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ELEMENTOS FUNDAMENTALES PARA LA TEORÍA Y ESTRATEGIA DE LA TRANSICIÓN SOCIALISTA LATINOAMERICANA Y MUNDIAL

Antonio Romero Reyes



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Introducción

Hoy por hoy podemos aseverar que la contradicción establecida por Marx y Engels, entre fuerzas productivas y relaciones de producción, está siendo resuelta por el capitalismo histórico a favor de las primeras, expresándose en la “mercantilización de todas las cosas”. Esta mercantilización ya no involucra solamente la fuerza de trabajo tratada como tal (es decir, como mercancía) desde los inicios del capitalismo. Implica asimismo un proceso de cosificación que mediante la globalización de la relación capitalista se ha extendido a toda relación social y capacidad humana que posea alguna “utilidad” o aprovechamiento (valor de uso) para producir mercancías materiales e inmateriales -como el conocimiento- que se han de consumir, proporcionando ganancias a los propietarios del capital y expandiendo de esta manera los mercados. En esto se resume el fundamento en el que se apoya la “maquinaria infernal” de la acumulación, sin la cual el capital, como régimen histórico de explotación y dominación, dejaría de existir.

El único futuro o destino que nos depara el capitalismo es un mundo de cosas, producidas por otros y apetecidas por sempiternos consumidores en cuanto detentadores de dinero. Este sistema histórico nos impele a trabajar como autómatas, a vivir en función del dinero persiguiendo intereses puramente crematísticos, y a plegarnos al festín consumista inducido por la publicidad y la propaganda de valores-mercancías para satisfacer el hedonismo utilitarista de cada quien. Para los apologistas de este sistema histórico no hay otro modo alternativo de vida (su divisa es “Otro mundo es imposible”). Mientras la humanidad y dentro de ella los trabajadores (asalariados y no asalariados) no rompan con el capital y las relaciones capitalistas, estas mismas relaciones nos mantendrán aprisionados en el reino fantasioso, alucinado y alienante de la mercancía. Como señala la cita de Daniel Bensaïd, constituye “nuestro triste destino”.

El aparentemente interminable proceso expansivo del capital sobre el planeta, finalmente está a punto de ser coronado con la apropiación de la naturaleza toda, tal como lo testifica el afán de lucrar a costa de la Amazonía, con la venia y disposición de los estados latinoamericanos, sean o no “progresistas”. La defensa y pervivencia de los territorios indígenas en todo el mundo van de la mano con la defensa de la vida en el planeta (Quijano 2008), donde América Latina ha adquirido una centralidad en la lucha contra el capitalismo colonial/moderno.

Es necesario y -hoy más que nunca- urgente replantearse el sentido y contenido del desarrollo sobre otros fundamentos. El llamado desarrollo sustentable, incluso el desarrollo humano, tienen la limitación de que no cuestionan a fondo la irracionalidad característica del sistema capitalista. Los promotores de estos conceptos procuran hacer del capitalismo un régimen más “amable” con la naturaleza, los pobres y las generaciones futuras. Sin embargo, la “bestia” ha demostrado a lo largo de la flecha del tiempo que no se la puede domeñar con buenas intenciones y palabras edulcoradas. Necesitamos mucho más que eso. Tampoco bastan las negociaciones ni los consensos plasmados en compromisos internacionales que luego son sistemáticamente violados o ignorados. El desarrollo de las fuerzas productivas, en el marco de las relaciones capitalistas, está llevando cada vez, de manera aun más acentuada, hacia la desnaturalización del planeta y la deshumanización de los seres humanos; siendo esta la expresión más cabal de la “crisis de civilización” de la que se viene hablando en los albores del siglo XXI.

La mundialización de las relaciones capitalistas ha hecho más palpable y visible “las premisas objetivas de la realización del socialismo” (Lenin 1916a), no solamente en “los países avanzados”. El socialismo solo es realizable a escala mundial, y ello pese a todas las derrotas, traiciones y deformaciones experimentadas en el siglo pasado. Como sostuvo la abnegada y sacrificada Rosa Luxemburg: “Todos vivimos sometidos a la ley de la historia y la sociedad socialista sólo es realizable internacionalmente.” (1977b: 592).

