialéctica con su opuesto.

Continuando con las especulaciones alrededor de la rotación del capital, el emigrado de Europa aboceta que los elementos generales aludidos (las potencias gestoras, la división del trabajo, la cantidad de mano de obra) son una viviente organización (loc. cit.: 8). Como antes, si lo que se predica de los miembros de la base se pincela de ella en su globalidad concluimos que la estructura de la “basis” es una viviente organización (por añadidura, es histórica –op. cit.: 314– y no sólo económica). En consecuencia, no es sin más lo objetivo en tanto lo muerto, quieto, estable. Por su lado, la superestructura y la retroinfluencia asociada son procesos vitales(1).

Cuando Marx, como lo subrayamos al glosar el tomo 1 de los Borradores en el capítulo precedente, profiere que las necesidades son producidas e inducidas (ibíd.: 16), sugiere que la base no es únicamente causa de lo que acontece “fuera” de ella, sino que es causa de lo que ocurre en su seno. Por razonamiento, se puede sostener que la hiperestructura no es una “región” de lo humano que tenga sus causas, en particular, y sus interacciones, en general, sólo “fuera” de sus “linderos”. En definitiva, nunca se trató de una sencilla relación de impactos al estilo de los golpes en una pelota sino de nexos enmadejados en el plano mismo de lo causal (que supone un registro de menor complejidad).

En otro hojaldre de especulaciones, el avance en la explotación capitalista(2) (loc. cit.: 20, 22) de ciertos servicios claves en la reproducción del capital (como la construcción y conservación de vías de transporte, la explotación de recursos naturales estratégicos –ramas en las que se obtienen intereses(3) antes que beneficios o renta in stricto sensu, cf. ibíd.), y el consecuente retroceso del Estado en dichas actividades, indica el grado en que la comuna está constituida por el valor déspota (op. cit.: 21/22). Pero si el capital es miembro de la base, lo enunciado sobre él puede ampliarse a aquélla: la “basis” es lo que intermedia a la conjunción de agentes. La superestructura y la dialéctica con su correlato son por lo mismo, lo que constituye la colectividad. Lo que se tiene que apreciar, a través de una ardua investigación concreta, es el momento histórico en el que “predomina”(4) la base (e. g., el capital), la hiperestructura (por ejemplo, el Estado) o los dos niveles, alternativas que no están para nada supuestas en las ampliaciones que despejamos hasta ahora, generalidades talladas para combatir el mecanicismo con el que se usó la interacción objeto de la Tesis.

Luego sostiene que corpus institucionales como el Estado se mantienen con las deducciones que practica (impuestos, etc.) contra las ganancias (loc. cit.: 21, 331/332). In fact, tales organismos son costos de producción de la sociedad(5) (op. cit.: 21). Ahora bien, si el Estado integra en principio la sobreestructura, de ella puede expresarse que constituye los “insumos” generales de reproducción. Of course, igual se predica de la base. Confirmamos que “basis” e hiperestructura son estrategias empleadas para la continuidad de la sociedad en el tiempo.

Pero si el Estado es alimentado por descuentos al capital, se entiende que “regiones” de la sobreestructura son reproducidas a causa de que se destina riqueza para ello. De ahí su dependencia respecto a la “basis”: no genera el tesoro que debe consumir para autoconservarse. La idea encuentra mayor asidero cuando el distanciado de Hess, opina que las deducciones contra el capital, financian a los obreros improductivos (a los que define como consumidores que no reproducen la riqueza –loc. cit.: 330, 333) al estilo de sacerdotes, pensadores, etc. (op. cit.: 302). Incluso, apoyan las investigaciones científicas necesarias para que éstas reviertan luego en la génesis material de objetos de placer, según lo que se revela en los vaivenes de la industria del vidrio (loc. cit.: 328).

Agrega que hasta que escribe, la Historia consistió en el despliegue de una situación acotada sin poder ir más allá de determinado punto de partida (op. cit.: 21). Base y superestructura se revelarían en calidad de frenos que no permiten superar los nodos de inicio (ver Capítulo III).

Después observa que la ciencia es riqueza ideal y práctica (loc. cit.: 32, 227, 230): si lo científico, en tanto que fuerza creadora, es miembro de la “infraestructura” y si, en cuanto sistema/institución semiótica, integra la sobreestructura, razonamos que la base es tesoro práctico y la superestructura es riqueza ideal. Pero son formas distorsionadas, violentas y empobrecidas de tesoro. Sin embargo, por ello también es que hemos titulado la Tesis del modo en que se presenta: la confluencia enmarañada entre Sociología, ciencia de la Historia, Semiótica y Materialismo crítico nos sirve para entender que “basis” e hiperestructura son el resultado de grandes segmentaciones de lo colectivo y que son procesos semiósicos de desigual envergadura (cf. infra).

