BIBLIOTECA VIRTUAL de Derecho, Economía y Ciencias Sociales

DIVERSIDAD CULTURAL Y GÉNERO

Rocío Rosas Vargas y Martha Ríos Manríquez




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Masculinidad y poder

A pesar de la aparente existencia de un conceso sobre los atributos que deberían cumplir los hombres, particularmente en la cultura occidental (elementos ligados la productividad, la fortaleza, la autoridad, la heterosexualidad), aún no hay acuerdo sobre los efectos causados en la personalidad de los hombres como consecuencia de la pretensión idealizada que existe en el subconsciente de los varones por alcanzar el estereotipo de “ser hombre” (Kimmel 1997; Clatterbaugh, 1997).

Coincidiremos con Connell (2003), quien considera a la masculinidad como “un lugar en las relaciones de género, en las prácticas a través de las cuales los hombres y mujeres ocupan ese espacio en las relaciones de género, y en los efectos en la experiencia corporal, en la personalidad y en la cultura. Entonces, la masculinidad no es fija, sino condicionada por otras categorías de distinción social y que trascienden los cuerpos biológicos y las individualidades, pero que es referida a un colectivo: el de los hombres (Careaga y Cruz, 2006).

Según Clatterbaugh (1997; en Faur, 2004), existen ocho vertientes para el estudio de las masculinidades, explica que dichas perspectivas nacen como una clara respuesta al trabajo de las feministas. Algunas apoyan los objetivos de este movimiento, existen las que lo debaten y critican. Otras, dan una mirada a las posiciones emergentes de las masculinidades que han sido duramente criticadas por carecer de un abordaje teórico. Según esta autora dichas perspectivas son:

a) La perspectiva conservadora. En esta se encuentran enmarcados los hombres que defienden la división de los roles entre hombres y mujeres. Su propuesta señala un apoyo a la continuidad del dominio de los hombres quienes además fungirán como protectores y proveedores, en tanto las mujeres serán las encargadas de vigilar a los integrantes del grupo doméstico.

b) La perspectiva profeminista. Esta corriente nace a principios de los setentas y señala que la masculinidad tradicional no sólo es nociva para las mujeres sino también para los hombres.

c) Perspectiva de los derechos de los hombres. Esta corriente defiende los privilegios de los hombres y es marcadamente antifeminista. Quienes defienden esta perspectiva pretenden que las leyes incluyan el derecho que tienen los hombres de quedarse con la patria protestad y cuidar a sus hijos en el caso de divorcios, medidas afirmativas en caso de violencia doméstica y acoso sexual.

d) La perspectiva espiritual o mito poética. Bajo una mirada muy particular, esta corriente sugiere a los hombres dialogar sobre “sus heridas emocionales y físicas” causadas por el feminismo.

e) La perspectiva socialista. Esta visión admite que el sistema de dominación masculina responde a una construcción histórica y cultural que puede y debe ser transformada.

f) La perspectiva de grupos específicos. Señala la discriminación de los homosexuales considerados como hombres de segunda o masculinidades de segunda.

Más allá de la perspectiva con la que quiera mirar a las masculinidades, es necesario reconocer que cualquier análisis sobre este tema enfrentará una paradoja, esta se constituirá con nuestro propio pensamiento dado que no es neutral en términos de género.

Al respecto de perspectivas, Bourdieu (1998), sostiene que la dificultad para abordar la masculinidad consiste en que los marcos que disponemos para reflexionarla provienen de una estructura de dominación en donde nuestros conceptos y estructuras de pensamiento son a la vez producto del sistema de dominación que queremos “observar”, así pues, la reflexión y critica académica estará constantemente permeada de una construcción y miradas heredadas del patriarcado donde afloran constantemente elementos de poder.

Si bien es cierto, las formas en que se configura el poder y las variantes en que lo ejercen los hombres no son de carácter universal, si no local, contextual y especifico a un tiempo y espacio determinado, también es cierto que existe una constante, sino universal, si mayoritaria, que posiciona a los hombres con mayores privilegios y recursos materiales y simbólicos (dinero, tierra, medios de producción) que les permite ejercer control sobre las mujeres y otros hombres. De acuerdo con Careaga y Cruz (2006), esta constante es la que nos llevará al estudio de la llamada masculinidad hegemónica o a la denominada “dominación masculina”.

