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BAHÍAS, DEVENIRES Y HORIZONTES. LOS PERFILES DE MARX, Tomo II

Edgardo Adrián López




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NOTAS

(1) Ese procedimiento es laborioso, pero lo exige el canon científico pues es necesario deslindar un Engels cercano al compañero de Wolff que reconstruimos, de los otros que podrían avalar las tomas de partido leninistas. [expresiones remisibles al universo rutinario de la ciencia]

Aunque no compartimos las rigideces metodológicas de Bobes Naves, aceptamos las pausas que estipula para avanzar con una investigación: g. recolección de la información; h. conversión de lo dado en datos y organización de los mismos; i. formulación de hipótesis; j. demostración y contraste (1973: 50/51). “Etapas” a las que sumamos: a. justificación de las posturas epistemológicas y metodológicas; b. delimitación del objeto, tema y problema, junto a los items que interesan al investigador (op. cit.: 52); c. niveles que serán escrutados (ibíd.); d. alegato a favor de las variables consideradas (loc. cit.: 52–53); e. líneas previas de indagación y antecedentes; f. alcances y límites de la empresa.

(2) Tal como lo enunciamos en otros espacios del estudio en curso, una de las barreras para un acercamiento al suegro de Longuet es que el desarrollo del Materialismo Histórico que propusieron sus fundadores, no constituye una simple totalidad [sentencias de tono deconstructivo]. Tampoco significa que existan “disparidades” que lleven la dispersión tan lejos que torne inviable englobar conceptualmente, bajo una firma reconocible, los meandros de un despliegue teórico intrincado. Pero y tal cual lo afirmamos en nota 8 de p. 50, no se puede desconocer que existeun materialismo crítico asociado a Marx, otro a Engels y otro que es pasible de ser reconstruido a partir del cotejo de las obras en co autoría.

Los temas, objetos y problemas que son destilados en una vertiente, o no son los mismos que se abordan en las otras o resultan enfocados de manera desigual, con finalidades dispares, etc. Por ejemplo, constatamos un Marx previo a su familiarización con Engels y con Moses Hess (Marx et al., 1973). Asimismo, hallamos un Engels anterior a su encuentro físico con Marx que concibe dos magnos proyectos: la deconstrucción de la Economía Política y el análisis de las causas de la situación de los obreros en Gran Bretaña. Existe otro que, por su afán de difundir las bases críticas de una praxis política orientada a la lucha por la revolución y por el socialismo, simplifica en extremo no sólo sus propias concepciones sino las de su amigo. Por fin, hay un Engels que se ubica en corpus que contienen ideas luminosas (a pesar de las inexactitudes antropológicas en las que incurre) del formato de El origen de la familia, de la propiedad privada y el Estado (1993).

Pero ese diagnóstico no implica solidarizarnos con uno de los tantos teóricos de la “nueva” clase “obrera” en el capitalismo tardío, Alvin Gouldner, el cual también critica, de una manera esquiva, sofisticada y aparentando ser “fiel” a un tipo de marxismo libertario, las apuestas de Marx y su compañero de militancia (1983).

En líneas amplias, las estrategias retóricas de enunciación consisten en que se muestra que no hay una diferencia entre Marx y Engels en el sentido en que uno es menos inteligente que otro; con ello asoma, al igual que Habermas o los que se adscriben a la Escuela de Frankfurt, en calidad de marxista. Su libro termina por donde acaso debiera haber comenzado: explicitando su propia perspectiva vulgar, sencilla, mecanicista, economicista, ortodoxa, de un supuesto “paradigma primario” en Marx (comentado en 12 ítems –1983: 315/318), que luego se amortiguaría o ahondaría en determinadas direcciones. De más está decir que ese imaginario paradigma, que lo entresaca de la cita recurrente del Manifiesto Comunista y de La ideología alemana (sin avanzar allende ese constreñido universo), sólo existe en la mirada de Gouldner.

Sin embargo, mientras demuestra que Engels había descubierto por su cuenta y de manera solitaria muchos de los principios que luego expresará Marx (op. cit.: 307-308), sostiene de forma insidiosa (como si tanto saber no alcanzara para aprender a vivir en paz) que respira un marxismo mesiánico, opositor del capitalismo, lineal y un marxismo cientificista/positivista propenso al autoritarismo (loc. cit.: 59, 75, 132, 135, entre otras páginas –incluso, postula que el beneficiado por Wolff, solía apropiarse del trabajo de otros sin citarlos y lo hace responsable de frustrar a Engels; ver op. cit.: 310). Ambos marxismos están entrelazados en las obras de los iniciadores de la tradición, y es ese marxismo “profundo” el que debiera servir de rasero para comentar los textos.

A la distancia, lo que proponemos es que lecturas de esta ceguera y de esa dureza (tal como la encontramos con tonos diversos en Lenin o Mao), son las que cierran los escritos e impiden que “hablen” y que sean hablados con unas voces casi inaudibles (comentadores de la factura de Moya ni siquiera se molestan en incluir a Marx en una historia canónica de la Sociología, lo que no deja de ser una violencia simbólica llamativa y peculiar –1998).

