BIBLIOTECA VIRTUAL de Derecho, Economía y Ciencias Sociales

DIVERSIDAD CULTURAL Y SEXUALIDAD

Coordinadores: Luis Fernando Macías y Ricardo Contreras Soto




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Contradicción del goce.

Ella y él (mujer y hombre) son víctimas de la codicia de goce, se obsesionan por ese deseo de poder, donde tratan de arruinar la vida de con quién conviven, buscando la manera de manipular a su pareja, sin darse cuenta que caen víctimas de un tercero que tiene sentimientos opuestos, que busca un momento de satisfacción en el que no se pueda confiar.

Las mujeres y los hombres viven en esa paradoja, en ese opuesto, en donde a veces amas y otras se vuelven esclavos. Se tiene a una mujer o un hombre que les cumple sus caprichos, pero no se sienten satisfechos y buscan a un tercero que los obliga a actuar muy diferente de cómo son, se vuelven víctimas de violencia de ese otro que es el tercero que parece gozar.

Se lleva ese sentimiento que es opuesto, en donde por un momento están llenos de placer intenso y en otro momento pasan a ese sufrimiento inmenso. La pregunta es, si se puede estar seguro o no de si sufre o goza, de si manipula o es víctima de manipulación.

El poder en el goce, el goce en el poder.

El poder seduce. Es una relación entre dos, donde aparece un desafío que obliga a mantener una forma por el dominio. Es la característica de toda relación humana en donde se depende de otro. De este modo se pone la base para el dominio, así, en la medida en que dependamos de otro, más de lo que ellos dependen de nosotros, se tiene el poder.

Independientemente de que hayamos caído bajo la dependencia por haber empleado la fuerza o por culpa nuestra, de la necesidad de dinero, de amor, de consuelo, de ser aceptado o de cualquier otra cosa.

La mujer siempre ha sido más dependiente del hombre (aunque esto está cambiando), en ciertos puntos. Ya que si se habla de sexo, el hombre por ser más instintivo, más animal, se vuelve más dependiente en ese aspecto y el poder cambia, de éste modo el goce se traslada.

La mujer y el hombre quieren hacer del sexo, como del poder una instancia irreversible.

El goce del otro.

El goce del Otro, ese del cuerpo del Otro que lo simboliza, ese que te reconoce, no es el signo del amor, ya que lo que pertenece al amor no necesariamente le pertenece al goce. Lo que tiene el goce del uno, no puede estar de acuerdo con lo que el amor requiere del Otro.

Ese goce del Otro es un misterio. En ese goce se tiene algo de perverso. Así, el goce perverso es ese que se trabaja para aguantar, para que se satisfaga esa voluntad de gozar del Otro, es el instrumento, es el objeto, es la herramienta para el Otro.

En la mirada define la posición de su perversidad y todos de algún modo la llevamos, aún cuando exista ese desagrado y obscenidad en esa experiencia de sentir que nuestra mirada es ya la mirada del Otro. En todo goce perverso siempre hay algo de sádico, acepta el lugar que le quita lo que es suyo, ese derecho a disponer sin restricción del cuerpo del otro, lo disminuye a la condición de objeto-instrumento para satisfacerse de su voluntad. Él está, en este mundo para el goce, es su razón, el sufrimiento lo deja en suspenso, su posición es el derecho al goce. Su deseo esta manejado por su goce, él no realiza su actividad para su placer, sino para el goce del Otro. Haya su goce en trabajar para el goce del Otro.

El goce en el juego.

El juego está sujeto al principio del placer. Cuando se entra en el juego nada queda. El placer está en el movimiento mismo en tanto que actúa todo su cuerpo. Es el momento, no existe otro, es lo que se tiene, lo que se trae, no hay acumulación, todo se consume, no existe memoria, se está arriba o abajo nada sobra.

Lo primordial del goce en el juego, es que es demasiado gratificante en sí mismo, no tiene otro propósito. El goce se siente en el instante, se queda en el lugar donde lo experimentas no es para llevárselo.

