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ELEMENTOS FUNDAMENTALES PARA LA TEORÍA Y ESTRATEGIA DE LA TRANSICIÓN SOCIALISTA LATINOAMERICANA Y MUNDIAL

Antonio Romero Reyes



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El Estado-Nación: ¿cinosura o ilusión?

En el marco histórico-estructural de la nueva dependencia el problema del Estado podría quedado subsumido por la mirada hacia el sistema como un todo, al menos en el caso de los países dependientes. Sin embargo, esto no debería ser visto como un error de apreciación.

Siguiendo a Marx, el Estado capitalista dependiente se halla doblemente subsumido, tanto “dentro del marco de un sistema de Estados” como al interior del sistema (económico y político) del capital dominado por las grandes corporaciones y las “altas finanzas”. La crisis financiera del 2007-2008 que se extiende hasta hoy ha puesto en evidencia una gran contradicción que no se resuelve solamente con la supermillonaria inyección de dinero para “animar a los mercados”, como creyeron equivocadamente el presidente norteamericano y los líderes de las principales potencias occidentales. El balance de poder entre los intereses globales del capital -entre ellos el financiero- y los Estados-nación ha sido seriamente trastocado por la crisis presente. Ciertamente, los Estados sean hegemónicos, dominantes o dependientes se rigen por relaciones de poder (económico, político, militar) y de jerarquía.

Mientras que el capital en su proceso de expansión continua por todo el globo exige permanentemente del Estado asegurar las condiciones de acumulación y reproducción, sea a escala nacional o global, el Estado solo puede desempeñar ese rol sin sobrepasar las fronteras nacionales. De esta manera, la división entre el poder de apropiación del capital y el poder de control / supervisión / regulación del Estado ha mostrado dificultades para poderse reproducir a escala global. La crisis financiera ha puesto justamente en evidencia esta contradicción. El abordaje, negociación y resolución de esta cuestión, que se vincula estrechamente con la gobernanza del sistema, es fundamentalmente política más que una discusión entre técnicos. De ahí que está en juego la necesaria reconfiguración de la arquitectura del sistema monetario internacional, siendo parte de ello la regulación interestatal de los capitales ficticios; está también el problema de la sucesión de la hegemonía y por ende el tránsito desde la unipolaridad ejercida por los EEUU hacia lo que se prevé como la gestión compartida del sistema como un todo. Lo opuesto forma asimismo parte de los escenarios posibles: el riesgo de la desintegración (Beinstein 2009a).

En este contexto, coincidimos con Petras cuando -en el marco de su exposición en el segundo Forum Social Mundial (Porto Alegre, 31 de enero al 5 de febrero 2002)- sostuvo: “Capital quebrado no significa el fin del capitalismo, o la etapa final del capitalismo. No hay una etapa final del capitalismo, el capitalismo sólo se termina cuando la gente decide tumbarlo.” (Petras 2002). Kohan fue más contundente:

“A esta altura de la historia, ya está bien claro que el capitalismo no se cae solo. ¡Basta ya de catastrofismo determinista y economicista! Por más crisis económica que haya (incluso ante una crisis tremenda como la actual, sólo comparable con la de 1929), el sistema del capitalismo no se derrumba si no hay organización, construcción de fuerza social y empuje popular que lo voltee y lo tumbe. La teoría de la hegemonía de Antonio Gramsci nos resulta de una actualidad abrumadora. Ganar mentes, corazones y espíritus —es decir, dar la batalla en el terreno de la subjetividad popular— es la gran tarea.” (Kohan 2008).

Nos adscribimos también a esa línea de pensamiento que estimamos como una cuestión estratégica (cf. Romero 2009a).

¿Cuán lejos estamos todavía de la “decisión” aludida por Petras, la que necesaria-mente deberá ser políticamente estratégica? Los resultados del FSM en Belém, del 27 de enero al 1 de febrero 2009, dan una idea de tal distancia (Arkonada 2009; Sader 2009a y Vilca 2009).

Para nosotros el problema no consiste en democratizar/reformar a través del Estado el actual orden de cosas, poniéndole “rostro humano” a la desigualdad, la exclusión, la explotación, la discriminación y toda forma de polarización. La democratización y las reformas tendrán sentido cuando sean concebidas como medios para el logro de un proyecto societal “alternativo”, algo que se debe evitar confundir con propuestas electorales y planes de gobierno. Nuestro esfuerzo busca aportar a lo primero (el proyecto alternativo), para lo cual uno de los problemas fundamentales es el de la construcción del sujeto de la transformación. Es un problema que tiene otro tiempo histórico-político, sin agotarse en coyunturas electorales, que desborda incluso los intereses (personales, partidarios y/o egocentristas) de los caudillos, los políticos oportunistas, así como de los liderazgos providenciales.

Si entendemos el desarrollo autocentrado como un periodo de transición histórica, que en términos de duración tendría que abarcar al menos “el espacio [de tiempo] de una generación” (Schuldt 1997b), podemos legítimamente plantear: ¿En qué medida y bajo qué condiciones el desarrollo autocentrado desde los actores y espacios locales puede conducir al país hacia -o desembocar en- una nueva sociedad y un nuevo Estado? ¿Qué tipo de proyecto político puede emerger (si es que hubiese alguno) desde los espacios de desarrollo local en el Perú? Si el Perú realmente existente se asemeja a una “sociedad heterogénea y jerárquica” (Figueroa 2003: 195), ¿cómo enfrentar la exclusión (social, política, cultural) para transitar hacia una sociedad efectivamente democrática, verdaderamente libre y completamente emancipada de toda clase de ataduras? Estas preguntas buscan instigar un debate político en la izquierda, que es necesario y debe ser programático.

