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ECONOMÍA Y TERRITORIO EN AMÉRICA LATINA Y EL CARIBE. DESIGUALDADES Y POLÍTICAS

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3. Dimensiones y determinantes de los ciclos económicos territoriales

El primer componente crucial que explica el ciclo económico territorial y su evolución es la existencia de focos, nodos o centros geográficos innovadores y generadores de cambios que arrastran a los distintos elementos de forma selectiva: a algunos con más intensidad y a otros de manera marginal, dejando a otros tantos totalmente excluidos. Además, este arrastre opera por medio de procesos de difusión espacial que poseen patrones característicos. Durante estos procesos de arrastre y difusión, los distintos componentes del conjunto (red urbana, nación, región) presentan diferentes velocidades de transformación, ya sea de acercamiento o convergencia (cuando los territorios de menor desarrollo relativo avanzan más rápido que los de mayor desarrollo), o de alejamiento o divergencia (cuando sucede lo opuesto).

Si bien estos focos espaciales innovadores y generadores de cambios asumen diversas configuraciones territoriales y se analizan de distinta manera según propósitos específicos, el principal objetivo ha sido entenderlos como ciudades, metrópolis e incluso regiones urbanas, y considerar las ventajas y los atributos característicos que los convierten en un ambiente propicio para la innovación y el cambio económico.

El balance costo-beneficio del crecimiento de una ciudad cambia en forma permanente y determina ciclos de expansión o depresión urbana. La ciudad tiende a crecer cuando los beneficios sobrepasan los costos pero cuando ocurre lo contrario se estanca y aparecen incentivos económicos para que su actividad se difunda hacia otros polos urbanos. La teoría económica, la geografía y la sociología han conceptualizado y formalizado este proceso de diversas formas. Alonso (1971) y Richardson (1973) introducen el concepto de economías y deseconomías de aglomeración para dar cuenta de los determinantes del tamaño de la ciudad y de sus ciclos de expansión y depresión y mostrar el papel desempeñado por las distintas formas de capital colectivo que producen ventajas y desventajas para las actividades económicas privadas. Esta primera mirada se ha enriquecido con la consideración adicional de determinantes culturales, institucionales, microeconómicos y del tejido productivo (Scott, 2006). También se introdujo la preocupación por entender los procesos de metacognición colectiva: los mecanismos con que las sociedades urbanas aprenden a aprender y logran insertarse en ciclos de innovación y prosperidad y transitar con éxito de un ciclo a otro (aunque la crisis sea inevitable).

La ciudad nace en la historia de la humanidad cuando aparece un excedente económico y alimentario que garantiza los medios de subsistencia a una población urbana especializada en actividades no primarias. En una mirada a largo plazo, se observa que la evolución del tamaño de la ciudad depende de la productividad agrícola imperante en cada momento y de los medios de transporte utilizados para el aprovisionamiento urbano (bairoch, 1985). Esta posibilidad, creada por el fomento de la productividad, se convierte en realidad debido a las ventajas de vivir en aglomeraciones humanas: eficaz protección contra las amenazas de otras especies animales (incluso la especie humana) y de las adversidades naturales, nicho y soporte de las más diversas formas de cooperación económica, mercado de una talla que hace posible y consolida las más diversas formas de especialización productiva y división del trabajo, ámbito de contacto humano intenso, promotor de la emulación y acelerador de procesos de innovación y de su difusión, y abaratamiento de los costos de transacción entre los agentes económicos individuales, como los relacionados con el transporte, los contratos y las alianzas.

Pero el crecimiento de la ciudad debe enfrentar una diversidad de limitaciones y obstáculos, como el excedente alimentario disponible, que varía en función de la tecnología agrícola y de la conservación, el almacenamiento y el transporte de los víveres, las condiciones de funcionamiento, relacionadas con las formas de movilidad interna, el manejo de los riesgos derivados de la densidad y la frecuencia de los contactos interpersonales sobre la salud humana (higiene). El tamaño más eficiente de una ciudad varía en el tiempo y depende de los soportes tangibles (infraestructuras) e intangibles (formas de organización para el uso de los soportes tangibles, instituciones en general) empleados para garantizar su operación y funcionamiento.

Los medios y modos de transporte, así como las formas de provisión de servicios básicos (agua potable, desagües, manejo de desechos sólidos, energía, telecomunicaciones), modelan y configuran la extensión, forma, densidad e intensidad de las actividades de las ciudades. La forma de uso de estos medios depende tanto de las tecnologías en que se basan como de los sistemas de organización empleados para gestionarlos, los comportamientos colectivos y los parámetros culturales (hábitos de consumo, de generación y manejo de los desechos, de comportamiento político y capacidad de toma de decisiones colectivas y de adaptación a los cambios). Cada tecnología y patrón cultural está sujeto a un ciclo de aparición, evolución, auge y obsolescencia, sin que nada garantice un movimiento sincronizado o armónico.