Insistimos. La abolición del capitalismo tiene que hacerse necesariamente a escala planetaria y no tanto para un puñado de países (los más ricos del planeta). Además, tiene que ser emprendida como un proceso lleno de riesgos e incertidumbres, cuya temporalidad puede durar varias décadas o generaciones, y solamente será la sociedad mundialmente organizada la que ponga los límites a la duración de esta transición histórica. Ha perdido validez y vigencia la tesis clásica de que la “revolución socialista” debía ocurrir primeramente en los países más avanzados (Inglaterra, Francia y Alemania en los tiempos de Marx), donde las condiciones objetivas -y subjetivas- se asumían más maduras; luego de lo cual se esperaba que el vendaval revolucionario arrastraría y/o beneficiaría a los países menos desarrollados (resto de Europa y Rusia; la India y los países coloniales).

La emancipación humana del capital, en todos y cada uno de los distintos países, así como a escala planetaria, tiene que ser emprendida desde uno de los lados de la contradicción: la transformación revolucionaria de las relaciones sociales. En manos del capital, el desarrollo de las fuerzas productivas conduce necesariamente hacia la destrucción, o, en su defecto, a la perversión y degradación de nuestra especie, en un mundo alienado donde las relaciones interpersonales y sociales están condenadas a ser manipuladas como relaciones entre cosas (como dice un dicho popular: “el dinero lo puede todo”). Las inequidades y la exclusión son subproductos de ese mundo. Se comprende entonces que si queremos superar realmente la contradicción no estamos exentos de conflictos, en primer lugar, contra la propiedad y el control que ejercen el capital y los grandes capitalistas. Estos disponen del apoyo abierto y la protección de los estados. La llamada alianza público-privada en cualquier país que no tenga la suerte de pertenecer a ninguno de los exclusivos G7, G8, G20 ni a los foros mundiales como el de Davos, y, menos aun, al más exclusivo Club Bilderberg (Estulin 2005; Mac Liman 2010), dicha alianza desempeña al interior de cualquier país la misma función que la alianza de intereses entre el capital imperialista y los Estados centrales que hegemonizan y conducen el sistema. Esa misma “alianza”, que despierta expectativas e ilusiones en muchos sectores populares, es en realidad un mecanismo para garantizar la propiedad del capital sobre los medios técnicos y las fuerzas productivas más amplias, comprendiendo hasta territorios y recursos naturales, pretendiendo el sometimiento a los valores mercantiles y crematísticos de las relaciones sociales que buscan regirse por otros valores (sustentabilidad, justicia distributiva, solidaridad, equidad de género, derechos humanos, pluriculturalidad).

En el programa socialista o de cualquier alternativa seria de transformación, la desalienación viene a ser una de las condiciones de la emancipación social y humana, no solo de clase. A su vez, la desalienación sería uno de los resultados previsibles de la transformación de las relaciones de producción y distribución, que son asimismo relaciones de poder, en términos de la socialización de los procesos de trabajo, sus recursos y productos; la abolición (gradual o radical, mediante reformas, etc.) de la propiedad privada de los medios de producción; una nueva división del trabajo basada en la cooperación, entre otros. Estos son elementos que se desprenden de la crítica de la economía política emprendida por Marx en El capital. Su incorporación en un programa socialista concreto, actualizado y readecuado a la realidad histórica de hoy, es un tema para la agenda política y el debate.

En el pasado, a través de la acción del estado impulsada por el keynesianismo y el desarrollismo, las fuerzas productivas eran expandidas para la atención de necesidades sociales (hospitales, colegios, viviendas, caminos y otras infraestructuras). Esto fue el resultado de una alianza entre los trabajadores y el capital, viabilizada por la socialdemocracia europea en el Estado de Bienestar, concebido como mecanismo de legitimación del capitalismo. En el contexto actual de la globalización, el capital le disputa palmo a palmo al Estado los recursos que supuestamente deben dirigirse a la atención de necesidades insatisfechas, particularmente en los países pobres, emergentes o de más reciente industrialización. La apropiación y creciente mercantilización de las condiciones de vida y desarrollo de las personas (referidos a la salud, educación, alimentación, servicios esenciales; todos ellos provistos tradicionalmente con recursos públicos) constituye uno de los resultados inevitables de la abdicación por el Estado de sus responsabilidades sociales, consecuencia a la vez de su plena transformación en Estado al servicio de los intereses capitalistas. No se trata, por tanto, de volver al Estado de bienestar sino de abolirlo en el marco de un proceso de transición.

