BIBLIOTECA VIRTUAL de Derecho, Economía y Ciencias Sociales

ELEMENTOS FUNDAMENTALES PARA LA TEORÍA Y ESTRATEGIA DE LA TRANSICIÓN SOCIALISTA LATINOAMERICANA Y MUNDIAL

Antonio Romero Reyes



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El “baguazo” juzgado con los modelos de pensamiento de la belle époque.

Los artículos del presidente García (2009) y de Mario Vargas Llosa (2009), el escritor más laureado del país, tras haber sido aplacada a sangre y fuego la protesta indígena, con bajas asimismo lamentables en la policía, confirman la bancarrota de ideas y la esterilidad mental por la que atraviesan, en el Perú, el neoliberalismo y lo que podríamos denominar el liberalismo ingenuo. Ambos personajes -y muchos más como ellos- siguen “viviendo a la antigua”, pues su pensamiento está fuertemente moldeado y condicionado por los caducos principios decimonónicos sobre la libertad de los mercados, el progreso y el crecimiento; así como por los “éxitos” materiales del capitalismo clásico de los siglos XVIII y XIX. Para ellos, simplemente el capitalismo de los monopolios nunca existió, el imperialismo es una invención, las guerras y la política imperialista obedecen al “capricho” o exabrupto de los gobernantes, la globalización es una oportunidad y los TLC traerán desarrollo a los pueblos. La pretendida armonía universal de las categorías económicas, el automatismo, el equilibrio y otros elementos conceptuales tomados y adaptados de la física clásica de los s. XVII-XVIII, junto con la ilusoria libertad del homus economicus, entre otras sandeces consagradas por los economistas teóricos del sistema y el academicismo, pero divulgadas masivamente por los medios e inoculadas en la opinión pública, son algunas de las tantas expresiones por las cuales la economía realmente existente es transmutada en objetos abstractos, así como en la metafísica de las magnitudes (la realidad suplantada por modelos). Es en parte por esto que la “ciencia económica” atraviesa desde hace rato por su propia crisis de paradigmas.

Cuando Lenin escribía el texto citado (mayo-junio 1915) la “nueva época” se llamaba Imperialismo con todas sus letras. Hoy, en pleno siglo XXI, ese mismo imperialismo no ha desaparecido y ha adquirido más bien dimensiones planetarias (la “globalización”), comprometiendo además seriamente la supervivencia de la especie humana en el planeta. Este es un problema que mentalidades como las de García y Vargas Llosa nunca podrán entender. Solamente por consideración a ese problema, que no es uno cualquiera, ya no se puede seguir hablando irresponsablemente de “crecimiento”. Pero cuando se machaca cotidianamente sobre lo mismo, todos los días y por todos los canales disponibles, se está hablando en realidad a nombre de los intereses del capital y de los capitalistas. Cuando García nos atosiga con insistencia su modelo de crecimiento, es porque cree ciegamente en la “expansión infinita del capital” (Mészáros 2008).

El capitalismo, así como no puede dejar de explotar ni de extraer plusvalor y toda forma de excedente, tampoco puede dejar de crecer. Si el capital se deja de invertir para acumular y crecer, el sistema simplemente “se muere”. Por eso necesita -siempre y permanentemente- “abrir nuevos mercados”, crear interminables necesidades, generar en las clases y todos los estratos sociales ansiedades y expectativas por el consumo de productos “de punta” o “de marca” como sinónimo de progreso y bienestar, diversificar la oferta del crédito y otras modalidades que permitan asegurar la “adicción” por lo nuevo y “moderno” (por no decir contaminante, superfluo y hasta extravagante). Este es el “mundillo” o sistema que personajes como García, Vargas Llosa, sus acólitos y seguidores quieren hacernos creer que es el mejor de todos los mundos posibles, cuando -en verdad- no es más que un pobre mundo, donde la vida está vaciada de contenido y de sentido, un mundo donde las libertades humanas están maniatadas por el poder del dinero y el fetichismo mercantil. La disyuntiva que nos ponen entre “prosperidad y modernización” versus “estatismo” es completamente falaz y anacrónica. Las contradicciones de la “nueva época” que vivimos son más bien histórico-sociales, de alcance civilizatorio y planetario al mismo tiempo.

Muchas páginas -en realidad millones- se podrían llenar sobre las “estúpidas mentiras” que día a día, en el país y el mundo, se maquinan y difunden desde todos los medios de comunicación y, por supuesto, desde el poder económico y político. Nos ofrecen y venden ilusiones, realidades inventadas (tergiversadas), la mentira oficial presentada como verdad, la verdad prostituida, la banalidad y la vulgaridad como sinónimo de “buen vivir”, etc.

A qué escenario(s) ingresamos después del “Baguazo”.

El conflicto entre el régimen neoliberal de Alan García Pérez y los pueblos indígenas de la amazonía, en torno a los decretos legislativos atentatorios contra el modo de vida y la existencia misma de dichos pueblos, no fue cualquier conflicto ni tampoco “uno más”. Las propias torpezas del gobierno, así como la soberbia, la actitud provocadora y racista del mismo presidente, denotaron su incapacidad política para manejar conflictos, siendo además inocultable que las decisiones eran orientadas por extravíos ideológicos y autoritarios, aferrados a lo que solamente ellos, las elites empresariales, sus operadores tecnocráticos y los medios adictos creen (los supuestos beneficios que traerá al país la implementación del TLC con EEUU). Por eso el conflicto culminó con los sangrientos sucesos de Bagua del 5 de junio, poniendo inmediatamente a ese régimen contra la pared: o cedía ante la presión social y popular, incluso mundial, o las consecuencias eran de pronóstico reservado. Terminó convirtiéndose en un conflicto de gigantescas proporciones por las masivas adhesiones y muestras de solidaridad que recibieron los indígenas, en el país y desde distintos rincones del mundo, reflejándose en las jornadas de protesta del 11 de junio 2009, y obligando a ese régimen a declarar la derogatoria de los repudiados decretos pocos días después (15 de junio). Esa derogatoria, ¿fue una concesión táctica del régimen para evitar sucumbir (darse un “respiro”) o una derrota política en toda la línea?

