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ELEMENTOS FUNDAMENTALES PARA LA TEORÍA Y ESTRATEGIA DE LA TRANSICIÓN SOCIALISTA LATINOAMERICANA Y MUNDIAL

Antonio Romero Reyes



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El fetichismo del capital-dinero y del capital ficticio.

Desde el colapso del sistema de paridades fijas sustentadas en el sistema oro-dólar, se acentuó el carácter fetichista al mismo tiempo que irracional de la economía mundial. En términos de la fórmula general del capital (Marx 1975-1988, I/1: 179-190), la relación D-D’: “capital que rinde interés”, expresión de la metamorfosis del capital especulativo con su propia lógica aparentemente autónoma, pasa a ser preeminente dentro del “movimiento (general) de cosas”. Así, “En el capital que devenga interés, la relación de capital alcanza su forma más enajenada y fetichista.” (Marx 1976-1982, III/7: 499).

A nivel del conjunto de intercambios internacionales de mercancías y flujos monetarios, ello se refleja nítidamente. Si tenemos en cuenta la larga cadena de operaciones, cubiertas o encubiertas, que alimentaba la burbuja financiera que recientemente explotó y se originaba en el mercado hipotecario americano, la expresión D-D’ se queda corta y debería expresarse en realidad mediante esta otra notación:

D - D’ - D” - D”’ - … Dn ()

Cuando Marx representa la relación D-D’ o esta otra: M-D-M, que representa la circulación mercantil (en este segundo caso, teniendo de mediador al dinero como equivalente general), lo hace para dar cuenta de relaciones entre cosas; es decir, la relación fetichista entre los poseedores de mercancías (M) y los poseedores de dinero (D). Para Marx toda relación mercantil -y el dinero que se presta es también mercancía- es una relación fetichista por dos razones: i] las relaciones sociales aparecen transfiguradas como relaciones entre cosas (mercancías y dinero) ; ii] en el acto del intercambio una cosa es “enajenar el producto del trabajo propio” y otra “adquirir el producto del trabajo ajeno”: es el famoso quid pro quo (Marx 1975-1988, I/1: 88), abstrayendo del segundo el uso o destino final (acumulación o consumo). De ahí que: “Nada puede ser más desatinado que el dogma según el cual la circulación de mercancías implica un equilibrio necesario entre las compras y las ventas.” (Marx 1975-1988, I/1: 137).

Son pertinentes algunas observaciones:

Primera observación. Desde el punto de vista de su finalidad o uso, el capital que devenga interés puede significar: [1] préstamo de dinero que es invertido para fines productivos y/o comerciales; [2] dinero que se pide prestado para especular con los precios de mercado de los activos (v. gr. viviendas, otros inmuebles) u otros “precios” de la economía (tipo de cambio, tasa de interés interna o internacional; acciones, títulos y otras cotizaciones en bolsa), cualquiera sea la condición de solvencia o capacidad de pago de quien pide prestado. En ambos casos participan propietarios de dinero en calidad de prestamistas (v. gr. capitalistas individuales, bancos) y demandantes del mismo en el rol de prestatarios (sean empresarios, individuos o familias). El acuerdo resultante entre unos y otros está regido por una “transacción jurídica”.

Segunda observación. Todo capital que rinde interés implica: [3] que es un “valor que se valoriza a sí mismo” (Marx 1976-1982, III/7: 451); [4] debe proporcionar una ganancia o utilidad monetaria para el prestamista (salvo que estemos hablando de un crédito para el consumo). Si genera ganancia empresarial estamos en una situación donde “el dinero funciona como capital” (Marx 1976-1982, III/7: 453). Si proporciona una utilidad proveniente del juego especulativo, nos referimos a una situación donde el dinero recibido opera como capital usurario. Para que el capital prestado se realice (valorice), la ganancia por el valor de uso del dinero prestado debe ser mayor al interés (plusvalor). Algo parecido debe ocurrir con la utilidad especulativa.