Quizás el título que decidimos poner al libro sea exagerado para la situación presente de las luchas de resistencia, así como para el respectivo grado de maduración de la conciencia social y política. La tesis de este trabajo es que Socialismo y Revolución, ambos a su vez en un contexto de Transición, son indisociables; por ello el Siglo XXI –cuya segunda década estamos empezando a recorrer— debería ser entendido como el tiempo histórico preñado de dislocamientos, bifurcaciones y crisis sistémica, pero cuyas grandes manifestaciones ya estamos viviendo: la gravedad del cambio climático y la crisis epocal/civilizatoria del capitalismo (Lander 2010; Vega Cantor 2009), uno como consecuencia del otro y ambos retroalimentándose en el tiempo. De ahí que empleamos la palabra anti-capitalismo en el mismo sentido que Lebowitz (2003), de “rechazo al capitalismo mismo”, cuya expresión programática tiene que ser el socialismo a escala mundial.

Queremos asimismo suscitar la indagación militante con miras a la construcción de la “agenda social-revolucionaria” de la que hablaba Barrios (2009), entendiéndola –para evitar dudas— como la “agenda portadora de una lógica de ruptura con el actual orden de cosas” (Antentas y Vivas 2009). Pero ¿cómo lograr la ruptura y alcanzar la utopía del otro mundo es posible sin recurrir a la revolución? Es necesario poner fin al silencio revelador que se advierte frente a la cuestión de la revolución (y del anti-poder), colocándola nuevamente en el centro de la agenda de transformación. Socialismo y Revolución fueron, hasta hace poco, dos palabras expectoradas del lenguaje de los movimientos anti-globalización y altermundistas. Constatamos al menos el regreso de una de ellas, reinstalándose con un nuevo contenido y sentido histórico en el imaginario anti-capitalista, traducción para nuestra época del imaginario crítico con “otro horizonte de futuro, diferente del que se ha extinguido” con la caída del muro de Berlín (Quijano 2002: 59). Se advierte esta suerte de retorno a través de las intervenciones de algunos intelectuales en el Foro Social Mundial de Porto Alegre 2010.

Transición histórica y praxis son para nosotros inseparables.

Los elementos fundamentales que aborda el presente libro vienen dados por las temáticas de c/u de los 6 capítulos, todos los cuales son transversales y se cruzan entre sí. A lo largo de todo el libro la lógica va de lo global a lo local y viceversa, así como de lo abstracto a lo concreto, de lo simple a lo complejo, y el enfoque adoptado combina varias dimensiones. Entre los elementos fundamentales la transición y el autocentramiento están concebidos como componentes centrales/ principales de la estrategia de transformación.

Esta obra representa la culminación de una etapa de aprendizajes, lecturas, experiencia profesional y de trabajo intelectual del autor. Retrospectivamente, podría decirse que el libro empezó a gestarse a comienzos de los 90, cuando el autor vivía y trabajaba en Quito desde 1987. En esta ciudad entablé amistad con el Dr. Jürgen Schuldt quien había sido invitado por FLACSO Ecuador para asumir la coordinación académica de la Maestría de Economía. Antes de llegar a FLACSO el Dr. Schuldt fue uno de los asesores del proyecto “Tabla Insumo Producto de la Región Inka” (Guillén y Baca 1993), experiencia realizada en Cusco que le permitió vincularse con el tema del desarrollo autocentrado. El primer fruto intelectual de esta experiencia fue la ponencia (Schuldt 1989), presentada en el seminario internacional “Nuevos paradigmas del desarrollo para el Perú y América Latina frente a la crisis” (Lima, 22-24 de noviembre). Esta misma ponencia la expuso y fue debatida casi 1 año después en el seminario “El reordenamiento de la economía mundial y las alternativas de desarrollo regional”, realizado en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Cuenca, del 24 al 26 de octubre (Carrasco et. al. 1990: 115-143). Por esos años (1987-1990), nuestra experiencia laboral e intereses temáticos giraban alrededor de la economía campesina y el desarrollo rural, las políticas macroeconómicas, el impacto de la estabilización/ ajuste ortodoxo sobre los campesinos y las condiciones de vida en general. Algunas publicaciones de esos años lo testimonian fielmente (Romero 1987; 1989; 1990; 1991). El marco institucional de estas preocupaciones fue la Secretaría Ejecutiva de ALOP como también nuestra participación en proyectos de CEPLAES, CIESE e IEE. Este encuentro de los respectivos bagajes y experiencias, que cada uno traía o había adquirido, resultó sumamente provechoso y aun decisivo para mi propia orientación, porque de los fecundos intercambios de ideas y diálogos en FLACSO con el Dr. Schuldt –que además hemos retomado en los últimos tiempos, durante mis periódicas visitas al CIUP— el autor del presente libro adquirió un renovado interés hacia lo regional, valorando además la potencialidad que representa el tema del autocentramiento, en especial, por sus proyecciones hacia los escenarios nacional e internacional. Pero sabíamos también que estábamos ante una perspectiva teórica “en construcción” para la realidad latinoamericana, es decir, imperfecta, con no pocas preguntas que debían ser resueltas mediante la investigación-acción y reflexiones teóricas con el transcurrir del tiempo, y, por si fuera poco, en un contexto social donde también abundan los prejuicios académicos y políticos. De alguna manera, algunos de mis trabajos posteriores estuvieron influenciados por esta “novedad temática” (Romero 1997; 1998a; 1999) que fue introducida por Samir Amin a comienzos de los 70 en el contexto de sus reflexiones sobre el intercambio desigual, el capitalismo periférico y el subdesarrollo (Amin 1978; 1979). De fines de los noventa en adelante, la producción intelectual del autor no ha hecho sino ir alimentando –aun inconcientemente— una concepción más amplia en torno al tema, incluso complejizándola en años más recientes a raíz de la crisis financiera internacional y el conflicto del estado peruano con los indígenas amazónicos, que terminó en la tragedia de Bagua; el fruto de todo lo cual es este libro.

