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ELEMENTOS FUNDAMENTALES PARA LA TEORÍA Y ESTRATEGIA DE LA TRANSICIÓN SOCIALISTA LATINOAMERICANA Y MUNDIAL

Antonio Romero Reyes



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La bancarrota de la “izquierda”.

¿Qué queda hoy de la izquierda peruana de los 70 y 80? Existen “partidos” y caudillos políticos que conservan sus viejas prácticas de organización, estilos tradicionales de hacer política y maneras anquilosadas de ver el mundo. Otra manera de decir lo mismo: la “izquierda” se ha reducido a una generación de “líderes fracasados”, la mayoría de ellos con su partido propio y algunos incondicionales que los siguen. Decir o dar a entender que exista algo llamable “izquierda” en el Perú resulta entonces una exageración, de ahí que pongamos la palabra entrecomillas. Esta es la principal aclaración que hacemos al lector(a).

El espacio de izquierda, simplemente, es inexistente en el país, y no se supedita a la presencia del principal partido opositor, o a un nuevo caudillo, como lo da a entender un congresista del Partido Nacionalista (Galindo 2009). Resulta también una exageración señalar que haya una “izquierda radical”, cuando lo que hay para nosotros es una izquierda “retrógrada” carente de perspectivas, cuyos dirigentes andan anclados en imágenes y mitos del pasado. Estos dirigentes, sencillamente, ya no dan más; se mantienen como tales debido al poder que han logrado concentrar y conservar, en cada uno de sus “partidos”, al mejor estilo estalinista.

El transcurso de los años, y no tanto debido a una guerra internacional, ha permitido ir descubriendo “muchos elementos podridos, caducos y muertos” (Lenin 1977: 6), en nuestro caso, entre quienes se auto perpetuaron como dirigentes de la “izquierda” peruana; elementos que bloquean cualquier salida al empantanamiento actual. La bancarrota de esa izquierda tiene las siguientes expresiones concretas en el Perú:

• Un modelo predominante de partido-vanguardia, es decir, del partido leninista canonizado por Stalin de cuadros disciplinados que obedecen al “líder” y creen en la “línea correcta” del comité central, con su respectivo principio de organización fundamentado en el centralismo democrático. A nivel mundial, este “modelo” colapsó junto con la caída del muro de Berlín y la desaparición de la URSS.

• Postración y parálisis política frente a los problemas más acuciantes del país, lo que se refleja en la nula incidencia sobre la opinión pública y la consiguiente identificación de opciones alternativas de gestión de lo público, que sean favorables al pueblo peruano y que no caigan en la dicotomía Estado versus Mercado. Todo esto, ciertamente, con independencia de la participación en grandes movilizaciones o “jornadas de protesta”, y aun cuando hayan “líderes” (políticos, sociales, sindicales) que emiten opinión o hagan denuncias sobre casos concretos, a título personal o de las organizaciones que representan.

• Ausencia de liderazgo opositor como fuerza organizada, escasa capacidad de convocatoria y movilización de los sectores populares, falta de articulación y unificación programática de las luchas y conflictos sociales. La performance que han tenido hasta hoy los partidos de izquierda, a través de la Coordinadora Político-Social, ha desnudado estas y otras carencias.

• Crisis de ideas; divorcio con la intelectualidad revolucionaria (son pocos pero los hay); incapacidad para formular alternativas para el país, más allá de lo reivindicativo y la vocinglería que la prensa asocia al “violentismo” –y de aquí al “senderismo” y “terrorismo” solamente hay un paso—; ausencia total de un pensamiento “de izquierda”. No menos importante, visión política electorera, economicista y cortoplacista de los dirigentes.

Todo lo anteriormente señalado guarda principalmente relación con la izquierda partidaria, a nivel de dirigencias políticas, comprendiendo igualmente a una buena parte de sus estructuras internas (organismos políticos, instancias intermedias de dirección, células). Se extiende incluso a nivel de las direcciones de las principales organizaciones de trabajadores del país como la CGTP, centrales campesinas (CCP) y maestros (SUTEP), influenciados o controlados por el PC Unidad, Partido Socialista y “Patria Roja”, respectivamente. No descartamos que haya militantes honestos y gente de base que sea conciente de la situación general de la “izquierda” y no solo de su propia organización.

