BIBLIOTECA VIRTUAL de Derecho, Economía y Ciencias Sociales

DEBATE DEL MULTICULTURALISMO Y FILOSOFÍA

Gerardo Nicolás Contreras Ruiz y Ricardo Contreras Soto




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Los alcances de la democracia y la justicia en la sociedad liberal. Negación de lo comunitario

La mutilación de los conceptos de justicia y democracia por Rorty, al dejar fuera del análisis del funcionamiento de las instituciones en las sociedades liberales el problema del poder, ofrece de ello sólo su faceta positiva: cuando la justicia es convertida en primera virtud, la sociedad puede adaptarse a la idea de que la política social no requiere más autoridad que la establecida a través del afortunado acuerdo entre individuos, que democráticamente se reconocen formando parte de tradiciones y problemas comunes; una sociedad donde el equilibrio reflexivo llegará a adquirir la categoría de procedimiento necesario para las decisiones de política social. Pero ese equilibrio reflexivo, en el mejor de los casos, sólo puede darse bajo la forma de la representación, es decir, en las instancias donde recae directamente la facultad de decisión o resolución acerca de los problemas y la conducción ordenada del conjunto de la vida social, sustituyendo la intervención directa del conjunto de sus integrantes. Del ejercicio de ese equilibrio reflexivo queda fuera entonces -lo cual es inevitable en las condiciones de vida contemporáneas-, la mayoría del componente humano de esos modos de sociedad.12 Ahora, todavía ese equilibrio reflexivo, en sus límites, operaría a favor de la justicia y la democracia si el funcionamiento de las instituciones en la estructura de gobierno, obedeciera al principio de rendición de cuentas de los representantes a los representados, de los gobernantes a los gobernados.

Pero se asiste ahí a un poder ejercido discrecionalmente por los primeros, donde el presupuesto del acuerdo afortunado -esgrimido por Rorty-, se realiza fuera del alcance del ámbito representado, a pesar de que ambos planos pertenezcan a las mismas tradiciones y participen de problemas que les son comunes. La voluntad general cara al pensamiento moderno, tiene su ejecución en acuerdos derivados de una deliberación en los límites del operar de instancias emisarias, separadas del cuerpo general de la sociedad. El marco institucional liberal favorece un poder fincado sobre el distanciamiento entre dirigentes y dirigidos, entre gobernantes y gobernados. La facultad de mando delegada en los órganos rectores de lo social, aparece instalada en un orden que le preserva de la regulación que debe ejercer sobre ello el plano ciudadano gobernado. Todo un ejercicio de dominación disolvente de los lazos comunitarios, de las posibilidades de relaciones intersubjetivas orientadas a un bien común. ¿En el terreno de las instituciones liberales queda abierta la posibilidad de ampliación de los márgenes de participación de las mayorías representadas en los asuntos de lo público? ¿Permiten al menos la apertura a condiciones que posibiliten la inversión del modo de operar de un ejercicio discrecional del poder? Si la estructura del cuerpo social liberal se basa en la exigencia de preservación del ámbito privado de cada individuo respecto de cualquier injerencia de algún poder colectivo, permitiendo el arraigo de lo social a un sentido de vida sustraído al individualismo donde la preocupación aparece centrada en el aseguramiento de los intereses y derechos personales, expandiendo una especie de regodeo general en el egoísmo, la indiferencia por lo otro y por los otros, haciendo de la sociedad el teatro más apropiado al desarrollo de la pugna por la preservación de lo propio a toda costa, que al encuentro hospitalario, a la avenencia, a la solidaridad, no hay algo que impida pensar que la institucionalidad y los órganos que la expresan, entre ellos, la maquinaria de Estado, responda al resguardo y preservación de esa condición. El equilibrio reflexivo a que apela Rorty, parece tener cabida sólo en otro terreno.

