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ELEMENTOS FUNDAMENTALES PARA LA TEORÍA Y ESTRATEGIA DE LA TRANSICIÓN SOCIALISTA LATINOAMERICANA Y MUNDIAL

Antonio Romero Reyes



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Crisis internacional, ondas largas y revolución de las fuerzas productivas.

Si juntamos todas las “crisis financieras” relativamente recientes, incluyendo a la norteamericana, y las apreciamos -si bien formando una cadena de acontecimientos “nacionales”- como parte de un proceso más profundo, el sistema encuentra dificultades cada vez más acentuadas de realización, en función de la (auto) valorización del capital. En este contexto, la especulación financiera es utilizada como vía de escape que encuentra el capital ante la creciente dificultad de realización de la ganancia, o de su tendencia a la baja en esferas diferentes, como la productiva. Otro mecanismo -de solución temporal- implementado masivamente con la globalización, es la relocalización de los capitales de propiedad de grandes compañías y corporaciones por todo el mundo, comprendiendo los países que pertenecieron a la desaparecida órbita soviética, los “tigres asiáticos” y países de nueva industrialización (China, India, Brasil), así como los hoy denominados “emergentes” en el Sur y resto del tercer mundo; generando nuevas cadenas de valor de mercancías (Wallerstein), así como circuitos de valorización del capital que permiten contrarrestar la presión a la baja de los beneficios en el centro. Esto último debido, entre otras razones, al agotamiento de la extracción de plusvalía que se va proyectando desde los núcleos más avanzados del régimen de producción, donde la elevada composición orgánica del capital en las ramas más automatizadas hace que la capacidad de valorización del trabajo vivo con relación a los medios técnicos decrezca, o tienda a ello, pues los medios técnicos pasan a desempeñar crecientemente el rol de “agentes de producción”. (Quijano 1974: 22).

La contrapartida de todo ello son procesos de fragmentación territorial en los países donde se establece el capital que busca contrarrestar a toda costa la “nivelación” de ganancias a la baja, acarreando asimismo consecuencias al Estado-nación en términos de su “desterritorialización” (Gudynas 2005).

A pesar de su hegemonía económica en franco declive, EEUU sigue siendo la sede del capitalismo de nuestros tiempos. Tanto la reciente crisis financiera como la subsecuente recesión anunciada están asentadas sobre una matriz estructural que se hipertrofia. En los países centrales del sistema, y especialmente en EEUU, el capital tiene crecientes dificultades para elevar la cuota media de plusvalor (trabajo excedente) en las diversas ramas de producción, empezando por las de mayor productividad y tecnificación. La incesante revolución y tecnificación de las fuerzas productivas hace que vaya cesando la creación de nuevo valor por unidad de producto, aun cuando haga del trabajador un elemento más calificado de la producción que antes. En los núcleos avanzados y “de punta” el mismo acto de “producir” se convierte en un simple acto de “transferencia”: el valor (trabajo muerto) contenido en los medios más modernos y sofisticados es transferido al producto final por el trabajador calificado u otra máquina automatizada que oficia de “agente”. De esta manera, cada innovación/revolución de fuerzas productivas impone un límite técnico hasta donde puede crecer la tasa media de ganancia en todo el sistema; y esto vale tanto para alguna rama en particular como para otras donde afluyan “manadas de inversiones”.

El comportamiento cíclico del capitalismo (ondas largas de Kondratieff) como un orden productivo, a través del tiempo, responde entonces a dicha configuración en que las ramas líderes dan la pauta (con la intervención de medios técnicos de última generación, trabajo altamente calificado, máquinas y otros instrumentos que elevan aun más la productividad, organización empresarial moderna, crédito bancario y financiamiento corporativo), en el marco de una determinada división internacional del trabajo. El comportamiento cíclico es pautado según “ondas largas” de duración de cada “progreso técnico” o revolución tecnológica (RT), donde al agotamiento de su propio valor de uso, así como la difusión, masificación, la misma competencia intercapitalista y los conflictos sociales que lo acompañan, terminan presionando la tasa global de ganancia (nivelación hacia abajo) hasta la siguiente RT, y así sucesivamente.

