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LA ANTIGUA RETÓRICA GRECOROMANA Y LA EDUCACIÓN: EN LA PERSPECTIVA DE LA TEORÍA DE LA ARGUMENTACIÓN Y LA POSMODERNIDAD

Germán López Noreña



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7.4 MARCO FABIO QUINTILIANO: RETÓRICA Y PEDAGOGIA

La Retórica Romana inmortaliza a un exponente de entre sus retóricos y oradores, de igual talante y grandeza a Cicerón, en la persona del calagurritano marco Fabio Quintiliano, descollando, además de en lo del arpinate, en la Pedagogía . 7.4.1 Apreciaciones Generales Alusivas A Quintiliano

Capitulo especial en el estudio del desarrollo de la Retórica lo reviste toda la producción en este campo en la época madura de Cicerón. En ella al tenor de la investigación de varios estudiosos se inscribe un compromiso de Marco tulio para con una visión filosófica del mundo y del ser humano –de marcada influencia platónica-, y la episteme de la retórica tradicional, aplicada al escenario político de los últimos años del periodo republicano romano, pensamiento socializado y llevado en un momento cumbre en el dialogo De oratote (55 a. C).

Entre los estudios relativamente recientes dedicados a este grupo de obras de Cicerón, es fundamental la contribución de A. E. Douglas (1973) en el Aufstieg und Niedergang der römischen Welt, que marca un hito al ser una de las primeras que presta atención al corpus ciceroniano sin obsesionarse por las fuentes griegas de las que partió el Arpinate y que pone de manifiesto los puntos más débiles de la Quellenforschung. De este modo, Douglas (1973: 101) señala que, al examinar estas obras de Cicerón, no se debería ir exclusivamente en busca de ejemplos romanos o de un «espíritu romano», sino acercarse a un ambiente intelectual grecorromano «lo suficientemente vivo como para experimentar modificaciones y desarrollos novedosos». Y en efecto, dentro de ese cambiante mundo de la retórica grecorromana del siglo I a. C., la retórica ciceroniana puede caracterizarse como especialmente inmersa en ese medio plástico, que permite las variaciones. Así, la preceptiva retórica ciceroniana es esencialmente antisistemática, al subrayar la imposibilidad de dictar reglas de alcance universal (Douglas, 1973: 116; Barthes, 1990: 97; Alberte, 1992: 57-58), orientación con la que se alinearía Quintiliano el siglo siguiente al obtener en su Institutio un exitoso equilibrio entre la presentación de la preceptiva tradicional y la insistencia en la imposibilidad de proporcionar en cuestiones de retórica reglas de alcance universal.

(Biblioteca De Gonzalo De Berceo; www.valleNajerilla.com)

En este tópico es pertinente, recordar, el legado de Cicerón para la posteridad, que a decir de Kennedy (1994; Pág. 58), el no ser exagerado afirmar que la historia de la Retórica en Europa Occidental desde la época de Cicerón hasta al menos el siglo XVII es la historia del Ciceronianismo. Leeman (1982), nos dice también en alusión a la herencia retórica dejada por Cicerón, el estarse resolviendo, hoy por hoy, los mismos problemas teoréticos de su tiempo, es decir definir qué es o no es Retórica, y mucho más aun en la perspectiva del lograr “El Hombre Universal”, expresión de la unidad de todos los conocimientos y los valores humanos, a lograr concretarse en El Oratus Perfectus.

En esta perspectiva de lograr el elemento epistémico de una Retórica Universal, que le posibilite el status de ciencia, derivaría lógicamente un amplísimo sistema de categorías, dirigidos no solamente en el análisis taxonómico de los tipos de discursos, sino también direccionado a establecer el rigor epistemológico y los criterios necesarios para la producción de un discurso eficaz en cualquier situación más que previsible, prevista. Entonces, estaríamos hablando de la configuración de una metaciencia.

Por lo tanto, implícito en el carácter central de la educación, la incidencia de la argumentación en cada uno de los componentes de los campos disciplinares que se imparten, Pennacini (1989; 233), nos dice que la retórica tiene el don de «traducir en los términos de un discurso general la adquisición de las disciplinas particulares», y es particularmente desde esta perspectiva que Quintiliano, visiona su aspiración a constituir de una retórica universalista.

Sin duda, .el establecimiento de un sistema de reglas orientadas en su aplicación y cumplimiento hacia un objetivo común, conlleva ineludiblemente a usos «buenos» y usos «malos», en este sentido para Barthes, la retórica es también una moral. Y Además, lo es en un sentido más estricto, formas y modos éticos de vivir; aspectos que encuentran en la Retórica latina su mayor expresión en la obra de Quintiliano (Winterbottom, 1998 y 1964).