A la vía negativa orientada por Luis Villoro, aunque desde perspectivas diferentes, pueden considerarse posiciones afines -guardando la proporción debida-, los aportes de Enrique Dussel y de José Revueltas. En ambos autores hay un paralelismo en cuanto a la crítica del modo en que discurre el ejercicio del poder en el panorama de la sociedad contemporánea: su condición de aspecto de la enajenación en que se debate la condición humana. Al igual que Villoro, Dussel y Revueltas niegan que la justicia y la democracia puedan adquirir el carácter de virtudes de la vida social en un contexto de relaciones liberales -de igual manera, en el caso de Revueltas, las relaciones en el socialismo real-. Se trata en su ordenamiento, de instituciones frágiles e inconsistentes con la posibilidad de autogestión, de autogobierno del pueblo. Ambos apelan al criterio de ver a lo político como una totalidad, para formular una propuesta pertinente del sentido de la justicia y la democracia en la coexistencia interhumana. Dussel alude a la existencia de un fetichismo del poder cuando se produce la parcialización de lo político limitándolo a uno de sus aspectos, una corrupción de lo político traducida en la distorsión de su origen, de su fuente. Un fenómeno que tiene que ver con la creencia del agente político (miembros de una comunidad política, ciudadano o representante) de poder afirmar a su propia subjetividad o a la institución en que la que realiza cierta función, como la base o fuente del poder político. Un ejercicio del poder autorreferencial que desplaza el origen del poder público de su referente auténtico, la comunidad política, al espacio que sólo es depositario, delegado del mismo, operando la absolutización de la figura de representación.

Con ello queda dispuesta la justificación de la inversión en la función de servidor, a la de titular de autoridad suprema del servicio público.13 En este punto volvemos a encontrar el menoscabo del planteamiento rortyano a propósito del funcionamiento de la institucionalidad liberal en torno de la justicia y la democracia, a partir de sobrevalorar sus alcances a la manera de garantía indiscutible no sólo de la promoción y realización de la justicia en la vida social, sino del desaliento de cualquier deseo y aspiración incompatible con ello. Sin embargo, lo desalentado no son los deseos e intereses discordantes con el movimiento de una institucionalidad liberal, porque su referente de la justicia en el ámbito social se opera en un ejercicio del poder, a través de sus instituciones, al margen de su referencia primera y última, el poder de la comunidad política, trocando la función de delegado en fuente, deformando de su carácter esencial. Entonces, lo que se abate es un sentido de democracia soportado en la no disociación entre comunidad política -origen y fin del poder- y el plano mediador de las instituciones, a través del desbordamiento de los límites apropiados de éste último, un olvido de su condición de instrumento delegacional para asimilarse a la creencia de fundamento indiscutible del poder político. Culturalmente, el individualismo se ha impuesto en el curso de las formas de convivencia, fracturando de manera profunda los vínculos comunitarios, instaurando una lógica bajo la cual opera el aparato institucional en una continua distorsión su cometido primordial de servir a la comunidad política. Toda una deformación del poder que procede situando su fundamento primordial en los dispositivos para su aplicación -las instancias de representación- a la manera de depositarios primarios y últimos del mismo.14 El poder como dominación, negación de la fundamental voluntad de vivir (de acuerdo con Dussel), de la justicia y de la democracia en su sentido más amplio.

Por ello, un planteamiento del poder político a favor de ese sentido racional, debe tener en cuenta un marco apropiado con la supeditación de los ámbitos de representación a la base de la sociedad, esa democracia radical propuesta por Luis Villoro donde el poder descansa en el pueblo real, un ejercicio que va de la base de la sociedad hacia la cúpula. Es la actualización de mando que responde al compromiso de obedecer, el mandar obedeciendo de Enrique Dussel, cuya experiencia se sitúa en las colectividades o comunidades pequeñas que no comparten las formas propias de la cultura occidental (también cabe señalar los ensayos y tanteos que tienen lugar en algunas de las sociedades del sur de América). Subsistencia de modos de participación colectiva en la toma de decisiones y de control directo de los órganos de dirección por la comunidad que abren vías a la consideración de posibilidades alternas a la tradición liberal en la práctica de la democracia, para ampliar el sentido de la justicia. Desde una posición marxista orientada a la crítica enérgica de las formas en que es articulada la vida capitalista, pero sobre todo de las tendencias dominantes en el panorama general del socialismo real, constreñidas por el dogma, apegadas férreamente a una ortodoxia dada a la suspensión definitiva de la crítica, del criterio pertinente acerca de la condición humana que le ubica en la inconclusión, en el inacabamiento, José Revueltas se instala también ante el pensamiento y ante lo real a partir de una mirada que los concibe como totalidad. Los problemas de la justicia y la democracia no pueden ser abarcados al margen del movimiento complejo de la sociedad, donde se abre la posibilidad de captar de mejor suerte, sus supuestos, sus vínculos, sus diversos aspectos, sus contradicciones.

