BIBLIOTECA VIRTUAL de Derecho, Economía y Ciencias Sociales

DIVERSIDAD CULTURAL Y TRIBUS URBANAS

Levit Guzmán Soto y otros




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¿Dónde está el sentido? Itinerario para la construcción de identidades juveniles

José Rosario García Ortega

Resumen

El presente trabajo tiene como principal objetivo señalar algunos elementos teóricos, con la finalidad de contribuir a la discusión en torno a las diversas maneras de conceptualizar a los jóvenes como sujetos diferenciados en las sociedades actuales. Resulta de suma importancia someter a discusión algunos elementos que cada vez se encuentran con mayor frecuencia en los colectivos juveniles: la revaloración de lo local en dialogo con la cultura-mundo; el regreso de ciertos tribalismos y una culturalización de lo político.

Desarrollo

¿Dónde está el sentido? es una pregunta deliberadamente amplía y ambigua con la que intento llevar a cabo algunas reflexiones sobre la construcción de las identidades juveniles ante un proceso de globalización, de uso y desarrollo de nuevas tecnologías, así como la crisis del Estado nación. Ante este panorama, resultan necesarias las siguientes interrogantes ¿Cuántas clases de jóvenes existen? ¿A qué tribalismos apelan las juventudes actualmente? ¿Qué relación guarda la democracia y las juventudes en nuestras sociedades globalizadas?

Actualmente nos enfrentamos a un escenario en el que vemos con angustia la descomposición de las urbes y las zonas rurales, principalmente por la violencia social, lo que nos condena a un pesimismo demasiado desagradable para la mayoría de los habitantes de aquí y allá en el mundo.

Durante largo periodo, hemos descrito y analizado la realidad social en términos políticos: el desorden y el orden, la paz y la guerra, el poder y el Estado, el Rey y la nación, la república, el pueblo y la revolución. Después, la revolución industrial y el capitalismo se liberaron del poder político y aparecieron como la <<base>> de la organización social. Remplazamos entonces el paradigma político por un paradigma económico y social: clases sociales y riqueza, burguesía y proletariado, sindicatos y huelgas, estratificación y movilidad social, desigualdades y redistribución se convirtieron en nuestras categorías de análisis más habituales. Ahora, tenemos necesidad de un nuevo paradigma, no podemos volver al paradigma político porque los problemas culturales han adquirido tal importancia que el pensamiento social debe de organizarse en torno a ellos (Touraine, 2005, p.13). Es precisamente esa importancia la que hace impostergable el debate, la discusión y reflexión a cerca de las culturas contemporáneas.

Varias son las acepciones sobre cultura; dentro de la sociología y la antropología contemporáneas encontramos la más extensiva y la de mayor difusión en ambas disciplinas, sobre todo y a raíz del impulso de la antropología interpretativa de Clifford Geertz. En esta perspectiva la cultura se entiende como pautas de significados históricamente trasmitidos y encarnados en formas simbólicas, a través de los cuales los individuos se comunican entre si compartiendo experiencias, concepciones y creencias (Geertz, 1992: 20).

John B. Thompson considera al análisis cultural como el estudio de las formas simbólicas en relación con contextos y procesos históricamente específicos y socialmente estructurados, a través de las cuales estas formas simbólicas son reconocidas, asimiladas y recibidas. Mientras que Barry Brummet dice que los signos son materiales de contracción de la cultura. Por su parte, Wendy Hurwitz dice que son un repertorio de códigos (Giménez, 1999: 76). A esta suma de conceptos, Gilberto Giménez, pionero de los estudios culturales en México propone como definición de la cultura el repertorio de esquemas simbólicos que una sociedad o un grupo determinado, el universo de significaciones de donde derivan su sentido y su fuerza de reproducción los comportamientos de sus miembros.

Los cambios ocurridos en la economía mundial y que estriban en las economías nacionales, circundan el eje primordial y subyacente de la llamada globalización: apelando a una homogeneidad cultural. Sin embargo, la persuasión del discurso globalizador parece que no es lo suficiente retórico con culturas que se rehúsan a perder su fuerza identitaria y, por el contrario, enfatizan su rechazo y, a la vez, generan un contra discurso totalmente antagónico al que pudiese nombrar como hegemónico.