Hall (1998) ha ilustrado procesos de largo alcance en ciudades emblemáticas y en épocas muy diferentes de la historia de la humanidad.

La concentración y aglomeración de personas y actividades aparecen como medios eficaces de producción de beneficios colectivos, pero también de costos y amenazas. Por tanto, se encuentran sometidos a procesos de polarización (divergencia) y difusión (convergencia) alternantes y cambiantes. Desde este punto de vista, son motores de generación de fuerzas de convergencia y divergencia económica territorial y de los ciclos que las acompañan.

En un mismo sistema urbano, y dentro de un mismo territorio nacional, coexisten polos geográficos de innovación que compiten entre sí con áreas de influencia distintas y en ocasiones yuxtapuestas. En este caso, habrá una configuración pluricéntrica donde se producirán fuerzas opuestas a las originadas desde el polo preponderante, o coincidentes con ellas. Este paralelismo opera entonces como un determinante adicional de los procesos de convergencia-divergencia de un país.

Las propuestas de política regional, urbana y local acogen este énfasis en los focos innovadores. En una variedad de reflexiones, estudios de caso e investigaciones comparativas internacionales se identifican los factores y procesos explicativos de estas dinámicas, intentando “domesticarlas” y dominarlas mediante recomendaciones de enfoques y medidas a adoptar. Así ocurre con algunas tradiciones contemporáneas al amparo de términos como desarrollo económico local, competitividad territorial y medios innovadores. En este caso, se pone especial empeño en conocer y acelerar los procesos de difusión del crecimiento desde los focos innovadores hacia el resto del sistema.

Los procesos de difusión espacial de las innovaciones económicas son el segundo gran regulador del comportamiento de las disparidades económicas territoriales. Mientras que las fases de evolución y auge de los focos de innovación producen una tendencia a la concentración espacial de estas innovaciones y de la apropiación de sus beneficios, la desaceleración y la decadencia se acompañan de una propensión a la dispersión espacial de las actividades innovadoras. Algunos de estos comportamientos se explican por la evolución del capital colectivo de los territorios, mientras que otros derivan de las características específicas de ciertos procesos productivos. Richardson (1973) identifica la saturación del crecimiento de los polos espaciales de innovación con costos de urbanización crecientes y superiores a los beneficios, que promueven el desincentivo a la localización de nuevas actividades y el desplazamiento de algunas ya existentes. Vernon (1966) asocia este proceso al ciclo de producción de nuevos bienes y servicios que inicialmente requieren de condiciones tecnológicas, laborales y sociales muy particulares, escasas y disponibles en muy pocos lugares, que luego se van estandarizando y hacen que sea posible, e incluso conveniente, trasladar su producción a sitios con menores costos de operación.

Esta difusión adopta diversas configuraciones espaciales que se analizarán más adelante y dependen de las características del sistema urbano regional y de los medios y redes de transporte, comunicaciones y telecomunicaciones existentes. A pesar de las diferencias, el proceso opera en virtud de un principio general que establece que la difusión será más intensa y rápida cuanto mayor sea la proximidad física (costos de transporte, comunicaciones y telecomunicaciones) y la semejanza socioeconómica (calidad de los trabajadores, de la infraestructura, de las instituciones y de las condiciones de vida) entre los territorios emisores y receptores. Esta similitud física y socioeconómica sirve de sostén a las predicciones de la teoría de la convergencia .

La proximidad física y la semejanza socioeconómica de los territorios explican el patrón de comportamiento internacional e intranacional de las disparidades económicas: en ambos casos, coexiste una tendencia a la convergencia entre países (territorios) de niveles de desarrollo semejantes y a la divergencia entre países (territorios) de niveles disímiles de industrialización. En el ámbito espacial, esta tendencia a la convergencia depende entonces de factores que intervienen en la determinación del grado de proximidad física y socioeconómica entre los territorios: calidad de la infraestructura de transporte, comunicaciones, nivel de formación de los trabajadores y cercanía cultural e institucional.

La expansión de los polos geográficos de innovación provoca efectos de arrastre –como una mayor demanda de agua potable, energía, suministros agrícolas e insumos para la producción manufacturera– que amplían y diversifican las necesidades de explotación de recursos naturales en otras áreas muchas veces distantes de estos polos. Más que alojar actividades económicas emigrantes, el efecto de arrastre provoca el surgimiento y la consolidación de regiones, ciudades y territorios con actividades complementarias, que sirven de soporte a las desplegadas por los focos de innovación.

