BIBLIOTECA VIRTUAL de Derecho, Economía y Ciencias Sociales

ELEMENTOS FUNDAMENTALES PARA LA TEORÍA Y ESTRATEGIA DE LA TRANSICIÓN SOCIALISTA LATINOAMERICANA Y MUNDIAL

Antonio Romero Reyes



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I. Marco crítico para comprender la decadencia y crisis del capitalismo histórico

Si convenimos que la globalización representaría el comienzo del fin de la historia del capital o de “la prehistoria de la sociedad humana” (Marx), conviene preguntar si el siglo XXI –y los siguientes- será también el de la decadencia del capitalismo, aunque no necesariamente el de su derrota.

Las nuevas bases de acumulación guardan relación con las condiciones actuales de la globalización del capital como régimen económico y político mundial, al mismo tiempo que con la crisis profunda del sistema capitalista en todo el orbe, cuyo poder (de recuperación o de adaptación) debe ser enfrentado con una propuesta alternativa y civilizatoria. Por crisis profunda del sistema capitalista queremos decir crisis de civilización, comprendiendo desde la actual crisis financiera y la crisis ambiental hasta la completa crisis de valores, de paradigmas de desarrollo y de la propia racionalidad instrumental con la que opera el actual sistema histórico.

La punta del iceberg.

Es preciso comprender al neoliberalismo como una “filosofía integral”, no solamente como un determinado estilo de gestión de la política económica. Si la crisis financiera iniciada en el 2007 reforzó el descrédito del neoliberalismo, esto no significa necesariamente su fin, como hizo hacer creer Gonzalo García (2008). Tampoco ha significado “el fin de una era”, como titulaba Ramonet (2008) quien se hizo eco y hasta magnificó la opinión del premio Nóbel de Economía Paul Samuelson ("Esta debacle es para el capitalismo lo que la caída de la URSS fue para el comunismo") aun cuando sea específicamente entendida como el fin de la (super) hegemonía Made in USA, sin ser este el caso. Si la crisis tuvo como epicentro a los Estados Unidos y -más concretamente aun- el sistema financiero centrado en Wall Street, aunque diste de comprometer seriamente la viabilidad de todo el sistema capitalista; si estamos de acuerdo que esta crisis puso en entredicho -en el plano del pensamiento- al neoliberalismo financiero aunque el paradigma civilizatorio del mercado se mantenga todavía incólume en el imaginario de millones de seres humanos; si no hay cataclismo socioeconómico ni político, pero sí crisis financiera que dura hasta el presente, tal como se patentiza en el caso de Grecia; aun así, todo ello no debería inducirnos a descartar la hipótesis que postula: “La caída de Wall Street refleja la crisis del capitalismo mundial.” (Gandásegui 2008).

Es importante tener muy en claro la distinción entre potencia hegemónica y potencia dominante. La primera sustenta su poder, de un lado, en la supremacía económica de los intereses “nacionales” (en este caso, del estado norteamericano y de sus grandes corporaciones privadas) sobre las relaciones económicas entre países y estados; de otro, en la capacidad de control absoluto, por parte de esos mismos intereses, sobre la división internacional del trabajo, el comercio mundial de mercancías y el movimiento de capitales, principalmente; control absoluto respaldado por el poder tecnológico y militar, considerados insuperables e incontestables. Viendo así las cosas, una de las diferencias entre potencia hegemónica y potencia dominante es de grado: en términos de escala territorial, la influencia de la segunda se limita a una determinada región o continente, así como se le asigna una participación subsidiaria en la gestión global de los intereses (económicos, políticos y estratégicos) de la primera. En esto consiste, gruesamente hablando, el orden global que nos ha venido rigiendo, con sus inevitables vaivenes y relaciones de fuerzas, hasta el presente, donde América Latina como un todo y otras regiones del Sur mantienen una participación marginal, subordinada y dependiente.

El monetarismo neoliberal.

La historia reciente hay que insertarla necesariamente como parte de un largo proceso que, en el siglo XX, se inició con el crac del 29, al cual le siguió una larga transición (hasta 1945) que desembocó en el establecimiento -por primera vez en la historia- de un orden monetario internacional representado por los acuerdos de Breton Woods. Este último (junto al Plan Marshall) sustentó la reconstrucción, recuperación y relativa estabilidad del capitalismo hasta mediados de los 70. La presión proveniente de la creciente movilidad de capitales y la internacionalización de los flujos financieros privados indujo el abandono del sistema de paridades fijas; esto se tradujo, en el plano político-institucional, en el cambio de las finanzas internacionales (es decir, entre países) basadas en el patrón-oro a su mutación en patrón-dólar (agosto 1971), implicando la adopción de la libre flotación de las monedas, especialmente entre los países centrales del sistema. Dentro del marco de este nuevo ordenamiento financiero hegemonizado por la divisa norteamericana, se produjo la “crisis de la deuda” de los años 80 de tan ingratos recuerdos en América Latina; luego la “crisis del tequila” a fines de 1994, que se propagó a toda nuestra región afectando especialmente a la Argentina. A fines de los 90 la inestabilidad e incertidumbre que acompañan la extrema volatilidad de los capitales especulativos, dejaron su impronta sobre las economías de Rusia, América Latina y del sudeste asiático. Y ahora, en el corazón mismo del capitalismo (Nueva York, Wall Street) los EEUU vuelven a probar en carne propia lo que creían haber superado tras el trauma de los años 30, obligando a un régimen de salida como el de Bush a “tragarse” uno de los mandamientos neoliberales referido a la “prescindencia” del Estado. Por cierto, el neoliberalismo nunca fue consecuente a la hora de aplicar sus rígidos preceptos, con el mismo rasero que a los países periféricos, al núcleo de los países centrales del capitalismo y especialmente a los EEUU (Prebish 1982).