Mucho antes había afirmado que en las máquinas y, por inducción, en las ciencias el espíritu social o colectivo del trabajo adquiere existencia objetiva (op. cit.: nota de p. 18, 87, 221, 230). Por lo que base y superestructura son grandes modos de objetivar(6) el espíritu social de los hombres en comunidad.

Empero, es en las conjunciones previas al capitalismo hiperindustrializado(7) donde constatamos que la subestructura es, con penosa fuerza, el ámbito de lo toscamente material y la superbase es, con ahínco, el topoi de lo exquisitamente semiótico (religión, arte, pensamiento, etc. –loc. cit.: 91/92). I. e., en los colectivos preburgueses aflora una diferenciación tajante entre los registros, distancia que es aguda debido a la preeminencia de lo ásperamente concreto. Por el contrario, el capitalismo tecnificado al extremo (cosa que no ocurría en los años en que Marx acertaba acerca del futuro) es el comienzo de una sociedad en la que las diferencias entre “basis” y superestructura no sólo se tornan n dimensionales, sino que no responden sencillamente a las violencias generadas por un materialismo causalista. Hinc sea esperable que en la comuna racionalmente vinculada consigo, no haya una dialéctica entre los cosmos nombrados.

Sin embargo y como es costumbre en el visitante del British Museum, lo anterior se desacelera si poseemos en mente que recién con el orden burgués el Estado depende de forma notoria del valor déspota (op. cit.: 270). Por lo que se aprehende que en las sociedades precapitalistas con Estado, en las que las separaciones entre base y sobreestructura son acentuadas, la dependencia de una de las “regiones” esenciales de la hiperestructura no es tan aguda. La enseñanza es que, si bien se pueden asumir proposiciones generales acerca de la dialéctica largamente estudiada y de los elementos que son miembros de cada uno de los universos mencionados, las investigaciones puntuales determinarán el grado de interferencia entre los diversos componentes (ver supra).

Acto seguido, propaga que la reproducción del capital(8) es la continua expansión de su “basis” (loc. cit.: 32). Si ampliamos la oración, tenemos que la reproducción del orden es el desenvolvimiento de la base y por inducción, el de la hiperestructura.

En cierta medida, si las fuerzas moldeadoras son un grado en el despliegue de los hombres (ibíd.) y si aquéllas integran la “basis”, ésta expresa el desarrollo de los agentes. A su vez, la superestructura es un índice similar. En ese sentido, el capital señala que la circulación universal del saber y de la información, el rol cada vez más destacado de los mass/media, etc. (op. cit.: 33), son la base como posibilidad y en tanto realización de los individuos. En consecuencia, “basis” y sobreestructura son posibilidades virtuales y actuales para la cualificación real y potencial de los individuos.

Lo enunciado adquiere más significación cuando atendemos a lo que aboceta del valor tirano: captura el proceso histórico para colocarlo al servicio del desarrollo de la riqueza (loc. cit.: 92). Por analogía con inferencias previas, la base y superestructura son estrategias para atrapar la Historia con el objetivo de extender el tesoro. El problema fue que resultaron mediaciones que no lograron capturar eficientemente las alternativas, ni ponerlas como condiciones para el despliegue de la riqueza ni a ésta la impulsaron a elevarse en su fragilidad(9).

Al continuar con la descripción de la sociedad capitalista, declara que la competencia es sin duda el motor de la economía burguesa, pero que no es la verdad de las leyes que la norman (op. cit.: 45). Si comparamos su accionar, es más profundo el abigarrado conjunto de reglas que se conectan con las intrincadas relaciones entre plusvalía, cuota de plusvalía, rotación del capital, ganancia, masa de beneficio, tasa de lucro (loc. cit.: 281), composición orgánica y técnica, industria, renta del suelo e interés, entre otros términos (no obstante, en cierto sentido ni siquiera la ley del valor “… cuenta ‘directamente’ para la sociedad burguesa …” –Marx y Engels, 1975: 195).

Pero en primer lugar y adoptando como étalon que el conglomerado de reglas enlazado al sistema capitalista es algo que, por su amplitud sémica, va allende la economía y que eso amplio puede ser la “basis”, es viable decir que la competencia no es la verdad de la base aunque pueda ser el motor de lo económico (por el contrario, las normas que enfocan la cuota de plusvalía, el beneficio, la plusvalía y la tasa de lucro son fundamentales para la reproducción del capitalismo –ibíd.).

En segundo término, se nota una divergencia entre los lexemas “motor” y “verdad” siendo este último de más amplitud y de mayor poder para gestar causas. Mucho después quizá el campo semántico se acota: el capital es principio regulador (op. cit.: 167). Por ende, “verdad” involucra ser un “axioma” que estructura.

