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BAHÍAS, DEVENIRES Y HORIZONTES. LOS PERFILES DE MARX, Tomo II

Edgardo Adrián López




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NOTAS

(1) Y ello no sólo por los imperativos del estilo, sino porque se adoptan en calidad de antecedentes los resultados a los que arribamos en 1998 a. Incluso, algunas de las conclusiones que anhelamos alcanzar fueron pinceladas entonces.

Como es de suponer, proseguimos en el registro de un saber con vocación científica.

(2) El primero de ellos está dividido en 3 (tres) secciones. En la inicial, los criterios y fundamentos teóricos que orientaron la investigación y exposición justifican el semanálisis de los textos. A partir de ese estudio, fueron relevadas en 12 obras (de rúbrica de Marx o en co/autoría con Engels), que abarcaban desde la Tesis acerca de Epicuro hasta el vol. I de El capital, las veces en que se enuncian y cómo los términos en cuestión. Ello posibilitó que las 3 (tres) hipótesis fueran mejor deshilvanadas en el seno de aquél recorrido.

En la segunda sección, se demuestra la conveniencia de separar las formas de abordar el tema y su escritura, tal como Marx, en un procedimiento que no es hegeliano (a pesar de las objeciones), aconseja en breves pasajes. En la tercera, están incluidos los resultados específicos de la investigación sémica.

El apéndice restante, se distribuye entre un comentario acerca de la dialéctica materialista y otro respecto a la existencia de un cuarto momento en su lógica.

La secuencia del "concreto–abstracto–concreto", propuesta por el marxismo italiano en figuras como Della Volpe, es completada con un instante crítico/deconstructivo historizante (abrir López, 2010 a), y con reflexiones en torno a las oposiciones en la “abstracción real” en Hegel y en Marx. En lo que hace al cuarto tiempo de la dialéctica escandida en diferenciación o tesis, complementariedad o antítesis e invaginación o síntesis, el momento del Desvío surge en tanto que el de la deconstrucción y distanciamiento de la Línea Recta o de sus metáforas (Orden, Sentido, Causa, Origen, Verdad, Fundamento, etc.).

Así tenemos, por un lado, una espiral que comienza en lo real y, luego de atravesar lo crítico–histórico, vuelve a lo concreto; por otro, una tesis que explicita las "aporías" de las que parte y, después de arribar a una síntesis provisoria, recoge la fuerza "menor" de un alejamiento epicúreo que e. g., llevaría de lo teorético en dirección de la frágil melancolía de la praxis.

(3) Fácil es constatar que también ha sido ésta la estructura que hemos ponderado idónea para la actual empresa investigativa; nuestro prestigioso Director nos aconsejó respetarla.

(4) Hablando de la reproducción, Marx postula que su proceso tiene una “energía” (1983 c: 304). A partir de esto, puede sostenerse que existe una energía “utopística” (Wallerstein, 1998 a: 146, 248) o proveniente de lo imaginario que estimula el proceso de vida colectivo. Las comunas de tesoro recompuesto, carecen de la energía que las impulsaría a cambiar las condiciones que hacen que los agentes padezcan la Historia en lugar de crearla.

(5) La tesina fue continuada luego en un corpus orientado para una eventual publicación. En él se mejoraba la concatenación de ideas y se profundizaba en ciertas direcciones (como la teoría de los grupos –López, 2002 c y 2003).

(6) Mediante la titulación, la academia autoriza a hablar en nombre de la ciencia y de la disciplina en la que se consagraron las inversiones de tiempo. Separa a los que ejercen el oficio, de los potenciales “usurpadores” de título. Este diagnóstico (que no se acepta con resignación), nos motiva para creer que en los efectos de veridicción atribuibles a la ciencia intervienen valores: la presunta cientificidad de un discurso social se estipula por recurso a elementos que no son de ese registro, es decir, usando valores. Cf. una postura similar pero indudablemente metafísica en Heidegger (1960 c: 103/104).

