BIBLIOTECA VIRTUAL de Derecho, Economía y Ciencias Sociales

PLURICULTURALIDAD Y EDUCACIÓN. Tomo I

Gunther Dietz y otros




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Propuesta para el cambio: supuestos necesarios para lograr un sistema educativo equilibrado con el contexto sociocultural

No pretendemos elaborar aquí un plan de trabajo detallado para la reestructuración del sistema educativo, entre otros motivos porque estamos en la etapa exploratoria de nuestras indagaciones, y sería muy imprudente por nuestra parte proponer acciones concretas sin conocer previamente la realidad que queremos transformar. Nuestra proposición representa más bien una intuición del espíritu que debe impulsar el cambio. Lo que proponemos aquí, en definitiva, es que no podemos seguir obviando el hecho de que en México más de la mitad de la población vive en un contexto sociocultural diferente al originario, debiendo adaptarse a un sistema educativo unicultural de orientación eminentemente urbana, capitalista y acorde a la ideología y cosmovisión de una minoría hegemónica. Es por ello que nos debemos preguntar de manera sistemática ¿quién debe adaptarse a quién? Una posible respuesta nos la ofrece José Juan Olvera, maestro y experto en interculturalidad, cuando afirma que:

La primera (reforma necesaria del sistema educativo mexicano) es una rediscusión del concepto de integración, en términos de política educativa. Esto con el objetivo de que la política educativa pueda entenderse como un diálogo o un acercamiento de dos vías, en dos sentidos, que el concepto de integración se entienda como integración mutua” (Doncel, 2010).

En lo que se refiere a los poderes públicos encargados de dirigir el cambio en el ámbito educativo, creemos que estos deben encaminar sus esfuerzos hacia una meta clara: paliar la desigualdad estructural que padecen ciertas culturas asentadas sobre el territorio mexicano fomentando una real y equilibrada educación intercultural. Una línea a desarrollar y que puede contribuir a una mejora de esta educación consiste en revalorizar las culturas ajenas a la dominante, la cual trata de ser impuesta de un modo draconiano (para imponer igualmente una definición monolítica de lo que es -y lo que no es- “ser mexicano”). Un paso, tan importante como difícil de dar, para lograr esto consistiría en establecer el bilingüismo oficial en aquellos estados en que ciertas lenguas indígenas tienen una presencia significativa, implicando a la población no indígena en el aprendizaje de las culturas con las que convive cotidianamente y a las que cotidianamente ignora. Este enriquecedor bilingüismo debe ser plasmado no sólo en el terreno educativo (por ejemplo, con la enseñanza obligatoria para todos de una lengua indígena), sino que debe permear otras muchas instituciones (por ejemplo, la administración pública o la sanidad, ofreciendo sus servicios y sus documentos escritos en ambas lenguas).

A un nivel más terrenal, más allá de la esfera política y adentrándonos en el espacio de acción no sometido a las directrices impuestas desde instancias superiores, coincidimos plenamente con Sáez cuando afirma que:

Sobre los profesionales de la enseñanza y aprendizaje, sobre el profesorado, recae una parte muy importante de construir no sólo una escuela del siglo XXI, sino de fundamentar la sociedad del siglo XXI, poblada de hombres y mujeres pensantes, sensibles y promotores de interculturalidad (…) El enfoque educativo a promocionar exige un cambio cualitativo de perspectiva educativa (Sáez, 2006).

Con mayor cautela recibimos la propuesta de este autor, según la cual:

Los profesores pueden favorecer la integración escolar del alumno culturalmente distinto a través de la pedagogía del reconocimiento (…) La tolerancia no significa indiferencia hacia los demás, sino el reconocimiento de sus diferencias y de su derecho a ser diferentes (…) Es el reconocimiento de las características culturales ajenas, tan legítimas como las nuestras, lo cual no implica adoptar su cultura o sus formas de vida (ibídem).

La cautela que mostramos se justifica porque consideramos ésta una visión demasiado estaticista de cultura, monolítica y adaptada a una identidad nacional. De este posicionamiento nos surgen dudas de difícil resolución: ¿cuáles son esas culturas ajenas?, ¿cuáles son las nuestras? Creemos que en los tiempos de la globalización hay que replantearse la identidad colectiva, reconstruirla aportando pero también adquiriendo elementos de todos aquellos con los que convivimos, y finalmente, construyendo un nuevo “nosotros”.

Una visión igualmente limitada en este sentido encontramos en el documento elaborado por el Consejo de Especialistas para la Educación (Flores Crespo, 2006). La referencia directa a “los valores de pluralidad y tolerancia” se hace extensiva más adelante con el reconocimiento de la naturaleza multicultural de la República Mexicana. A esto, añaden la necesidad de educar para favorecer la interculturalidad, lo cual suponen que ha de llevar necesariamente a fomentar la cohesión social. Creemos que en este punto se comete un grave error, pues no sólo no propone soluciones concretas, ni da lineamientos verdaderos, sino que tampoco definen lo que entienden por la tan mencionada y deseada “cohesión social”. Parece que aquí evitan adentrarse en el conflicto latente de toda integración por el peligro de la homogenización cultural que representa. Estamos, pues, ante un problema complejo que es enunciado de manera superficial y sin ofrecer soluciones concretas (omisión que también refleja una tibia implicación ideológica).

La única orientación que ofrecen en este sentido es la necesidad de una educación con enfoque intercultural que se aplique a todos los niveles educativos. La recomendación más concreta es la que aconseja desarrollar currículos interculturales transversales que incorporen el conocimiento, los valores y las producciones de los indígenas en todas las asignaturas y todos los grados (Flores Crespo, 2006), pero no la creación de nuevas asignaturas. Esta recomendación central expresa, además de una vaguedad manifiesta, la desconsideración de otras culturas no indígenas (por ejemplo, extranjeros en México) y de otras minorías con sus propias subculturas, ofreciendo una visión, a nuestro entender, muy pobre de lo que debe ser un cambio dirigido hacia la educación intercultural.

Más general, pero también más equilibrada, con un sesgo menos nacionalista (sesgo, por otra parte, obligado dada la naturaleza del informe) y más acorde con la tendencia hacia la globalización de las culturas y los saberes, nos parece la afirmación de E. Morin, según el cual:

La educación del futuro deberá ser una enseñanza primera y universal centrada en la condición humana. Estamos en la era planetaria; una aventura común se apodera de los humanos donde quiera que estén. Estos deben reconocerse en su humanidad común y, al mismo tiempo, reconocer la diversidad cultural inherente a todo cuanto es humano (Morin, 1999).

Aunque difusa, creemos que ésta es la base necesaria para empezar a abordar un momento histórico igualmente difuso, en estado embrionario y cuyos derroteros no conocemos todavía.


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