El juego expresa ese autoerotismo sin objeto y gratifica aquellos componentes instintivos que están dirigidos hacia el mundo objetivo. Es una aspiración en sí mismo, mientras que otros aspectos como el trabajo buscan el auto preservación. Los instintos y la actividad auto erótica buscan el goce, el placer sin consecuencias ulteriores.

El goce del juego es el hechizo que viene de la liberación de lo universal en un espacio finito; el placer es doble: anulación del tiempo y del espacio. Estar en juego y desafío es estar en la pasión figura de la seducción, allí se encuentra el goce, es donde la recurrencia insensata desencadena el placer, está no procede de lo consciente ni lo inconsciente, más bien es una reversión y reiteración de una forma pura, que toma forma de sobrepuja y desafío a la ley de contenidos y de su acumulación.

Los rituales en el goce del juego son signos obligados no son representaciones, son los que liberan el sentido, se está unido a ellos.

El goce en su soledad.

En la sexualidad por ser de uno, no resulta adecuado para el Otro. De este modo la mujer y el hombre se hacen creer cosas diferentes y lo único que pasa es engañarse.

La mujer y el hombre nunca son por completo de ellos entre sí, en el momento de goce de cada uno, es una soledad entre sí. Es un engaño mutuo, es un gozar por sí mismo.

Para el hombre su forma de gozo es fálica, por eso nunca llega a gozar del cuerpo de la mujer.

La mujer puede acompañar en el amor y no pedir otra cosa, puede gozar de su goce fuera de su cuerpo, como del Otro. Puede gozar de las caricias, de las palabras, de la mirada, de los besos, los mimos, de que le hagan el sexo o de que no se lo hagan. Goza a través de la imaginación, vive con profundidad sus fantasías.

Por el contrario, el hombre no se llena, le hace falta más sexo, con quien sea, como sea.

El hombre reducido a gozar sólo, se pregunta si la mujer goza. No sabiendo la respuesta, se encierra en ese “dolor” de placer y conquista. ¿Quién gana en este juego de estrategias? El hombre dirá que él, la mujer callará.

Resulta problemático gozar del cuerpo del otro y que cada uno goce de su propio cuerpo.

El sujeto sólo es acompañado de su soledad. Así, la mujer engaña con su propio goce, es compañera de su soledad y en el goce saca el fracaso de cualquier reconocimiento de amor para librarla de ella. El hombre no puede competir con ella y la engaña con otra mujer. La soledad de la mujer se funda en la ningún hombre intente acompañarla.

El goce de la mujer, desde su no goce.

La mujer pertenece al juego, siempre está en él, sometida a reglas, aunque no se abandona al juego. Su obligación es el desafío, ese siempre enloquece al otro. Es un desafío al goce de los hombres a ser sólo lo que es. Ha lanzado un reto desde lo profundo de su no goce, nadie sabe hasta dónde es todopoderosa.

Entrar en su juego, es entrar en una serie de rituales obligatorios, donde la intensidad se manifiesta de diferentes maneras, desde una provocación que es lo mejor que maneja, hasta cualquier desafío que se le insinúe.

Es un reto al goce, ese que busca llevar al otro al terreno de su propia fuerza, que será también la suya, con el objeto de una sobrepuja ilimitada. Consiste en llevar al otro al terreno de su propia debilidad, que será también la suya. El juego no es finito ni infinito es transfinito.

Se dice que la mujer carece de goce. Es reversible. A veces tiene una intensidad superior en su ausencia o en su negación. Para ella, si el sexo es incierto, le aparece la seducción u otra clase de placer. Su magia es mantener el juego a través de un ritual en ese mundo donde se mueve, un encadenamiento de cosas unidas por sus signos. En ocasiones aparenta ser un pretexto de otro juego más apasionante. Es un reto con carácter de sacrificio al mundo a existir.


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