En tercera instancia, si la interferencia mutua de los capitales puede ser un poder que impulsa a que la economía sea un factor esencial en una asociación como la capitalista, no es una fuerza lo suficientemente portentosa como para ser el “secreto” o el principio regulador de la subestructura en su plenitud. Aparte de la economía, los segmentos que adecuan la estructura de la base a la forma en que se distribuye la riqueza, a la clase de tiempo libre, al despliegue de las capacidades del espíritu humano, etc. son la dialéctica tripartita entre modo de producción/relaciones intersubjetivas-potencias gestoras, el tipo de interacción con la biosfera, etc. F. e., el capital es apto para modelar la “basis” acorde a sus necesidades (loc. cit.: 88, 257) no sólo porque es un ente economicista de poder considerable, sino a raíz de que cuenta con la “ayuda” de dialécticas como las brevemente aludidas. Incluso y sin que eso se encuentre en contradicción con lo tantas veces desembragado, la economía ordena(10) los terraplenes de la base porque las interacciones en juego, le sirven de “amplificadores” de su poder de injerencia en lo colectivo.

En cuarto lugar, acaso sea oportuno interpretar el significante “verdad” en clave lacaniana: la “basis” tiene su “núcleo” que la causa, que la estructura. En simultáneo, porque esto que es su “nodo” la causa, la base es efecto.

En quinto término, si la “basis” es factor que incide en la superestructura es en razón de que no es su motor sino su verdad. La base es lo que vuelve inteligible a la sobreestructura, en paralelo al trauma con respecto al síntoma. Pero en virtud de que aquélla es en sí un sistema de “lectura”, también es la verdad de la “infraestructura”: tal como el síntoma, que es una “versión” del trauma que lo conserva en tanto que experiencia de satisfacción ocluida, la hiperestructura zurce(11) simbólicamente a la base como su correlato.

No obstante, si lo del párrafo es idóneo cabe asumir lo que Lacan sentencia acerca de un metalenguaje sobre la verdad. Cuando procuramos asir en débiles palabras lo que nos mortifica o constituye, el lenguaje “renguea”: no es posible hablar sin más de la verdad en tanto causa (1987 c: 846). No sería entonces factible tematizar simplemente base y superestructura, dado que cualquier teoría en redor de ellas estaría en posición de metalenguaje. Y la teoría crítica(12), al igual que el Psicoanálisis, son hábiles dentro de una paradoja que los aprisiona, para enfocar un objeto “a” que huye de los signos.

Páginas después, el “filósofo” engelsiano reflexiona en torno a las desiguales leyes demográficas(13) según los disímiles modos de gestar tesoro. Sostiene que dichas reglas actúan como pautas naturales(14), a pesar de ser leyes históricas y resultado de determinado estadio histórico, porque son condiciones que se le imponen a los individuos (1972 a: 113). Al contrario de lo que alucina Malthus (intelectual al que el amigo de Wolff acusa de haber plagiado sus especulaciones demográficas de Townsend y las ancladas en la renta del suelo, de Anderson -op. cit.: 414), tales pautas no son límites inmanentes, infranqueables sino barreras externas que se osifican por la dinámica que hilvana a la reproducción de la sociedad/totalidad (ibíd.: 114 –al igual que Bakunin, es el demógrafo quien habla de leyes naturales en el seno de lo humano, no Marx).

Entonces, ¿por qué normas que son sociales actúan como si fuesen reglas inexorables de la biosfera, imposibles de modificar por los agentes? Debido a que “basis” y sobreestructura contribuyen(15) a que los procesos se vuelvan independientes de la voluntad de varones y mujeres, adquieren el fiero aspecto de leyes y siendo contingentes(16), parecen ser “fatum”.

Estableciendo que los gastos de circulación(17), de transporte (loc. cit.: 135/136, 146) y de intercambio (op. cit.: 137, 146, 192 –entre los que se incluye el costo de los instrumentos de cambio) son incrementos en el trabajo necesario y que, en consecuencia, son fases de desvalorización del capital y de derroche de tiempo(18) (loc. cit.: 135/136, 147, 179, 182, 192), el socialista deconstructor piensa que la división de las labores está detrás de esa frontera del orden burgués (op. cit.: 136, 138, 146–147). En virtud de que los capitalistas tienen que “elegir” entre ser industriales, especuladores, banqueros, mercaderes, transportistas, etc., unos se dedican a insertarse en el proceso de producción y otros en el de circulación (sin embargo, cada vez más los burgueses tienden a invertir en operaciones bursátiles aunque los intereses sean modestos, porque no quieren los riesgos de la producción concreta, lo que según el parecer de Engels demuestra lo podrido que se encuentra el statu quo –Marx y Engels, 1975: 354).

Lo que aprendemos es que si, como lo hemos postulado en otros espacios del análisis, base y superestructura son escisiones que implican una distribución general de las tareas en el plano de las funciones, mecanismos, etc. que intervienen en la autogénesis de los individuos, y si cualquier reparto de labores supone una pérdida de tiempo, “basis” e hiperestructura son las esferas responsables de que las economías que insistieron hasta ahora no hayan sido genuinos ahorros de ese magro recurso.

