BIBLIOTECA VIRTUAL de Derecho, Economía y Ciencias Sociales

PLAN DE ACCIONES DE RELACIONES PÚBLICAS PARA LA DIRECCIÓN MUNICIPAL DE CULTURA EN AMANCIO

Rafaela Justina Maso Sierra




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1.3- PROGRAMA CULTURAL. REFERENTES.

En los municipios, en las Casas de Cultura, museos, bibliotecas, cines, galerías de arte y librerías, entre otros, garantizaron la infraestructura para avanzar hacia una autentica democratización de la cultura, propiciando el acceso de la población al arte, la literatura, las historias y las tradiciones locales, fomentando necesidades y hábitos culturales y el desarrollo del movimiento de artistas aficionados. Es responsabilidad de las instituciones culturales la enumeración cultural variada y de calidad, en estrecha relación con instituciones provinciales, nacionales y municipales, con el objetivo de satisfacer las crecientes demandas de la población.

A la luz de lo investigado se caracteriza la programación cultural como “el proceso de planificación balanceada de actividades que lleva a cabo una institución cultural y en su diseño se encuentran presentes todas las manifestaciones del arte y la literatura, las cuales responden a gustos, preferencias y necesidades de los diferentes grupos etéreos; se considera como una de las principales acciones de la promoción y la animación sociocultural ya que mediante la programación se ejecuta la política cultural del territorio y la comunicación de la Dirección de Cultura con los diferentes públicos”.

El estudio realizado por la autora define como principales funciones de la programación cultural las siguientes:

Informativa: Proporciona los elementos básicos para diferentes hechos y acontecimientos históricos y culturales.

Educativa: Contribuye al desarrollo de la capacidad intelectual del hombre, está apoyada en métodos dialécticos y pedagógicos.

Recreativa: Contribuye a completar parte del tiempo libre de la población mediante el esparcimiento, la distracción, el entretenimiento y el recreo.

Orientadora: Es la de formar valores. Contribuye a crear un sistema de valores, aptitudes y modelos de conducta.

Divulgación: Difunde el quehacer artístico y cultural de las diferentes instituciones culturales, contribuye a propagar hábitos y costumbres.

Por Cultura se remonta el concepto que sitúa al hombre como sujeto de un proceso de asimilación- transformación de valores que hereda y crea en su constante interacción con el mundo y que le permite proyectar conscientemente el futuro.

La asignación de un papel metodológico y activo al hombre nos conduce a la participación como posibilidad de intervención creativa de un proyecto de vida individual y colectiva, con la cual se convierte en el objetivo máximo que se pretende alcanzar.

Se asume la acción cultural como el proceso consciente que pueden llevar a cabo los individuos, colectivos o poderes públicos en diversos escenarios socioculturales con el fin de influir en la creación y expresión cultural y en la que pueden predominar, desde el punto de vista comunicacional, rasgos difusivos o participativos (Casanova, 2006: 53).

Ellos pueden enmarcarse dentro del conjunto de prácticas a través de las cuales se materializa la política cultural del Estado de un determinado país, o pueden constituir formas espontáneas de expresión de los ciudadanos sin que obedezcan a una formulación política expresa de carácter global, pero en ambos casos suponen un basamento teórico y un determinado nivel de organización dirigido a desarrollar la cultura.

Promoción y animación están presentes en las acciones de promover y animar, las cuales, desde el punto de vista semántico, implican crecimiento e intervención. Ellos representan acciones conscientes destinadas a desarrollar la cultura (Casanova, 2006: 54).

Quiere decir ello que podemos interpretar la promoción y animación como procesos activos dirigidos a estimular y organizar a los diversos actores y agentes sociales para su participación en la transformación de su realidad.

Pueden ser considerados como procesos, pues para lograr sus fines transitan por diversas fases que van desde sensibilizar los sujetos para motivarlos a participar, capacitarlos para que adquieran las habilidades y destrezas necesarias para su intervención, y por último facilitarles las organizaciones que propicien su participación.