Tercera observación. En el caso [2] el vínculo con la economía real desaparece o se hace más imperceptible que en [1], pues adopta la forma de un proceso completa-mente “exterior” que se multiplica y reproduce a si mismo: el prestamista adelanta su capital “como dinero o suma de valor, y retorna como suma de valor” (Marx 1976-1982, III/7: 447), en la forma de dinero incrementado (capital adelantado o prestado + plusvalor). El caso norteamericano muestra que este hecho se realizó a una escala colosal, a través de una larga cadena de pagos (contenida en la expresión ). El plusvalor proveniente de la especulación y el derivado de la ganancia son una y la misma cosa (dinero), pero los mecanismos de su obtención sí son sustancialmente diferentes, dadas las condiciones internas (distribución del ingreso, condiciones de mercado y demanda, política económica y financiera del gobierno).

Teniendo en consideración lo dicho anteriormente, y poniendo el tema que nos ocupa en términos que podría comprometer el funcionamiento de todo el sistema, el colapso de Wall Street en el 2008 nos obliga a plantear la cuestión (hipótesis) de si, con la globalización de los mercados, la utilización del dinero como capital estaría siendo crecientemente desplazada por la preferencia a emplearlo como “fetiche automático” (Marx 1976-1982, III/7: 500). En otras palabras, planteamos críticamente que los procesos de producción y circulación de mercancías están dejando de ser instancias mediadoras en la fórmula general del capital D-M-D’, donde la letra “M” es la síntesis de esos procesos, y por tanto el capital dinero va divorciándose de ello, dejando así de expresar la unidad de la reproducción. Como sostenía Aníbal Quijano: “El capital financiero y la acumulación especulativa desenfrenada han pasado a tener el dominio del capitalismo mundial, del conjunto de la estructura mundial de acumulación.” (Quijano 2001).

Como recurso intelectual para empezar a superar la “escasez de comprensión” (Krugman), en el sentido de comprender el fenómeno más allá de sus manifestaciones externas, pensamos que la hipótesis que estamos planteando permitiría arrojar nueva luz y dar otro significado, no solamente a la crisis que se inició en EEUU como un problema de irrealización de hipotecas; también para explicar con otra mirada las crisis financieras ocurridas anteriormente y en otras partes del mundo, en los años 90 (México, Japón, Tailandia, Malasia, Indonesia, Rusia, Brasil).

Si todo eso tiene sentido y visos de veracidad, el sistema estaría atravesando por un grave dislocamiento y fracturación en el funcionamiento del capitalismo, lo cual añade un rasgo relativamente novedoso a la larga duración de la crisis sistémica en que se debate el capitalismo. Wallerstein entiende por crisis sistémica “aquellas dificultades que no pueden ser resueltas dentro del marco del sistema, sino que deben resolverse por fuera y más allá del sistema histórico del cual las dificultades son parte.” (Wallerstein 2005: 105). En un trabajo anterior señalaba que la crisis sistémica se origina en el periodo 1914-1917 (Wallerstein 1987: 14), el cual -como sabemos- se cerró con la caída del muro de Berlín (“el corto siglo XX” como lo llamó el historiador británico Eric Hobsbawm). Sin embargo, la crisis de transición entendida como un largo periodo de “fallecimiento de la economía-mundo capitalista” permanece (Wallerstein 1999: 27).

Marx no previó esa crisis pero ya estaba contenida en sus análisis del dinero y del dinamismo del sistema, en el propio proceso de reproducción que él representaba en el movimiento cíclico del capital (la metamorfosis siempre renovada de una a otra forma del valor). En el libro primero de El Capital Marx habla de la crisis dineraria, relacionada con la “función del dinero como medio de pago” y la explicaba en una nota a pie de página. El veía entonces la crisis dineraria como un fenómeno localizado y autónomo. En cambio, nosotros estamos (re)descubriendo otra crisis de mayor envergadura, que se incuba en el movimiento general del capital, que involucra e integra la “esfera directa de acción” del dinero en sí junto con la industria y el comercio. Con respecto a este conjunto de argumentos encontramos el siguiente pasaje que, si bien abstracto, es revelador: “Si la autonomización externa de aspectos que en lo interno no son autónomos, y no lo son porque se complementan uno a otro, se prolonga hasta cierto punto, la unidad interna se abre paso violentamente, se impone por medio de una crisis.” (Marx 1975-1988, I/1: 138).