Roland Barthes el semiólogo francés, desde la perspectiva teórica estructuralista en sus inicios y postestrcturalista en sus últimos años de su investigación académica, en una extraordinaria síntesis sobre la Retórica Antigua (1990; Págs. 86-88), determina e identifica seis prácticas culturales, con una temporalidad de presencia simultanea o consecutivamente, y siendo el objeto central del análisis el discurso, siendo ellas: una técnica, una referida a la enseñanza, una a la moral, otra a la práctica social, y finalmente una práctica lúdica.

Al analizar la práctica social determinada por Barthes y sopesar la dimensión educativa en conjunción con la vertiente moral, que le da Quintiliano a la Retórica, hacen que ella, indudablemente se circunscriba a la categoría establecida por el estudioso francés. La Práctica lúdica, sexta y última de las prácticas que la retórica englobaría, está presente en el ejercicio de la Retórica. Ello claramente se comprueba en las declamaciones en público e incluso en lo privado, actividad de inusitada presencia en la Roma Imperial.

Sin duda alguna, en el querer abordar el legado de la Retórica Imperial, es referente obligado la obra de H. Bardón (1952) en la que nos da, en torno a la escasa documentación existente del número de rétores de la Roma imperial, un significativo informe, citando a Cornelio Celso –quien casi siempre a su vez es citado por Quintiliano, el cual lo critica por lo excesivamente técnico de su obra. 7.4.2 La Institutio Oratoria De Quintiliano

A Quintiliano , le cabe el honor, si se puede decir historiográfico, de haber sido el autor de la obra más amplia sobre retórica que conservamos no sólo de la Roma de la época imperial, sino de toda la antigüedad: la Institutio oratoria .

Lo más destacado de esta obra -aparte del interés que ofrece la amplitud de sus referencias a las distintas opiniones formuladas con anterioridad- es que, al igual que Cicerón, también propone un ideal humano en el que el ejercicio de la retórica no se reduce a la faceta más técnica, sino que se amplía a todos los ámbitos de la cultura. Sin embargo, y aunque suele subrayarse con frecuencia y justificadamente la influencia enorme de Cicerón en Quintiliano (por ejemplo, Kroll, 1940: 1105; Guillemin, 1959; Kennedy, 1969: 110-112; Doepp, 1985), hay diferencias en lo fundamental, ya que éste adapta los preceptos de aquél para que se adapten a su situación personal (Alberte, 1992: 41-61) identificando elocuencia y retórica a costa, en parte, de esa dimensión filosófica que para Cicerón era irrenunciable. Así por ejemplo, A. Weische (1978: 153) habla de cierta «falta de comprensión» por parte de Quintiliano, a diferencia de Cicerón, hacia «las particularidades de la filosofía» y considera su confianza en el sensus communis «ingenua e irreflexiva» (Weische, 1978: 153 y 163 n. 30); o M. Winterbottom (1998) pone de relieve los aspectos más tendenciosos de la famosa formulación con la que Quintiliano, siguiendo a Catón, define al orador: «uir bonus dicendi peritus».

(Biblioteca De Gonzalo De Berceo; www.valleNajerilla.com)

La Institutio oratoria se constituye hoy en día en el manual de retórica más completo que nos ha legado la Antigüedad, siendo el objetivo central del manuscrito educar "orador perfecto", entendiendo como tal a una persona de una alta formación académica y de un muy buen obrar en lo que a la moral corresponde.

Del “Orator Perfectus” u “Orator Optimus” Sebastian Antonio Contreras Aguirre (2008), en la perspectiva del Derecho nos dice que “Que de lo primero que tenemos plena convicción es de que al Orator Perfectus debemos buscarlo en el genero judicial. Y es que tanto el el filosofo, como el abogado, y el orador, por cierto, se ocuparían de las obligaciones y de las recompensas, de las sanciones, el control de las emociones, y de la propiedad entre otras cosas (Cfr. De Oratore, I, 170). De esta manera, y según lo expresado por Marco Fabio Quintiliano, a los jóvenes romanos de los tiempos de los cicerones se les enseñaban a analizar la legislación en sus aspectos de justicia, conveniencia y posibilidad de su cumplimiento, entre otros (Instituciones Oratorias, II). Dicha práctica preparaba al futuro abogado para las actuaciones de la acusación y la defensa en las escuelas de Retórica, primero, y más tarde, en las cortes de justicia. De todo esto, por tanto, si hay algo que resalta con plena claridad, es que el conocimiento del Derecho (y de la Filosofía) es siempre imprescindible al orador (De Oratore, I, 2001)”.

El contenido del manual se entreteje en doce libros, cada uno de los cuales se divide a su vez en unidades menores (hasta un total de 115):

El libro primero (edición con comentario todavía valioso, Colson, 1924) trata cuestiones que propiamente aún no quedan dentro de la retórica, ya que se centra en describir cómo debe ser la educación elemental del futuro orador (sobre las ideas pedagógicas de Quintiliano, véase Fritz, 1949; Bianca, 1963; Alfieri, 1964; Montero Herrero, 1980). En este libro, Quintiliano se pronuncia sobre diversos particulares (las virtudes de la enseñanza pública frente a la privada, la conveniencia de la ‘estimulación precoz’, lo inútil de los castigos corporales…) antes de comenzar con el repaso a un currículo que incluye el estudio de la gramática, de la ortografía y de algunos principios básicos de la composición. Aprovecha también este libro primero para hablar de otras disciplinas necesarias para la formación del orador -música, geometría, astronomía, gimnasia, etc.- que habrán de sentar las bases de esa amplia preparación que Quintiliano quiere para su orador.

