BIBLIOTECA VIRTUAL de Derecho, Economía y Ciencias Sociales

DIVERSIDAD CULTURAL Y GÉNERO

Rocío Rosas Vargas y Martha Ríos Manríquez




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“Y ellas trabajando a golpe de sol…y con el metate también: Masculinidades y relaciones poder entre hombres y mujeres”

García Horta José Luis

Zapata Martelo Emma

Introducción

Las investigaciones relacionadas con la masculinidad señalan la existencia de diferentes elementos que trascienden los cuerpos biológicos de hombres y mujeres, de lo que los hombres quieren ser y hacen para lograrlo. Sin embargo, como parte de la estructura del sistema de género, las masculinidades no solo buscan poner en evidencia el significado subjetivo del querer “ser hombre” con todos sus atributos, sino también, las formas en que ellos ejercen el poder heredado del sistema patriarcal con el que hasta ahora han establecido la dominación de las mujeres y la de otros hombres.

En la estructuración del sistema de género se observa la manera como las mujeres y los hombres han desempeñado genéricamente diferentes actividades a los largo de sus vidas. Hombres que sintetizan un conjunto de atributos como paradigma de la estructura social en donde son dueños del mundo, de los bienes materiales y simbólicos creados por ellos y en ellos. Ser él, el que hace, crea y destruye en el mundo. Ser hombre es ser quien piensa, significa y nombra el mundo, el que sabe, el poseedor de la razón, qué más que esto.

Ser hombre es ser poderoso, y cuando alguien intenta transgredir este orden, su orden internalizado, provoca la emergencia de actitudes irracionales, inentendibles y con las que se pone en evidencia que los hombres no pueden soportar que se detente contra todo lo que cree que es suyo, pero eso sí, hay que recordárselos, no lo han ganado solos.

La estructura de la sociedad, el punto de partida

Si bien es cierto, la masculinidades en nuestra sociedad establecen, prescriben y asignan un lugar de dominación que los hombres ejercen, también es cierto que en México como en otros países las significaciones e identidades del “ser hombre” se han transformado. Para analizar los cambios en los modelos de género y las subjetividades de hombres y mujeres es importante conocer como se ha estructurado y organizado el contexto social, la influencia de las relaciones de sociales, las de producción y las de género.

Los aportes de Gramsci (1967), señalan que para conocer cuáles son los objetivos históricos de una sociedad, un grupo y una cultura es trascendental determinar los sistemas, las relaciones de producción y los cambios que se construyen en una nación, en la sociedad y en el grupo; sin estos elementos, cualquier intento de explicación sobre la estructura social carecería de valor.

Horkheimer y Adorno (1969), apuntan que esto es particularmente importante, de acuerdo con estos teóricos, en una sociedad se designan las relaciones entre quienes la integran y las leyes en las cuales esas relaciones subyacen, y no a los elementos y sus adscripciones simples, es decir, los hombres y mujeres diseñan y establecen las funciones reguladoras que dan forma a la estructura social. Weber (1969), agregó que esas relaciones bajo las cuales los individuos se mueven y realizan sus actividades, son establecidas bajo un patrón de creencias que legitiman y dan vida a un orden social que no podría constituirse sin la existencia de un poder aprobado por el colectivo que fungiría como eje ordenador.

Cada sociedad construye y determina la estructura de las relaciones sociales que organizan e inciden en la vida de los individuos que la integran. Weber (1969), añade que esas actividades son establecidas considerando un patrón de creencias que dan legitimidad a un orden social.

Bourdieu (2000), en su elucidación sobre la teoría de la hegemonía dominante mostró que el orden social se traslada a todas las instituciones, a hombres y mujeres en donde la posición dominante en el tejido social lo detentan los varones. Según Bourdieu, ese orden funciona como un mecanismo simbólico que tiende a legalizar la dominación masculina.

La sociedad y sus procesos de desarrollo se han encargado de establecer las estructuras económicas, políticas, culturales y de comportamiento aceptadas para excluir a todos aquellos que se nieguen a continuar con el orden establecido, y es que en esas estructuras, las mujeres han resultado con una clara desventaja puesto que los hombres han considerado que las tareas femeninas deben referirse al espacio privado. El problema del orden no es su continuación, sino la negación y exclusión de conflictos existentes entre los sujetos, instituciones, géneros, etnias, clases sociales a los que se les impone normas, aspiraciones y modelos.

Así pues, la forma de entender, concebir o pensar y establecer la estructura social no deber ser una constante histórica. Las formas de entender y establecer las funciones de hombres y mujeres suponen un proceso de reconstrucción sobre la denominada estructural social que depende del momento político, los acontecimientos y movimientos económico-sociales. Los significados y representaciones del “ser hombre” y “ser mujer” no son universales sino subjetivados.

Es por ello que Adorno y Horkheimer (1969), señalan que la constitución en sociedad de hombres y mujeres [sic] debe concebirse sobre la base de la división del trabajo pero únicamente como medio para satisfacer las necesidades materiales. Esta condición de la relación funcional es, en rigor, la de que “cada quien pueda dedicarse bien a una única ocupación, y no ya a muchas; y si tratase de hacer esto último, dedicándose a una cantidad de cosas, no lograría éxito en ninguna, y sí adquiriría mala fama".

Coincidimos con estos autores al respecto de que la sociedad debe ser una relación funcional, sin que esta última sea el punto donde se constituya la diferenciación genérica.

Si en el fundamento mismo de su existir el “hombre” es por los demás, que son sus semejantes, hombres y mujeres [sic] y si sólo por ellos es lo que es, entonces su definición última no es la de una primitiva indivisibilidad y singularidad, sino, más bien, la de una necesaria participación y comunicación con los demás que permita un convivencia social estable. Antes de ser —inclusive— individuo, el “hombre” es uno de sus semejantes, se relaciona con los otros antes de referirse explícitamente a sí mismo, es un momento de las relaciones en que vive antes de poder llegar eventualmente a autodeterminarse (Adorno y Horkheimer, 1969).

Debe quedar claro entonces que la sociedad y su estructura es una especie de contextura interhumana en la cual todos dependen de todos (hombres y mujeres); en la cual el todo sólo subsiste gracias a la unidad de las funciones asumidas por los copartícipes, a cada uno de los cuales, por principio, se le asigna una función; y donde todos los individuos, a su vez, son determinados en gran medida por la pertenencia al contexto en su totalidad. El concepto de sociedad, pues, designa más bien las relaciones entre los elementos y las leyes a las cuales esas relaciones subyacen, y no a los elementos y sus descripciones simples (Adorno y Horkheimer, 1969).

Dicen estos autores que solo hay constitución de una sociedad en la medida en que la convivencia de los hombres y mujeres [sic] es mediada, objetivada e institucionalizada. La sociedad en la que conviven hombres y mujeres no es más que una parte de la totalidad concreta de la vida social, sobre la cual los factores de la herencia y del ambiente influyen tanto como los elementos culturales que actúan, como conocimientos y técnicas científicas, religiones, sistemas éticos y metafísicos, y formas de la expresión artística. Sin todas estas cosas, no existe la sociedad; en todas las manifestaciones concretas de la misma, ellas actúan, sin ser, ellas mismas.


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