A nuestro juicio la diferencia entre ellos se basa en la relación que se establece entre el emisor y el receptor, pero también se vincula al poder que legitima el emisor y los niveles de participación que adelanta. Así la promoción, suele asociarse comúnmente a rasgos difusivos y la animación con rasgos participativos.

Esta afirmación es válida en tanto las estrategias promocionadas están casi siempre relacionadas con una escala macrosocial en la que deben crearse y transmitirse las premisas metodológicas y organizativas que posibiliten la participación en las diversas instancias de dirección de los procesos culturales.

Puede definirse la promoción sociocultural como aquellas estrategias diseñadas con un carácter global, que pretenden transmitir e instrumentar acciones en los diversos niveles de decisión para facilitar las estructuras y canales que garanticen la participación (Carcassés, 2006: 55).

Para lograr estos propósitos, se valen básicamente de técnicas informativas, difusivas y organizativas, y también incorporan la animación para gestar los procesos participativos a nivel de la comunidad.

Tanto la promoción como la animación promueven niveles de participación en la toma de decisiones; la primera puede lograr una representatividad social para los criterios políticos y metodológicos, que a nivel global garantizan la participación en diversas instancias de dirección y la segunda resulta el marco idóneo para que la población decida acerca de los proyectos creadores que modifiquen su realidad.

Los antecedentes de estas modalidades de acción cultural se pueden ubicar en la segunda mitad del siglo XX, cuando las grandes potencias económicas y militares fortalecidas como resultado de la segunda conflagración mundial se convierten en un nuevo paradigma para Occidente y el resto del mundo; por tanto, se erigen en referentes como modelos de desarrollo (Carcassés, 2006: 56).

En América Latina, para esa misma época, se inscriben acciones que asumen diversas denominaciones. A las de corte social suele llamárseles desarrollos comunitarios y los proyectos de tipo cultural generalmente se hayan asociados a la educación popular. Anden Egg los considera bajo el genérico nombres de programas de promoción cultural basándose en que “(…) el objetivo último de los mismos en América Latina consiste en impulsar el surgimiento y consolidación de las organizaciones de base y la movilización del pueblo de su situación de subdesarrollo y dominación” (Carcassés, 2006).

El enfoque de participación popular en este sentido tiene una influencia decisiva en Paulo Freire y su práctica en torno a la alfabetización, la educación popular y los proyectos de investigación que adelanta, incorporando a ellos campesinos, obreros y otros sectores populares.

“El impacto de su pedagogía –refiere Egg- convirtió de hecho a estas prácticas en estrategias concientizadoras y revolucionarias dirigidas a la producción de conocimientos de las clases más desfavorecidas en función de la transformación social”. Teniendo en cuenta estas experiencias de la sociedad civil, los poderes públicos se producen políticos expresos en los que de una manera gradual van readecuando estrategias relacionadas con la promoción y animación sociocultural (Casanova, 2006: 60).

En el caso de las políticas culturales, al igual que las políticas sociales, estará presente la idea que el desarrollo cultural de cada nación y la voluntad desde sus inicios, la materialización de las políticas culturales ha estado vinculada al rol que desempeñaron los Estados en materia cultural.

Es así que en 1969 la UNESCO la define como “(…) el conjunto de operaciones, principios, prácticas y procedimientos de gestión administrativa o presupuestaria que sirven de base a la acción cultural del Estado (por lo que) pertenece a cada Estado determinar sus propia política cultural en función de los valores culturales, de los objetivos y de las opciones que por sí mismo se fije” (Casanova, 2006: 60).

Las políticas culturales se plantean desde entonces incidir en los sectores tradicionales de acción en la cultura, pero también se proponen objetivos con respecto a la sociedad en general. Las acciones promocionales dirigidas a ese propósito han sido estudiadas en el plano teórico en base a los paradigmas: la democratización y la democracia cultural.