En el comienzo de las sentencias acerca de la competencia entre los capitales, el “economista” lucreciano indica que la base burguesa es la “basis” para la dominación del valor autoritario(19) (Marx, 1972 a: 169, 237). Si consideramos que el capital(20) es medio de producción, fuerza genética, relación social, una forma de suscitar tesoro, un tipo de economía, un nexo con el entorno, un ritmo de la Historia, etc., por razonamiento deducimos que la base es la estructura para que adquieran “notoriedad” la economía, la trilogía “ortodoxa”, la dialéctica con la naturaleza, entre otros factores. La sobreestructura y el retroimpacto con el universo correspondiente, acaban por ser el esquema y el movimiento necesarios para que abulten su poder los elementos en escena.

Al enfocar la petit circulación (ir a nota 17), el admirador de Ricardo gubia que el obrero, que mercantiliza su fuerza creadora y su tiempo vivo, su capacidad de generar efectos (ibíd.: 196), es tiempo elaborado (loc. cit.: 195 -¿tiempo enamorado, también?). Mucho antes había imaginado que el capitalista, con su afán ilógico de enriquecerse acumulando quimeras, era tiempo perdido (op. cit.: 148). Cien páginas después, en una nota dice que un ser vivo consiste en resistir a cronos (loc. cit.: nota de p. 273), al paso del tiempo, sus insondables abismos. Pero si lo que habrá que asumir como fatum en tanto capitalista o trabajador(21) dependerá de las estructuras que nos estructuran y de las estructuras estructuradas, entonces las dos esferas analizadas son “máquinas” para elaborar lo temporal (sea como posibilidad o en tanto que tiempo que se desaprovecha) y a fin de resistir la temporalidad como entropía. No obstante, también refuerzan el suspirar temporal en cuanto destrucción. Hence que haya que “derrotar” a cronos. En efecto, los jóvenes comunistas y en el contexto de la polémica contra Bruno Bauer postulan: “... (la) masa ... considera necesarios trastocamientos materiales, incluso para conquistar el tiempo ...” (Marx y Engels, 1978 b: 107).

En otra línea de enunciados, el practicante de una dialéctica del clinamen, retoma la idea de que el intercambio entre capital y faena no es tal intercambio (1972 a: 196). La subestructura invierte una situación dada y en general, es creíble afirmar que, aunque parece ser el reino en que los hombres efectúan su historia, los individuos resultan sometidos a cosas poderosísimas. Por ello es que la economía, la tríada “clásica”, la dialéctica con la biosfera, etc. ejercen presión en mujeres y varones.

Sin embargo, por otra torsión inaudita, en esa subyugación se percibe que son los agentes mismos los que se autoboicotean; en consecuencia, a pesar de la economía, de las dialécticas sociales endurecidas, entre otros elementos, los hombres hacen su Historia. Y la superestructura, tal como opera con el capital (que enfatiza dogmáticamente que el régimen burgués es una sociedad afincada en la libertad, igualdad, en la alternativa de que un obrero pueda ser capitalista, etc.), retuerce la inversión previa y muestra que “no hay” porqué sublevarse. Esas subversiones y giros sucesivos, canalizan el materialismo tosco que impera y en la cabeza de los hombres se articulan nociones torpes acerca de las causas del causacionismo instaurado. Los economistas vulgares son el ejemplo patético que explicita el retorcido materialismo agudo de “infra” e hiperestructura, como materialismo idealista, metafísico en el pensamiento (op. cit.: 211).

Hence que si en algo habría que rescatar la metáfora denostada del “reflejo”, sería en virtud de que base y superestructura son un sistema de “espejos” que invierten las inversiones de las otras superficies pulidas.

Revelando una increíble habilidad para automodificarse, la teoría crítica aclara que, para todos los puntos de vista, el proceso de producción y la circulación son medios de producción para una entidad física/metafísica con los rasgos del capital (loc. cit.: 216).

Teniendo en cuenta que las comunas preburguesas no subordinan los movimientos citados a un incrementarse automático e irracional de objetos absurdos, se podría creer que, como lo predicado acerca de un miembro de la “basis” es extensible a ella, la base y por inferencia, la hiperestructura son medios de producción para la autoperpetuación de la colectividad. Mas, en virtud de que tales “puentes” son a su vez fuerzas, las esferas en liza son potencias creadoras.