(3) Uno de tales claroscuros es el referido a la teoría del valor [elucidaciones científicas]. El joven empleado de la compañía paterna, supo enunciar (aunque sin despejarlo con claridad) que hay una doble escala para medir los valores: la que se asocia a la necesidad (y por este lado, a la oferta y la demanda); la que envía a los costos de producción (1981 s: 167). Tal cual lo explanamos con mayor detalle en el Apéndice II, no se aprecia contradicción en una perspectiva que hará suya Marx cuando sostenga, junto a Say, que existe una “economía” profunda apoyada en los goces y lo imprescindible (que por no ser economicista, puede servir para emanciparnos de la economía...), y otra autocrática, mezquina, torpe, esquemática, engastada en un orden temporal (1972 a: 436).

El mismo Ricardo había intuido que, incluso en el capitalismo desarrollado, la regla valor encuentra fronteras para calibrar algunos entes de disfrute especiales, que antes de determinado tiempo carecían de valor (1976: 56). Y es que el capital es sólo una parte de la riqueza (op. cit.: 50). Una sociedad tiene necesidades, comodidades y disfrutes (loc. cit.: 42) que están más allá del capital (por silogismo, allende la economía y la “infraestructura”).

Regresando a lo precedente y tal como lo cincelamos en pp. 182, 195, 196, los giros de la moda o un descubrimiento inusual motivan que los artículos de goce recién avistados se intercambien (op. cit.: 56). Agotada la nueva mercancía, se tiene que reproducirla, reponerla y lanzarla al mercado.

A partir de lo que enuncia Ricardo, el que parece ricardiano pero sin serlo, opina que hasta que ello se efectúa con cierta regularidad, el valor de la mercancía “inédita” es condicionado por la casualidad. Cuando la reproducción se vuelve constante, su valor se determina por los “insumos”valor. Por lo tanto, el supuesto “discípulo” de Ricardo era consciente de que incluso en el capitalismo había periodos en los que la ley del valor, los costos/valor y los precios de producción se imponen poco a poco en el clivaje del valor y de los precios. Eso confirma por igual la intuición respecto a que el “economista” epicúreo sopesaba que los tres factores aludidos, se tornan hegemónicos a través de una lucha compleja con otros patrones de valor.

Otro caso en que se suspende la pauta en liza, consiste en el intercambio entre naciones (loc. cit.: 57). Por ejemplo y al contrario de lo que determinaron en la actualidad marxistas originales, Ricardo sentencia que la cantidad de vino que Portugal suscita y que da a cambio de las telas inglesas, no se encuentra determinada por los gastos/valor. Aunque Portugal pudiera crear telas con un costo menor que en Inglaterra, preferiría dedicarse a la producción de vino porque así no desviaría capital de ese sector a otro.

En un orden de asuntos disímil, la idea respecto a que la teoría del valor no es aplicable en el contexto modificado del capitalismo tardío ya fue una hipótesis que el “político” marginado había discutido en su época. Muchos arriesgaban que si fue posible en los siglos iniciales de nacimiento y expansión del régimen burgués, en las condiciones revolucionadas del siglo XIX no lo era (1975 a: 162, 341; 1975 b: 61/62).

No obstante, lo que no se entiende es que la norma valor no tiene porqué aplicarse de una manera “perfecta”, a los fines de estar autorizados a creer en ella. F. e., el dinero en tanto que una escala de proporciones para calibrar las alteraciones en el valor condujo a los economistas (que son insulsos –1975 a: 439) a desear “... alguna medida fija e invariable ... que a su vez no se hallara sujeta ... a ... fluctuaciones ...”. Pero aunque existiese tal mercancía, una serie interminable de fenómenos y de causas “... le impedirían ser una medida perfecta del valor ...” (op. cit.: 172). Si el tiempo de tarea consumido para suscitar objetos útiles es una medida del valor, inferimos de lo enunciado que ni siquiera el valor acaba expresado idealmente en el tiempo estadístico y necesario de trabajo invertido.

(4) Según lo que nos informa el ex prusiano, Ricardo concebía la economía como ahorro en el uso de las tareas (1976: 30).

(5) Si bien puede ser exacto que la asignación de los elementos sociales a un ambiente u otro, corre el peligro de simplificar la multiplicidad y que, por esta vía, se continúe en el paradigma positivista del siglo XIX, no es menos genuino que esa taxonomía permite aprehender la dinámica procesual como una totalidad humana inteligible.

Por lo demás, resulta apropiado indicar que, cuando apreciemos los diferentes integrantes de “basis” y sobreestructura, su enumeración procurará mantener la complejidad de instancias que recorren lo colectivo. Of course, este “mapa conceptual” no pretende ser exhaustivo en el entendimiento de que ninguna taxonomía puede serlo (la pretensión contraria es lo que conduce a simplificaciones y a causalismos mecanicistas).

Al respecto, en el marxismo tradicional de Goldmann encontramos el diamante que permite afirmar que el hecho de que la “base” repercuta en el resto de lo colectivo, es una diagnosis válida para conjunciones en las que se instauró ese tipo de causalismo (1984: 71).

(6) La experiencia en el ámbito académico, nos lleva a diferenciar entre una argumentación “limpia”, ágil, ligera y un razonamiento “protocolar”, agobiante, tedioso, que consume en exceso tiempo y paciencia [estrato en el que es imposible deslindar lo crítico, lo científico y la materia voluble de la lucha política]. Las instituciones y sus exigencias formales (citas, bibliografía, crítica de fuentes, consulta de los principales antecedentes al abordar un tema, etc.), evitan que la deconstrucción y las prognosis científicas avancen de manera más efectiva. El estilo directo, seco, crudo, para algunos agentes es una violencia contra el cuerpo y una escritura libre. Sin embargo, con ello no se gana en “equilibrio”; se disciplinan el pensar y el decir.