Desde los albores del capitalismo, este sistema siempre ha necesitado lo que Wallerstein denomina un sistema interestatal, es decir, un marco jurídico-político compuesto de alianzas y arreglos de poder para hacer posible el proceso de producción, circulación y acumulación de plusvalor en los circuitos internacionales. Esto implica que el capital siempre ha requerido del Estado para los requerimientos de la acumulación a escala internacional, solo que con la globalización ese requerimiento es mayor al que hubo en el pasado, pese a la ideología neoliberal y anti-estado. En este contexto, y viendo el funcionamiento del sistema como un todo, la “autonomía relativa” del estado depende de la forma como está inserto en el sistema interestatal, más que de la relación entre poder económico y poder político al interior del estado nacional-territorial. Sin embargo, la globalización lleva hasta sus extremos la progresiva separación entre poder económico y poder político, lo cual tiende a la disección de la totalidad en esferas separadas, convirtiéndose en una operación propia de la ideología a efectos de reforzar la dominación.

Nos encontramos entonces frente a un proceso cuyo movimiento no deja de ser contradictorio, con consecuencias sobre la cuestión de la democracia, que lo podríamos caracterizar de la siguiente forma: i] el Estado-nación se vuelve cada vez más distante y se va desentendiendo de las necesidades sociales de sus ciudadanos (ejemplo típico en América Latina: las privatizaciones a granel, así como la prioridad que reciben la inversión extranjera y la deuda externa); ii] el Estado, por eso mismo, va dejando de ser un garante de los derechos democráticos (con excepción del derecho al sufragio) ya que se ha ido convirtiendo en un Estado del capital más internacionalizado, sirviendo y respondiendo sobre todo a los intereses de este, como parte del proceso de “re-concentración mundial del control de la autoridad” (Quijano 2004).

El problema radica, entonces, en el mismo estado, es decir, en la pérdida relativa en cuanto al carácter, alcance y contenido democrático del Estado nación, sobre todo en los países inmersos en la periferia del sistema capitalista. Más aun, el Estado tiene menos de nacional que antes y su rol en la globalización es más bien de un Estado territorial: es un estado desprovisto de todo contenido nacional y democrático, excepto por su formalidad (apariencia exterior) y los discursos presidenciales, cuyas funciones de las fronteras para dentro son garantizar “las condiciones básicas requeridas por el capital en su cotidianeidad” (Meiksins Wood 2004).

En esta situación las nociones de nación y democracia se convierten en un terreno de disputa ideológica y política, entre el capital y sus asociados de un lado, y la masa del “pueblo” y el conjunto de los trabajadores del otro. De esta manera es que podemos entender por qué “la democracia puede amenazar en convertirse en algo más que un régimen meramente formal” (op. cit.), en el sentido que le daban los griegos, de un “poder popular” o “gobierno del pueblo”. Es la dominación del conjunto del capital la que corre el riesgo de ponerse en cuestión, así como las mismas estructuras estatales de las cuales aquel depende. Al menos en la periferia del sistema, el desborde de demandas y exigencias sociales puede desembocar no sin mediaciones en organización política y en un proyecto de sociedad, lo cual constituye el mayor temor de los dominadores.

No cabe duda de que el estado ocupa un lugar central en el problema. El rol que el capital requiere del estado a escala global es el mismo que cumple a la escala nacional (asegurar las condiciones de acumulación y reproducción). La contradicción es que mientras el Estado solo puede desempeñar ese rol sin sobrepasar las fronteras nacionales, el capital se expande continuamente por todo el globo. De esta manera, la división entre el poder de apropiación del capital y el poder de coerción del estado, al interior de un territorio nacional, muestra dificultades para poderse reproducir a escala global. Contradicción que sería posible resolver debilitando, no tanto el poder de coerción del Estado (particularmente en la periferia del sistema), sino su poder de negociación sobre el cual descansa la autonomía relativa, y esto implica el debilitamiento de la democracia, con todo lo limitada y restringida que es en el capitalismo. Allí están para mostrarlo las negociaciones sobre el TLC con los Estados Unidos, sin ningún debate democrático -menos aun con decisiones tomadas con ese carácter- en los países que se verán seriamente afectados.

Si la globalización es un proceso inevitable y autónomo, la pregunta es: ¿hasta qué punto? Esto nos lleva a la cuestión de los límites, que son nítidamente dos: 1) los límites ambientales o la soportabilidad del planeta frente a los impactos a escala del capitalismo globalizado sobre los espacios naturales y sociales nacionalmente considerados; 2) los límites políticos o la “capacidad de aguante” de la humanidad afectada (clases, grupos, estratos, capas y sectores sociales; comunidades étnicas, naciones, tribus) por los estragos de la globalización y las miserias que produce. Desde este punto de vista, la globalización capitalista solo puede dejar de ser inevitable políticamente, contraponiendo al poder global del capital un contrapoder societal liderado por un conjunto de actores, entre los cuales deberán estar los trabajadores. En ausencia de ese contrapoder será entonces la Naturaleza la encargada de fijar tales límites, solo que cuando estos se manifiesten con toda su fuerza podría ser demasiado tarde para la supervivencia humana en el planeta. Estas son las cartas sobre la mesa que desde hace un buen rato el capital ha lanzado a toda la humanidad, y no es exagerado decir que, en cualquier caso, está en juego la supervivencia o la extinción y es hasta estos límites adonde hemos llegado o el capital nos ha llevado a todos.


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