BIBLIOTECA VIRTUAL de Derecho, Economía y Ciencias Sociales

DIVERSIDAD CULTURAL Y GÉNERO

Rocío Rosas Vargas y Martha Ríos Manríquez




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El concepto de género en los procesos de desarrollo y su interacción con las masculinidades

Si bien es cierto, los arreglos en la estructura social no han sido imparciales para hombres y mujeres puesto que los primeros, debido a su fuerza física, han procurado beneficiarse desde la división del trabajo haciendo caso omiso a su dependencia de sus pares femeninos. Kabeer (1998), entiende que las relaciones de dependencia social entre hombres y mujeres, son relaciones de poder que derivan de acuerdos institucionales que han proporcionado a los hombres- más que a las mujeres- una mayor capacidad para movilizar reglas y recursos institucionales dando como consecuencia una preservación y defensa de sus intereses.

Las mujeres y hombres [sic] como sujetos constructores de un estado-nación, no son simples espectadores de la historia, de su historia. Son individuos racionales que no vacilan en transgredir el orden social y cuestionan lo establecido porque afecta al conjunto de significaciones del “ser” (Gramsci, 1967).

Algunos teóricos como Parsons (en Faur, 2004), consideraron que a partir de estas relaciones entre hombres y mujeres se podía explicar una parte de la estructura social, argumentaron que en grupos sociales como la familia existían “roles” definidos y complementarios para cada sexo. Los hombres, internalizando papeles ligados al espacio público y el rol de las mujeres ligado al interior de los hogares y cuidado de los hijos. La ausencia o menosprecio de las aportaciones de las mujeres a la historia ha sido intensamente debatida por las feministas para quienes las construcciones teóricas no han sido neutrales debido a que se encuentran enraizados en complejos procesos sociales, además, estas construcciones teóricas reduccionistas se encuentran constreñidas en conceptos neutrales en los que pareciera envolverse dentro de la palabra “hombre” al género masculino y femenino.

Los estudios feministas han apelado a esta teoría de los roles argumentando que, lejos de demarcar una complementariedad neutral e inofensiva, de hecho, se estaba firmando la perpetuidad de la distribución desigual del poder entre hombres y mujeres (Faur, 2004).

El paradigma de los roles sexuales ha sido ampliamente cuestionado por su tendencia a definirlos como si tuvieran una existencia concreta, inmutable, verdadera y en un momento dado inobjetable. De acuerdo a Lopata y Thorne (1978, en Faur, 2004:73), no existen roles de género como podrían existir roles del ser una maestra, una hermana, es decir, no hay un conjunto definido de relaciones cuya única función este restringida a la característica social de ser hombre y ser mujer como bien lo señalaron Adorno y Horkheimer. Estas autoras apuntan que la categoría de “rol” tampoco debe ser empleado para analizar otras condiciones constitutivas de los sujetos en términos de “clase”, “raza” y por otro lado, el uso de esta categoría en los análisis de género esconde los aspectos de desigualdad de poderes que persisten entre hombres y mujeres.

Marta Lamas (1998, 1995), considera precisamente que la diferencia sexual no debe estar definida por roles, sino que debe estar constituida por el proceso que define al género en un orden y una acción simbólicos, en el que la sociedad elabore las ideas de lo que deben ser las mujeres y los hombres, por lo que en un contexto social la cultura marca a las y los seres humanos con el género y éste marca la percepción de todo lo demás: lo político, lo económico, lo religioso, lo psicológico, lo cotidiano y la lógica del poder de dominio. Por estas razones, la diferencia sexual se puede definir como una realidad corpórea y psíquica históricamente determinada, que se encuentra presente en todas las razas, etnias, culturas, cuya marca significativa se encuentra en la subjetividad, la biología y la cultura.

Hoy, en pleno siglo XXI, los cambios en las relaciones de género son importantes y se reflejan en el ámbito sociocultural, permitiendo observar otras concepciones de los roles genéricos desde una mirada distintas a lo teorizado por Parsons y otros autores respecto a los roles sociales. Por ello, ahora ya no se puede continuar considerando que las mujeres y los hombres tengan espacios asignados como únicos en el trabajo y en el hogar. Aunque estos cambios no suponen que la dominación masculina haya terminado y no se continúe asignado a las mujeres las funciones reproductivas, inamovibles por naturaleza, tampoco significa que las mujeres no puedan encontrarse con oportunidades que hagan variar su ejercicio de género.