Por lo demás, los requisitos para publicar, conseguir fondos, para insertarse en los organismos de investigación, multiplicar los lazos con otros profesionales que ayuden a difundir los resultados, la resistencia de colegas evaluadores que disuelven las distancias entre observaciones y una refutación en regla, los modos silenciosos del desprestigio, los favoritismos, la multiplicación de “camarillas”, etc., forman una “amalgama” con lo precedente.

Todos esos aspectos de las condiciones de producción y circulación de los saberes críticos y de los asertos científicos, acaban por ejercer una virtual censura. La imaginación creadora (la asociada a la ciencia y a lo deconstructivo) termina cercada y subordinada a las instancias administrativas y a sus representantes; las innovaciones necesitan de un consenso laborioso, a la par que los burócratas del conocimiento se posicionan casi por inercia.

Lo mismo que detectamos en los contextos de descubrimiento y de génesis de los enunciados críticos y científicos, lo observamos en la praxis política emancipatoria: en innumerables ocasiones, la mayoría es un automatismo y un democratismo que sirve para excluir, volver “al lugar”, marginar, negar, rechazar, ocultar, minusvalorar, injuriar, etc. a las personas y las opiniones razonadas que no convengan ni a la “línea”, ni a los “dirigentes” con una percepción cuadriculada a raíz del dogma adoptado (con recurrencia, leninista). Los supuestos “congresos” que llevan adelante los aparatos/partidos de izquierda son una cruel mentira en lo que respecta a la “libre” discusión de los ejes que, luego de una caricaturesca votación “democrática”, fijan lo a seguir: los delegados de las diversas comisiones, son a menudo los que responden incondicionalmente al Secretario General y/o al Comité Central y con infinitas estrategias (a veces amables, otras no tanto) impiden que la polémica desborde lo previsto y “aceptable” para el Supremo.

Lo peor de la situación es que ningún partido ni v. g., organización piquetera se asumen en lo expuesto y miran a los vecinos para evitar reconocerse en la crítica desenvuelta.

(7) Aunque nos cueste el enojo de muchos, afirmaremos que el tomo primero de la larga serie acerca de la lógica del capital no es el más complejo [universo de la simplicidad de lo socialmente consagrado como ciencia]. Si concediéramos que existe un marxismo mesiánico, positivista, autoritario, sencillo, mecánico, economicista, que se ubica de lleno en lo que se dio en llamar “Modernidad” en filosofía, etc., sugeriríamos buscar en los Borradores (incluso en el fragmentario libro III –que tiene una versión condensada de la Contribución a la crítica de la Economía Política) y en los escritos posteriores al volumen I de El capital, un Marx que escaparía de aquellos tópicos y acaso, de sí mismo.

Ahora bien, el trabajo de desbarajuste que lleva adelante Horkheimer contra Maquiavelo, Hobbes, Moro, Hegel, Montaigne, entre otros, nos permite argüir que:

a) es Maquiavelo el que plantea que el hombre es un trozo de naturaleza que no puede sustraerse a sus leyes inexorables (1995: 35 –por ende, y acorde a lo que manifestamos en disímiles ocasiones, no el suegro de Aveling);

b) es Hobbes quien detenta una visión mecanicista del mundo que opera en calidad de marco para una Filosofía de la Historia (op. cit.: 49). Por lo demás, es él quien parte de una Antropología (loc. cit.: 52 –en consecuencia, no Marx).

Sin embargo Horkheimer, tan propenso a las matizaciones contra el fundador de la tradición, se enreda en la defensa de un monismo científico fuera de época (op. cit.: 136), entrejunta la “ideología” a “falsa conciencia” (loc. cit.: 79), reduce la lucha de clases a antagonismos económicos (op. cit.: 142), y deja asomar sus inconfesados prejuicios contra los grupos subalternos, a los que cataloga de “plebe” (ibíd.) y hasta de “hordas de bandidos” (loc. cit.: 143). También sopesa que para los escépticos griegos la acción no requería de un saber, sino que le bastaba lo probable (op. cit.: 145). Montaigne lapidaría después que la ciencia no vale gran cosa (loc. cit.: 146). En estas sendas se encontraría tal vez, otro Marx.

Por lo anterior, podemos mostrar que es Bakunin quien:

a- iguala las leyes sociales con las reglas de la biosfera* (1984: 165);

b- razona apelando a leyes humanas eternas (op. cit.: 161, 165, 196);

c- presenta una concepción mecanicista de la dialéctica base/superestructura (loc. cit.: 167; 1997 a: 52-53). F. i., el anarquista ruso es incapaz de apreciar que en la sobreestructura ocurren procesos de “superestructuración” por los cuales se gesta consenso, legitimidad, etc. Ese planteo deriva de la interpelación a un texto del deconstructor lucreciano, cuando opina que los economistas vulgares normalizan las extrañas ideas de los capitalistas atrapados en la competencia, donándoles la santidad que delega la teoría (1975 a: 228; 1975 b: 374, 400);

d- articula una Filosofía de la Naturaleza (1997 a: 35/39) previa a la presentación metafísica del materialismo (loc. cit.: 45-47, 50/51);

e- alucina una Filosofía del Progreso* (op. cit.: 43, 211 –en consecuencia, no Marx);

f- pergeña una Metafísica de la ciencia (loc. cit.: 58/63) y una Gnoseología (op. cit.: 59);

g- se empantana en una Ideología del trabajo**, convirtiéndolo en centro de sus teorías (op. cit.: 84/85);

h- aprueba el “paradigma predatorio” occidental que bendice que el hombre domine la biosfera (loc. cit.: 87/89);

i- concibe que los individuos están estrictamente determinados (op. cit.: 196);

j- incurre en una Filosofía de la Historia (loc. cit.: 203/208), al modo descuidado que Habermas le achaca a quien no tolera (1982: 95);

k- efectúa una exposición moralista y moralizante de la explotación (Bakunin, 1997 a: 145) y de la necesidad de la revolución socialista contra el orden contemporáneo (op. cit.: 183/184).