El libro segundo se dedica ya a la enseñanza que se imparte en las primeras etapas de la escuela de retórica, y censura lo descabellado de las habituales prácticas declamatorias del momento, ejercicios que versaban sobre temas a menudo truculentos o escabrosos de poca o ninguna relación con la vida real. En los últimos capítulos, además, se ocupa de definir la disciplina y de limitar el objeto de estudio.

Con el libro tercero (edición comentada: Adamietz, 1963) comienza la parte más técnica del tratado. Tras un prefacio en el que Quintiliano anuncia lo relativamente áridos que son los capítulos que vienen a continuación y después de aludir al origen de la retórica y presentar un breve resumen de su historia, pasa a desarrollar la teoría retórica propiamente dicha y empieza por recordar y describir los tres tipos tradicionales de oratoria (epidíctica, deliberativa y judicial).

Los libros siguientes desarrollan la inuentio a través del estudio de las cinco partes tradicionales en las que se estructura un discurso. Así, el cuarto se dedica a las dos primeras, el exordium y la narratio (véase O’Banion, 1987), y el quinto y el sexto a la argumentatio. Dentro de la argumentatio, que sería la parte más propiamente persuasiva del discurso, Quintiliano sigue la tradición y divide los argumentos que pueden convencer a un auditorio en dos grandes grupos, según apelen a la razón o a los sentimientos. Sobre lo primero trata, de manera muy técnica y detallada, el libro quinto; sobre la apelación a las emociones, el sexto, que incluye un amplio apartado, muy estudiado posteriormente (Kühnert, 1962; Manzo, 1974), sobre el poder persuasivo del humor, algo en lo que, según Quintiliano expone, Cicerón era un maestro.

Finalizado el tratamiento de la inuentio, el libro séptimo pasa a ocuparse de la dispositio, esto es, la manera en que se ha de organizar el contenido del discurso y los recursos que se deben utilizar según la causa que se defienda, la actitud del jurado, etc.

Los libros octavo y noveno están dedicados a la elocutio, esto es, a la operación que confiere al discurso su formulación verbal definitiva. El primero de ellos se centra en cuestiones teóricas, en delimitar conceptos y en proponer reflexiones de alcance general acerca del estilo, de propiedades de las palabras, de las ventajas y desventajas de la utilización de unos recursos u otros, etc., mientras que el libro noveno es un listado muy completo y profusamente comentado e ilustrado de los distintos tropos y figuras.

En el libro décimo (valiosa edición, todavía vigente en muchos aspectos, de Peterson, 1891) Quintiliano pasa revista al conjunto de las literaturas griega y romana, emitiendo juicios sobre la conveniencia de que el orador que se está formado lea a unos autores u otros. Como decíamos antes, no es un libro de crítica literaria, pero resulta de enorme utilidad por presentar al lector moderno con la que es la primera visión general de la literatura antigua que poseemos (al respecto, véase Tavernini, 1953; Bolaffi, 1958).

El libro undécimo comienza con unos apuntes sobre el decoro y trata a continuación las dos últimas partes del hecho retórico: memoria y actio. Sobre la primera encontramos en este capítulo de la Institutio uno de los precedentes más antiguos de la mnemotecnia moderna basada en la asociación de ideas además de comentarios acerca de cómo conservar e incrementar las facultades memorísticas propias. Sobre la actio o pronuntiatio (Fantham, 1982; Maier-Eichhorn, 1989), Quintiliano ofrece un estudio tan completo como exige la capital importancia que le concede, y presenta apartados que tratan en detalle tanto la voz (cantidad y cualidad) como los gestos (de la cara, del cuerpo, de las manos) o el vestuario.

El duodécimo y último libro de la Institutio (edición con erudito comentario de Austin, 1948; estudio fundamental de Classen, 1965) es el de las cualidades morales. En efecto, en él se define al uir bonus del que se ha venido hablando a lo largo del manual: Quintiliano abandona la parte técnica y vuelve sobre asuntos que ya había tocado en el libro primero. El orador ideal, el uir bonus dicendi peritus, sería un hombre íntegro, con firmeza y presencia de ánimo, dotado de una amplia formación cultural que pone todas esas cualidades naturales y adquiridas al servicio de la oratoria, del arte de convencer mediante la palabra para influir de la mejor de las maneras posibles en la escena política, en la gestión de la comunidad a la que pertenece.

(Biblioteca De Gonzalo De Berceo; www.valleNajerilla.com)


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