Los trabajos de las teóricas feministas han consistido en buscar respuestas a la diferencia histórica entre hombres y mujeres, esta corriente busca aportar nuevas formas de reflexionar e interrogar la realidad, poniendo en tela de juicio los paradigmas que sirvieron para la construcción del edificio del conocimiento.

Por tal, el paradigma del feminismo no da por terminada la construcción social sino que la apela para lograr su transformación, socava los poderes tradicionales que fueron heredados a los hombres y que han repercutiendo en la diferencia entre hombres y mujeres generando un problema social más que un ideológico y cultural (Cobo y Amorós, 2003).

Cobo y Amorós (2003) señalan que esa diferencia de poder entre hombres y mujeres es conocida como la categoría de género en tanto dimensiones dialécticas, de significados y referencias simbólicas de una práctica política e individual de poder que implica la subordinación de las mujeres. De acuerdo con estas autoras, la categoría de género rebasa las limitaciones del enfoque basado en la opresión femenina para demostrar su presencia en todos los niveles de la estructura social.

La categoría teórica del género, nos permite analizar en los diferentes ámbitos, económico, político, social, cultural y psicológico, donde se construyen las relaciones desiguales, porque se construyen con base en las características biológicas de los cuerpos sexuados. Diferencias que se dan en la sociedad como un todo, en las instituciones, normas, valores, creencias y representaciones colectivas (Scott, 1999, De Barbieri, 1997).

Los diferentes intentos que las teóricas feministas han puesto sobre la mesa del debate importantes trabajos para explicar la diferencia entre hombres y mujeres señalando que además de la diferencia biológica, existen otras formas que los varones han empleado para oprimir a las mujeres; uno de los modelos económicos que ha servido a esta explicación es la posesión de los medios de producción (Thurén (1992).

Nancy Chodorow (en Thurén, 1974) agrega a las explicaciones de Thurén, que la opresión femenina se encuentra escondida en la maternidad. Las mujeres tiene una menstruación, y la menstruación es sangre, esas cosas son naturales mientras que los hombres están más apegados a lo público, a la organización, a la toma de decisiones, esos elementos que construyen cultura.

Para Marcela Lagarde (1997), la diferencia genérica no se encuentra en lo biológico, para Lagarde la desigualdad social que sustenta el orden genérico y filosófico de hombre como paradigma universal de la humanidad, la superioridad de lo masculino sobre lo femenino y las distintas formas de opresión y subordinación de las mujeres por parte de los hombres, es el cuerpo masculino que contiene la subjetividad de un ser poderoso y no anclado, cuya expresión cotidiana es la demostración de no ser lo que es la mujer, lo que le permite contar con un amplio espectro de haceres y creaciones, que realiza libremente y que algunas mujeres contribuyen con su reproducción.

Así pues, desde la óptica de Lagarde (1997), la sexualidad de las mujeres y los hombres es el referente de la organización genérica de la sociedad, constituyéndolos definidamente con base en lo que las diferentes culturas reconocen y asignan a los distintos atributos sexuales con los que elaboran la clasificación y diferenciación de los géneros. La sexualidad tiene como principio político el poder y el dominio del cuerpo, como espacio de la materialidad real y simbólica del orden genérico y de las estructuras de prestigio.

Estos elementos que expone la autora pueden servir para explicar, por ejemplo, por que las mujeres en medio oriente se encuentran profundamente oprimidas y/o subordinadas y también el porqué de las estructuras de poder en aquella cultura y en las de otras latitudes. Por ello, Sherry Ortner y Harriet Whitehead (1991) plantean en relación al género, la sexualidad y la reproducción, las cuales se abordan en calidad de símbolos, y cada sociedad determina y asigna su significado particular.

Existe otra corriente dentro del feminismo que abdica de la parte biológica, para esta corriente, el género no da cuenta de fenómenos humanos ni sociales, y no incluye las peculiaridades anatómicas, sino que de tal anatomía parece surgir todo el universo de significaciones simbólicas. (Bleichmar, 1985).

Para esta autora, la atribución del género se refiere al acto de designar un género al momento de nacer. En cuanto a la identidad del género, algunos autores concuerdan sobre la confluencia de factores biológicos y psicológicos para la constitución de la identidad del género y de esta se desprenden conductas que otros esperan de un(a) niño(a), es decir, si se nace varón, la familia esperaría que se comportase como hombre y se nace niña, la familia esperaría un comportamiento dócil, hogareña, actitudes pensadas como propias de una mujer.