Las críticas (VVAA 1975; 1980; Galbraith 1980) supuestamente orientadas a Marx, se dirigen au fond a quienes eran adversarios de él (aun en el caso en que se reclamaban “marxistas”) o a discípulos que fueron absorbidos por la lucha cotidiana en pos de la belleza del socialismo.

* Un historiador del anarquismo que es propenso a confundir*** el leninismo con lo que articuló el yerno de von Westphalen, reconoce que los grandes teóricos del anarquismo incurrieron en esas mitometafísicas (García Moriyón, 1985: 92).

** Las alabanzas al atarearse perpetuo son tan ineludibles, que incluso los anarquistas, que protestan contra el bolchevismo, idolatran el trabajo y con ello, se muestran menos radicales que el amado por “Lenchen”, el cual era partidario del fin del trabajo y de un derecho a la vagancia.

*** Abrir en (García Morrión, 1985: 71, 94, 102).

(8) Entrecomillamos el lexema para indicar que no creemos en palabras metafísicas y absolutas como el bien, el mal, la justicia, la injusticia, etc. [hojaldre de las valoraciones discutibles]

A lo sumo, quizá nos atreveríamos a ofrecerle un cálido saludo a lo “bueno” y lo “malo” articulados por un Spinoza que, antes que aceptar el

nombramiento en una universidad que condicionaría lo que era “apropiado” decir y que rechazaba los favores de un monarca a cambio de figurar en la dedicatoria de algunas de sus obras, prefería la liviandad de pensiones amobladas que le posibilitaban no mandar ni obedecer.

Lo “bueno” es lo que estimula el crecimiento de mis potencias, lo que incrementa mi libertad exterior y psíquica, y lo que me motiva a confiar en la fortuna. Lo “malo” es lo encadenado a las pasiones tristes (petulancia, avidez de reconocimiento, servilismo, odio, vanidad, soberbia, hostigamiento, voluntad de juez, etc.), lo que merma mis fuerzas, enferma mi cuerpo y reduce las alternativas de expansión (Deleuze 1984 a).

(9) Es legítimo argüir que la Historia fue y es una historia padecida [oraciones deconstructivas]. No obstante, la generalidad con la que el admirador de Engels tematiza los males sufridos, nos conduce a sentenciar que no provienen sólo de la superestructura sino por igual de la base. Los males pasados (causacionismo, economismo, indiferencia, resentimiento, avaricia, falta de solidaridad, sometimiento de la mujer, etc.) son una herencia que no tendríamos porqué aceptar, pero que agendamos por resignarnos a su peso.

En otro registro de matices, si por ejemplo el capitalismo es un modo de producción que unifica los males que corresponden a otras épocas, significa que la instancia dialéctica de la “síntesis” no es algo que va necesariamente hacia lo “mejor”. El silenciado por las instituciones, concibe que palpitan síntesis dialécticas del “infierno”, de la violencia, del poder que destruye, etc. No constatamos una dialéctica progresiva y progresista; numerosos acaeceres se emparentan con una dialéctica en la que prevalece lo reaccionario, lo retrógrado, la muerte, el aplastamiento de la vida.

Por último, se desprende que el proscrito por el statu quo aprecia vínculos sociales no anacrónicos y, en consecuencia, elevados, sutiles, tiernos, llenos de gracia. Los males en juego (tanto si se ubican en la “basis” –como el causacionismo y el economicismo–, cuanto si se adscriben en la hiperestructura), ocasionan que las comunas sean anacrónicas respecto a un nivel de desarrollo asociado a la inteligencia delicada del no poder, la no explotación, el no egoísmo, la no muerte, etc. Las relaciones de género (Zetkin 2004 d: 13/14) son el ejemplo más conveniente para graficar una clase de “línea” histórica que muestra la barbarie, el grado de estupidez, la tosquedad, etc. que insiste desde hace milenios en el plano de los nexos humanos.

(10) El cuasi–determinismo de la economía en sus impactos en la sociedad/totalidad es de tal envergadura que, como lo dirá Marx a través de William Thompson, la producción del porvenir mismo, la génesis del futuro, la creación de riqueza/porvenir (1983 b: 297), tiene fronteras estrechas.

(11) En el tomo I de los Grundrisse, sugiere que el capital es “basis” no únicamente de la producción sino de la sociedad (1971 d: 363) [afirmaciones con la vocación de ser científicas]. Con ello emplea una noción de “infraestructura” en sentido “restringido”, acotada al ámbito de la génesis de tesoro y por inferencia, otra “amplia” vinculada con la totalidad.

En consecuencia, cuando el padre de Laura emplea el lexema “basis” en un sentido acotado no se tiene que descuidar su versión general. Hinc sus discípulos políticos, los marxólogos, post/estructuralistas, etc., utilicen para sus objetivos un lexema concientemente desbrozado por el “fundador” de la tradición pero ilegítimamente universalizado por quienes, de cerca o de lejos, lo comentaron.