Si bien el dinero como capital actúa claramente como “fetiche automático” (Marx) proporcionando ganancias ficticias, por muy espectaculares que sean, está dinámica termina divorciándose del proceso de reproducción y atentando incluso contra este último, pues en el contexto de la fase B de la onda larga en la que nos encontramos, se profundiza la recesión-depresión a través de los cierres y despidos. Las empresas y negocios se ven afectados sea por endeudamiento previo, por disminución de demanda, o por la misma crisis bancaria que termina afectando la renovación del crédito para proporcionarles capital de trabajo. Y ello no solo en el país donde tuvo lugar la burbuja (EEUU en este caso). Tanto la cadena de pagos como la propia cadena de agentes a través de la que se interrelacionan los diversos instrumentos financieros implicados, se convierten en las principales “correas de transmisión” y propagación a nivel internacional.

El dinero actúa como fetiche automático porque es el “equivalente general” de las mercancías, y en tal sentido es utilizado por los estados y los organismos internacionales, los mercados financieros y las grandes corporaciones, para influir sobre el comercio y la circulación, la acumulación y la inversión de nuevo capital, así como para la remuneración del trabajo (este mismo, tratado como mera mercancía por el capital). Veamos como actúa este fetiche automático (o mejor, como es pensado por el economista convencional) para lo cual iremos desde el escenario internacional hacia el nacional.

Similar a lo que sucede en un país o estado, en el plano monetario internacional solamente una moneda puede desempeñar, en principio, el papel de “equivalente general” con relación a las monedas del resto del mundo, correspondiendo este privilegio a la moneda del país con el mayor poder económico, tecnológico y militar sobre los demás países (el dólar norteamericano), siendo la relación de equivalencia expresada por el tipo de cambio. Su nivelación hacia arriba o hacia abajo responde al grado de escasez de la divisa de referencia (el dólar, la “moneda fuerte”) con relación a la moneda “nacional” que se trate, como resultado del movimiento de mercancías entre países (balanza comercial), o de los movimientos de capital financiero (préstamos de gobierno a gobierno, transferencias, pago de deuda, inversiones especulativas, etc.) público y privado, de corto y largo plazo.

La modificación del tipo de cambio podría obedecer a la intervención de la autoridad monetaria del país que se trate (p. ej. devaluación) ante alguna situación coyuntural determinada. Cuando se presenta o preanuncia una situación de crisis para un país, con relación a sus intercambios de mercancías y flujos de dinero del exterior, esta situación se va reflejando en la balanza de pagos a través de uno o varios de sus componentes: balanza comercial, balanza de servicios, balanza en cuenta corriente, balanza de capitales, posición de cambio del Banco Central, reservas internacionales (netas), etc.

El efecto combinado de la situación externa, entonces, repercute necesariamente sobre el tipo de cambio, presionándolo hacia arriba o hacia abajo, lo cual a su vez, afecta la competitividad de los commodities y bienes transables (en ambos casos nos referimos a materias primas y manufacturas que se exportan, respectivamente) del país donde tiene lugar la “dificultad”. Por ejemplo, si estuviéramos ante una caída en la demanda de materias primas que ocasiona menores ingresos de divisas (dólares americanos) al país, llevando a un creciente déficit en la balanza comercial, en combinación o no con facilidades a la entrada masiva de capitales especulativos que en cambio -para compensar lo anterior- provocan el superávit coyuntural en la balanza de capitales de corto plazo, ¿cuál de estas dos fuerzas tendrá mayor peso sobre el tipo de cambio?, ¿qué tendrá que hacer la autoridad monetaria?

En la hipótesis de un escenario con abundancia de divisas, la relación de escasez favorecerá a la moneda nacional (si estamos en el Perú, los nuevos soles son más escasos, relativamente hablando, con respecto a cada dólar que circula), por tanto aquella se “valoriza” y el tipo de cambio, consiguientemente, se revalúa o tiende a ello (si antes el tipo de cambio era -digamos- de 3.5 nuevos soles por dólar, ahora se situaría en 3 nuevos soles o menos) con el efecto colateral que se desincentivan los exportadores (reciben menos soles por cada dólar de venta) y se abaratan las importaciones (se paga con menos soles cada producto adquirido del exterior en dólares), resultando un negocio lucrativo para los comerciantes importadores.

Esta misma situación podría presentarse si el país está “dolarizado”, tal como fueron Panamá y Ecuador antes de adoptar la moneda norteamericana como su moneda “nacional”, o si el país que se trate atraviesa por un retraso cambiario, es decir, una situación donde si las circunstancias recomiendan devaluación, las autoridades mantienen el statu quo como si se estuviera dentro de una coyuntura de “abundancia”.