Una propuesta que mezcla la parte biológica y la psicosocial la presentan Mabel Burin e Irene Meler (2000), la construcción de la subjetividad se ubica en el marco de los arreglos del poder y de la erogeneidad de los cuerpos, por lo que la complejidad de su relación incluye el deseo, desde un ámbito vincular y el cual se significa a los otros y se les inscribe con sus marcas particulares en sus cuerpos sensibles. De esta forma, las inscripciones que se van creando en las particularidades deseantes de cada sujeto se producen en contextos interpersonales que son caracterizados por las relaciones de poder y resistencia. De manera clara, un hombre puede establecer como parte de sus relaciones sociales relaciones de poder materializados en el deseo del cuerpo femenino, todo ello, puede construirse solamente en contextos interpersonales, íntimos donde se genera un poder y una resistencia femenina, es decir, una selección natural.

Hasta aquí pareciera ser que la forma de entender, concebir o pensar las funciones y roles de las mujeres están establecidas bajo la lógica de la reproducción, como si fuese una constante histórica. Sin embargo, los significados y representaciones de ser mujer no deben ser universales, tampoco creemos que el ser madre determine y concluya para una mujer su papel dentro de la sociedad (Rosas, 2009).

Marta Lamas (2000) señala que el concepto de género ha servido al feminismo para profundizar su análisis sobre la condición de la mujer. En su concepto de género, esta autora retoma a Scott y señala que el género es un concepto que se desarrolla de acuerdo al proceso histórico y cultural de la sociedad, y lo define como “…el conjunto de prácticas, creencias, representaciones y prescripciones sociales que surgen entre integrantes de un grupo humano en función de una simbolización de la diferencia anatómica entre hombres y mujeres”; señala que por esta clasificación cultural se definen no solo la división del trabajo, las prácticas rituales y el ejercicio del poder, sino que se asignan características exclusivas a uno y otro sexo en materia de moral, psicología y afectividad. Lamas está poniendo en contexto que el trabajo en la edad media y en el siglo XXI, que para ambos géneros, ha cambiado de manera significativa y con ello las prácticas y asignaciones de poder ad hoc con el tiempo socio-cultural.

Nuria Varela (2005), apunta que esta construcción patriarcal elaborada por siglos es difícil apartarla de los preconceptos que se puedan generar de manera epistemológica. Se ve que el mundo está organizado de forma patriarcal pues la política, la economía, la religión, la cultura y la sociedad en general están construidas para reconocer la autoridad del hombre y reforzar su liderazgo. Ello se sustenta no sólo en instituciones patriarcales, sino además en discursos y una ideología machista, que fomentan prácticas sexistas contra las mujeres en la sociedad.

Torres (2004), además de la diferencia biológica, señala que existe un conjunto de discursos y una ideología machista en la sociedad que fomentan prácticas sexistas contra las mujeres que configuran un entramado social que permite la dominación hacia las mujeres.

De ahí que las discusiones en torno a la dominación masculina no solo está relacionada con la diferencia biológica, junto con la clasificación culturas que apunta Lamas, se llevan a cabo prácticas rituales, ejercicios de poder y se asignan características exclusivas a mujeres y hombres en materia de lo moral y afectivo.

Kimmel (1997), por ejemplo señala la existencia de cuatro reglas que los hombres deben cumplir como parte de su identidad masculina:

a) Nada de mariconadas, no hacer nada que sugiera femineidad.

b) Se importante, la masculinidad se mide de acuerdo con el tamaño de la chequera.

c) Se duro como un roble, un hombre se define por la confiabilidad en tiempos de crisis.

d) Chíngatelos, hay que tener aura de atrevimientos, agresión y toma de riesgos.

La exigencia de ser importante y conservar el poder implica para los hombres pasar más tiempo en el trabajo y alejarse del hogar y consecuentemente, de los hijos. En estas prácticas, no dejan lugar a dudas la existencia de relaciones de poder y formas peculiares de violencia que subyacen como parte de la construcción social.

Finalmente, Torres (2004), sugiere que la violencia contra las mujeres se da por los procesos de socialización que las mujeres y los hombres tienen desde la infancia en la sociedad, y donde la ideología de la supremacía masculina permea todas las manifestaciones de la violencia de género, que a su vez se asienta en un discurso de la desigualdad y discriminación que penetra las estructuras sociales.

Algunos teóricos de la psicología consideran que lo que Torres llama “socialización desde la infancia” forma parte de un contexto que configura una totalidad que los hombres y mujeres hacen suyo o lo llevan a su subconsciente, en él, existen elementos culturales, políticos, económicos que ayudan a construir la estructura social que los individuos legitiman y aceptan porque da legalidad a su actividades.


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