Pero existen también otros ámbitos donde hay prácticas que son completamente diferentes y hasta reñidas con la práctica tradicional que las expresiones partidarias tratan de imponerle a la sociedad. Distinguimos tres:

1] El espacio de las instituciones de la “sociedad civil” que, a través de diversos proyectos, trabajan con los sectores populares y enarbolan discursos sobre la pobreza, los derechos, el género, el desarrollo sustentable, etc. Nos referimos a las ONGs (no todas) de promoción y desarrollo, entidades de derechos humanos, algunos centros de investigación; entidades dedicadas a los jóvenes, mujeres, tercera edad, afrodescendientes; movimientos ambientalistas y otros, así como expresiones organizadas de la corriente solidaria. Muchos de estos espacios o modalidades sociales/institucionales reunieron a ex cuadros políticos, intermedios y técnicos que militaron en los partidos de izquierda de los 80, o fueron creados por estos; incorporaron asimismo a las nuevas generaciones que se politizaron en la lucha democrática contra la dictadura de Fujimori, en el último tercio de los 90 y las movilizaciones del 2000. A este conjunto lo podríamos identificar como la izquierda social, diferente a la llamada izquierda caviar hoy conformada por partidos de centro-izquierda y personalidades que pertenecieron al entorno de Alfonso Barrantes en la desaparecida Izquierda Unida (1980-1990). Algunos accedieron posteriormente a carteras ministeriales con el primer gobierno de Fujimori, luego con el gobierno de transición de Valentín Paniagua y después en el gobierno de Alejandro Toledo.

2] Sectores populares conformados por pobladores urbanos, productores rurales, microempresarios, trabajadores de empresas públicas o privadas, y sus respectivas organizaciones (de corte sectorial o gremial, territorial o más local), sin vinculación necesariamente orgánica con partidos de izquierda o frentes auspiciados por estos, que se organizan con relativa autonomía para movilizarse y presionar ante las autoridades de diferentes niveles de gobierno por la atención de determinadas demandas y necesidades específicas en sus localidades y regiones, incluso a nivel nacional si se trata de protestar contra determinadas políticas públicas (p. ej. privatizaciones, tarifas, defensa de recursos naturales, fondos para sus regiones). En no pocos casos llegan a constituir frentes regionales, según la magnitud del conflicto; por lo general, cuando este conflicto involucra alguna política de estado coludida con grandes intereses privados. Estos sectores populares albergan también a los más desfavorecidos por las políticas económicas y las privatizaciones, y/o a los menos atendidos por las políticas sociales del estado. La conciencia social y política de estos sectores, si se puede decir así, se limita a los reclamos y exigencias ante los gobiernos central, regional y municipal, que podemos resumir en “hacer obras”; siendo igualmente permeable a la influencia de diferentes discursos políticos provenientes sea del “ollantismo”, la centro-derecha (Unidad Nacional), el “toledismo” y el malogrado humanismo por obra y gracia de su “líder ético”, el populismo de derecha (fujimorismo) y aun de un partido históricamente “camaleón” como el APRA. La posibilidad de que estos sectores populares puedan generar su propia conciencia anticapitalista, pasa por un sostenido debate ideológico y programático con todas las excrecencias que acabamos de mencionar, entendidas como exterioridades políticas que buscan ganarse el apoyo electoral popular, para después traicionar las expectativas y olvidarse de los ofrecimientos hechos en campaña. Con todo, y pese a la desorientación reinante –o a la falta de una perspectiva política clara— los podemos denominar como la izquierda popular debido a las prácticas de cooperación, ayuda mutua y solidaridad que despliegan activamente en defensa de sus reivindicaciones y reproducción social, que en el fondo refleja un “estado de ánimo colectivo”. Es su fortaleza más importante.