Democracia y justicia no sólo son partes íntimas de lo político, también lo son del conocimiento, y ámbitos que aportan amplios elementos a la reflexión filosófica. Lo que se muestra a lo largo de la obra revueltiana es una concepción implícita de la cultura a la manera de espacio en que se realizan intercambios entre variadas prácticas y modos de pensamiento a propósito de temas o problemas concernientes a la vida en común. En ello se advierte igualmente una idea de la filosofía que le dispone como parte de lo cultural y que da a considerar a esto -la cultura- como ámbito poseedor de una magnitud filosófica desde la cual se abre el terreno a la problematización y a la reflexión, a la crítica y la autocrítica, a la proyección, a la creación, a la búsqueda. El escritor duranguense previene sobre el problema decisivo que enfrenta el mundo contemporáneo, la alienación universal. Los variados sistemas sociales inscritos en la vida planetaria, se ven atrapados en la red del esquema pragmático que encauza por igual, los caminos del existir capitalista como los de la aparente nueva convivencia socialista, la lógica inmediatista que sólo otorga valor a lo que es útil para lo realmente existente. Se trata de una mirada para la cual el mundo real remite a una realidad objetiva que aparece ante el ser social y su conciencia inmediata como un ámbito incuestionable, a la que está unido por una relación meramente práctica y utilitaria. Asimismo, conforma una visión articulada en una relación parcializada de la práctica que le sujeta a procesos ideológicos, llevándole a admitir el carácter ya hecho de la realidad, un plano ya establecido. Una de las principales manifestaciones de la enajenación es lo que Revueltas denomina reflexión acrítica donde son representados por igual el proletariado, la burguesía, la pequeña burguesía, a través del prisma que les ubica en correspondencia con relaciones fijas de una relación causal con las condiciones también fijas.15 Es la separación del pensamiento respecto de lo real como totalidad, del plano complejo de las relaciones, vicisitudes, contradicciones, conflictos que acompañan a cada una de sus expresiones, esa rica variedad de aspectos en los que se ve articulada cada una de sus formas expresivas.

Es el imponerse de una vocación disolvente que absolutiza la parcialización en los cursos de apropiación, de comprensión de los fenómenos del mundo de la vida, reduciendo sus alcances y dimensión, evadiendo el terreno de la posibilidad para lo nuevo, para la ampliación de los márgenes de lo actual. Es, asimismo, el ceñimiento a una especie de autosuficiencia en lo particular, en lo individual, no requerida más que de una concurrencia instrumental de lo demás y de los demás para cumplir con los fines del interés propio. Enajenación que se constituye como obstáculo decisivo a la libertad, que el autor sometido a varias experiencias del confinamiento carcelario entiende como libre participación de individualidades, grupos y colectividades en el cuerpo de las instituciones que dan forma al orden del existir en común, bajo el ejercicio abierto, libre de la expresión de las ideas, de la crítica y la autocrítica impedido y escamoteado por el operar burocratizado de las maquinarias de estado de los sistemas sociales aparentemente opuestos -capitalismo y socialismo-, que termina siendo en ambos, impedimento real de la democracia, para el estrechamiento de los lazos colectivos, comunitarios. En ambos sistemas campean los ideólogos que tienden a la absolutización del cuerpo institucional, a través de la cual se establece la serie de sustituciones formales que concluyen en la restricción del espacio concerniente a la base auténtica del poder político y con ello a la libertad.16 En las dos modalidades de vida social, la democracia y la justicia son dispuestas sólo en el terreno de las buenas intenciones disolviendo profundamente la creación de condiciones de posibilidad que permitan su desarrollo práctico, en una solidaridad ampliamente desprendida de las ataduras de la enajenación, en la avenencia y mutualidad del apoyo.

