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ELEMENTOS FUNDAMENTALES PARA LA TEORÍA Y ESTRATEGIA DE LA TRANSICIÓN SOCIALISTA LATINOAMERICANA Y MUNDIAL

Antonio Romero Reyes



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¿Tiene futuro el actual sistema histórico?

Decidir un nuevo sistema es la lucha política mundial más importante de nuestros tiempos. (Wallerstein 2008)

Como sistema histórico el capitalismo está volviéndose crecientemente innecesario e inútil, justamente por su peligrosidad, colocándonos ante una gran “encrucijada histórica” (Quijano): o prescindimos de él, o tenemos asegurada la completa extinción. ¿Cómo suprimirlo, si esto es condición sine qua non de la emancipación humana? Suprimir y/o abolir el capitalismo, ¿significa también la supresión de toda forma de desarrollo de las fuerzas productivas?, ¿de qué fuerzas productivas estamos hablando?; ¿qué fuerzas productivas es necesario suprimir o mantener bajo control internacional, por la amenaza que su utilización representa para la vida en el planeta?; por el contrario, ¿cuáles son las fuerzas productivas que son importantes desarrollar sin apego exclusivo a la lógica de la ganancia?

Las sucesivas revoluciones tecnológicas han ido permitiendo la progresiva mercantilización de los recursos y otras formas de capital a nivel de todo el planeta, que con la globalización se lleva a cabo en una escala sin precedentes, nunca antes vista. Cada una de esas revoluciones e innovaciones (o desarrollo de las fuerzas productivas en el argot de Marx) imponía sus propios límites a la “incesante acumulación del capital” (Wallerstein). La globalización del mundo, la planetarización del capitalismo, o la mercantilización de la vida, constituyen los límites insalvables al crecimiento y reproducción incesantes del sistema, aunque el costo a pagar por esa irracionalidad (Mandel 1979: 555 y ss) es un imponderable debido al caos e incertidumbre inherentes a la transición en la que hemos ingresado como sistema-mundo.

El desarrollo de las fuerzas productivas, en el marco de las relaciones capitalistas, está llevando cada vez, de manera aun más acentuada, hacia la desnaturalización del planeta y la deshumanización de los seres humanos; siendo esta la expresión más cabal de la “crisis de civilización” que atravesará este sistema histórico en el siglo XXI. En manos del capital, el desarrollo de las fuerzas productivas conduce necesariamente hacia la destrucción, o, en su defecto, a la perversión y degradación de la especie humana, en un mundo alienado donde las relaciones interpersonales y sociales están condenadas a ser manipuladas como relaciones entre “cosas”.

Las crisis por implosión de “burbujas financieras”, como la ocurrida recientemente en el mercado inmobiliario norteamericano, tienen profundas raíces históricas y estructurales. La bonanza y el colapso de toda fiebre especulativa no puede ser entendida por si misma, como un problema exclusivamente monetario, dejando fuera de la explicación -como hacen los economistas ortodoxos- a los factores “reales”, o separando a unos y otros cual si fuesen esferas independientes. Sin embargo, cuando el hecho ocurre, nos está indicando que algo “grave” viene pasando en la esfera productiva, lo cual se puede apreciar si se adopta una perspectiva amplia y de longue durée como se trató de hacer anteriormente.

La actual crisis financiera de repercusiones globales no conlleva ningún colapso del capitalismo, pero sí activa o -mejor aun- pone de manifiesto sus propias contradicciones ratificando que, efectivamente, nos encontramos en una larga transición de agonía o de “fallecimiento de la economía-mundo capitalista”, como la llama Wallerstein. El capitalismo como sistema-mundo tampoco caerá por si solo a menos que tenga al frente una alternativa mundial de transformaciones, de cambio civilizatorio, que se encarne en nuevos sujetos históricos, sociales, colectivos. Esta alternativa, ni nada que se le aproxime, sigue estando ausente en el horizonte de los movimientos. Mientras eso no ocurra el sistema se vuelve más y más irracional, más y más destructivo, más y más prescindible, trivial y vacuo.

