BIBLIOTECA VIRTUAL de Derecho, Economía y Ciencias Sociales

ELEMENTOS FUNDAMENTALES PARA LA TEORÍA Y ESTRATEGIA DE LA TRANSICIÓN SOCIALISTA LATINOAMERICANA Y MUNDIAL

Antonio Romero Reyes



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El consumismo y la decadencia del pensamiento único en economía.

La competencia ha llegado a tales extremos que hasta la forma, color, presentación o envoltura, sabor y olor, material del que esté hecha la “cosa”, etc., es decir, todo lo relativo a la manifestación exterior de los productos consumibles, durables o no, es sinónimo de “competitividad”. Tremendo engaño para hacer creer a la gente común que el valor de las cosas proviene de su “exterioridad” así como de la “calidad” que diferencia esa misma exterioridad de otras similares, proporcionando la sensación de un bien “útil”, relacionando su tenencia y consumo con “calidad de vida”, proporcionando “identidad” a los modos de vida de los sujetos de cualquier género y edad, generando percepciones y hábitos psicológicos hacia esas exterioridades, que de pronto adquieren hasta vida propia y atributos mágicos imbuidos por una publicidad idiotizada e idiotizante.

Las campañas publicitarias deberían ser materia de una atenta observación clínica, en términos psicosociales, así como por su contenido educativo o la deformación de valores que propicia. Esto lo decimos no solamente para los tradicionales “bienes suntuarios”; incluye prácticamente todo el espectro de bienes, desde los de “primera necesidad” hasta la salud y educación. En términos de la conocida taxonomía de Max-Neef (1986: 40-47), el apetito desmesurado y hasta patológico por “tener” o “poseer” cosas, atizado por la propaganda de todos los medios sin excepción, atraviesa prácticamente el universo de las necesidades humanas (axiológicas y existenciales) y sus satisfactores (materiales y subjetivos, tangibles e intangibles). El deseo por tener y poseer, inducido aun más allá de las necesidades básicas, es magnificado por la proliferación de las tarjetas de crédito en los sectores populares, entre los pequeños empresarios prósperos y sus familias de los “nuevos sectores medios”.

Refiriéndose a la televisión de entretenimiento (shows) en su país, Noam Chomsky sostuvo en un diálogo: “Una de las maneras de afrontar una vida poco plena es comprar sin parar; pues bien, estos programas se dedican a explotar las necesidades emocionales de los espectadores y los mantienen desconectados de las necesidades de los demás. A medida que se van desmantelando los espacios públicos, las escuelas y los relativamente pocos espacios públicos que quedan trabajan para convertirnos en buenos consumidores” (2007: 32-33). La solución fácil y simplista a este asunto proviene de aquellos que dicen -a manera de slogan- “tú tienes el control” (!!), como si se tratara nada más que de una cuestión de gustos “saltarse” los canales para ir de un programa “basura” y de contenido alienante a otro que aparente menos. El periodista César Hildebrandt, comentando el descubrimiento que llevó a la producción en masa del televisor de pantalla plana, desde el 2006, sostiene que el televisor ha dejado de ser “un mero artefacto” para convertirse en “el secreto del sistema”. Hemos pasado así del televisor-aparato al consumo de La Televisión con mayúscula (Hildebrandt 2008). La “caja boba” ahora emboba a todos/as pues a través de ella el sistema se inmiscuye en las vidas privadas de hombres y mujeres, -p. ej. personajes famosos y/o de notoriedad pública-, en base a las cuales conquista sus audiencias adictas cuyos estilos y costumbres de vida terminan siendo moldeadas y manipuladas por el marketing publicitario. En cambio, “la televisión” con minúsculas -aquella de los “dimes y diretes”- ha rebajado la política hasta los niveles de la novelería.