Lo que acompaña y está implicado en el default inmobiliario y su impacto sobre el resto del sistema financiero norteamericano, con repercusiones a escala planetaria, es el sistema de la diplomacia del dólar, vigente desde los años 80 (Tavares 1986: 106-111). Los movimientos especulativos de hoy se originaron de la expansión y autonomización del crédito y del mercado interbancario en los años 80, y estos a su vez de la crisis del patrón oro-dólar en los 70. En el plano del pensamiento y la teoría, se resquebrajó uno de los pilares del armatoste neoliberal: la consideración del “dinero” (sea como masa monetaria o en la forma de títulos y valores, es decir, cuasi-dinero) como elemento exógeno e independiente de la economía real basada en la producción y del sistema económico. Fueron los monetaristas encabezados por Milton Friedman (1912-2006) y la llamada Escuela de Chicago -y antes de ellos, el economista Irving Fisher (1867-1947)- quienes habían consagrado tal despropósito. A todo estudiante de economía medianamente formado se le inculca que, en virtud de la teoría cuantitativa del dinero, la oferta monetaria se ajusta “automáticamente” al nivel de precios, dadas la velocidad de circulación y el ingreso nacional (o del PBI si se quiere). Esta teoría, consagrada por la famosa ecuación de Fisher, regía en la época de oro del reinado del “pleno empleo” y de los mecanismos automáticos del mercado, pero colapsó en los años 30 a partir del crac financiero de 1929. Será retomada justamente por Friedman y sus seguidores, mediante una reformulación más sofisticada.

El sinsentido anotado sirvió de justificación para la globalización financiera que experimentó vertiginosamente el mundo desde los años 70, mediante el libre desplazamiento y movilidad -en tiempo real- de las corrientes de capital, así como de uno de sus subproductos: la “financierización”, término que oculta la irracionalidad de ese capital a través de su búsqueda desmesurada -y desesperada- de rentabilidad inmediata, que ha puesto incluso en aprietos los mecanismos de regulación existentes. Ni los mismos bancos centrales se salvan del cuestiona-miento que se merecen (el FED norteamericano en este caso), por su actitud permisiva y condescendiente. Esta permisividad es justamente una de las herencias dejadas por el neoliberalismo de los tiempos de la administración Reagan, en los años 80, que hizo de “la no interferencia con el mercado y la continuación del proceso de liberalización global de los movimientos internacionales de capitales, bienes y servicios” uno de los fundamentos sagrados que adoptó su política económica internacional, para restituir la hegemonía económica norteamericana que venía de un franco proceso de deterioro en los 70 (Bouzas 1986: 86; 92-94).

La irracionalidad se revela tal cual es justamente porque lo que comenzó como crisis en un vector localizado del sistema financiero norteamericano (el mercado inmobiliario), terminó amenazando en convertirse en una “crisis sistémica” obligando al “salvataje” financiero -mediante intervención pública- para socializar las pérdidas y evitar así el colapso del conjunto y su inevitable impacto a escala planetaria, dado el encadenamiento espacial y temporal entre los diversos instrumentos financieros implicados. De manera que la autonomía e independencia, o la “exogeneidad” adscrita a las tesis monetaristas, que se postularon para ese tipo de capital puramente dinerario y especulativo han demostrado ser aparentes, pues en última instancia -como lo muestra fehacientemente el reciente episodio norteamericano- su crisis de realización es cubierta por el ahorro de todos y con dinero público, siendo esto último el costo mayor que paga la sociedad por el desastre a que lleva toda fiebre especulativa generadora de “burbujas financieras”.

La siguiente cita permite apreciar que el episodio norteamericano de agosto-septiembre 2008 es parte de un fenómeno recurrente, cuyo precedente más cercano fue la crisis del sudeste asiático que afectó a las economías de Tailandia, Malasia e Indonesia, en 1997/98. Veamos:

“Cuando los activos pierden valor, aquellos que los compraron con dinero prestado pueden enfrentarse a una ‘llamada de margen’: deben o bien invertir una mayor cantidad de su propio dinero o pagarle a sus acreedores vendiendo los activos y haciendo caer los precios aun más, un proceso que ha estado en el centro de la crisis financiera de los últimos dos años. Pero dejando a un lado estas patologías del mercado, hay otra razón más sistemática por la cual no se han cumplido las reglas: porque el riesgo moral se juega con el dinero de los contribuyentes.” (Krugman 1999: 115).


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