El pragmatismo dominante en los cursos asumidos por uno y otro de los órdenes, cobra traducción en un juego institucional que enajena la posibilidad de ampliación de los márgenes reales de las decisiones de la mayoría de la colectividad, en la sustracción de su poder de intervenir en la actividad política por los organismos de los respectivos aparatos estatales.17 Entonces, la tendencia de la condición humana a la dinamización del mundo a partir de sus relaciones con lo real, donde son realizados actos de creación, recreación y decisión, temporalizándolo, acrecentándolo, alterándolo, es la que termina alterada en las experiencias cuestionadas por Revueltas. Porque el ser humano lejos de intervenir en sus contextos y en su temporalidad, apropiándose de sus temas fundamentales y reconociendo sus tareas concretas, se ve disminuido y opacado por un manto trágico: el abandono de su capacidad de decidir, promovido y operado desde los organismos creados por él mismo para dar concreción al bien común. La órbita de las decisiones es algo que ha terminado por alojarse y resolverse en élites aptas para la interpretación de las tareas de la época, otorgándolas al hombre simple a manera de receta, de prescripción que debe seguir, rebajándole a la condición de mero objeto, cosificándole.18 Lo excluido, en términos fundamentales, por el modelo de Rorty.

Conclusión

En el esquema de Rorty, no hay lugar para esa dirección crítica, que hemos recuperado a partir de la aportación de Luis Villoro, Enrique Dussel y José Revueltas, que desde un ejercicio plausible de la filosofía, permite situar los límites y debilidades de uno de los discursos en que se expresa la apología de las sociedades liberales; descubriendo a la vez sus estrechos alcances en cuanto a su aporte a una mejor comprensión de la vida social y cultural de nuestra contemporaneidad. Rorty, en el afán de abandono de la zona del pensamiento metafísico moderno, termina por situarse en otra más de sus parcelas, una posición historicista que concibe a las prácticas democráticas de las sociedades adelantadas de Occidente, como estructuras modelo acabadas, cerradas a un tratamiento exclusivo por los marcos disciplinares de la historia y la sociología, revocando sobre todo, cualquier trato que pueda proceder de la filosofía. Es la apelación a un modo de cientificismo instalada en una concepción dada a la objetivación de los actos cognitivos, donde los procesos de conocimiento aparecen circunscritos en la referencia al objeto de los mismos, donde no hay sitio alguno posible al sujeto del conocimiento y que, por lo mismo, debe omitir cualquier atención más amplia a los valores, intereses, intenciones y sentidos, a los cuales toda interpretación, conocimiento y comprensión ha de responder. Por eso, al negar el reconocimiento de los vínculos del conocimiento o de la comprensión a propósito con una condición subjetiva previa, instala la suficiencia de un saber abstracto, puro, en torno de las disposiciones y prácticas jugadas a propósito de la justicia en las sociedades democráticas avanzadas. Un saber que nada aporta a la reducción de los problemas de la enajenación humana en las condiciones de la sociedad y cultura contemporáneas.

Referencias

Berlin, Isaiah, "Una introducción a la filosofía", en, Bryan Magee, Los hombres detrás de la ideas. Algunos creadores de la filosofía contemporánea, México, FCE, 1986.

Dussel, Enrique, Veinte tesis de política, México, Siglo XXI, 2008.

Fromm, Erich, El miedo a la libertad, Barcelona, Paidós, 1991.

Ramírez, Mario Teodoro, El Quiasmo. Ensayo sobre la filosofía de Maurice Merleau-Ponty, Morelia, UMSNH, 1994. Filosofía culturalista, Morelia, Secretaría de Cultura de Michoacán, 2005

Revueltas, José, Cuestionamientos e intenciones, Obras completas, t. 18, México, Era, 1978. Dialéctica de la conciencia, Obras completas, t. 20, México, Era, 1982.

Rorty, Richard, "La prioridad de la democracia sobre la filosofía", en, Gianni Vattimo (comp.), La secularización de la filosofía. Hermenéutica y posmodernidad", Barcelona, Gedisa, 1982.

Villoro, Luis, "Ética y política", en, Luis Villoro (coordinador), Los linderos de la ética, México, Siglo XXI, 2005. El poder y el valor, México, FCE, 2001. La significación del silencio y otros ensayos, México, UAM, 2008.


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