Por ello, la peregrina intención weberiana de diferenciar, como un Descartes epistemológico, entre hechos y normas no nos resulta bienaventurada, puesto que ese principio ya supone una axiología. Lo que cabe es explicitar los valores de los que indefectiblemente se parte; de ahí la pertinencia del autosocioanálisis (Bourdieu).

En vista de lo anterior, es que también rechazamos la inaudita sentencia del lúcido comentador de Althusser, Alain Badiou, que pregona que, con una ciencia “aceitada” y bien constituida, no se puede efectuar un trabajo arqueológico y genealógico de deconstrucción como con las ideologías, porque bajo la ciencia “no hay nada” que lo permita (1974 b: nota 10 de p. 97, nota 29 de p. 101). Es una consecuencia del racionalismo extremo en que incurren los discípulos de Bachelard y Canguilhem.

(7) Antes de continuar con la línea argumentativa, efectuaremos las advertencias del paso de un registro discursivo a otro: así, la que comenzamos se halla (y tal vez, contra lo que diría el mismo Chomsky) en el plano de la crítica.

Sin ser alarmistas, una de las facetas que involucra la guerra civil larvada que es la lucha de clases, “sublimada” en guerra cultural (Chomsky, 1997) contra las mayorías que podrían “soliviantarse” tanto que “no aceptarían” someterse al gobierno de las élites (ver Rudé, 1970: 122, 123), es la conservación de un índice de analfabetos, semianalfabetos y analfabetos funcionales. Si los grupos dirigidos son excluidos de lo que es universalizado como condición para decodificar el mundo (lecto/escritura, informática, aprendizaje de idiomas, etc.), es más “sencillo” domesticar la resistencia.

Por añadidura, el gigantesco sistema de “adoctrinamiento” montado se propone, entre una de sus metas fundamentales, tergiversar, engañar, mentir, omitir, ocultar, etc. todo aquello que muestre el curso de lo que fue la Historia en general y la historia del capitalismo en particular (Chomsky, 1997: 25, 66, 85, 132–133). Tal cual me lo susurró reiteradamente el Sr. Julio Haro, existe una estrategia de la Desinformación planificada y de la Contra inteligencia que es un Paradigma Hegemónico.

Otro de sus propósitos consiste en volver a los individuos, ignorantes, indiferentes, ansiosos, insensibles, pasivos, desinformados, obedientes, dependientes, no creativos, desilusionados, temerosos, intolerantes, aislados, sádicos, no solidarios, cínicos, descontentos, llenos de odio o rencor contra los demás, morbosos, con sentimientos de impotencia o minusvaloración, acríticos, con la sensación de inseguridad continua, fanáticos, penetrados por prejuicios políticos contra las opciones que más representarían sus intereses, etc. (op. cit.: 35, 39, 42/43, 51, 56–57, 87, 89/91, 102, 118, 125, 129, 146, 156, 160, 165). Ese intrincado sistema de distorsión ideológica ocasiona que para el ciudadano medio no sea en absoluto evidente la dinámica del capitalismo (a), que el Estado protege a las clases dominantes (b) y que es necesario luchar por una colectividad más libre (c). Asimismo, que las cuestiones fundamentales de la reproducción de la sociedad (tales como que la distribución de la riqueza no exprese una formación de clases y desigualdades, entre otras) deben estar en manos de la comunidad asociada (d), etc. (loc. cit.: 35, 54, 86, 90, 161, 162, 165).

En suma, tiende a evitar que la mayoría se movilice por asuntos que le competen (e) (op. cit.: 24/25, 35, 38, 51, 56–57, 90/91, 126–127, 155/157, 165). I. e., impedir que los que no integran las clases dominantes y los círculos privilegiados, gobiernen por ellos mismos (f) (loc. cit.: 38, 77, 91, 156).