El sistema-mundo se encuentra en la “fase B” del ciclo Kondratieff al que se ingresó en el periodo 1967-73 (Wallerstein 2008). En términos del cuadro que se muestra abajo, se habría estado bloqueando y/o retrasando deliberadamente el paso a una nueva RT (la quinta) y por ende a una nueva onda larga, cuyos componentes principales ya se encuentran presentes (al menos desde los años 90) en lo que genéricamente se ha denominado sociedad de la información, y a la que se le ha asociado la idea de “Nueva Economía”.

Si “en la fase de descenso adquiere preponderancia el capital financiero” (Schuldt 2005a: 85), entonces cabe postular que:

i] de una a otra onda larga la baja tendencial de la tasa de ganancia se impone al capital como una ley de hierro, y de ahí la necesidad de nuevos descubrimientos e innovaciones, pero también de “nuevas oportunidades de inversión” (léase: explotación económica allende los mares);

ii] el fenómeno de la financiarización, así como antes lo fue la “burbuja tecnológica” del 2000 y los ataques especulativos de los 90 en países y regiones fuera del centro, son mecanismos utilizados en un doble sentido: de un lado, para compensar y aun superar la nivelación a la baja de la tasa de ganancia en la esfera productiva; de otro lado, para alargar-retardar la transición hacia una nueva RT, retardo que obedece además a decisiones políticas e institucionales subyacentes.

En este contexto, el crecimiento desmesurado y cada vez más autónomo del capital ficticio o especulativo con relación al capital productivo, compromete seriamente y pone en riesgo la “unicidad” del proceso de reproducción del sistema al introducir un factor de disrupción sistémica, ya que tiende a provocar la implosión de -incluso la ruptura con- la lógica global que es recogida por la fórmula general del capital (D-M-D’).

Los periodos considerados en el cuadro se basan en ciclos de medio siglo, en promedio, de acuerdo a los criterios de Kondratieff-Shumpeter-Mandel. Las cinco ondas largas del cuadro se podrían reducir a tres si consideramos que las dos primeras RT tuvieron lugar bajo la hegemonía británica; en cambio, la tercera y cuarta tuvieron como principal fuente de energía al petróleo, siendo periodos caracterizados por el Imperialismo y la hegemonía de los EEUU. De acuerdo a estos criterios, estaríamos viviendo la transición hacia una tercera onda larga y su respectiva RT.

En la onda larga que estuvo asociada a la primera RT, de los 41 años que duró (1787-1827) 14 correspondieron a la depresión; en la onda larga de 1828 a 1885 correspondiente a la segunda RT, aquella duró 16 años; en cambio, la depresión inscrita en la onda de 1886 a 1938 (lo que duró la tercera RT) tomó solamente 13 años. La fase depresiva actual es la más larga que le ha tocado vivir al capitalismo, pues al presente llevamos ya 35 años (1974-2008, en la fase B de la columna “depresión”).

Nótese en el cuadro anterior que la depresión es uno de los componentes de la fase descendente (fase B), sucediendo a la recesión. En cambio la fase ascendente (fase A) se compone de recuperación y auge. En la fila del cuadro que corresponde a la cuarta RT, los números entre corchetes deben considerarse provisionales, pues la fase B aun no termina, siendo entonces comprensible por qué hemos optado por dejar abierta la periodización correspondiente a la quinta RT. Con relación a esta última, las innovaciones se han venido produciendo en los campos de la microelectrónica, biotecnología, nuevas fuentes de energía y nuevos materiales. La aplicación de estas nuevas tecnologías no significa, p. ej., que el petróleo vaya a ser sustituido en lo inmediato, ni que dejen de utilizarse automóviles ni medios de transporte masivos, aunque los autos de última generación que se ven circular en las grandes ciudades ostentan diseños aerodinámicos o futuristas, pueden ser alimentados por otras energías (gas, energía solar) y están equipados con tecnologías “inteligentes”.