El problema con el tipo de cambio es que no se limita al sector externo de la economía. Siguiendo con el caso ilustrativo, dado que hay “abundancia” de divisas (dólares americanos) la presión que esto genera sobre la economía nacional toma varios canales: de un lado, eleva potencialmente la oferta monetaria por lo que la autoridad (banco central) procedería a su “esterilización” restringiendo el crédito interno. De otro lado, a nivel del sistema bancario y financiero, se incentivaría el ahorro en moneda nacional elevando la tasa activa de interés (en este caso, en nuevos soles) al propio tiempo que encareciendo aun más el interés (tasa pasiva) por préstamos en esta moneda, y reduciendo el interés al ahorro en moneda extranjera así como de los préstamos en dólares. Todo esto en presencia de “libre competencia”, donde la intervención de la autoridad monetaria es de supervisión, regulación y control.

Si la reducción “de mercado” hace que los tipos de interés para el ahorro en dólares en el país fueran menores a la tasa de interés internacional (Prime en EEUU, Libor en Gran Bretaña), o se produjera un alza general de los tipos en estos últimos, entonces los ahorristas, inversionistas especulativos y poseedores de dólares se verán tentados a sacar su dinero fuera del país (o lo pondrán en cuentas de bancos extranjeros). Esta “fuga” o “corrida” -dependiendo de su magnitud- podría ocasionar a su vez nuevos problemas, no solamente sobre la balanza de capitales, sino también presionando esta vez a una devaluación del tipo de cambio.

El lector interesado puede hacer el ejercicio de pensar el escenario contrario: el de “escasez” de divisas. Para un país minero como el Perú el impacto de la crisis internacional ya ocasionó la caída de los precios internacionales de los minerales, excepto del oro, y las “nuevas inversiones” se empiezan a retrotraer pese a los esfuerzos discursivos y legislativos del presidente García por poner al país en subasta, en medio de la crisis gubernamental por escándalos de corrupción y el rechazo social en las regiones a sus políticas.

Un razonamiento parecido toca hacer cuando hacemos el análisis “parcial” en presencia de otros mercados financieros, relacionados con títulos y valores, cotizaciones en bolsa, activos duraderos (casas y terrenos, edificios y otros inmuebles), donde también participan las empresas de cualquier giro y tamaño, el circuito interbancario, las financieras, los grandes especuladores, inversionistas corporativos (incluyendo banca de inversión), AFPs, compañías de seguros, así como el estado. A fines de octubre se produjeron caídas en las bolsas europeas (Londres, Francfort, Madrid, París), de Tokio y Hong Kong. En el Perú la crisis financiera, mediante el contagio de las bolsas, ya afectó los fondos de los pensionistas y jubilados que tienen sus aportaciones en las AFP, las cuales desde mayo 2008 en adelante han sufrido pérdidas del 30%, bordeando los US$ 8,000 millones (Wiener 2008).

El tipo de discurso como el que acabamos de exponer puede encontrarse de manera más concreta, elaborada y/o desarrollada, con abundante información estadística, en la literatura “especializada” tanto sobre la crisis financiera reciente como sobre las anteriores crisis monetarias y cambiarias provocadas por la especulación del capital ficticio en distintas regiones (Sudeste asiático, América Latina).

Si hemos recurrido en la explicación a un país periférico, con un patrón de desarrollo primario-exportador, economía relativamente pequeña en términos de grado de industrialización, mercado interno desarticulado, con desigual e inequitativa distribución del ingreso (a nivel funcional, sectorial, regional), imagine el lector una economía más compleja y super desarrollada como la norteamericana, donde también tienen lugar esos y otros procesos -como las innovaciones- para tener una idea de la colosal magnitud que adquirió la reciente crisis originada en el mercado inmobiliario y los derivados crediticios (eufemismo con el que se alude a todo “producto tóxico” de la financial industry), cuya burbuja estalló en el centro neurálgico de las finanzas internacionales (Wall Street, New York) con repercu-siones de alcance mundial.

Nuestro razonamiento permite apreciar hacia dónde conduce el funcionamiento del dinero como “fetiche automático”; mejor dicho, no conduce a ningún puerto seguro, más bien lleva al conjunto de la economía global y a los países integrados a ella “de tumbo en tumbo” produciendo situaciones cada vez más inciertas.


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