De manera que, así como hay locuras especulativas, el sistema también fomenta locuras consumistas: hemos transitado del mundo de las mercancías -a secas- al “maravilloso mundo” de las marcas, donde nuestras vidas son movidas cual marionetas por poderosos intereses crematísticos a su alrededor (Klein 2001), en una fiebre aparentemente interminable de “consumismo” y buenos negocios hasta para países antes subdesarrollados como China y los del sudeste asiático. Y todo esto constituye solo la punta que nos proyecta la “sociedad de la información”.

La crisis financiera ha arrastrado consigo una manera de pensar la economía: aquella que manifiesta una “fe ciega” en los automatismos del mercado y su capacidad de autorregulación. Nos referimos a lo que desde los años 80 y 90 terminó siendo impuesto como pensamiento único en economía (Amin 1998). En realidad, este pensamiento único tiene profundas y recónditas raíces si se reexamina la historia del pensamiento. Por ejemplo, si rastreáramos en qué se fundamenta y justifica el beneficio o interés nos encontraríamos con la “teoría del beneficio como un premio a la abstinencia” (Dobb 1980: 118), expuesta por Nassau Senior en su Outline of Political Economy (1836) y que diera en la yema del gusto a los banqueros y capitalistas para justificarse como “clase” y librarse de las incómodas tesis de Marx sobre el plusvalor (Mehrwert). Esa “teoría” sobrevivió en las obras de otros economistas como John Stuart Mill, Alfred Marshall, John Bates Clark y Böhm-Bawerk. De este grupo, quien le dio un alcance más vasto a la teoría del interés fue Böhm-Bawerk (1986) basándose justamente en Senior para fundamentar su famosa crítica a Marx.

A Böhm-Bawerk podríamos aplicarle la misma crítica que Marx propinaba a los economistas clásicos y sus divulgadores (los “economistas vulgares”) en términos de que nunca pudieron comprender que el capital, la propiedad de la tierra y el trabajo asalariado representan formas sociales determinadas, correspondientes al modo de producción capitalista; identificaban estas formas como fuentes de riqueza –es decir, formas reducidas a “elementos de producción”— de manera que el capital generaba un interés, a la tierra le correspondía una renta, y al trabajo un salario; mistificaban por consiguiente dichas formas sociales, quedando así ocultadas como fuentes de ingreso (interés, renta, salario); suprimían con ello a la ganancia como forma de manifestación del plusvalor. De esta manera fue como las relaciones sociales quedaban enajenadas –es decir, arrancadas— de su propia realidad histórica, siendo sustituidas por apariencias: el fetichismo de los factores de producción, del capital-interés, suelo-renta de la tierra y trabajo-salario (Marx 1976-1982, III/8: 1037-1042). La distinción entre plusvalor y ganancia nos remite al espinoso tema de la transformación de los valores en precios de producción, el cual solo dejamos indicado.

El problema con los economistas ortodoxos -tanto de esa época como de la actual- es que tienen la propensión a pensar las categorías económicas como eternas e inmutables, válidas para toda época y lugar. Por eso, la “teoría económica” como ciencia académica está plagada de “robinsonadas”, generalidades y metafísica pura y dura, de la cual hay que librarse de raíz (es decir, desde sus fundamentos). Cuando los economistas ortodoxos nos hablan de problemas económicos, hacen su diagnosis y prognosis como si de pronto las subidas y descensos de las “variables” -a través de las cuales ellos y ellas se expresan- adquirieran vida propia, llegando incluso a impresionar a los legos sobre como las curvas logran “ajustarse” al nuevo “equilibrio” pasado algún tiempo. De manera que -para ellos- la actual crisis financiera se resolverá mediante “la calma de los mercados”…, “dejar pasar” la turbulencia es solo cuestión de tiempo y es la única “receta” que nos ofrecen. Impresionante, ¿verdad?

Ese es justamente el tipo -y modelo- de discurso que ha perdido contacto con la realidad y la historia de esa misma realidad. Posiblemente este sea también el “blindaje” (i. e. un discurso ideológico) que ciertos gobernantes han puesto cuando han sostenido que la economía de sus respectivos países “no se verán afectadas” por la implosión de la burbuja estadounidense ni por la recesión subsiguiente que recorre todo el sistema.


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