(8) La dialecticidad consistiría aquí no sólo en que los efectos pueden a su vez mover las causas, sino en que las consecuencias pueden ser “origen” de otros efectos. [como es visible, recuperamos el argumentar científico]

Aunque la aclaración resulte casi superflua, advertimos que “origen” se utiliza como sinónimo por razones de estilo y no porque, tal cual lo enunciaría un foucaultiano a ultranza, haya una íntima solidaridad entre el materialismo crítico, sus seguidores y la metafísica del “arkhé”. En efecto, uno de los lexemas vinculados con “fondo de capital” y, por extensión, con “capital” (acorde a lo que apuntan al pie José Aricó y Pedro Scaron –Marx, 1971 e: nota e de p. 476) es “arkhaton”. Por ende, si la deconstrucción del suegro de Aveling es una crítica del valor automático es un desmantelamiento de las filosofías enlazadas al “arkhé”.

(9) Sin pretender agotar el análisis de los textos artísticos y sin intentar sugerir una “lista” completa de orientaciones en ese escabroso terreno (puesto que entonces incurriríamos –según un derrideano ortodoxo– en una “estética” que normaría lo que es arte y no, que pautaría cuáles son las obras de “estilo”, que dictaminaría acerca de los “genuinos” valores estéticos, que separaría el arte de lo “artesanal”, etc.), ejemplificaremos con la referencia somera a algunos escritos literarios de “género” diverso (somos conscientes que dicha categoría viene cuestionada desde hace tiempo, pero la empleamos por razones de comodidad expositiva). Así Cien años de soledad, cuando esculpe una de las aventuras de los Buendía, remite al enfrentamiento entre conservadores y liberales (1995: 159) de la conflictuada década de 1860 de un número significativo de naciones autóctonas (puntos b y c).

La novela de ficción de Asimov imagina una sociedad adelantada en un futuro lejano, capaz de manipular el tiempo y las dimensiones paralelas; empero, el enunciador no puede evitar dar detalles de sus formas concretas de vida (1985: 21; ítem d).

Por último, Proust cree que insiste un lazo invisible entre el proceso material de existencia en que viven los agentes, y sus modos de sensibilidad. Lo constatamos cuando reflexiona acerca de la muerte de las catedrales (1997: 130/131).

Antes de finalizar, un matiz: la conceptuación plus ou moins prolija, o más o menos deshilachada acerca de la retroinfluencia entre base y superestructura, no convierte a un escritor en materialista o realista. El inigualable escritor francés de principios del siglo XX podría incluirse, desde la perspectiva de un marxismo escolástico, en el idealismo que concibe la alternativa de diluir la realidad en las percepciones. Pero empobrecer con tales giros las obras de arte no es nuestro propósito. Tampoco el de un historiador decididamente marxista de la envergadura de Pierre Vilar, a pesar que linealiza el pensamiento al que adhiere cuando, en un descuido, postula la supremacía de lo técnicoeconómico en la historia de la especie (1974: 51): muestra de forma inteligente una dialéctica no dogmática entre “basis” y sobreestructura, para aproximarse a entender El Quijote (1993: 332–346).

(10) Reflexiones que son sin embargo, cruzadas por el discursoamo de la post/modernidad por cuanto Kristeva procura mostrar cuáles son los condicionamientos psicoanalíticos de la resistencia, de la adscripción a un partido político insurgente y de la personalidad rebelde (resentimiento, marginación, estructuración problemática respecto al orden paterno, etc.; ir a 1998: 35, 139, 247–248). [a raíz de las sentencias proferidas, nos encontramos en el plano de las recomendaciones para la acción política]

Pero a los fines de no caer en el patriarcalismo que insiste en la supuesta “malicia congénita” de la mujer, recordemos que Sartre profiere enunciados similares cuando ironiza de muy mala gana con las semejanzas y divergencias entre el hombre de acción, el héroe, el militante y el pequeño burgués (1968 b: 7/17).