La democratización emerge como modelo y se propone corregir desigualdades culturales ilustrando a las masas y facilitándoles el acceso a la cultura. El Estado se convierte así en el responsable, casi exclusivo, de la promoción cultural, con la intención de crear las condiciones necesarias para que el mayor número de personas reciban los beneficios de los bienes y servicios culturales.

Para ello, plantea políticas de descentralización geográfica de la oferta cultural, las cuales se sustentan en diversas estrategias promocionales, tales como la creación de una amplia infraestructura en zonas carentes de este servicio y la organización de grupos interesantes para llevar los productos culturales a zonas distantes de los centros culturales.

Con esa óptica difusionista se habla por primera vez de animación en la Conferencia Intergubernamental de Venecia, efectuada en 1970, donde se interpreta como una acción encaminada a hacer las instituciones más vivas y como vía para invitar al público a participar, en el sentido de asistencia a las actividades que se les ofrecen.

Como se observa, la promoción y la animación se homologan en cuanto a sus objetivos y contenidos; ambos pertenecen al disfrute de los bienes y servicios culturales propios de la élite cultural por amplios sectores de población y utilizar la difusión y la educación para lograr sus fines. Sin embargo, la promoción se asocia más a una estrategia general que crea las condiciones propicias para este acceso e ilustración, mientras que la animación se supone que ejerza estas funciones a nivel de comunidades y bases sociales.

Sobre esta base se populariza en la década de 1980 el paradigma conocido como democracia cultural, la cual sostiene que “(…) el progreso solo puede ser el resultado de la propia dinámica intensiva de la estructura sociocultural y de las circunstancias históricas de cada uno de las colectividades”.

Se insiste en que su objetivo debía dirigirse a construir una mejor calidad de vida y no a la pérdida de los marcos de referencia. La preservación de la identidad cultural se convierte así en un propósito esencial de este modelo.

Con la aceptación de la dimensión cultural del desarrollo se pretende estimular la acción colectiva y autogenerada de todos los grupos sociales desde la propia comunidad y en las diversas esferas de la vida, ya sea en lo político, lo económico y en lo social. Los consumidores de cultura se convertirían bajo este modelo en productores de su propia realidad.

La democracia cultural y la dimensión cultural del desarrollo propician algunas modificaciones en la forma de interpretar las políticas culturales, la cual se amplía en MUNDIALCULT 1982, definiéndose como “(…) la manera en que se reconoce y favorece mediante un conjunto de medios de organización y el desarrollo económico social, el movimiento creador de cada miembro de la sociedad entera (Carcassés, 2006: 64). De ello se deduce que la política cultural es un asunto en que todos deben participar y que abarca todos los aspectos de la vida nacional (Carcassés, 2006: 64).

El volumen de teorizaciones y experiencias sobre la promoción y la animación cultural proliferan en esta etapa, destacándose un valor metodológico como medio para que los sujetos sociales puedan intervenir en la construcción de su entorno sociocultural.

El concepto de gestión en la cultura se plantea como una educación de estas funciones en el campo cultural. Por tanto, la administración de asuntos culturales basada en este enfoque pretende dejar de ser una prerrogativa de los directivos de las instituciones para extender las decisiones de la comunidad organizada.

La gestión, a su vez, añade a los procesos administrativos típicos como la planificación, el control y la evaluación, todas aquellas acciones que propicien espacios para la creación y el disfrute de la cultura, se encuentren enmarcadas o no en la radio de acción de una institución específica.

Concebida de esta manera, forma parte también de la gestión cultural el conjunto de procesos que favorecen la creación y el desarrollo de la cultura, a saber, la promoción, la animación, la preservación, la investigación, el financiamiento, la información, la formulación de recursos humanos y, en resumen, tantos aspectos como áreas y competencia comprenda la amplia cobertura de lo cultural en sus diversos escenarios socioculturales.