3] Las etnias y nacionalidades indígenas, merecen ser destacadas en un plano aparte. Ellas encarnan ahora el “problema nacional” en un país como el Perú, es decir, de siglos de despojo, racismo y discriminación, así como de invisibilización, que acompañaron el desarrollo capitalista desigual-combinado (cf. capítulo V) y/o fueron generados desde la colonialidad del poder. Desde el 2008 mantienen un conflicto, por el tema del reconocimiento de la propiedad de sus territorios y recursos, con el régimen capitalista neoliberal de Alan García cuya adicción a las transnacionales es innegable, quien pretende expropiárselos mediante dispositivos legales que propician la apertura de mercados de tierras para las grandes inversiones en sus territorios ancestrales. Todo esto forma parte de un renovado proceso de recolonización del capitalismo imperialista que recorre a la América Latina desde el último tercio del s. XX (Lora 2009c). La forma como han afrontado y se han conducido en ese conflicto, ha colocado a los indígenas y su organización AIDESEP en el centro del escenario político del país, y a la cabeza de la resistencia social contra el neoliberalismo en el Perú. La dirigencia que condujo la lucha contra García y su gobierno, que acabó en los sucesos de Bagua del 5 de junio, se encuentra perseguida o asilada fuera del país. AIDESEP pretende ser liquidada por el gobierno; sus representantes ante las “mesas de diálogo” son hostigados políticamente o reciben por adelantado acusaciones de las autoridades sin el “debido proceso”. Por eso el desenlace del conflicto es de mucha importancia para las perspectivas de resistencia y, más aun, para las posibilidades de lo que Montoya (2009) identificó como uno de los desafíos para los sectores populares: la «necesidad de un nuevo bloque político», en el entendido de nuevo sujeto popular.

El reto, a primera vista, debe consistir entonces en reconstruir el espacio de la izquierda, partiendo de dichos ámbitos y prácticas sociales-populares-étnicas y originarias. El germen del nuevo sujeto histórico, o mejor, de los muchos sujetos, político y popular, en el Perú, estaría incubándose allí (es la apuesta estratégica). Para volverlo un proceso conciente, coadyuvando para que vaya tomando forma y corporizándose en el tiempo, es necesario resolver tres cuestiones vitales e inseparables: a] el problema de la articulación de las luchas (desde las reivindicaciones aisladas hasta las múltiples manifestaciones de resistencia); b] la cuestión de la dirección; c] el proyecto alternativo. Emprender este esfuerzo como un proceso de construcción de la contra hegemonía con relación a la alianza que mantienen el neoliberalismo, la burguesía (interna e internacional) y el Estado peruano transnacionalizado, conlleva evidentemente la ruptura con todo lo viejo y caduco que –desde la “izquierda tradicional”— bloquea, obstaculiza o viene oponiéndose a esa posibilidad, así como entablar la “batalla por las ideas” contra todo el viejo orden, sus expresiones políticas y excreciones ideológicas. Esto es, señores de la derecha, radicalismo en serio y no la caricatura que con el mismo nombre designan ustedes en sus periódicos.

Desde los diversos, heterogéneos y múltiples espacios de lo popular es posible aportar para producir “un nuevo rostro” y una nueva identidad: la de una izquierda genuinamente peruana. Como sostenía Rodrigo Montoya al referirse a los indígenas amazónicos:

“Por sus objetivos, sus prácticas, sus estilos de hacer política, sus rostros, sus apellidos, su alegría para hacer política bailando, cantando, pintándose las caras, los indígenas son en la actual política peruana los únicos actores de algo llamable oposición, con un suficiente grado de coherencia y seriedad.” (Montoya 2009)

Algo similar pueden aportar los jóvenes y las mujeres desde su propia especificidad en los diferentes espacios donde actúan, y desde los cuales se proyectan. Porque estamos hablando no solamente de una alternativa política por construir, sino también de un proyecto de sociedad y de vida. Porque la Política con mayúsculas es para nosotros sinónimo de totalidad.