Asimismo, no olvidemos que ex militantes de izquierda como Régis Debray, asumieron posturas reaccionarias aun cuando otrora haya deseado alistarse en la guerrilla encabezada por el Che. Wacquant nos comenta que es un activo propagandista del control carcelario y judicial en la gestión de la precariedad que reemplazó al Estado pro/videncia (2000: nota 2 de p. 71, nota 39 de p. 76, 132). Sin embargo, el tropiezo de Debray le sirve al continuador de Bourdieu en sus líneas más weberianas, para denostar a la izquierda en general (2000: 62–63, 71, nota 78 de p. 81, 130/131), lo que es un exceso argumentativo (tal cual hacen también innumerables feminismos que devienen funcionales al valor autócrata que explota trabajo –empero, no nos escandalizamos como Fukuyama de una feminización de la política; cf. 2003: 109).

Au fond, nos resulta sorprendente que el sentido común político conduzca a un automatismo de razonamiento que lleva a que, de tomas de posición particulares de ex/intelectuales críticos, se concluya en observaciones acerca de la izquierda en sí e incluso sobre lo moderado (!!!) en Marx (Gouldner 1983: nota 24 de p. 287). E. g., Althusser, que reconoce que hasta por lo menos 1960 sabía poco acerca del exiliado en Londres –1993: 244–, sentencia que Maquiavelo es más “radical” que el forastero lucreciano en cuanto a la caracterización de la política (op. cit.: 295).

(11) Por ejemplo, en el volumen III de El capital.

Ahora bien, la elección del plexo se debe a dos decisiones: por una parte, el resto de los volúmenes pertenecientes a la serie acerca del capital, son citados profusamente en la Sección II y en López, 2010 a el Apéndice II; por otra, es uno de los más interesantes en lo que hace al lexema por descomponer. F. e., en lo que respecta a una economía en el uso de los residuos (1983 c: 104, 125).

[ingresamos de nuevo en los “pliegues” de las apreciaciones científicas; de un conocimiento crítico como el del expulsado de Bélgica, se pueden efectuar observaciones deconstructivas y/o pertenecientes a la ciencia]

Vale puntualizar que el objetivo amplio del tomo I de El capital, tenía por horizonte abocetar los

“... distintos aspectos que presenta el proceso de producción capitalista en sí ... Pero la vida del capital desborda este proceso de producción inmediato (;) ... lo completa el proceso de circulación, objeto ... (del) Libro Segundo. En (el) Libro Tercero ..., se trata de descubrir y describir las formas concretas a que da nacimiento el movimiento del capital considerado como un todo” (1983 c: 55; el bajorrelieve es del corpus). El extraviado y luego recuperado Capítulo VI (1972 b), es el eslabón entre el tomo I y el II.

Teorías sobre la plusvalía es la parte crítica de los intentos de desplazar la noción “plusvalor”, mediante la pretensión de la Economía Política de convertirse en ciencia. Pero aunque este recorrido impactante de Marx le haya resultado difícil a Althusser (1974 dvii: 94), encuentra ánimo para enmendarle la plana (ibíd.). Della Volpe supo detectar una pésima disposición para con Gramsci (1974 dvi: 93); creemos que se extiende al “fundador” del deconstructivismo materialista.

En otro estrato de cuestiones, recordamos que el semanálisis respecto a “economía” no fue emprendido ni en López (1998 a) ni en (2002 a, 2008).

(12) Empero, en algún sentido la economía puede concebirse como lo relativo a lo susceptible de cálculo (Marx, 1983 c: 130).

(13) Aunque en el capitalismo el intercambio no se haga con vistas a la satisfacción de necesidades, éstas igual irrumpen en la esfera de la economía (1971 d: 180, 190, 193, 202, 208, nota en p. 208, 216, 226, 227). No obstante, las necesidades son en sí ajenas a lo económico (loc. cit.: 180, 208, nota en p. 208, 216, 226–227, 229/230, 252, 261).

(14) Simultáneamente, cuenta con un basamento económico de su movimiento. Pero ese “fundamento” económico no es economicista, sino que incluye la producción social. A su vez, ésta engloba aspectos como la reproducción sexual de la especie porque es parte de las condiciones “originarias” y objetivas de la génesis de riqueza (1971 e: 449).

Ahora bien, si se puede abocetar de esta suerte a las condiciones aludidas, entonces existen “determinantes” no principales. De idéntico modo, en las condiciones subjetivas también podría sugerirse la distinción entre factores influyentes derivados y “principales”.

