BIBLIOTECA VIRTUAL de Derecho, Economía y Ciencias Sociales

ELEMENTOS FUNDAMENTALES PARA LA TEORÍA Y ESTRATEGIA DE LA TRANSICIÓN SOCIALISTA LATINOAMERICANA Y MUNDIAL

Antonio Romero Reyes



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La aldea global (nuestro planeta): una inmensa factoría de producción y acumulación de capital.

El capitalismo es hoy en día un sistema globalizado y más integrado que en el pasado, en que las barreras nacionales y las diferencias culturales no han sido mayor obstáculo para que los países se hayan incorporado, plenamente o no, en la división internacional del trabajo y el comercio mundial de mercancías, recursos y servicios. En este contexto, planteamos la tesis de que las relaciones humanas, y estas con respecto de la naturaleza, están ahora “teñidas de capital”, lo cual ha convertido nuestro planeta en un inmenso campo de explotación.

Considerando esa idea, puede entenderse fácilmente que la globalización de las relaciones capitalistas de producción es un proceso histórico que ha transformado al mundo –en virtud de la ley del valor mundializada- en una gigantesca factoría de generación de plusvalor y excedentes. Digamos también que al interior de la gigantesca factoría existen unidades de distinto tamaño, lideradas por grandes empresas y corporaciones, que se interrelacionan mediante cadenas de generación de valor. Territorialmente hablando, los estados-nación han sido convertidos en parte del engranaje de este complejo sistema, participando diferenciadamente tanto en la gestión y el control de los recursos como garantizando la división internacional del trabajo y las condiciones de acumulación y reproducción del capital. Así, la mayoría de estados, particularmente los de la periferia, ocupan una posición subordinada y dependiente, mientras que los del centro del sistema ejercen una posición de dominio hegemónico que se manifiesta, por ejemplo, en las orientaciones de las políticas de desarrollo y comercio impuestas en todo el mundo. En esta imagen se sintetiza –de manera bastante apretada por cierto- la representación del nuevo orden global, que dista por cierto de ser una imagen estática.

Desde esta perspectiva, se puede entender por que resulta inadecuado seguir utilizando la categoría de estado-nación para tratar de comprender la compleja realidad actual. Tampoco se trata de que, en el nuevo panorama mundial, el estado nación haya desaparecido o que esto vaya a suceder en el futuro más o menos inmediato. Los estados “nacionales”, desde el punto de vista de la localización y distribución del capital global, constituyen ahora parte del mecanismo de acumulación mundializada, y, por ende, contribuyen por eso mismo a su lógica de valorización. Es por eso que el estado estuvo en la mira de la ola neoliberal de los 70 y los 80. ¿De qué otra manera tiene sentido referirse al “protagonismo estatal” que, a diferencia de épocas anteriores, ha sido integrado plenamente a ser parte del soporte mismo del capital?

La imagen de la gigantesca factoría, producto de la globalización capitalista, también es útil al abordar el llamado problema social, en términos de la relación capital-trabajo. Una parte de la población trabajadora del mundo es población asalariada pero la gran mayoría ha quedado literalmente afuera de la “factoría”; o, para ponerlo en términos de Marx: los trabajadores que se encuentran adentro están regidos por la relación de «subsunción real» y directa del trabajo por el capital, mientras la inmensa mayoría (los “excluidos”) se hallan sometidos por la «subsunción formal» e indirecta a través del control y la enajenación (léase: privación) de sus condiciones de vida que, en última instancia, implica la transferencia de recursos públicos a favor del capital vía diversos mecanismos (deuda externa, privatizaciones, recortes del gasto social).

En los tiempos de Marx la “gran factoría” era la empresa clásica de la revolución industrial y él estaba convencido de que los misterios del capitalismo había que buscarlos en el seno de la producción (“la anatomía de la sociedad civil hay que buscarla en la economía política”, como sostenía en su famoso Prefacio), los cuales se propuso develar en la investigación de toda su vida (El Capital). En el pasaje sobre la Tendencia histórica de la acumulación capitalista, una de sus conclusiones revolucionarias sostiene que el desarrollo de la producción va generando formas de cooperación y socialización del trabajo que vienen acompañados por el desarrollo de la ciencia y la técnica así como de nuevas formas de gestión colectiva. (Marx 1975-1988, I/3: 951-954).

¿Qué es entonces la factoría global capitalista sino un inmenso espacio social donde paralelamente a la gran concentración de capital y riquezas por unos pocos se ha desarrollado el trabajo social y la cooperación que han producido inmensas fuerzas productivas en la industria, la agricultura, el comercio, la navegación, las comunicaciones, etc.? ¿Acaso con la globalización no estamos alcanzando el punto en que las relaciones de propiedad, capitalistas y burguesas, se vuelven incompatibles con el desarrollo de esas fuerzas productivas/medios de producción?