Insistiendo en lo pergeñado respecto a un despliegue inaudito de las fuerzas genéticas, sostiene que la creciente tecnologización hace más ineludible que nunca que los capitales en competencia deban regular su producción por el cuanto de trabajo (op. cit.: 222). Pero en virtud de que adquieren importancia las ciencias, en simultáneo

“... desaparecen el trabajo inmediato y su cantidad como principio determinante de la producción –de la creación de valores de uso-; ... (la tarea inmediata) se ve (reducida) cuantitativamente a una proporción más exigua, y cualitativamente a un momento ... imprescindible, pero subalterno frente al trabajo científico general ...” (ibíd.; lo cincelado es ajeno). Tal como lo hemos explanado en López, 2010 a, páginas después enuncia que la riqueza consiste en

“... la enorme desproporción entre el tiempo de (labor) empleado y su producto, así como en la desproporción cualitativa entre el trabajo, (que queda) reducido a una pura abstracción, y el poderío del proceso de producción ... (El) hombre se comporta como mero supervisor y regulador con respecto a (aquél) ... (Lo) que aparece como pilar ... de la producción y de la riqueza no es ni (la tarea inmediata) ... ni el tiempo en que (los individuos se afanan), sino la apropiación (colectiva) de su propia fuerza productiva general, ... el desarrollo del individuo social” (loc. cit.: 228; lo destacado es nuestro). Casi sin dejarnos respirar, prosigue:

“El robo del tiempo de trabajo ajeno, sobre el cual se funda la riqueza actual, aparece como una base miserable comparado con este (otro) fundamento ... Tan pronto como (el atarearse) ... ha cesado de ser la fuente (del tesoro), el tiempo de trabajo deja, y tiene que dejar de ser, su medida y por tanto el valor de cambio deja de ser la medida del valor de uso. El plustrabajo de (las masas) ha dejado de ser condición para el (desenvolverse) de la riqueza social, así como el no (atarearse) de unos pocos ha dejado de serlo para el (expandirse) de los poderes (universales) del intelecto humano ... (La) creación de (tesoro se vuelve) [relativamente] independiente del tiempo de trabajo empleado ... (Pero) ... por otro lado (el capital) se propone medir con el tiempo de (tarea) esas gigantescas fuerzas productivas sociales ... y reducirlas a los (‘boundaries’) requeridos para (valorizar) ... valor” (op. cit.: 228/229; lo subrayado es de Marx).

Es factible explicitar varias constataciones rápidas. En primer lugar, tal como lo justificamos en López, 2010 a, se comprueba una automación todavía insólita en tanto que desarrollo futuro del capitalismo. En segundo término, se aprecia lo oportuno de distinguir la subsunción real del trabajo al capital (1), de la subordinación de transición (2) hacia ese estadio súper/tecnológico, que supone otra clase de inclusión de la tarea (3 –cf. Negri, 1998).

En tercera instancia, la norma valor sopesa la génesis de valores de uso (i), no sólo la de valores de cambio y es una regla que au fond, procura traducir el desarrollo de las fuerzas creadoras (ii), el nivel en que las labores son centrales en la vida de los agentes (iii) y el grado en que el tiempo libre no lo es (iv). La regla en juego impera porque desde hace entre 800.000 o más de un millón de años, los Homo del Paleolítico Inferior (las fechas serán ajustadas por los ritmos futuros), se vieron empujados a engastar la polifonía de sus líneas divergentes de tiempo, al aprovechamiento tedioso de la luz diurna. A su vez, las faenas se tornaron hegemónicas a raíz de la importancia que adquirió la ley del valor, saldada la pugna con otros criterios alternos de precomprensión “intuitiva” acerca de los empleos de los bienes, proceso que acaso duró desde la aparición de las primeras herramientas de piedra o poco después (hace 2, 5 millones) y los 800.000 mil o un millón de años aludidos.

En cuarto lugar, las labores no debieran que ser lo que gravita en la existencia de los individuos sino actividades espirituales y superiores (loc. cit.: 236, 313) como el arte, la ciencia, etc. (op. cit.: 229, 231). I. e., lo cualitativo e independiente del tiempo y de las labores inmediatas.

En quinto orden, el despliegue de las capacidades maniatadas del espíritu e inteligencia humanas sólo se logra más allá de la necesidad(22) (loc. cit..: 229, 232), de la economía, de la intromisión de la regla valor, de las faenas, del tiempo (no únicamente del tiempo de tarea), de los “cúmulos” serviles de sociedad que reclamaron su lugar en la Historia, etc.

Pero con tales argumentos, el “progreso” en las condiciones en las que se extienden las fuerzas colectivas, en sentido amplio, y los poderes moldeadores, en particular, implica que los hombres se desprenden de condicionamientos y determinismos (incluso más de lo que pudiera haber alucinado nunca la burguesía “revolucionaria” –ver Artola, 1980): f. e., los individuos se alejan de modo creciente del tiempo inmediato de labor como factor determinante para la génesis de riqueza y, por esa vía, para la disposición de tiempo libre. Es que el hombre(23) es un ser n dimensional activo, no un mero trabajador (1972 a: 231/233).

De lo que se infiere que “basis” y sobreestructura son, tal como lo delineamos, “marcos” por los que las condiciones en las que devienen las potencias comunitarias y las fuerzas inductoras de tesoro, como expresión de las primeras, se endurecen en patrones que vallan a los agentes, estimulando la diseminación de causas y amordazando a los hombres con una existencia de simples obreros.