(15) Por lo tanto, no existen sociedades (así sean las de los primeros Homo o las de las tribus más “primitivas”) en las que no haya economía (olvidándose de sí mismo, Sahlins postula algo similar en los inicios de su texto de 1983). Si tuviésemos que apelar a una cita de autoridad para demostrar que nuestra idea no es “descabellada”, traeríamos a colación a un Habermas que, a pesar de sentenciar que el Materialismo Histórico guarda limitaciones (1982: 89, 91/92, 99–100), pincela que es justificado hablar de “economía” desde la Prehistoria (1982: 90/91). Podría entenderse por dicho lexema un “proceso de trabajo social” (a) (ibíd.) y una forma de “cálculo” empírico aproximado (b) de las capacidades del colectivo humano (b1), y del empleo idóneo de los recursos disponibles para garantizar la vida (b2) (Godelier 1976 b: 26).

Sin embargo, el antropólogo funcionalista citado objeta, aceptando la proposición de Polanyi, que las comunas etnográficas no cuentan con una instancia económica separada a la manera del capitalismo, del resto de las estructuras (op. cit.: 35). Obviamente, discutimos acerca de problemas diferentes: que la economía de las asociaciones paleolíticas (en particular, la de las “hordas”, “bandas” y tribus sin jefatura) no sea análoga a la del capitalismo (axioma que suscribimos sin vacilar), no es igual que sostener que la economía, aun cuando estaba interpenetrada por otras estructuras no económicas, operó so far poder en la existencia de nuestros ancestros (v. g., los australopithecines). Pero Godelier mismo apela a investigaciones en las que se parte de la noción de “economía” aconsejada, al glosar las actividades de las tribus cazadoras-recolectoras del desierto de Kalahari (los bushmen), las prácticas de los horticultores itinerantes de Melanesia y las acciones de los pastores nómadas de África oriental (loc. cit.: 26).

(16) Todas las colectividades que existieron hasta hoy tuvieron economía y por ello fueron irracionales.

No obstante, la incoherencia destructiva del régimen burgués no nos lleva ni a vaticinar su pronta disolución, ni a esgrimir la necesidad del socialismo por una supuesta vejez del capitalismo, tal cual lo sentencia Amin (2003: 157).

Y al contrario de lo que difunde Althusser (1993: 300), para cierto Marx tanto el socialismo cuanto el comunismo eran de surgimiento probable; todo dependerá de lo que hagan las clases explotadas (en especial, la clase obrera) y los grupos subalternos. Pero sin duda es verdad que, en razón de los enormes problemas que habrá que revolver en el instante mismo de la revolución y de la instauración del socialismo, éste no será un paisaje idílico sino un “río de mierda” furioso (sic) que sacudirá la aventura hasta el punto del naufragio. [especulaciones simultáneamente asignables a la ciencia y a la crítica]

Pero que, tal cual lo señala casi con giros morales el economista Gunnar, la planificación de los mundos anti/capitalistas del siglo XX (mal llamados “socialistas” sin más examen que las declamaciones de sus líderes), se haya convertido en ideología (1974: 155, 157, 169); que los gobernantes de dichas naciones hayan sido propensos a auto legitimarse como “planificadores” (op. cit.: 163); que ese tipo de “socialismo” haya funcionado en calidad de ideología ruda (loc. cit.: 189), etc., no justifica un ataque contra la mera palabra ni contra el proyecto. No obstante, el deconstructor en la brecha tuvo la “bondad” de aclarar que Marx no fue un “planificador” déspota (op. cit.: 164). Hay mérito en ello, si recordamos que un apologista al estilo de Hayek se amparaba en Trotski a los fines de propagar que en el “socialismo” de Estado el poder de coacción es tan omnímodo, que se llega a la premisa “el que no obedezca, que muera” (1996 b: 166).