La existencia de una inmensa población no asalariada es parte de dicha incompatibilidad, constituye el reverso de la medalla de lo que ocurre al interior de la gran factoría. Por más que no tenga nada que ver con la subsunción directa, quiérase o no juega un papel para el capital a través de la presión que ejerce sobre el mercado laboral: como ejército industrial de reserva, en las condiciones estudiadas por Marx, y por el aumento de la oferta de trabajo cuyo excedente con respecto a las necesidades de acumulación alimenta y agudiza la continua competencia entre los trabajadores (asalariados y no-asalariados, subempleados y desempleados, crónicos o permanentes) por acceder a –o conservar- un puesto de trabajo o para conquistar posiciones en el mercado así sean marginales. Las micro y pequeñas empresas, el comúnmente llamado sector de las PYMES o MYPES, por ejemplo, constituidas en países como los latinoamericanos sobre la base de relaciones familiares y de parentesco, inciden directa o indirectamente mediante su actividad económica (producción, comercio y servicios) sobre los costos de reproducción de los asalariados y excluidos, tanto de aquellos que están empleados en el “sector moderno” de la economía como de los que viven en condiciones de sobrevivencia. Desde este punto de vista, la producción y el comercio de bienes-salario en condiciones de informalidad, resulta funcional para el sistema económico pues entre otras cosas abarata costos de la fuerza de trabajo y mantiene “ocupada” de alguna manera al resto, aunque no necesariamente para el estado -económicamente hablando- porque este deja de percibir tributos e ingresos fiscales.

Aun así, reconozcamos que persiste una gran proporción de “multitudes inútiles” en el mundo, de pobres entre los más pobres, de víctimas misérrimas para las que el sistema ya no puede ofrecer nada ni garantizarles su existencia, excepto extenderles la “tercera mano” de la caridad.

No obstante las miserias que el capitalismo engendra continuamente, Marx apostaba a que las condiciones para su transformación se hallaban al interior del sistema (en nuestros términos, dentro de la factoría global), es decir, en el mismo proceso del trabajo social que coadyuva a la valoración del capital y que por tanto había que partir de allí para lograr el objetivo de emancipar a toda la sociedad de las cadenas del capital. Es en la socialización del trabajo como el capitalismo encierra en sus entrañas un nuevo modo de producción, debido a lo cual Marx apostaba por un proceso de maduración social y política, lento y contradictorio, que solo podía alumbrar mediante la ruptura revolucionaria del orden existente.

La tendencia a la superconcentración de riqueza, propiedad y poder, generó y sigue generando una ingente masa de desposeídos. El capitalismo globalizado demanda un trabajo cada vez más especializado y capacitado en el manejo de las nuevas tecnologías, mientras que tiende a desprenderse del resto de trabajadores condenándolos al subempleo, la precariedad y toda forma de sobrevivencia. Estas son las condiciones estructurales del surgimiento de los movimientos sociales no comprendidos por la relación capital/trabajo. Sin embargo, esto no invalida la tesis fundamental de Marx; más bien nos obliga a reconocer que las condiciones para la transformación del sistema se hallan también fuera de este (en los extramuros de la gran factoría).

Aquí es donde situamos los problemas de la convergencia y de la eficacia política. Si somos consecuentes con la concepción de globalización que hemos solamente esbozado, el problema político no se bifurca en reivindicaciones salariales por un lado (para los que están dentro) y en reclamos por bienes públicos del otro (para los que están fuera); otra cosa es que se lo siga entendiendo de esta manera, limitando así nuestras perspectivas de comprensión y la capacidad para construir alternativas. Bajo las condiciones ya descritas, la cuestión de la convergencia plantea el reto de encontrar puntos de encuentro entre el movimiento obrero y los movimientos sociales, no solamente en términos de solidaridad o valores éticos, que ciertamente son importantes y hasta movilizadores pero no suficientes. La gente se moviliza efectivamente cuando ve amenazada sus condiciones materiales de existencia, sean perceptores de salarios, ingresos precarios o beneficiarios de programas sociales, y estas condiciones (relativas incluso a la vida misma en el planeta) están siendo conducidas hacia un callejón sin salida por la acelerada superconcentración de recursos y todo tipo de bienes productivos.

De manera que el problema político fundamental, en el estadio actual de la globalización capitalista, son las relaciones de propiedad y de dominación capitalistas que afectan tanto a los que están fuera como a los que están dentro de la gran factoría. El enemigo es uno solo (el capital y su estado) frente al cual la estrategia más eficaz, de las muchas posibles, es la unidad y un mismo proyecto de poder alternativo. Son las consecuencias de vivir ahora en la misma aldea global. Que estemos a uno u otro lado de los muros de la gran factoría no cambia sustancialmente la manera como tenemos que enfocar las cosas y abordar el problema político. No debemos ser aventureros ni voluntaristas, pues no hay peor riesgo que repetir las tragedias de las internacionales, sobre todo de la segunda y la tercera que terminaron desprestigiando al socialismo y generando una gran desconfianza a todo lo que signifique, implique o conlleve la centralización de los movimientos en una organización vertical y jerárquica. Pero esto tampoco debe conducirnos al rechazo de toda forma de organización. Mientras este debate viene siendo instalado entre las diversas corrientes del Foro Social Mundial (FSM), lo cual es muy necesario para ir clarificando y decantando muchas cosas, el capitalismo atraviesa por una crisis estructural marcada por un periodo de transición sistémica donde las élites y los dominadores están llevando al mundo (incluidos y no incluidos) hacia una era poscapitalista que –como dice Wallerstein- “replicará las peores características del actual, esto es, su jerarquía, sus privilegios, sus desigualdades” (2004: 76-77).


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