Haciéndose eco de las palabras de Owen, las transcribe y cree que los capitalistas actúan cada vez más, a la manera de reyes que disponen a voluntad de la vida de sus empleados (loc. cit.: 238). De lo que argüimos que los poderes que se adquieren por el rol que se ocupa en el proceso de cincelado de tesoro, motiva que los empresarios se adornen con “investiduras” simbólicas que los realzan. Pero si dichas potencias y tales roles son integrantes de la base, entonces se entiende que en determinados registros, a la “basis” le corresponde ipso facto consecuencias superestructurales. Interrogarse sobre cuáles son los “eslabones” que llevan a que de la desigualdad entre capitalistas y obreros, surjan comportamientos ostentosos del desequilibrio, supondría preguntar por una obviedad.

Sin embargo, Robert deja sin responder una cuestión necesaria: si hemos vivido en medio de la falta de posibilidades, alejados de los placeres que harían agradable respirar, sin tener las alternativas para ejercitar nuestra imaginación a los fines de re-encantar un mundo desencantado; si como trabajadores tuvimos que ser la base, el “cimiento” desconocido para el desarrollo de los otros y para nuestra autonegación; si en tanto especie, no hemos alcanzado una riqueza superior a la que se produjo hasta el presente (op. cit.: 239), ¿por qué insistimos en vivir? La terrible eficacia de la hiperestructura se revela en que, frente a días grises que idénticos transcurren, ni la sublevación (sea práctica, intelectual o de ambos tipos), ni el suicidio se muestran sendas “justificadas”; aun así no tenemos que dejar de rebelarnos.

Efectuando un alto en sus pensamientos, el “filósofo” germano insinúa que en la etapa feudal la superestructura no contaba con disposiciones jurídicas sobre qué hacer con los indigentes, vagamundos, mendigos, etc. (loc. cit.: 264). Con el cercamiento de tierras, la expropiación a los campesinos independientes, etc. una significativa cantidad de pobladores se vieron en la necesidad de ser “nómadas” modernos (op. cit.: 264, 307) y con ello, empezaron a asomar las legislaciones. Por ende, para que se establezca una correspondencia entre la superbase o fracciones de ella y la estructura, transcurre un lapso concreto en las que ambas despliegan los aspectos que, en una formación típica de la sociedad en complejo nacimiento, interactuarán más tarde como esferas “acabadas”. Junto a los boundaries que se explicitan en la impotencia de la estadística (ir a Capítulo IV), afloran otros que se enlazan con los tiempos de génesis: si los “eslabones” no pueden encontrarse es porque quizá todavía no se constituyeron. En ese caso, la necia pregunta sobre dónde están los “puentes” que deben conducir las retroacciones de la base a la súper/estructura y viceversa, inquiere acerca de algo que históricamente no se conformó(24) y que exige sus ritmos.

Hablando del clinamen de la tasa de ganancia, advierte que una de las significaciones de su espiralada caída es que las fuerzas sociales en general y las potencias inductoras en particular, no resultan encorsetables en la pobre forma del valor (en especial, del capital fijo –loc. cit.: segunda nota de p. 284, 302). Y eso es tan así, que el capital sólo es capaz de apropiarse del enorme crecimiento de los poderes colectivos y de las fuerzas de producción a través de la circulación de valores (op. cit.: 302 -en particular, cuando dichos poderes y fuerzas se cristalizan en capital fijo). Con lo que no es eficiente en el uso de los inmensos avances que gesta la comunidad de varones y mujeres.

Mas, si el valor autócrata es parte de la “infraestructura” y si de ella es creíble predicar sintagmas análogos, entonces las fuerzas colectivas y las fuerzas de producción no son aptas para encofrarse en la base. Sin embargo, terminan aherrojadas (igual acontece con la sobreestructura). Por ende, imaginamos un inaudito proceso de “compresión” que “amolda” lo intrincado a dimensiones estrechas.

El “arquetipo” alterno a la metáfora del “edificio” es el de dos “cámaras” que “aumentan” la violencia de las interacciones entre los elementos “comprimidos” (éstos serían “gases”). En él, lo importante no es qué “recinto” está por debajo de cuál sino cómo encajonan lo etéreo, flexible, blando, gaseoso, etc. en formatos brutalmente simplificados.

Efectuando un racconto acerca de los nexos entre el volumen del dinero, los precios y la masa de mercancías, profiere que la circulación abstracta de moneda es la expresión más etérea de la producción (loc. cit.: 336). Si por analogía concebimos que la “basis” es en definitiva un proceso de producción (v. g., de las condiciones materiales en las que los agentes suspiran), la hiperestructura es la “expresión” abstracta, semiótica e institucional de ello (por su lado, la supraestructura es la génesis de las condiciones espirituales en las que los hombres vibran). Pero en síntesis, ambos caosmos son devenires de producción por los que mujeres y varones son tales y tales individuos.