En un estrato desigual de asuntos, compartimos la pincelada de Gouldner sobre la ex–URSS: se trató de un régimen colectivista burocrático (1983: 373); quizá enunciaríamos mejor “redistribucionista” con una fuerte atrofia burocrática. Sin embargo, carente de clases (ver una perspectiva antagónica en op. cit.: 370, 372).

(17) Es en los economistas que reflexionan acerca de la progresiva desmaterialización del dinero, donde habla una dialéctica idealista que trae a escena sólo paradojas, juegos de lenguaje, etc. (1971 c: 80). Por ende, no en nuestro amigo. [universo de lo científico]

(18) Anticipando lo que exige una demostración pausada, de lo perfilado es factible concluir que en las comunas que advinieron al presente hubo un materialismo cuasi/lineal.

Por ello, comprobamos también un materialismo “mecanicista” en la superestructura consistente en que a determinadas percepciones, se lían determinadas acciones. F. i., Hayek sentencia sin que tome distancia de lo proferido, que el “progreso” logrado en el capitalismo resultaría imposible sin la desigualdad (1996 b: 62/63). Luego, para autodisimularse lo que encierra semejante posicionamiento, aboceta (en un razonamiento defectuoso) que los usos desiguales del saber son una clase de “diferencia” que en el capitalismo contemporáneo, posibilitó que las mismas cosas se emplearan de modos disímiles (op. cit.: 63). De esa suerte, combatirá en pos de afianzar la democracia formal liberal del voto y del gobierno delegado en el Parlamento. No se le ocurre preguntarse, como a un Sartre más paciente con Marx, si es cierto que aquella clase de democracia lo es en el fondo o si, por el contrario, no está a medio camino entre un cuasi totalitarismo encubierto y un genuino poder popular (1968 d: 53).

(19) Contra Lenin, etc., pero igualmente contra Derrida (1995), Guattari (1990; 1995; 1996), Deleuze (1980), los post–modernos, el metodólogo y metodólatra Edgar Morin (1986: 174), entre otros.

Por otra parte y situados en un registro desigual de asertos, los sememas conectados con “economía” en el volumen III de los Grundrisse no agregan mucho a los explicitados ya.

(20) La rapidez de la rotación del capital y la celeridad de la circulación monetaria, inducen una economía en los medios de circulación o en el capital de reserva de los agentes ocupados en la re/producción (Marx 1983 c: 503, 520/521, 523). Esa economía en los medios citados se aprecia en el reemplazo de los metales preciosos; con el uso de papel moneda a escala planetaria, se abaratan los costos de circulación puesto que ya no se gastan recursos considerables en la producción anual de oro y plata (1983 b: 317–318).

(21) La producción intelectual forma parte de la tarea general del espíritu humano; por añadidura, ése es el “verdadero” trabajo general (1983 c: 128). Lyotard quiere no obstante, sorprendernos con su informe acerca del conocimiento (1993).

(22) En la agricultura capitalista, la relativa imposibilidad de eliminar una gran parte de los residuos para su reutilización en el proceso genético de tesoro, supone un significativo derroche (1983 c: 125).

(23) Hence que tal cual lo argumentamos en López, 2010 a sea creíble articular algunos grandes parámetros para entender la teoría del distanciado con los anarquistas: a. esferas de administración de la riqueza; b. tipos de “economías”; c. controles cibernéticos de la producción; d. ecologías asociadas; e. principios generales orientadores.

(24) Por supuesto, en las débiles asociaciones de los comunitarismos de “horda” que regían la vida arriesgada de los primeros Homo, tanto la cristalización como el aspecto economicista de los valores de uso, eran prácticamente nulos. Sin embargo, sostenemos con énfasis que éste no era el caso de las agrupaciones “tribales” con trueque simple, a pesar de los estudios de antropólogos al estilo de Sahlins. Es obvio que tales fenómenos son de menor magnitud que en las comunas en las que respira el comercio y/o en las fraccionadas en clases. El paradigma en el endurecimiento y en la ecónomo-génesis es por supuesto, el capitalismo.

(25) Aunque todavía no hemos desmadejado el surgimiento de la ley del valor (lo que podría quedar para una investigación postrera), los textos nos permiten inferir que ésta no es propia del capitalismo ni de las comunas productoras de mercancías (ir a López, 2010 a).