La renovación del espacio y de la política de izquierda debe ser seria y lúdica al mismo tiempo, implacable con los enemigos declarados, ser directa y sin medias tintas con los oportunistas y conciliadores, severa con los tránsfugas, inalienable en sus principios; pero también tendrá que ser abierta a los debates y a las diferencias de opinión, tolerar corrientes políticas que tienen todo el derecho a discrepar entre sí, pero donde las decisiones priorizan ante todo y antes que nada el poder popular y la socialización del poder; que sea atenta a los cambios en el entorno mundial. En este y otros rasgos adicionales consistió el proyecto de Socialismo para el Perú de José Carlos Mariátegui, el cual fue truncado tras su deceso en abril de 1930.

La globalización capitalista ha fragmentado territorios y debilitado el poder real de los estados-nación en la periferia; asimismo, ha producido la escisión de los sujetos y sus identidades, que ha acompañado el divorcio premeditado entre economía y política. Pero, al mismo tiempo, la globalización viene acelerando el acercamiento cultural entre los pueblos de diversas partes del mundo, así como la interconexión y las sociedades en red; sacudiendo las subjetividades y a los sujetos actuantes, produciendo con ello crisis de identidad. Como afirma Adamovsky (2007: 69): «El momento de la crisis de identidad es fundamental en la emergencia de una nueva subjetividad y de una nueva forma de concebir la política.»

¿Hay crisis de identidad en el Perú? Ciertamente que sí, viendo la heterogeneidad de los actores populares que se movilizan defendiendo distintas reivindicaciones (algunas son encontradas entre sí); los territorios fragmentados en identidades regionales que se disputan límites, recursos naturales o fondos públicos (canon); la ausencia de visión clara de futuro para el país, que muchos asimilan al fetichismo economicista de la competitividad, las exportaciones y el crecimiento, expresiones del imperio del capital que encubren la devastación de la naturaleza a nivel mundial (Bellamy Foster 2005); la corrupción política que nos gobierna como expresión agravada del fetichismo del poder (Dussel 2006) ocasionando la decepción, el malestar y la frustración frente a la política, los políticos y las instituciones del estado en el escenario “oficial”. Podríamos seguir mencionando mucho más.

Asociamos la crisis de identidad en el campo popular con la crisis de dirección y con todo lo que hemos sostenido antes. No creemos que estas cuestiones estén siendo comprendidas ni, menos aun, hayan sido resueltas en el espacio de la Coordinadora Político Social. Se requiere de otro marco y otro espacio, con otra agenda, para superar el marasmo de la inmovilidad y la parálisis política.

Proponemos por eso realizar una CONFERENCIA NACIONAL donde confluyan todas las fuerzas (sociales, sindicales, étnicas, intelectuales, etc.) que estén dispuestas a comprarse el pleito, en la perspectiva de refundar la izquierda peruana y de construir un proyecto nacional de transformación para el Perú. Lo planteamos como un evento abierto a la participación de actores diversos, así como a la exposición plural de opciones, siempre que la mira esté puesta en el cambio y la transformación de nuestra economía, las relaciones sociales, la política y el estado, la cultura, las instituciones, la misma democracia. Estamos hablando de una propuesta de alcance civilizatorio para nuestro país, que sea emancipadora, socialista y solidaria, democrática y libertaria, internacionalista, entre otros valores, en distintas dimensiones y a distintas escalas territoriales. Teniendo todo eso y seguramente mucho más como telón de fondo, debemos debatir sobre cómo reconstruimos el espacio de izquierda (no sin un necesario balance y ajuste de cuentas con la experiencia histórica previa), qué alternativas identificamos para el tiempo histórico que se nos viene (de corto, mediano y largo plazo), cuál debe ser la estrategia y la táctica, cuáles son las fuerzas con las que contamos –real y potencialmente— para la unidad en la diversidad, cómo nos ponemos de acuerdo respecto de alguna candidatura unitaria para el 2011 (incluso entre las existentes), viendo esta participación como un medio para nuestro propio proceso de desarrollo político y no como fin en si mismo.

Aun cuando esta propuesta caiga en saco roto la cuestión está planteada desde hace rato, y tanto tiempo ha pasado que ya se cayó de madura, sin que nada ni nadie se haya encargado de limpiar la descomposición.


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