Hoy día, la mayor parte de textos e imágenes que recibimos proceden de redes transnacionales; algunos autores afirman que estas transformaciones en la producción y el acceso a la cultura generada por la globalización se presenta con mayor evidencia en las prácticas culturales de los jóvenes.

Y aquí viene otra pregunta del presente trabajo, ¿A quiénes nos referimos cuando hablamos de jóvenes, o bien ¿Cuántas clases de jóvenes existen? Algunos estudios demográficos y estadísticos principalmente, se refieren a este periodo de vida abarcado entre los 12 y 25 años, otros al de 18 a 29, otros hasta los 35 años, La Encuesta Nacional de Juventud, 2005, abarca el periodo de los 12 a los 29 años, nos enfrentamos a una concepción de la juventud o lo juvenil que por mucho no representa ser univoca, por el contrario, al ser una construcción social representa múltiples interpretaciones; las divisiones entre las edades son arbitrarias. Es la paradoja de Pareto, cuando dice que no se sabe a qué edad empieza la vejez, de igual manera que no se sabe dónde empieza la riqueza (Bourdieu, 2002, p.163). Para el sociólogo Pierre Bourdieu, la “juventud” no es más que una palabra, entendiendo que la edad es un dato biológico socialmente manipulado y manipulable; muestra que el hecho de hablar de los jóvenes como una unidad social de un grupo constituido, que posee intereses comunes y de referir estos intereses a una edad definida biológicamente, constituye en si una manipulación (idem. p.165). Es necesario, entonces, fijar limites de otra índole y no sólo biológicos, para comprender la juventud o lo juvenil, los cuales deben de situar el contexto sociopolítico y cultural de las sociedades y también de acuerdo a la ubicación de los actores en los diferentes estratos socioeconómicos.

Es así, que en el caso de las culturas juveniles, la dimensión expresiva de las mismas no se reduce al comportamiento más o menos alocado de unos ”no – niños, no – adultos”, en sus practicas y lecturas del mundo radican pistas clave para descifrar las posibles configuraciones que asuma la sociedad. Es por ello que los especialistas en estudios de la juventud consideran de suma importancia este ejercicio, al encontrar las practicas juveniles como metáforas coadyuvantes a la interpretación de nuestras sociedades.

Margaret Mead (1970), señala que la sociedad está experimentando un nuevo momento cultural, donde pasado y presente se reconfiguran a partir de un futuro incierto y que son los jóvenes los actores “mejor dotados” para asumir la irreversibilidad de los cambios operados por elementos tales como la mundialización, el desarrollo tecnológico, la internacionalización de la sociedad, entre otros.

Mead realiza una analogía más que interesante, al considerar que los jóvenes son como los primeros colonos o pioneros de la formación del nuevo mundo, los explica de la siguiente manera:

“los inmigrantes que llegaban como pioneros de una nueva comarca, sin ningún conocimiento acerca de lo que les exigirían sus nuevas condiciones sociales. Los últimos en llegar tomaban como modelo a sus grupos de pares. Pero entre los que inauguraban la corriente los jóvenes tenían por único modelo sus propias adaptaciones e innovaciones experimentales. Su pasado, la cultura que había plasmado, su comprensión – sus pensamientos, sus sentimientos y sus concepciones del mundo – no eran una guía segura para el presente. Y los ancianos que los acompañaban, atados al pasado, no podían proporcionarles modelos para el futuro”

Las actuales adscripciones identitarias juveniles y los colectivos o agrupaciones a que éstas dan forma, revelan como una constante la gran capacidad de adaptación de los jóvenes ante situaciones novedosas y experimentación innovadora. La analogía que realiza Mead es una especie de reflexión de manera que el quiebre en los modos de transmisión de los conocimientos y valores de una sociedad.

Rossana Reguillo expone una categorización cuyo fin es el de conferir la especificidad a las distintas manifestaciones y expresiones sociales que hoy en día asumen los jóvenes y las cuales no necesariamente son muestras de identidad. En relación con las concreciones empíricas de los modos de agregación e interacción juvenil, se plantean cuatro conceptos clave:

• El grupo: este concepto hace referencia a la reunión de varios jóvenes que no supone organicidad, cuyo sentido está dado por las condiciones de espacio y tiempo.