La lógica geográfica de aparición y expansión de los polos trasciende los límites nacionales y configura redes de suministro que van del ámbito local al transnacional, dependiendo del bien o servicio de que se trate. Cuando estos centros operan dentro de las fronteras nacionales, por lo general producen una desconcentración porque contribuyen a crear nuevas economías territoriales. El impulso dado a los procesos de convergencia económica territorial dependerá de los niveles de desarrollo tecnológico, productividad y riqueza asociados a estas actividades complementarias. Por ejemplo, existen obvias y grandes diferencias entre las zonas de agricultura campesina tradicional que, con sus acostumbrados niveles de pobreza y atraso, proveen de alimentos a las grandes ciudades y a las regiones más desarrolladas, y los polos químicos o petroquímicos que producen niveles de ingreso y riqueza probablemente muy por encima de los promedios nacionales.

El surgimiento y la decadencia de los focos, así como la evolución de sus efectos de difusión y arrastre, operan en el contexto de procesos transversales, como los asociados a características tecnológicas, geográficas e institucionales.

Las peculiaridades económicas de las tecnologías de producción empleadas inciden en la velocidad de la difusión espacial de las innovaciones. Mientras que cuando existen economías de escala constantes es más probable que aparezcan polos de producción alternativos al central y que la difusión adquiera mayor velocidad, cuando rigen economías de escala crecientes esta difusión puede retrasarse e incluso nunca aparecer. Las condiciones para generar ahorro y convertirlo en inversiones también inciden sobre estos procesos de difusión. La capacidad y velocidad de ajuste del mercado laboral intervienen asimismo en las condiciones de difusión espacial de la actividad económica. A su vez, las posibilidades de ajuste dependen de factores como las condiciones de educación y formación para el trabajo, las culturas laborales propias de los distintos lugares, la movilidad espacial de los trabajadores y las condiciones de vida y el bienestar en los territorios.

La duración de los ciclos de convergencia y divergencia, con sus procesos de difusión y concentración espacial, es limitada y depende principalmente de las tecnologías vigentes. La transición de un paquete tecnológico a otro conlleva inestabilidad y cambio, con comportamientos económicos territoriales difíciles de predecir y consecuencias inciertas en la medida en que puede implicar descentralizaciones y recentralizaciones.

Aparte del efecto que sobre ellos tienen los determinantes económicos, los procesos de difusión espacial del crecimiento también se encuentran influenciados por las condiciones geográficas. En términos de geografía económica, el número de asentamientos urbanos se configura de manera que tienda a minimizarse la combinación de costos unitarios de producción y transporte24. En cuanto a la geografía política, la concentración urbana es mayor cuando la ciudad primada coincide con la capital o con un puerto25. En lo que respecta a su configuración, las formas de difusión espacial combinan de manera diferencial los siguientes elementos básicos: extensión física del foco innovador (mancha de aceite), aparición de nuevos nodos localizados a cierta distancia de dicho foco (salto de rana) y engrosamiento de los corredores de interconexión entre puntos de emisión y difusión.

Junto a todas las condiciones y determinantes que operan en torno al comportamiento de la tecnología, el capital y el trabajo, la organización, las políticas y las inversiones del Estado también contribuyen a modelar los procesos de difusión espacial del crecimiento económico y de las innovaciones. Williamson (1965, págs. 7-9) entiende la inversión del Estado como parte de un ciclo en cuyos primeros estadios se prefiere la concentración espacial como estrategia para maximizar sus efectos sobre el crecimiento. Solo después podría “darse el lujo” de aportarle una orientación redistributiva. Henderson (2000, págs. 3 y 4) habla de un posible favoritismo regional por parte de los gobiernos nacionales, que puede provocar niveles excesivos de concentración urbana. Además de Henderson (2000, pág. 23), Wheaton y Shishido (1981, pág. 28) también han estimado que el carácter federal del Estado disminuye la concentración urbana, aunque su efecto es demasiado pequeño, e incluso poco significativo.

En cambio, la articulación entre teoría y políticas es menos nítida en el tema de los ciclos económicos territoriales, los factores que los determinan y los medios y las estrategias de intervención. Las consecuencias económicas y sociales de los procesos de convergencia y divergencia se deben establecer en función de las circunstancias, los contextos y los factores que las rodeen. Convergencia y desconcentración pueden ser sinónimos de igualdad y disminución de brechas, pero no necesariamente significan más riqueza o bienestar colectivo; divergencia y concentración suponen mayor desigualdad, pero no siempre implican un descenso de los niveles de riqueza y bienestar colectivo.


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