Escribiendo sobre la moneda imaginaria de cuenta, acerca de qué habría que hacer para conseguir una medida ideal del valor, etc., Marx sostiene que algunos economistas delinean los requisitos elementales para abolir la base apropiada por el capital (op. cit.: 355, 412). Así, ocurre la “anomalía” de que teorías que, situadas en el reino de la superestructura, tendrían que “reproducir” los mandatos de la “basis”, no sólo divergen sino que anticipan el ocaso del orden al que debieran afirmar. En contados pensamientos pro statu quo, anida un Inconsciente político (Jameson 1989) que viabiliza atisbar la finitud de un modo de producción irracional, destructivo y catastrófico que se autoproclama eterno. Desde este punto de vista (y sólo efectuando una concesión enorme), es que se puede sostener que los diversos reproductores del Pensamiento Único (entre los que incluimos a los afamados postmodernos) anticipan con sus especulaciones, las libertades latentes(25).

En las citas dispersas que hablan de la antigua Roma(26), el “sociólogo” clásico reflexiona que ciertas ciudades poseían importancia política, sin detentar relevancia demográfica (1972 a: 401) o económica. Por ende, tal como lo puntuamos en otros topoi aspectos supraestructurales pueden ejercer influencias que los asemejan a factores “basificados”.

Volviendo a los pronósticos acerca de los vínculos entre lucro e interés, pincela que cada fracción de las clases dominantes capitalistas cuenta con su propia base (op. cit.: 425): los industriales, en el beneficio; los especuladores, banqueros, corredores de bolsa, etc., en el interés (loc. cit.: 423, 425); los landlords, en la renta del suelo. Pero igual se puede imaginar no sólo para los burgueses, sino para las clases amo en general. También es viable ampliar el aserto para las clases/fuerza de trabajo y para los grupos sociales en su conjunto. Obviamente, cada una de esas estructuras disímiles para las laberínticas constelaciones y sus múltiples sectores, son miembros de la “basis”, no la “infraestructura” en su globalidad (también pueden ser elementos superestructurales que actúen como base, en relación con los componentes de los aglomerados sociales...).

Apreciemos ahora la obra 3 de los Borradores:

El afán de lucro, la pugna por los metales preciosos tuvo efectos devastadores: generó batallas y deshumanizó a los agentes (1976: 152). Así, un acontecimiento de la “basis” tiene consecuencias en la base (las guerras) y en la sobreestructura (el incremento de la crueldad).

Tal como lo cristalizamos en las aburridas glosas del tomo 2, la circulación es la mediación de una operación social (op. cit.: 165). Por lo que hay aspectos de la circulación que no son económicos (loc. cit.: 202).

En lo que cabe a las relaciones de clases, el desconocido pincela que son caracteres sociales cualitativos que condicionan la lucha(27) entre capitalistas y obreros (op. cit.: 173). No son nexos económicos ni estrechables a lo economicista, tal cual entendieron las ortodoxias y sus críticos.

Hacia el final del volumen, encontramos que el proscrito de las academias habla de fuerzas sociales en general (loc. cit.: 234). Aunque la referencia es telegráfica y no es factible inferir de ella algo de la magnitud que tallaremos, sin el peligro de las asociaciones “libres”, con ayuda de los tipos de silogismos podemos argüir que el campo semántico del lexema en la mira es más amplio que el de “fuerzas de producción”.

Por el costado de la Semiótica, concluimos que si ello es verosímil cabe imaginar que el segundo término es sólo un tipo de fuerza; existen otras que palpitan en un colectivo humano. Sin embargo, de idéntica manera a que postulamos que la estructura basifica lo comunitario, sería aconsejable pensar que en paralelo, cristaliza la diversidad de potencias en fuerzas genéticas. A pesar que Marx valora las potencias creadoras espirituales, cabría advertir que no todos los poderes tienen que subordinarse a la hegemonía productivista de las fuerzas gestoras. De lo que a su vez, deducimos que base y superestructura son “bobinados” que reducen el policromatismo de lo social en general: las valencias semióticas y artísticas del trabajo, son aplanadas en “beneficio” de una labor atada a la necesidad de economizar tiempo; el ballet de las fuerzas es unidimensionalizado al registro de las potencias creadoras; entre otros ejemplos (reiterados supra).

Ahora bien, para concluir con este prolongado análisis (que iniciamos en el Capítulo III) sería aconsejable proponer algunas ideas/palanca acerca de por qué habría un desgarro de lo colectivo en dos esferas dialectizadas.