En segundo lugar y sin que la teoría inscriba en su seno un causacionismo lineal que diagnostica, hay integrantes–base que son “archi”base: f. e., el capital opera a manera de una “súper”/causa.

(12) En las pinceladas que se reseñan, el proscrito de Occidente vuelve a la crítica de la filosofía con palabras abrumadoras:

“... primero se construye a sí misma dentro de la forma religiosa de la conciencia, y al hacerlo, por un lado destruye la religión ..., en tanto que por el otro ... sigue moviéndose ... dentro de esa esfera religiosa, idealizada y reducida a términos de pensamiento” (1974: 44 –cf. lexemas disímiles en Malinowski 1993). [recuperamos el estrato de la crítica deconstructora]

Pero si la filosofía es el modo transmutado de la religión, la ciencia lo es de la filosofía. Y si la primera era una significación empobrecida en pensamiento, la ciencia también (la ciencia puede funcionar como un prejuicio...). Sin embargo, lo que puede efectuar un diagnóstico de tales rasgos, incluso con la alternativa de contarse en él con el propósito de emanciparse de estrecheces sistemáticas, es la crítica insurgente, es decir, algo que no es ni religión ni filosofía ni crítica “pura” desinteresada de su engarce con la praxis, mas tampoco ciencia.

En otro orden de cosas, si religión y filosofía son formas de conciencia, igual puede predicarse de la superestructura. De donde inferimos que es, como lo muestran ciencia, metafísica y religión, una forma de conciencia epocal que por ende, está cercada. Si la sobreestructura es una esfera que instaura barreras, al estilo de las que inducen las religiones en sus fieles, cabe imaginar una conciencia colectiva allende su mutilación por la hiperestructura: de manera análoga a como había que contemplar la alternativa de la crítica, en cuanto forma de conciencia diferente de las otras tres mencionadas, así hay que dejar abierta la posibilidad de un tipo de conciencia social que es aplanada por su súper/estructuración. La conciencia comunitaria “trans/individual”, es más amplia que la superestructura pero acaba unidimensionalizada por ella, id est, por toda clase de estupideces (Marx y Engels, 1975: 361), afirmaría el amigo del acosado por intelectuales al estilo de los que escriben en suplementos culturales de afamados diarios.

(13) Leninistas como Lukács pincelan a los campesinos como clase y/o los incluyen en las “capas intermedias” (1968 c: 39, 49, 105, 110) [acotaciones semánticas que, por su monotonía, se adscriben a lo que institucionalmente y acorde a los caprichosos giros de una fase histórica, se avala como ciencia]. Por su lado, Trotski los concibe en términos análogos (1972: 44, 220; ir también a Nikitin, 1962: 174–175).

Si deslindamos a los campesinos ricos de los medios y pobres (éstos últimos se ven empujados a alquilarse como peones en labores estacionales), sólo los ricos son clase pero clase dominante rural y, en la medida en que los campesinos pobres son obreros temporarios, constituyen parte del asalariado del campo. Caso contrario, los campesinos pobres y medios no son clase alguna; son miembros de los sectores independientes por cuanto se los puede ubicar como propietarios que laboran (incluso, si practican ciertas artesanías, figuran en calidad de agentes que acumulan de forma patrimonial dinero y que, llegado un futuro “promisorio”, resultan aptos para convertirse en mercaderes de vuelo mayor).

Al respecto, el compañero de Wolff sostiene que los campesinos viven de su propia labor (1975 a: 398). Luego expresa que éstos son los que pueden reapropiarse su plusproducto (1975 b: 345). Ese excedente no es plusvalía (1975 b: 306); la aclaración es necesaria porque Lukács entiende que se puede hablar de plusvalor en contextos pre/burgueses (1989 d: 123): razona acertadamente que la diferencia entre el trabajo necesario para la reproducción de los agentes que son obligados (por medios coercitivos de variada factura –en nombre de dioses, etc.) a asumir el rol de fuerza de tarea, y el plustrabajo no es una característica exclusiva del capitalismo, sino que nos llega desde la Prehistoria (loc. cit.: 122). Pero de ahí concluye que en la esclavitud v. g., hubo apropiación de plusvalía por parte de la clase dominante (op. cit.: 123; cf. una posición análoga en Pla, 1982: 66/67). ¡Y luego encontramos a Lukács o a frankfurtianos de iguales costumbres (como Marcuse o Benjamin), dándole lecciones de marxismo a Marx!

Au fond, campesinos medios y pobres y artesanos son conjuntos que integran los sectores independientes que, tal como lo hemos explanado en otras notas, no son ni clase ni obreros improductivos. En el volumen I de Teorías sobre la plusvalía, el exiliado se pregunta “¿(cuál) es ... la situación de los artesanos o campesinos ... que no emplean trabajadores y que ... no producen (en calidad) de capitalistas?” (1974: 344). Acto seguido, puntualiza enfáticamente que “… no pertenecen a la categoría de los trabajadores productivos ni de los improductivos, aunque producen mercancías” (ibíd.; el cambio no nos pertenece).

Por fin, los estipendios que reciben f. i., los artesanos, no son “salario” (1975 b: 353). La advertencia sin embargo, es útil para concebir que existen sectores (como las fuerzas armadas) que no son asalariados a pesar que cobran dinero.