Las reformas como la que requiere urgentemente el sistema monetario internacional servirán solamente para postergar en el tiempo la crisis definitiva, aun cuando la hegemonía de una sola superpotencia (la de EEUU, en franco declive) sea sustituida por arreglos políticos entre los estados de los países centrales (los propios EEUU, Europa occidental, Japón) que involucren a los grandes capitalistas y corporaciones, así como los mercados de capital. Los acuerdos de Breton Woods, los organismos especializados que lo gestionan (FMI, Banco Mundial), hasta las tertulias del Foro de Davos, resultan inservibles para mantener el sistema (menos todavía su “gobernanza”).

El "retorno del Estado" y por ende del activismo estatal en la economía es la solución momentánea para el corto y aun mediano plazo, para poder resolver las dificultades que se han presentado y procurar implementar nuevos mecanismos de regulación al manejo del sistema y los mercados que lo integran, a fin de evitar las “quiebras” o al menos de minimizarlas. Tener en cuenta que esa solución, como lo fue también en su momento tras el "rescate" financiero a raíz del crac del 29 y la implementación de políticas keynesianas, lo es solamente desde el punto de vista de los intereses sistémicos del capitalismo. Si se ven así las cosas, entonces se reiniciará un nuevo ciclo, que aunque de paso favorezca las políticas sociales, la misión principal del estado será reestablecer a largo plazo las condiciones de la acumulación de capital, y del capital financiero en particular.

Este sistema está agónico desde hace tiempo, y como civilización es pernicioso y decadente. El único futuro que nos ofrece a todos y todas es el de mantenernos aferrados al presente sin futuro, como consumidores apegados al “consumismo” insaciable, inducido por la publicidad, y cumplidores con el pago de deudas. Producir individuos alienados y socialmente disgregados por los mercados constituye una de las fuentes del verdadero poder del capital. Esta moderna dominación se completa con la enajenación del poder social por el poder de la representación de los políticos profesionales y la tecno burocracia (pública y privada, civil y militar). Las cosas no cambiarán sustancialmente en el futuro si la política se limita a resolver los conflictos intercapitalistas, sean estos transnacionales, corporativos o interestatales, ocultados mediante categorías fetichistas en la forma de problemas de crecimiento, inversiones, etc.; quedándonos de esa manera aprisionados por el sistema. En términos de Wallerstein (1999), están vigentes las opciones abiertas al capitalismo histórico por la transición: ¿desintegración?, ¿decadencia?, ¿“transformación controlada”?, ¿revolución? Una pregunta más: ¿los mismos principios que sustentaran “la alternativa” que sustituyera al socialismo realmente existe (Bahro 1980), servirán y/o serían igualmente aplicables para lo que es su reverso, el capitalismo histórico?

Si en la esfera real de la economía (i.e. la producción) las revoluciones tecnológicas y el desarrollo de las fuerzas productivas, de las que dependen los nuevos impulsos a la acumulación, son condicionadas por relaciones sociales y de poder, por conflictos de interés que llevan a luchas intercapitalistas y entre el capital y el trabajo; en la esfera de la circulación el dinero como valor de cambio y equivalente general ejerce su poder fetichista sobre las relaciones interclasistas y sociales en general, condicionándolas y aun re-ordenándolas.

Las luchas, movilizaciones y reivindicaciones sociales por más ingresos, más cosas (satisfactores materiales), más presupuesto y proyectos sociales, más canon minero, etc., quedan atrapadas en las redes de ese fetichismo porque, en última instancia, todas esas luchas se reducen a pedir más dinero o más plata al estado y los poderes establecidos, quedando así subordinadas a esas reivindicaciones cuestiones importantes y claves de la organización política popular.