Para evitar caer en una suerte de determinismo tecnológico, todas las ondas largas -sin excepción- han estado acompañadas o precedidas por transformaciones sociales, conflictos intercapitalistas, así como por modificaciones en la relación capital-trabajo. El lector interesado puede hacer el ejercicio de relacionar con las RT los siguientes acontecimientos sociopolíticos internacionales: revoluciones europeas de 1848, Comuna de París (1871), primera guerra mundial (1914-18), revolución rusa (1917), segunda guerra mundial (1939-1945), mayo del 68, caída del muro de Berlín (1989). El declive de la hegemonía norteamericana desde los años 70, así como del sistema monetario internacional construido en torno a los acuerdos de Breton Woods, que en su momento (1945) consolidaron y fueron la fiel expresión de dicha hegemonía, estarían actuando como obstáculos para transitar hacia una nueva onda larga.

Todas las ondas largas han descansado en “información y conocimiento”. En el capitalismo, cualquiera sea la época histórica, el trabajador como portador de fuerza de trabajo y el trabajador como portador de conocimiento fueron siempre individuos socialmente diferentes. Fuerza de trabajo y conocimiento han sido escindidos por la relación capitalista desde siempre, aunque compartan el mismo estatus de “mercancías” (ambos tienen un valor de uso para sus portadores, así como para quienes los emplean). La peculiaridad de la RT en curso (tercera o quinta, según como se vea) consiste en poner en el tapete de la indagación y del debate la cuestión de si el “conocimiento” es una nueva forma de manifestación del trabajo social abstracto, es decir, del trabajo creador de valor para la reproducción del capital; o si, alternativamente, se trata de “conocimiento” que solo transfiere (no crea) valor. ¿Constituye el “conocimiento” el último límite técnico del capitalismo? En un trabajo anterior preguntábamos: “¿qué pasará si las fuerzas productivas ya no pueden ser más revolucionadas (es decir, cuando cese la innovación tecno-científica) y la centralización de la propiedad y los recursos lleguen al límite?” (Romero 2003). Esta compleja cuestión (en sus dos sentidos) nos lleva inexorablemente a la problemática de las fuerzas productivas.

En su “loca y vertiginosa carrera” de nuevos descubrimientos y perfeccionamientos, el desarrollo de las fuerzas productivas propulsadas por el motor de la incesante acumulación de capital, ha llegado a un punto tal que, de un lado, los avances alcanzados son más que suficientes como para permitir “producir todo lo que la población del mundo necesita sin recurrir a la dominación/discriminación/ explotación/violencia” (Quijano 2008). De otro lado, el motor de la acumulación lleva a que el imparable desarrollo de las fuerzas productivas esté comprometiendo seriamente las condiciones de vida en el planeta, tanto para la especie humana como para los demás seres vivientes (animales y plantas) de los que aquella también depende. Realmente, ni el capital ni el capitalismo pueden ofrecer ninguna otra alternativa para mejorar la existencia humana.

Marx asociaba el trabajo humano y su capacidad de generación de valor al conjunto de fuerzas productivas. En la era de la producción flexible, a la que todavía no hemos ingresado plenamente, prevemos que el trabajo excedente sobre el trabajo socialmente necesario -es decir, tiempo de trabajo no retribuido por el capitalista al trabajador- será desplazado por un tipo de trabajo altamente calificado orientado sobre todo a la producción de conocimientos y medios técnicos para el desarrollo a su vez de nuevos procesos (microelectrónica, biotecnología, informática, nanotecnología, etc.). En virtud del dinamismo de la producción flexible, que al menos ya ha sido introducido en las puntas más avanzadas, el tiempo de trabajo invertido efectivamente en la producción es progresivamente sustituido por el trabajo sin tiempo ni espacio (el mundo de la virtualidad). ¿Se trata de un proceso inexorable e irreversible? Ser considerado competitivo, hoy en día, significa ser capaz de brindar una corriente de servicios intangibles altamente valorados por el capital, es decir conocimientos, creatividad e innovación, como condiciones para añadir valor agregado a lo que se produce. ¿Pero este valor agregado es realmente “valor”?


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