Algunos autores sugieren insistir en hablar de masculinidad en lugar de masculinidades debido a la existencia de múltiples formas que configuran el ser y hacer masculino, es decir, las múltiples formas en que los hombres viven su masculinidad. Es imperante entonces considerar que hombres de medios rurales y urbanos configuran de manera diferente sus masculinidades, de una región a otra y de un país a otro (Careaga y Cruz 2006, Coltrane, 1994).

Por lo tanto, no debe emplearse el concepto de masculinidades, sino de masculinidad, ya que en este caso, no se intentará analizar la pluralidad de formas de ser de los hombres, sino de la lógica que mantiene, produce y reproduce dichas asimetrías entre hombres y mujeres que viven en las áreas rurales del Estado de Hidalgo, en nuestra investigación solo se contemplara las mujeres con una pareja masculina que disponen de un microfinanciamiento.

Continuando con esta pluralidad de la masculinidad, Badinter (1993), señala que la cultura occidental, caracterizada por una constante preocupación conflictiva de ser, querer ser y querer hacer de los hombres, se ha filtrado en los modelos de masculinidad, tanto, que muchos hombres no cumplen con estereotipos creados para poder “ser un hombre”. Queda entonces abierta la pregunta ¿la masculinidad está centrada en la naturaleza biológica de los hombres y cada uno es definido social y culturalmente?

Eleonor Faur (2004), argumenta que existe una diferencia corpórea entre hombres y mujeres, lo que no es evidente es si la diferencia en los órganos reproductivos haya generado “naturalmente” un territorio emocional y productivo tan distinto para unos y otras que pueda lograr una separación de lo cultural.

Así pues, la masculinidad existe en tanto exista la feminidad, sea por complemento u oposición, o porque supone determinadas prácticas y representaciones atribuibles a lo masculino que no sólo son distintivas de aquellas consideradas propias de lo femenino. Respecto para Gutmann (1998), masculinidad es, por definición, cualquier cosa que los hombres piensen y hagan. La hombría se refiere a todo lo que los hombres piensen y hagan para ser hombres. La virilidad plantea que algunos hombres, inherentemente o por adscripción, son considerados “más hombres” que otros. Y por último, los roles masculinos recalcan la importancia central y general de las relaciones masculino-femeninas, de tal manera que la masculinidad es cualquier cosa que no sean las mujeres.

Sin embargo, la masculinidad no se construye únicamente a partir de discursos de negación u oposición. Hay fuertes presiones sobre lo que deber ser, sobre lo que hace efectiva y positivamente diferente a un hombre con respecto de aquellos a los que no deberá parecerse.

Finalmente y de acuerdo con diferentes autores, no hay una construcción identitaria independiente de la simbolización de las relaciones entre los géneros, sino que la misma se activa entre un conjunto de prácticas sociales que incluyen vínculos de los hombres con las mujeres y con otros hombres. Estas relaciones se crean y se ponen en juego en zonas de interacción que van desde lo más íntimo y personal–como la sexualidad- hasta lo más amplio de las relaciones sociales y políticas.

Estamos en franco acuerdo con Minello (2002), quien al citar al Connell, diría que la masculinidad dentro del género, es una construcción social, histórica; por ende, cambiante de una cultura a otra, dentro de cada cultura en distintos momentos históricos, a lo largo del curso de vida de cada individuo y entre diferentes grupos de hombres de acuerdo con su clase social, raza o etnia. Al mismo tiempo, en tanto género, toda vez que se estudia a la masculinidad debemos tener en cuenta las relaciones de poder. Estas construcciones sobre la masculinidad nos conducen a afirmar que no es posible elaborar un concepto totalizante de las masculinidades, quedando entonces ir definiéndolas como parte de un extenso mosaico cultural que ayude a entender el quehacer de los hombres.


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