Para cambiar aquello tenemos y debemos invertir el fetichismo que rige a la economía y, por extensión a toda la sociedad, donde las relaciones sociales están transfiguradas por el poder del dinero en relaciones sociales entre cosas. Es el mundo puesto al revés por el capital. Estas relaciones entre cosas deben ser puestas en el lugar que les corresponde y ser reemplazadas mediante la praxis por relaciones entre productores directos, a través de la asociatividad, reciprocidad y solidaridad, entre otros valores anticrematísticos; donde el control social de los medios de producción y toda forma de capital creada por la intervención humana recaiga en la sociedad democráticamente organizada. En esto consiste el socialismo postulado por Marx y otros, sin la necesidad -más bien con la supresión- del Estado y de toda forma de poder exterior, ajeno a las necesidades de la mayoría.

Entre las lecciones extraídas por Marx de la experiencia de la Comuna de París (del 18 de marzo al 28 de mayo de 1871), el socialismo como periodo de transición tiene que librar una doble lucha, sea expropiando el poder económico de los capitalistas pero también, al mismo tiempo, socializando toda forma de poder político representado por esa exterioridad llamada Estado (Marx 1978: 179-191). Emancipación y desalienación son las claves para recrear la economía y reinventarnos la vida en sociedad, así como para resolver a favor de la existencia y la verdadera libertad humana la difícil transición histórica en la que estamos sumidos.

Suscribimos la tesis del pensador y político norteamericano John Dewey (1859-1952), un liberal progresista de la primera mitad del s. XX: “[que] el objetivo último de la producción no sea la producción de bienes, sino la producción de seres humanos asociados entre sí en términos de igualdad.”

Inspirándonos en la tesis de Dewey, podríamos proponer esta visión de futuro: En el socialismo, el objetivo último de la producción en el más completo sentido de esta palabra es la producción de nuevas relaciones sociales que permiten la plena y libre realización de los seres humanos, desprovistas aquellas y estos de toda forma de alienación y poder exterior.

La tesis de Dewey, nuestra propuesta de visión, la combinación o alguna variante de ambas, ¿podrían ser suscritas también por las corrientes de pensamiento que en la actualidad están en desacuerdo y, aun más, se oponen al capitalismo realmente existente? Tal vez -insistimos: tal vez- la tesis de Dewey sea aplicable y llevada a la práctica en los países de capitalismo avanzado, de tradición liberal y arraigada cultura democrática. En países como los nuestros de América Latina, en cambio, el capitalismo se impuso con métodos “salvajes” y mucho más violentos, y la cultura autoritaria tiene profundas raigambres sociales, políticas e institucionales; cualquier intento de cambio a favor y desde las mayorías tiene que enfrentar necesariamente la rabiosa oposición y resistencia de los poderes fácticos, por lo que la lucha está planteada desde el principio y no se limita solamente a una lucha “nacional”.

Por “lucha” entendemos la preparación de las condiciones para el surgimiento de la nueva sociedad, lo cual pasa necesariamente por la organización, (re)educación política, formación de liderazgos populares, la participación activa y organizada en los asuntos públicos (desde los niveles locales) disputando palmo a palmo con el Estado y las grandes empresas las decisiones que afectan la existencia social; rechazamos más bien que se lo haga mediante el vandalismo, la quema de locales públicos y la pura bulla callejera que más bien desacreditan toda otra forma de lucha y los reclamos de “justicia” ante el orden establecido y el resto de la sociedad.

Como sostuvo hace mucho tiempo Samir Amin: la periferia está obligada a superar el modelo capitalista, lo cual implica un complicado periodo de transición:

“La transición, considerada a escala mundial, se abre a partir de la liberación de la periferia. Esta se ve obligada a plantear desde el principio un modelo de acumulación previa local. En las condiciones actuales de desigualdad entre las naciones, un desarrollo que no sea simplemente desarrollo del subdesarrollo será simultáneamente nacional, popular-democrático y socialista por el proyecto mundial en que se inscribe. El capitalismo ya ha adquirido, efectivamente, una dimensión planetaria y dentro de este marco ha organizado las relaciones de producción; el socialismo solo puede plantearse a nivel de toda la tierra. De ahí resultarán una serie de contradicciones específicas de la transición, entre el objetivo socialista necesariamente mundial, y el marco transitorio, que sigue siendo nacional.” (Amin 1978: 373).


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