Para ello, enfoquemos el lúcido comentario de Godelier de la empresa del “socialista” Karl Polanyi. Cincela (tal como lo proferimos de manera independiente) que las estructuras humanas tienen desiguales grados de incidencia en la reproducción de la sociedad-sistema (1976 b: 19). De aquí es legítimo inferir que las distinciones analíticas de “basis” y “sobreestructura”, apuntan a que ambas esferas juegan “roles” disímiles en la estabilización/reproducción-disolución de las comunas/totalidad. Incluso es viable añadir que las múltiples estructuras o sub-niveles de menor amplitud de tales ambientes, son integrados en mecanismos globales por base y superestructura. Éstas serían “estrategias” o formas que se “inventaron” para acoplar las variadas estructuras sociales. El inconveniente es que dichas esferas llevan a cabo una integración que supone sacrificar la complejidad de los universos humanos, al insertarlos en cadenas causales. Por ende, tales conceptos no se forjaron a raíz de una disposición mecanicista en la teoría.

En otro registro de especulaciones, el volumen I de los Grundrisse sentencia que, cuanto más pluridimensional se hace el tesoro en el régimen burgués y cuanto más su creación se aleja de la producción directa, más la riqueza se intermedia a sí misma con múltiples niveles hojaldrados (1971 d: 274). Por desiguales motivos, algo análogo ocurrió en asociaciones precapitalistas.

Acaso sea razonable puntuar que las escisiones de lo humano (“infra” e hiperestructura), fueron una estrategia para deslindar planos de articulación y que esos estratos fueron tesoro extracualitativo. El problema es que la riqueza se manifiesta como tal en dicha partición, de una manera distorsionada.

Concibiendo lo escrito por Marx según los ribetes anteriores, logramos una hipótesis genealógica: es probable que la escansión haya acaecido cuando la creación de tesoro fuese suficiente, como para que la sociedad laborante se “enriqueciera” y se intermediara a sí misma con dos instancias contrapuestas.

Transitando por otros linderos, es legítimo creer que la aparición de nociones que dominan a los hombres torna factible arriesgar el nacimiento de base y superestructura por el costado de la hegemonía de lo abstracto. Así, la preponderancia de lo semiósico con el carácter de “anteojeras” se debe a un proceso general por el que las condiciones materiales de vida, al no ser controladas, se duplican en abstracciones/poder.

Segundo, halla su causa en que los sistemas de significación, de ser dependientes de los individuos, se alejan de su capacidad de recusación.

Tercero, porque tal cual lo afirmará Trotski las ideas y, por extensión, los sistemas semiológicos son también acontecimientos en la Historia (1972: 178). Dichos sucesos se encadenan con la otra serie de devenires que son influidos por los ritmos de la “basis”.

Cuarto, en razón de que los procesos no afloran de manera “cruda” sino significados en la conciencia histórica o colectiva que tiene una comuna dada (op. cit.: 248).

Quinto y tal como lo anticipamos, en virtud de que actúan mecanismos por los que las estructuras estructuradas u objetivas, tienen que ser convertidas en estructuras que estructuran, esto es, deben internalizarse y naturalizarse a los fines de operar como esquemas sensorio-motores o de “estímulo/respuesta” (Deleuze, 1984 b: 221, 224–225). Por último, a raíz de que existen obreros improductivos, sectores independientes y/o miembros de las clases dominantes encargados de semiotizar el mundo. Esos agentes respiran por el movimiento de autonomía ya descrito.

Si bien lo enumerado se aplica a la interacción base–hiperestructura, es oportuno estipular otros argumentos.

Sin detenerse mucho en las palabras, Stepanova cita una frase de Engels de la que inferimos que para él, uno de los eslabones fundamentales en los enlaces entre ambas esferas son los grupos dirigentes, en especial, las clases apropiadoras de riqueza. Éstas, tal cual lo predijo Marx en el tomo que comentamos, se ocupan de expandir sus versiones acerca de los planos que componen la sociedad, de los dilemas que se tienen que resolver, de las luchas entabladas, de los regímenes, sistemas y formas de gobierno “adecuadas”, etc. Por lo demás, los procesos semióticos influyen en las confrontaciones acaecidas porque les otorgan una “envoltura” ideal (1957: 260/261).

Ahora bien, una superestructura es necesaria a una “basis” a causa de que los grupos dirigidos no son domesticados sólo por los corsés de la producción material, sino porque son coaccionados, de una manera directa o “curvada”, por el Estado, el orden legal, las fuerzas represivas, etc. (op. cit.: 206).

Por último, las potencias humanas se invisten de significaciones que las tornan axiomas cuasi–divinos (Marx 1971 e: 444). De lo que inferimos, tal cual se pinceló de forma reiterada, que:

a) la supraestructura se gesta a raíz de que los individuos son impotentes para evitar que sus condiciones de vida se anquilosen en sistemas semiósicos;

b) de lo que argüimos que la base también aflora porque los agentes no consensúan acerca de los objetivos orientadores para la génesis de tesoro;

c) en la “basis” acaecen procesos sobreestructurales, en virtud de que la debilidad de los poderes humanos frente al automatismo de las condiciones de existencia, le impide eludir la “duplicación” de la crudeza de los fenómenos de la base en estructuras significantes.


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