Al parecer, existe una fase en la que asoma y entra en pugna con otra escala para medir los valores de goce. Y si bien es altamente especulativo, es factible que en cierta pausa de la hominización y en el período inicial de los primeros Homo, la economía se asociara a un estrechamiento de lo temporal en una cuatripartición: tiempo de trabajo vs. tiempo de vida; día vs. noche (cuádruple escisión que sólo más tarde se explicitaría en algunos sistemas simbólicos elaborados). En esa temprana “etapa”, se entiende que no operaría la norma en juego, pero no demoraría su ingreso a escena.

Por eso, se torna impostergable diferenciar entre una economía económica que gira en redor de la cuatripartición citada (a) y del desarrollo limitado de las potencias genéticas (a1), sin que se pueda hablar todavía de ley del valor (a2), y otra ya asentada en los cuatro aspectos (b –economía economicista, los dos pares de oposición para la estructuración de lo temporal, despliegue raquítico de las fuerzas productivas y norma valor).

(26) El eje de la causalidad en los escritos del militante en escena, es de por sí intrincado como para merecer una Tesis. A pesar de su amplitud, lo hemos abordado en un artículo inédito (López, 1999 a) en el que seguimos el ejemplo inspirador del Lacan de “Ciencia y verdad” (1987 b): como es sabido, el continuador de Freud (Braunstein, 2001) reelabora los tipos causales aconsejados por Aristóteles. Al tiempo que nos oponemos a su metafísica, reconstruimos los factores que inducen efectos conservando el tino que impide activar la filosofía de la Presencia por una negación demasiado frontal de ella (estrategia aprendida de Derrida y Heidegger).

Vilar enumera algunas clases de causalidad surgidas del escudriñamiento de “topo” de los historiadores: causalidad estructural, estadística, lineal, probabilística, etc. (1974: 67).

En otro registro de claroscuros, Amin indica que la explicación por causalidad lineal está fuera de moda (2003: 127). Sin embargo, esta postura más “presentable en sociedad” es distorsionada por historiadores que, esgrimiendo el “manierismo” del régimen burgués de fines del siglo XX, niegan lo que es obvio en una lectura apresurada de los periódicos del día: que la primera “Guerra del Golfo” no fue por el petróleo, sino por causas más “intrincadas” (Brieguer, 1991: 128/129).

(27) Curiosamente, aun cuando el historiador marxista Rudé acepta que los estudios sociales comprueban que hay una independencia relativa de la superestructura (1981: 21), encajona la “basis” a economía o “base económica” (op. cit.: 20). Igual hace Pla (1982: 10, 26).

En otro orden de asuntos, Vilar enfatiza que los críticos del fallecido en 883 o de sus “discípulos” suelen hacer pasar el marxismo vulgar de alumnos de Derecho de primer año, como el pensamiento del “economista” en escena (1993: 357). Incluso, estudiosos que presumen de su erudición repiten tópicos que son increíbles en los que esgrimen un conocimiento exhaustivo de los textos canónicos. E. g., Habermas cae en la “lección” escolástica y escolar de la sucesión de las cinco (!!!) formas para la génesis de tesoro (1982: 94; Gouldner 1983: 315–316); en tamaña simplicidad argumenta en parte, su apreciación de las barreras que cercan el Materialismo Histórico (ibíd.). Y es que intelectuales como Weber o Gouldner discuten apelando a fuentes derivadas (Vilar 1993: 357).

Por otras razones, el historiador argentino Pla (que es leninista) sostiene que Marx sólo habla de 4 (cuatro) modos de producción (1982: 10), en virtud de que las formas de descomposición de los tipos de propiedad de la tierra que hubo antes del modo de producción asiático, no son en estricto sentido modos de producción (ibíd.) y a raíz de que el comunismo desarrollado, por la eliminación del trabajo que supone, tampoco lo es (op. cit.: nota 32 de p. 65 –of course, no compartimos lo cincelado).


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