(14) Hay que distinguir entre las labores improductivas que suscitan mercancías escindidas de su proceso de génesis, y las actividades que sólo prestan servicios cuasi-personales (1974: 135, 139, 250/251). Éstos pueden ser imaginarios o reales (op. cit.: 134, 142, 146, 342, 251); pueden acabar gestores de valores de uso imaginarios (loc. cit.: 135) y/o suntuarios (op. cit.: 149, 251 –in fact, el lujo es una forma distorsionada por la que el valor de uso adquiere importancia; 1975 b: 207). Igual habría que estipular para los sectores independientes, puesto que fácil es vislumbrar que habrá artesanos que ofrecerán valores de uso materiales y otros que nos deleitarán con servicios (artesanos/artistas de impacto local que efectúan “instalaciones” acerca de temáticas vinculadas a minorías étnicas –e. g., indígenas).

Contamos con trabajos improductivos como los de los criados, que pueden adoptar la apariencia de ser mercancías y de inducir valores de uso concretos (1974: 146). Tenemos situaciones “híbridas” en las que la labor ejecutada es productiva para el que la paga pero que, desde el enfoque del objeto útil que genera, es una tarea improductiva: es lo que acontece con los actores que laboran para un empresario teatral y que no vende una mercancía bajo el aspecto de un producto, sino de una acción (ibíd.).

Por otro lado, existen atareados improductivos que nada suscitan, ni en el estrato material ni inmaterial pero que, aun cuando incrementan en muy poco la riqueza de la sociedad, son “necesarios” debido a las relaciones defectuosas entre los agentes, que los vuelven ineludibles (op. cit.: 148, 244). Es el ejemplo de los soldados, etc.

Ese agregado por Marx, refuta de plano la taxonomía que articulamos al subordinar el personal de las fuerzas armadas en general, en los sectores “medios”. Sin embargo, antes había ideado que los obreros improductivos son laborantes porque efectúan algún trabajo (loc. cit.: 157). Cabe formular entonces ¿qué tipo de tarea ejecutan los policías, etc.? El “trabajo” de vigilar y castigar a los civiles como si éstos fuesen enemigos públicos, no es precisamente un trabajo. Para esquivar ese supuesto y a los fines de compaginar los resultados con el concepto respecto a que los miembros de las fuerzas armadas no perciben salario (ver López, 2010 a), optamos por lo explanado.

Antes de abandonar la nota, es impostergable destacar que tareas que son trabajos improductivos pueden orientarse para acumular capital: f. e., un escritor enriquece al editor que publica sus obras (op. cit.: 134), lo que enmaraña bastante las descripciones con el rasero de la teoría de los grupos.

Puntualicemos que el ensanchamiento de los segmentos humanos que componen los grupos, estabiliza el capitalismo: si se “aplanara” en dos clases fundamentales se incrementarían las alternativas de disolución (1975 b: 298). No obstante, una de las razones por las que Marx “simplifica” la sociedad a dos clases en pugna se debe a que v. g., los burgueses procuran que cada vez más todos los que no son capitalistas se conviertan en asalariados que valorizan capital (1971 d: 221).

Pero en último análisis, los trabajadores improductivos no son contratados por el grueso de los que ocupan el papel de fuerza de trabajo directa; éstos se ven obligados a ser sus propios atareados improductivos (1974: 140, 251). El salario de los trabajadores dominados sólo les permite una participación cuantitativa y limitada en la riqueza (1976: 223). Por supuesto, los miembros de los aglomerados favorecidos ostentan un nivel de consumo diferencial (1975 a: 452, 480, 488, 485, 490; 1975 b: 48, 81, 100, 211/212, 260), que sin embargo indica el horizonte al que debe tender el consumo de los grupos subalternos (1975 b: 46, 81, 212–213, 260).

Para concluir, los objetos de uso creados por laborantes productores de riqueza acaparada por las clases/amo, pueden ser acusadamente inútiles (1974: 134) y hasta nocivos (f. i., las drogas, los cigarros, las armas de destrucción masiva, etc.).

(15) En el hecho actual de que el Estado-“nodriza” para los conjuntos de no privilegiados, se haya transformado luego del fin de la Primera Guerra Fría en un Estado de “bienestar” para las élites que las protege de la dictadura del mercado, asegurándoles su supervivencia y cierto nivel mínimo de ganancias (Chomsky, 1997: 27, 44/45, 58–60, 127/128, 149, 157–158, 178), constatamos que el Estado contemporáneo es un complejo institucional clasista, en virtud de que los burgueses se ocupan de que resguarde sus intereses principales (op. cit.: 28, 31, 52/54, 131, 133, 138, 149–151). Suponiendo que las otras formas institucionales que tuvieron su lugar en la Historia no hayan protegido dichos intereses y que el Estado de la época en la que vivió Marx tampoco, es notable que el aserto detente verosimilitud para hoy.

Como en el caso que discutimos en el cuerpo central de la Tesis, interrogar de modo empecinado sobre cuáles son los “enlaces” que diseminan las causas de la base a la superestructura y de ésta a la primera, no es una buena actitud.