• El colectivo: refiere a la reunión de varios jóvenes que exige cierta organicidad y cuyo sentido prioritariamente está dado por un proyecto o actividad compartida; sus miembros pueden o no compartir una adscripción identitaria, cosa que es poco frecuente.

• Movimiento juvenil: supone la presencia de un conflicto y de un objeto social en disputa que convoca a los actores juveniles en el espacio público. Es de carácter táctico y puede implicar la alianza de diversos colectivos o grupos.

• Identidades juveniles: nombra de manera genérica la adscripción de una propuesta identitaria: punks, taggers, skinheads, rockeros, metaleros, góticos, ocupas, etcétera.

Además propone tres conceptos ordenadores cuya pertinencia está dada por el tipo de mirada privilegiada por el observador externo:

• Agregación juvenil: permite dar cuenta de las formas de la grupalización de los jóvenes.

• Adscripciones identitarias: nombra los procesos socioculturales mediante los cuales los jóvenes se adscriben presencialmente o simbólicamente a ciertas identidades sociales y asumen unos discursos, unas estéticas y unas practicas.

• Culturas juveniles: hace referencia al conjunto heterogéneo de expresiones y practicas socioculturales juveniles (Reguillo, 2000, p.p.58-59).

Las identidades juveniles son representadas, como un concepto que se refiere a procesos de disputa y negociación entre las representaciones dominantes sobre la juventud, que son hetero – representaciones externas sobre los jóvenes (Valenzuela, 1997), en ocasiones ellos mismos asumen estas representaciones.

Los jóvenes construyen nuevas formas de apropiación cultural, están inmersos en la misma cotidianidad (idem, p. 61), tratando de alguna manera, sin embargo, salir de ella, en otras palabras, los jóvenes se recrean como sujetos no por la definición de papeles sociales sino por un reclamo profundo de libertad.

Las identidades sociales refieren procesos intersubjetivos inscritos en reilaciones sociales históricamente situadas, por lo cual, refieren a interacciones y representaciones complejas de lo individual y lo colectivo, es por ello que la condición juvenil sólo adquiere sentido dentro del contexto social más amplio y en su relación con lo no juvenil, es decir esa necesaria diferenciación que tiene que existir para generar una determinada identidad.

No deja de resultar paradójico el deterioro en el ámbito económico y laboral, una crisis generalizada en los territorios políticos y jurídicos, mientras que se fortalecen los ámbitos de las industrias culturales para la construcción y configuración constantes del sujeto juvenil. El vestuario, la música, el acceso a ciertos objetos emblemáticos, constituyen hoy una de las más importantes mediaciones para la construcción identitaria de los jóvenes, que se ofertan no solo como marcas visibles de ciertas adscripciones sino, fundamentalmente, como los publicistas llaman, con gran sentido, “Un concepto”. Un modo de entender al mundo para cada “estilo”, en la tensión identificación – diferenciación. Efecto simbólico y no por ello menos real, de identificarse con los iguales y diferenciarse de los otros, especialmente del mundo adulto.

Inexorablemente el mundo se achica y la juventud internacionalizada que se contempla a sí misma como espectáculo de los grandes medios de comunicación, encuentra paradójicamente, en una globalización que tiende a homogenización, la posibilidad de diferenciarse y sobre todo, alternativas de pertenencia y de identificación que trasciende los ámbitos locales, sin negarlos.

Es esta nueva generación, tal como lo menciona Rossana Reguillo, se ha autodotado de formas organizativas que actúan hacía el exterior – en sus relaciones con los otros – como formas de protección y seguridad ante el orden que los excluye y que, hacía el interior, han venido operando como espacios de pertenencia y adscripción identitaria, a partir de los cuales es posible generar un sentido en común sobre un mundo incierto.

Así pues, el siglo que recién inicia lleva en sus entrañas evidentes muestras de una crisis político, social y económica. De maneras diversas y desiguales, los jóvenes han seguido haciendo estallar las certezas y han continuado señalando, a través de los múltiples modos en que se hacen presentes, que el proyecto social privilegiado por la modernidad ha sido hasta hoy, incapaz de realizar las promesas de un futuro incluyente, justo y, sobre todo, posible.


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