BIBLIOTECA VIRTUAL de Derecho, Economía y Ciencias Sociales

PLURICULTURALIDAD Y EDUCACIÓN. Tomo III

Gunther Dietz y otros




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Multiculturalidad e interculturalidad

El pluralismo cultural tiene sus raíces en las “sociedades plurales” de Furnivall para referir a sociedades donde coexistían colonizadores, colonizados e intermediarios en continua tensión. Otros autores como Barth, Smith y Gordon lo retomaron para hacer hincapié en las descripciones de estas sociedades. Como formulación de modelo o ideología, el pluralismo cultural surgió en EU y Europa a partir de los fracasos de los modelos asimilacionistas y del melting pot, de la conciencia de lo que se puede llamar persistencia étnica, y de la formación de nuevas comunidades étnicamente diferenciadas (Malgesini y Giménez, 2000: 325). Sus principales fundamentos fueron la aceptación de la diferencia cultural y su valoración positiva; y el reconocimiento general de la igualdad de derechos y deberes (Malgesini y Giménez, 2000: 325-326).

Con algunas coincidencias, como el respeto a todas las culturas y el derecho a la diferencia, el multiculturalismo puso énfasis en la organización de la sociedad con el fin de que exista igualdad de oportunidades y posibilidades de participación en la vida pública y social para toda persona independientemente de su identidad cultural, etnoracial, religiosa o lingüística (Malgesini y Giménez, 2000: 291-292). El multiculturalismo se refiere a una situación de hecho (convivencia en un mismo espacio de personas con culturas variadas) y es también una propuesta de organización social (proyecto político de respeto a las identidades culturales) (Malgesini y Giménez, 2000: 292). Sin embargo, como propuesta ha recibido numerosas críticas. Políticamente se le ha cuestionado en lo referente a una posible ruptura de la unidad nacional, así como de la creación de privilegios costosos hacia foráneos. Posiciones racistas y xenófobas también argumentan el derecho de los nacionales autóctonos a continuar siendo “ellos mismos” (Malgesini y Giménez, 2000: 295).

El concepto de interculturalidad surgió a partir de las carencias de los anteriores conceptos, ya que pretendió reflejar una dinámica social más allá de la situación de estática cultural (Malgesini y Giménez, 2000: 253). Es un término más reciente y aún está en construcción. Tiene un carácter interdisciplinario al emerger del campo de la educación, la comunicación y la mediación entre culturas. La interculturalidad se refiere a una interacción entre agentes de culturas distintas en un tiempo y espacio determinado. Para Burbano es el “proceso de convivencia de dos o más culturas en una sociedad pluricultural, gracias a la cual es posible enriquecerse mutuamente a través de la apropiación de rasgos socio-culturales” (Burbano, 1994: 14). Entonces, el desarrollo de una conciencia crítica y reflexiva acerca de la diferencia se convierte en uno de los grandes retos a enfrentar.

Dicha interacción implica una reflexión que permita superar las oposiciones dicotómicas (occidente versus no-occidente, modernidad versus tradicionalismo) que nos llevan a encapsular a las culturas a través de los estereotipos y estigmas creados a su alrededor. Entonces, el conocimiento del “otro” adquiere sentido e implica un proceso de aprendizaje que puede durar toda la vida. Desde una visión crítica que no sea manipulada o sesgada por la propia cultura se puede realizar un análisis de los aspectos positivos y negativos de las culturas de las personas que intervienen en la interacción (Burbano, 1994: 51). En este sentido, también hay cabida para la apropiación de rasgos culturales y sociales como medio de enriquecimiento cultural. Esto implica abandonar las perspectivas puristas que conciben la apropiación de forma pasiva y automática. La interacción de personas de diferentes culturas, que conviven en un mismo territorio y comparten una realidad similar, provoca rasgos compartidos y la continúa adopción y adaptación de éstos. Esto indica que la cultura no es algo estático y que sus portadores la transforman y adecuan constantemente.

Los encuentros e intercambios entre personas de diferentes culturas no implican necesariamente choques, conflictos o competición. Como afirma Wulf, “El objetivo no puede ser la asimilación de lo extraño por medio del entendimiento y su aniquilación por medio del traslado a lo conocido” (Wulf, 1996: 225), sino que hay que propiciar una apreciación positiva y respetuosa de la diferencia. Para alcanzar este objetivo se requiere, de inicio, propiciar una actitud de aprendizaje y conocimiento del “otro”.

En esta línea, es igualmente peligroso caer en la polarización de la situación y suponer que todo lo diferente y extraño es positivo o representa un enriquecimiento cultural. Pongamos por ejemplo la cultura del narcotráfico, los grupos de delincuentes, la explotación del medio ambiente, el sadomasoquismo, y otras instituciones y grupos cuyas prácticas, valores y visiones de la vida pueden resultar perjudiciales para el bienestar humano.

De forma similar, entre los peligros de una visión purista de lo intercultural están el enaltecimiento de la elasticidad de las identidades o por el contrario, su esencialización. En el intento de evitar la uniformización se ha recurrido a una multiplicación desmesurada de las identidades en diferentes momentos y espacios, esto puede volverlas escurridizas e instrumentales. En el otro extremo, ante un contexto de mayor contacto entre diferentes culturas se recurre a la esencialización de las identidades y se vuelven entes estáticos. Estos aspectos pueden igualmente llevarnos a actitudes hostiles y xenófobas.

A pesar de que este término introduce una perspectiva dinámica de las culturas su denominación puede llevar a olvidar las dimensiones socioeconómicas y jurídicas, así como las desigualdades y jerarquías etnoraciales en que se da la interacción (Malgesini y Giménez, 2000: 258). Considero que es necesaria la creación de condiciones materiales y sociales que permitan mantener la identidad cultural propia en espacios de convivencia multicultural, ya que esta desigualdad está entre las causas del por qué las personas niegan u ocultan sus identidades culturales.

Una forma de atender esta preocupación es la educación intercultural. Desde este campo, el aprendizaje debe aceptar “el particularismo de las distintas culturas y darle vía libre a su desenvolvimiento” (Wulf, 1996: 226), yo agregaría que es necesario además, desarrollar una actitud crítica, ante estas culturas, que nos permita conformar un criterio objetivo en la valoración de prácticas, costumbres, tradiciones, discursos, lógicas que no perjudiquen la condición humana. Hay que recordar que la educación no sólo instruye personas, sino que también las forma.

El amalgamiento entre interculturalidad y procesos educativos apunta a la eliminación de bloqueos psicosomáticos que favorecen el arraigo de los estereotipos (Wulf, 1996: 225). Lo que también implicaría cambios en las relaciones de aprendizaje: alumno-maestro, padre de familia-maestro, comunidad-maestro, alumno (hijo)-padre. Es entonces imprescindible promover una comunicación abierta y relaciones horizontales en estos procesos. De otra forma, se seguirán reproduciendo relaciones de poder que dificultan y obstaculizan la convivencia respetuosa.


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