(16) Gouldner se mofa de la “declaración impetuosa” del Manifiesto respecto a que la Historia fue la historia de la lucha de clases (1983: 356), cuando alude a que el modo de producción asiático no tenía clases, al menos no en el sentido “ortodoxo” o del “paradigma primario”. [afirmaciones de tono científico, crítico y político]

Sin embargo, comete un craso error porque Engels precisa después, en una nueva edición del Manifiesto, que la historia que puede conceptuarse en tanto que temporalidad de las comunas fraccionadas en grupos antagónicos, es la que ocurre a partir del modo antiguo de gestar tesoro o desde la disolución de los comunalismos y colectivismos, i. e. desde hace unos 7.000 años contando las veinte centurias de nuestra era (Gouldner, 1983: 264).

La ofuscación a la que dan lugar ese tipo de inexactitudes y que refuerzan las inconsistencias desde las que se argumenta, es fácil de comprobar: Alvin mismo cita formas para la creación de riqueza que son previas a las clases (1983: 255, 315, 320, 351, 415/416); por ende ¿cómo legitimar, si no es por la ceguera que provoca la ideología y sus golpes retóricos conservadores, que el enunciado “desde hace unos setenta siglos, la Historia fue la historia de la lucha de clases” sea idéntico a “absolutamente toda la Historia fue el devenir del conflicto entre grupos desiguales”?

No obstante, aceptando como recurso dialéctico/expositivo que las teorías de Marx estuviesen plagadas de errores o de afirmaciones “definitivamente” refutadas, de inconsistencias en lo que se refiere a las nociones del valor, del lucro y de los precios, etc., ¿no es viable llevar adelante una depuración semio–semántica, despejando las metafísicas en las que haya incurrido, para rescatar hipótesis fructíferas y de influencia notoria en el campo de las Humanidades y Ciencias Sociales, de la talla de la interacción tematizada? Por eso también, a pesar de las brillantes objeciones de Castro (1995) a Foucault, hemos incluido la arqueología y genealogía a manera de instantes de la crítica materialista rebelde.

(17) En este ítem, el “filósofo” germano concibe que la renta, al ser una sobreganancia, supone que las mercancías agrícolas se enajenan en su valor pero por encima del precio medio o precio de producción (1975 a: 59/60, 80). Las otras mercancías se venden, en términos estadísticos, en sus precios medios, que a su vez son el resultado de ajustarse a los gastosvalor de producción (op. cit.: 59). Ese ajuste se logra mediante constantes adiciones o deducciones. De estos tecnicismos, lo que deseamos sombrear es que tales modificaciones explican por qué insisten en el movimiento real del mercado numerosas clases de precios.

En cuanto a la renta, su cobro implica que el terrateniente traza fronteras a la conducción de la agricultura por la lógica del capital (loc. cit.: 286). Por ende, la economía capitalista no coloniza todas las líneas de producción; no es poderosa en grado sumo.

(18) Al igual que el capital es una fuerza coercitiva que utiliza el burgués para legitimar su derecho a apropiarse de una parte del trabajo de sus obreros (1975 a: 35–36; 1975 b: 376), el terrateniente se vale del suelo en calidad de una potencia contra el capitalista para obligarle a que entregue una fracción de la plusvalía bajo el aspecto de renta (1975 a: 36/37; 1975 b: 376).

Para el burgués, ese poder que ejerce el terrateniente es algo arbitrario y demuestra convincentemente que los señores del suelo son superfluos y prescindibles (1975 a: 37). However, lo que el capitalista desea aplicar contra sus rivales lo golpea a él a causa de que, para los trabajadores que podrían autogobernar el cincelado de la riqueza, los burgueses son funcionarios, fideicomisarios o intermediarios que bien podrían no existir (1975 b: 50, 260).

(19) Que, como tantos otros acontecimientos humanos, es un hecho social que aflora con el rostro de una ley debido a la impotencia de los hombres y no es, en consecuencia, una regla natural inexorable (1975 a: 81; 1983 c: 811, 852).

(20) No está de más remarcar que la “subestructura” tiene componentes y efectos superestructurales. En el libro I de los Grundrisse, se estipula que cuando las relaciones jurídicas operan en tanto condiciones de producción, integran la “basis” (1971 e: 478). Por consiguiente, los elementos de una esfera no quedan “aprisionados” en ella sin ser aptos para integrar el ambiente opuesto. Ese endurecimiento de la teoría sólo pudo provenir de las más desiguales ortodoxias y de los refutadores interesados.

(21) Si aceptamos una perspectiva “hereje” de los conceptos de “dominación” y “explotación” (ver López, 2010 b), es factible sugerir que son categorías que permiten enfocar acontecimientos desde el Paleolítico inicial.

En primer lugar, es inexacto que el último lexema en juego se oriente sólo a las clases. De una manera sorprendente, en el volumen II de El capital el refugiado en Londres afirma que los obreros improductivos empleados en el comercio también ceden plustrabajo (1983 b: 125). Por inferencia, sería viable imaginar que los trabajadores insertos en el Estado, que también son improductivos, entregan plustiempo.

Acorde a las dos situaciones precedentes, la definición técnica más rigurosa de “explotación” es aquella por la que se constata cesión de plustiempo de modo unidireccional. Engels y con un tono que no es una simple metáfora, elucubra que los impuestos son un tipo de explotación de los ciudadanos (1972 a: 291). Así, confirmamos con dos fuentes independientes que hay explotación en situaciones que están más allá de los vínculos entre clases.