El libro puede ser leído siguiendo el mismo orden de los capítulos, o –si se prefiere— invirtiendo este orden y comenzando desde el último (el VI), siguiendo –desde una lógica ascendente— con el V hasta cubrir el I (la cumbre). La primera lectura (de arriba hacia abajo) implica una ruta que viene desde lo global (capítulos I, II y III), arribando al plano de lo local (capítulos IV, V y VI). El segundo tipo de lectura que proponemos conlleva un vuelco, ya que el recorrido es inverso: desde abajo y desde adentro hacia arriba y hacia fuera, en este caso desde la situación de un país andino, latinoamericano, dependiente y periférico como el Perú. En esto mismo consiste el autocentramiento como estrategia y praxis política, a fin de coadyuvar a la transformación de los distintos planos (nacional e internacional) del contexto. Si hablamos de Socialismo la escala, obviamente, tiene que ser aun mayor, de más vasto alcance en espacio y tiempo históricos. El lugar que ocupan los capítulos III y IV no es gratuito, ya que con relación al conjunto de la obra permiten transitar de las cuestiones globales y generales (globalización capitalista, crisis mundial, revolución anti-capitalista, socialismo) a cuestiones más “específicas” (desarrollo primario-exportador, dependencia, Estado plurinacional).

Independientemente de la ruta que escoja el lector(a), todos los elementos fundamentales que ofrecemos, sin excepción, son relevantes para el debate sobre las alternativas, cualquiera sea el nivel o escala territorial que se esté contemplando (nacional, latinoamericano, sistema-mundo) frente a la hegemonía neoliberal y del capitalismo globalizado que aún se aprecia ampliamente en un haz que va desde la vida cotidiana hasta el plano de las ideas y las políticas públicas, incluyendo las políticas económicas.

Nuestro agradecimiento al Dr. Jürgen Schuldt por su excelente disposición en los diálogos con el autor. Si bien mantenemos una comunidad de ideas, compartimos inquietudes intelectuales e intereses temáticos, ninguna de las afirmaciones, argumentaciones, reflexiones y tesis contenidas en esta publicación lo comprometen, son más bien de completa responsabilidad del autor.

El autor desea también hacer un reconocimiento especial a su progenitora, a quien va dedicado el libro, porque como profesora que fue de historia y geografía despertó e inculcó con maestría pedagógica mi interés desde la niñez-adolescencia hacia los acontecimientos históricos y la cultura de civilizaciones pretéritas; con el transcurso de los años dicho interés se fue transformando en una inclinación natural hacia la Historia debido a lo cual, a pesar de haberme formado como economista, la perspectiva histórica siempre ha palpitado en -y formado parte de— la personalidad intelectual del autor.

Antonio Romero Reyes

Lima, 15 de junio 2010


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