En etapas tempranas de la sociedad de clases, empezó a manifestarse con fuerza cierto elemental desarrollo cultural, y en especial en las sociedades esclavistas que alcanzaron mayor nivel artístico e intelectual. En la vida de la cultura estaban incluidas todas las ramas del saber humano, y dentro de ellas el arte, aspecto sustantivo de lo que más tarde pasó a llamarse la cultura humanista.

Fue realmente el capitalismo, con el desarrollo de la industria y el notable y alto grado que alcanzó la división del trabajo, el que separó el arte del resto de las otras ramas del saber humano y lo convirtió en una actividad cada vez más especializada. El alto desarrollo de la especialización del trabajo provocada por el capitalismo, hizo marchar por un lado el arte y por el otro, a las disciplinas de carácter social, técnico y científico en general.

Esto constituyó en su momento una necesidad objetiva del desarrollo, más no solo el arte se separó de otras ramas de la cultura, sino que cada una de las manifestaciones del arte se fueron desvinculando de las restantes.

En el siglo XIX fue elaborada por Marx y Engels la concepción filosófica capaz de estudiar estos problemas y de ofrecer las fórmulas que servían de síntesis o de integración armónica a todas las ramas que constituyen el fenómeno de la cultura en general.

El materialismo dialéctico e histórico es el eslabón superior de la cultura humana. El socialismo científico se presenta como el elemento de integración y de análisis completo y armónico de integración y de análisis completo y armónico de toso los componentes de la cultura.

A lo largo de los siglos XIX y XXI, muy especialmente en las décadas que están transcurriendo, se han ido creando las condiciones materiales y técnicas indispensables para volver en un más alto nivel, como en forma de espiral, a una visión total, armónica e integradora de la cultura.

Integración no significa que el arte en sus distintas ramas y sus formas concretas de realización, tenga que ser exactamente igual que las restantes formas de expresión de la cultura. Integrar no quiere decir aplastar las partes componentes. Muy por el contrario, significa insertar a estas partes, de otra forma no habría verdadera integración.

El socialismo se propone alcanzar una forma superior de humanismo; vale decir también una forma superior de integración de todas las partes componentes de la cultura. No se trata de que el arte y la literatura deban imponerse sobre el resto de las ramas de la vida cultural, ni de someterse a ellas desde luego. Tal planteamiento sería irracional.

Se plantea que el arte necesita para el desarrollo ulterior de esa relación con todas las ramas de la cultura y dentro de ellas, por solo citar algunas, con la psicología, con la historia y, desde luego, con la formación filosófica y de tecnología. En la medida que el estudio del arte e incluso el arte mismo, se analice en su relación con otras ramas de la cultura, podrá alcanzarse la jerarquía que le corresponde; en la medida que se aísle o se separe o se le considere independiente de otras ramas de la cultura, el arte reduce su valor como tal.

El valor del arte está en su relación con la cultura y la vida social en general. El movimiento artístico y las experiencias artísticas en general cambian las técnicas modernas con las condiciones del crecimiento de la industria y el uso de las tecnologías de información y de comunicación, estas últimas constituyen un nuevo campo de estudio para diversas disciplinas sociales y en especial para las ciencias de la comunicación.

Una de las tareas más importantes y apremiantes que tiene el Ministerio de Cultura, se refiere a la investigación social e histórica vinculada con los hechos artísticos concretos. La evaluación del arte está relacionada con su evolución social e histórica, vinculada con los hechos artísticos concretos. La investigación sociológica e histórica, así como los estudios etnográficos en cada comunidad, con el objetivo de rescatar y llevar a cabo una mayor participación de la población en el hecho artístico y cultural, sobre la base de sus hábitos, costumbres y tradiciones.

Lo importante para dirigir y orientar la aplicación de la política cultural y para propiciar las condiciones organizativas indispensables a su desarrollo. Es necesaria la relación interdisciplinaria entre las diferentes artes. Estas tareas de las políticas culturales sólo son posibles de alcanzar con el funcionamiento de un vasto sistema de organización y dirección e instituciones, empresas y organismos que inciden en el trabajo cultural.


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