Pero como sabemos que obreros improductivos y cierto tipo de sectores independientes hubo antes de la emergencia del Estado, y que casi todos los individuos que tienen funciones simbólicas, de “arbitraje” y/o de mando en las comunas tribales son un ejemplo de trabajadores consumidores de renta, la categoría en lid es aplicable allí también (of course, con la prudencia impostergable). Por añadidura, será efectiva cuando haya un Estado que sea el “representante”, no de las clases–amo, sino de obreros improductivos destacados y sectores independientes privilegiados* (inkanato). Apreciadas así las cosas, hay explotación desde que asomaron formas de acaparamiento inequitativo de plustiempo y/o plusproducto, i. e. desde hace 1 millón de años (no está de más advertir que esas fechas, al igual que otras, tendrán que ajustarse según los ritmos de los descubrimientos paleoantropológicos).

Por su lado, si aprehendemos que la dominación vinculada a la explotación de clases está conectada con cierto reparto de labores, y si esa distribución supone el atrofiamiento de algunas capacidades del espíritu humano, concluiremos que la dominación acaece cuando nos enfrentamos con división del trabajo y con una desigualdad negativa que constriñe la expansión de las potencias de los agentes. Empero, si el elemental reparto de tareas que fue la división sexual y por edades emerge entre hace 800.000 a 1 millón de años, “dominación” permite explanar al menos unos procesos de la historia.

Respecto a la inequidad, cabe enunciar que ciertas desigualdades, producto de las funciones que los hombres pueden elegir en una agrupación emancipatoria, son estrategias para elevar el despliegue de los participantes y no para empobrecerlos (empero, no compartimos los asertos de Bidet –1994 s: 162, 164).

De lo anterior, dos corolarios:

a. existen disímiles formas de explotación y dominación, de las cuales las ligadas con las tensiones de clases son un ejemplo entre varios;

b. si habrá de ser realizable la “utopía” socialista, la insurgencia no tendrá que darle fin sólo a la explotación/dominación propias de las clases, sino a toda dominación-explotación (Dieterich Steffan, 2001: 48/49), en particular, a las que se reproducen en micro ambientes (la familia, los nexos cotidianos con los demás, etc.), tal cual lo profirieron los diversos anarquismos**.

* Acerca del Estado, albergamos la sospecha respecto a que, al ser el “club” de los privilegiados (cuando no detectamos clases), puede ser un mecanismo que convierte a los acomodados pre clasistas en clases (ello no significa que sea la única vía para la emergencia de las clases –García Moriyón, 1985: 76).

** Al par dominación/explotación, se agrega el de la opresión (que a veces y por demandas de estilo, hemos considerado “sinónimos” de los otros términos...), que se refiere para nosotros, a los nexos microfísicos de poder por los que todos y cada uno, nos tornamos alternativa y penosamente, en opresores de los demás y en oprimidos por otros.

En consecuencia, una rebelión profunda tiene que acabar con cualquier forma de dominación, explotación, opresión y en suma, de violencia.

(22) El alejado de los hermanos Bauer sentencia que el capitalismo es la producción de riqueza a través de la pobreza (1975 b: 213) y que es el funcionamiento del poder de la sociedad en cuanto poder independiente, ajeno (ibíd.). Pero en razón de que una colectividad cualquiera es un bloque histórico de base-superestructura, éste es presentable como un poder. Lo predicado del todo se adjudica a sus fracciones: la “basis” es una potencia extraña y extrañada; la sobreestructura es una fuerza ingobernada e ingobernable.

Desde un ángulo peculiar, sería adecuado plantear que las articulaciones (f. e., la de los seres vivos) son grados de libertad (BBC 2000). A partir de allí, se podría concebir que existen “grados de libertad ‘intrínsecos’”, que aluden a las posibilidades de elección que dependen de los sentidos, de las conexiones neuronales, de la percepción del espacio y de la luz, etc. Pero entonces habría “grados de libertad ‘extrínsecos’”; éstos son las demarcaciones que se añaden debido al tipo de organización colectiva.

Por lo anterior, es factible entender que:

a) base y superestructura son articulaciones que prefiguran lo humano;

b) en consecuencia, implican ciertos grados de libertad;

c) esos grados de elección son restringidos.

En complemento con lo previo, el suegro de Lafargue suele emplear los términos “campo de acción” (1975 a: 256–257, 259/260, 263, 324), capacidad de acción (1983 c: 97), campo de operaciones (op. cit.: 766) o de “producción” (1983 a: 722) en tanto que “esfera” en la que se despliegan la praxis y las facultades del espíritu humano, según ya lo hemos adelantado. Tal cual lo manifiesta el orden burgués, las “distancias” que abarcan los poderes de la práctica han sido mediocres (ibíd.) en las colectividades que hubo hasta la actualidad.

De lo pergeñado, es creíble pincelar que estructura e hiperestructura como grados en los que las decisiones, elecciones, percepciones, etc. están constreñidos, son universos en los que los “predios” para la acción se hallan entrejuntados; hence que el socialismo se perfile a manera de un sistema que ya no “asmatizaría” tan valiosos campus.

(23) Wacquant talla una hipótesis que enriquece el punto de vista sistémico: “... los autores y organismos cuyas ... actividades se analizan ... no son ... otra cosa que la concreción ... de sistemas de fuerzas materiales y simbólicas que los atraviesan y superan” (2000: 23/24). Por una serie de argumentos, es legítimo concluir que:

a- la “basis” es un conjunto de fuerzas materiales y la superestructura es un plexo de poderes simbólicos;

b- base y sobreestructura se comportan en tanto estructuras a raíz de que tales fuerzas superan a los agentes;

c- por eso mismo, se cristalizan de manera autónoma.


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