Ese conflicto ha dejado entrever varias cosas:

1. Se han enfrentado dos maneras de ver o visiones sobre lo que se quiere para el país. De un lado, la visión de las elites (políticas, económicas, financieras, tecnocráticas, y la de todos los lacayos y corifeos que los siguen) representadas por las opiniones presidenciales que partieron de la seudo teoría del perro del hortelano; visión que abordó el conflicto desde la mentalidad colonialista y eurocéntrica del desarrollo. De otro lado, la visión del Buen Vivir que, si bien es reconocida como perteneciente a los pueblos originarios y al movimiento del Abya Yala de toda América, ha recibido rápidamente la adhesión de otros colectivos y movimientos alrededor del mundo, así como de personalidades e intelectuales, haciendo que esas dos palabras, sencillas pero profundas, pasen necesariamente a ser parte de la construcción de una alternativa civilizatoria a la civilización del capital (el mundo convertido en “cosa”, mutilado y deshumanizado, habitado por zombis). Podría decirse que el futuro de la humanidad se está jugando también, aunque “a pequeña escala”, en el Perú.

2. El viejo centralismo de las decisiones y la institucionalidad a él asociadas -concomitantemente, los estilos y sistemas de gestión pública- ya no dan más en el Perú. Se trata de una herencia colonial que fue mantenida por todas las elites que gobernaron nuestro país (aristocracia colonial, caudillos militares, terratenientes y gamonales, civilistas, aristocracia criolla, burguesía dependiente, gobernantes neoliberales). La expresión más reciente del excesivo centralismo y sus limitaciones estructurales, lo representa la concentración de poder que adquirió el Poder Ejecutivo desde los años del fujimorato, acentuado y exacerbado con el segundo gobierno aprista, por las facultades legislativas que recibió del Congreso para legislar en materia de TLC con el cuento chino de “adecuar” la legislación peruana. Y ya vimos -con el paro indígena- en qué consistió esa “adecuación”. Este problema se ha presentado, antes del Perú, en otros países latinoamericanos donde campeó el neoliberalismo que gobernaba a favor de las transnacionales (el verdadero poder detrás del trono).

3. La presencia dominante y hasta decisiva de las grandes inversiones internacionales, así como de empresas transnacionales o que son parte de corporaciones gigantes, en un país “pequeño” como el Perú, tiene necesariamente como contrapartida el desmembramiento -en sentido figurado- de su territorio y la disgregación social. Nuestro país sigue siendo -como muchos países en América Latina- un estado formalmente unitario (una ficción jurídica), con divisiones político-administrativas definidas, pero de las fronteras para adentro es un mosaico de economías regionales con particularismos, sectorialismos, y localismos bastantes marcados al interior de cada una, así como rivalidades regionales. Son fenómenos y procesos a los que ha llevado el centralismo limeño y su hipertrofia como poder centralista. El Perú no puede seguir siendo regido -y regimentado- exclusivamente desde Lima; ni las regiones pueden ser gobernadas solamente desde las ciudades o capitales donde se encuentran las sedes administrativas de los gobiernos regionales, pues la mayoría de estos reproducen muchos de los vicios y las prácticas del centralismo limeño. Tampoco -a nuestro entender- se trata de resolver el problema de la falta de presencia del Estado. El conflicto ha permitido más bien develar que estamos ante “la crisis de una forma de organizar la República” (Dammert 2009).

4. Si bien “todos los paradigmas del capitalismo… se están derrumbando” (Aguilar 2009), esto ya empezó a vivirse con fuerza en el Perú. El 5 de junio debería marcarse como el comienzo del fin del neoliberalismo en nuestro país. El discurso de nuestras elites sobre el “desarrollo” y el “progreso” también se agotó. Solo pueden elucubrar quimeras mentales y discursos racistas-macartistas, como los que pronunciaba el presidente García, o los que se destilan cotidianamente en pasquines como el diario Correo. Como corriente de ideas que se fundamenta en recetarios de cocina y formulismos abstractos, pero con consecuencias sociales “catastróficas” para las mayorías, el neoliberalismo debería ser expulsado del Estado (al menos de las esferas donde se elaboran las decisiones más importantes para el país), de las universidades (al menos de las públicas) y de los espacios de formación de opinión (al menos de los que son del Estado, es decir, que pertenecen a todos los peruanos y peruanas). Ya ha ocasionado demasiado daño al Perú. Por eso, el escenario de los próximos 2 años no es el de una coyuntura electoral cualquiera, de simple recambio de gobierno, sino uno donde estará en juego -y riesgo- el futuro del país. Es un escenario donde cada espacio y lugar cuenta para la lucha (desde la organización de poder local hasta el ejercicio de la crítica y la creación de ideas). Cambiar el “modelo de desarrollo” significa en este nuevo contexto responder colectivamente a la pregunta ¿hacia dónde queremos ir?, ¿cuál es el país que queremos dejar a nuestros hijos(as) y nietos(as)?

La idea misma del “desarrollo” es un asunto que ya empezó a debatirse en América Latina y círculos críticos europeos (Gudynas 2009; Gudynas y Escobar 2009; Unceta 2009).


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